Autor: Manuel Hernán Gonzáles Cristi
Seudónimo: Mañungo G.
Año: 2015 – Primer Lugar
Miraba subir el tren desde el patio de nuestra humilde casa, si así podríamos llamar, muy generosamente, al conjunto de piezas construidas con vieja madera, cartones y calaminas enmohecidas, que mi padre levantó en el barrio El Colorado en el sector bajo, en mi recordado Iquique. Desde ese lugar, cuando pequeño, me entretenía observando embobado, cómo aquel tren de pasajeros, serpenteando como un reptil metálico, subía a paso lento el enorme cerro, con una locomotora que roncamente silbaba cada cierto tramo, derrochando una gran cantidad de humo blanco, hasta que llegaba a la cima y desaparecía de mi vista. Era entonces, un niño de seis años, cuando le pregunté ingenuamente a mi hermana Irma a dónde iba ese tren y ella me respondió risueñamente: ¡Va al cielo! Y durante ese periodo de mi infancia, me quedé con esa respuesta, y cada vez que veía subir el tren, yo les gritaba a mis hermanos: ¡Miren el tren va subiendo al cielo! Ellos sonreían y yo creía que era porque estaban contentos por mi madre, quien había viajado en ese tren para dirigirse al cielo.
A mi madre no la conocí, murió cuando yo tenía dos años.
Yo era el menor de cinco hermanos. La única mujer era Irma, la mayor. Ella se hizo cargo de nosotros al morir mi madre, porque mi padre, pescador artesanal, no pasaba mucho tiempo en casa, y cuando llegaba, lo hacía en completo estado de embriaguez. Le temíamos, porque nos golpeaba por cualquier motivo. A Irma le seguía mi hermano Julio, quien trabajaba en la pesca junto a mi padre, y al igual que él, era un asiduo bebedor, y no sólo eso, siempre andaba metido en líos de faldas, y era igual de pendenciero. Seguía Víctor, quien se distinguía por una cicatriz en su pómulo derecho, producto de una riña con arma blanca. Mi otro hermano, Miguel, era el más tranquilo de todos. Se ganaba la vida recogiendo cosas en la calle: fierros, herraduras, trozos de plomo y otros objetos fáciles de vender como chatarra.
Por la diferencia de edades, yo pertenecía a un mundo diferente al de mis hermanos. Ellos conversaban, peleaban, se reían, bromeaban, empleando un vocabulario que me estaba vedado— que tiempo después comprendí- era sucio y grosero, pero que en esa época me parecía propio de los adultos.
En mis recuerdos, aún florecen los instantes cuando Víctor, que rondaba ya los diecisiete años, se trenzó a golpes con mi padre. Mi hermano terminó ensangrentado. Mi padre era un hombrón muy alto y musculoso. Mi cuerpo se estremeció entero cuando vi a Víctor sacar un cortaplumas, pero Julio lo neutralizó y lo calmó a tiempo. Su ropa teñida de sangre y las escenas de ese desagradable incidente familiar, durante mucho tiempo ocuparon mis febriles sueños y las peores pesadillas de mi niñez.
Del barrio El Colorado aún recuerdo la plaza, a la vecina Eulalia, el negocio de la señora Lula y su libreta de “fiado”, donde mi hermana compraba mercaderías y yo la acompañaba en la primera semana de cada mes a cancelar la deuda acumulada.
También, me gustaba acompañar a mis hermanos al puente donde se reunían los matones del barrio. Sí, porque El Colorado tenía fama de ser refugio de delincuentes y era famosa por las continuas riñas que se registraban, con heridos a puñaladas y numerosos muertos Los del puente tenían una clara rivalidad con los de la calle Videla y los enfrentamientos eran frecuentes y masivos. Mis hermanos eran muy temidos en la población, tenían fama de bravucones y bueno para los combos. Creo que siguieron el ejemplo de mi padre. Recuerdo que mis hermanos me hicieron participar en algunas pendencias con niños de mi edad, pero como siempre salía magullado y sangrante, al poco tiempo renunciaron a esa tarea de convertirme en un pequeño matón.
Mi hermana Irma era diferente. Ella era una mujer dulce y muy linda. Cuando cumplió sus veinte años, recién consiguió vencer la oposición de mi padre, quien le dio su aprobación para pintarse los labios. Los hombres la miraban embobados dada su espigada figura y hermoso rostro, pero ninguno se atrevía a faltarle el respeto o piropearla Temían a mi padre y a mis hermanos