Autor: Jorge Alejandro Gallardo Runin
Seudónimo: Thango
Año: 2016 – Mención Honrosa
Los dos hombres se miraron fijamente, eran viejos conocidos, pero la tensión seguía latente entre ellos.
“Cinco millones” había dicho el hombre del traje azul, y la cifra había quedado suspendida en el aire, lastimando los sentidos, casi como un insulto.
-Piénsalo Román, es una oferta nada despreciable más ahora, que las oportunidades ya no tocan a tu puerta como en tus años de gloria-
– ¿y qué quieres a cambio de tu generosa oferta?, porque tú no das puntada sin hilo García, yo te conozco bien-
-Te lo voy a decir sin rodeos, tienes que dejarte ganar en el tercer asalto
-Eres un maldito-…dijo Román, casi masticando las palabras
-Toda tu paupérrima carrera te ayudé, y te cuidé, y ahora que te pido que hagas algo por mí, ¿me sales con eso?, eres bastante mal agradecido-.
El veterano boxeador se queda callado, no podía negar que las palabras de García eran hasta cierto punto verdad, su carrera fue de luces y sombras, solo su familia era lo que lo mantenía tirando siempre para arriba día tras día.
-Mira Román, te dejaré para que lo pienses bien, pero mañana necesito tu respuesta si o si-.
García camina hacia la puerta y cuando está por salir, larga una ultima la frase a modo de tiro de gracia:
-Tú y yo mi amigo, ya vamos en el tren de vuelta, donde no hay segundas oportunidades-
Y cerró la puerta con un golpe seco que siguió retumbando por unos minutos en la cabeza del boxeador.
A la mañana siguiente, antes que saliera el sol, Román, ya está corriendo, por las calles del centro de la ciudad, como antes, sintiendo el frio de la mañana en la cara, respirando en forma controlada, los músculos tensos, todo en el funciona como un perfecto engranaje recién ajustado se siente bien, necesitaba esto, pero más allá del entrenamiento físico, él va urdiendo en su cabeza, hasta el último detalle de un cuidadoso plan.
Dos horas más tarde, luego de hacer un poco de saco, y tras una reponedora ducha, Román está entrando a las oficinas de la notaría central
Una hora más tarde, sale de la notaría, se sube a su auto y llama por celular a García para decirle solo una palabra: – ¡Acepto! -.
Dos semanas después, una llamada telefónica irrumpe en la céntrica oficina del joven ejecutivo Carlos Román, el ambiente es sencillo, y lo adornan algunos de sus trofeos de universidad, él había estado en el equipo de judo, pero las principales fotos que más destacan son las fotos junto a su padre, el otrora campeón peso gallo de boxeo Luis Román.
-Doctor, me sorprendió su llamada, hace mucho que no hablamos-
-Hola Carlos así es, pero ahora se hace necesario, debo hablarte de algo importante, es sobre tu padre-
– ¿Que pasa doctor?, le pasó algo a mi papa?
-Mira, le prometí a él no decirte nada al respecto, pero debo hacerlo-
-Iré al grano, a tu padre hace un año se le detectó un tumor. En ese entonces era tratable, pero él no quiso seguir ningún tratamiento, y solo se olvidó del asunto
-Nunca me dijo nada- interrumpió el joven
-por lo visto, esa era la idea Carlos, que nadie se enterara
-Hace cosa de un mes atrás volvió quejándose de dolores de cabeza, le hice hacer a regañadientes un scanner, y apareció lo que yo me temía, el tumor se había ramificado, y como guinda de la torta, me entero, que se le ocurrió la brillante idea de pelear en un combate por última vez. –
– ¿Cómo que va a pelear?, no doctor a mí me dijo que estaba entrenando para hacerle clases a niños de un hogar, usted está equivocado, yo-.
-Te mintió Carlos, él va a pelear, esta noche en el Casino Monticello, me enteré hace menos de una hora de todo esto, por eso estoy rompiendo la promesa que le hice a tu padre, debes detenerlo, si él llega a recibir un mal golpe en la cabeza… él se muere, así de simple. ¡Se muere Carlos!
Veinte minutos más tarde Un Hyundai azul con Carlos al volante salía del centro de la ciudad a toda velocidad hacia la carretera con dirección norte.
El majestuoso Monticello, luce como un palacio alzándose sobre angostura, y en su interior, todo era lujo y glamour, ya el salón estaba repleto de público expectante, todo estaba preparado para el gran evento, las luces y la música daban la majestuosidad apropiada al lugar.
Carlos prendió la radio del auto, y sintonizó la estación principal, donde se escuchaba la voz del locutor diciendo:
-Estamos transmitiendo en vivo desde el gran Casino Monticello, para vivir toda la emoción de este gran evento del pugilato nacional, y conmigo se encuentra mi compañero de labores, Mauricio
-Así es Pepe, esta promete ser una gran velada, entre la promesa del boxeo Eric Pardo y el veterano campeón Luis Román-
– ¿Viejo, por favor que estás haciendo? -, decía para sí mismo Carlos, mientras trataba de pasar como podía entre los demás vehículos, y la ruta, que como nunca, ahora se le hacía eterna Luis Román mientras tanto se mantiene en su camerino, listo casi para salir, pero se toma unos minutos, y arrodillado a un costado de la habitación, reza un momento en silencio, y al último dice estas palabras:
-Lo que pasé esta noche, será tu voluntad, mi familia quedó asegurada, ya me encargué de eso, solo quiero pedirte que me des la fuerza una vez más, y muchas gracias por todo. Mira una foto de su hijo, y de su hija por unos segundos, y dice: -perdónenme, los amo hijos-
El auto de Carlos, va a más de ciento veinte kilómetros por hora, en una loca carrera por la carretera cinco sur, tratando de dominar los nervios, mientras algunas imágenes de momentos junto a su padre, se le van apareciendo ante sus ojos, los dos con su hermana, junto a su padre siempre juntos, siempre compinches, la muerte de su madre los unió aún más.
-Viejo, por favor no me hagas esto, suficiente con haber perdido a mama, repetía Carlos, pero la transmisión en la radio no le daba tregua, y más nervioso se ponía.
En el Monticello, el evento está comenzando.
– ¡Ya está subiendo en estos momentos al cuadrilátero, el retador Eric Pardo! –
-Y se lo ve en muy buen estado físico, ¿no te parece Mauricio? –
-Así es, ahora esperamos en cualquier momento que aparezca Román, ¡y ahí viene desde el otro pasillo!, ¡viene acercándose el ex campeón Luis Román, damas y caballeros! –
– ¡Escuchen al público, esto es un evento como hace mucho no se veía! –
El Hyundai azul devoraba kilómetros, como si fuera más que motor y fierros, como si presintiera que su conductor está poniendo todo en esta carrera por llegar lo antes posible a destino
– ¡Y aquí los tenemos damas y caballeros!, ¡ambos contrincantes ya se encuentran en el cuadrilátero! –
-Es emocionante Mauricio, escuchar las presentaciones de rigor, y todo lo que encierra la ceremonia del pugilato-
-Bueno Pepe, ahora es el momento de la verdad, la campana esta apunto de sonar-
Mientras tanto, Román sentado en su esquina, mira de reojo hacia atrás, y ve a García, quien lo saluda con un leve gesto de la cabeza
– ¡Y comenzó el primer Round damas y caballeros! –
-Los dos contrincantes, se mueven en círculos al centro del cuadrilátero y los primeros puñetazos cortan el aire, buscando hacer blanco-.
Carlos, trata de pasar a un camión que va adelante y que lo obliga a reducir la velocidad, cuando le llaman al celular
– ¡Carlos, que está pasando!, ¿cómo es eso que el papa está peleando?, ¡y tu no me habías dicho nada! –
– ¡Tranquilízate hermanita!, ¡yo me enteré hace un poco más de una hora, y estoy yendo al Monticello, a parar esta locura!, hazme un favor llama a mi esposa, y dile lo que está pasando después hablamos-.
-Ambos púgiles se ven cómodos en el ring, una mano de Eric da de refilón en el rostro de Román, pero este acierta un duro golpe en el costado de su joven contrincante, ¡y suena la campana señores, fin del primer round! –
– Déjame pasar, déjame pasar por favor-, va diciendo para sí mismo Carlos, con el camión aun impidiéndole el paso
– ¡Comenzó el segundo round, los primeros golpes cruzados no se dejan esperar! –
– ¡Esto se pone interesante Pepe! –
Es en ese instante en que a Román se le empieza a nublar la vista, se resfrega los ojos con el guante, pero una porfiada nube, se mantiene sobre el
– ¡Uno, dos, dos golpes le acertaron a Román en el rostro!, el veterano boxeador se lo ve contrariado. ¡El público está que arde! –
– ¡Vamos Román, tenemos un trato! -, dice entre dientes un nerviosísimo García, desde su asiento preferencial.
En la carretera el auto de Carlos por fin consigue pasar el camión, la desesperación tiene al muchacho con los nervios de punta, faltó poco para que chocara, con un cartel
– ¡Terminó el segundo asalto, sin mayores daños, y ahora vamos por el tercero!, mira pepe, ¿notas algo en Román? –
-Algo pasa con Román, lo hemos visto tambalear un poco, bueno ahora parece que ya se repuso, lanza un puñetazo a su rival, pero este se mueve rápido. ¿Opinas lo mismo de este asalto Mauricio? –
-Técnicamente Román tiene lo necesario, pero lo noto de a ratos como que algo le incomodara y…
¡Por dios!, ¿de dónde salió esa mano?, ¡un terrible derechazo de Pardo le da de lleno en la cabeza del ex campeón! –
– ¡Román está en la lona, y el réferi comienza el conteo! –
Carlos aprieta los dientes, y pisa sin piedad el acelerador hasta casi romper el piso del vehículo, este llega a doscientos kilómetros, todo se nubla delante del muchacho.
Y en el casino el público ruge de emoción, García por su parte se soba las manos, todo está saliendo mejor de lo que él esperaba, mientras el réferi ya está dando el conteo
– ¡Dos! ¡Tres! –
Román siente una nebulosa en frente de sus ojos
– ¡Cuatro! –
– ¡Quédate ahí, quédate abajo! – balbucea con rabia, García desde su asiento a un costado del ring
-Vamos, ¿qué me pasa?, ¿esto es todo lo que doy? -piensa Román, mientras las sombras se van aclarando a su alrededor
– ¡Cinco! –
– ¡Vamos, arriba!, un maldito parasito en tu cabeza, ¡no te la puede ganar! –
– ¡Damas y caballeros, esto es increíble! – grita el locutor-.
– ¡Contra todo pronóstico, Román se ha vuelto a parar! –
-Se van a enfrentar nuevamente y. ¡toca la campana, así termina el tercer round! –
Román se va a su rincón y se tumba en el banquillo, entonces el entrenador lo mira y le dice:
– ¡Román!, ¡mírame!, esto no está bien, solo dímelo y detengo la pelea aquí mismo-
El boxeador lo mira fijamente a los ojos, y este se queda mudo.
– ¡Tú no vas a parar nada!, ¡me escuchaste!, ¡aquí vamos hasta el final! –
En eso aparece García por detrás del ring y le dice desesperado:
– ¡Qué diablos estás haciendo, teníamos un trato! –
El veterano boxeador se limita a mirarlo de reojo, y con una leve sonrisa, le dice:
-Vete a tu asiento mi viejo, pagaste mucho por él, así que será mejor que disfrutes del espectáculo-
– ¡Y suena la campana, ya estamos en el cuarto round! –
– ¡Aquí hay corazón, aquí hay garra, Román esta golpeado y sigue dando la pelea! –
El boxeador siente su respiración agitada, los oídos se le han tapado, entonces ve a su contrincante que se le acerca, siente el golpe, duele como los mil demonios, otro poderoso golpe en las costillas y otro, no puede evitarlo, y se dice para sí mismo:
– ¿Duele verdad?, eso te está diciendo que aun estas vivo, ¿quieres rendirte Román?, yo no lo creo, ¡vamos! –
– ¡Román está recibiendo una paliza!, Pepe esto es un castigo! –
En esos mismos instantes, y a toda velocidad Carlos está entrando al recinto del casino, se pasa a llevar un cartel por delante, pero nada lo detiene.
– ¡Otro golpe más a la cabeza de Román!, ¿cómo aguanta tanto este hombre? –
Román escucha por última vez la vocecita en su cabeza que le dice:
– ¿Quieres que todo termine?, ¡entonces termina tu trabajo primero! –
– ¡Por dios!, ¡por dios pepe!, ¿viste esa mano?¡ Román acaba de sacar un derechazo, no sé de dónde!, ¡Eric, no supo que le pasó!, ¡Eric Pardo está en el piso!, y el réferi comienza el conteo
– ¡Uno, dos, tres! –
García se toma la cabeza
– ¡Cuatro cinco, seis…! –
– ¡Oiga, no puede dejar su auto aquí en la entrada del casino!, oiga venga acá! –
– ¡Siete, ocho, nueve…! –
Entonces Carlos entra al salón principal justo cuando escucha que dicen por los altoparlantes
– ¡Diez! El ganador por K.O, Luis Román! ¡El campeón! –
Carlos corre entre la gente tratando de llegar al ring donde su papa está siendo vitoreado, y en el trayecto se choca de frente con un asustado García que esconde la mirada, y sigue corriendo buscando la salida.
-Infeliz-, es lo único que Carlos dice, y sigue abriéndose paso, hasta que logra llegar y sube sin demora al ring, entonces, Luis ve a su hijo y una sonrisa se le dibuja en el magullado rostro
Padre e hijo se funden en un abrazo en medio del ring, y entre toda la muchedumbre que vitoreaban al veterano boxeador, este logra decirle a su hijo:
– ¡Estoy orgulloso de ti hijo, y de tu hermana, díselo por mí a ella!
– ¡Tú eres el campeón mi viejo! – ¡tú eres nuestro orgullo! Vamos a casa papa-, le responde el joven, tratando de disimular su mal presentimiento
Román le guiña un ojo a su hijo, y le dice:
-No hijo, tu mamá me está esperando-, y es lo último que alcanza a decir antes de desplomarse en el piso, ya sin vida. El boxeador se había ido en gloria y majestad.
FIN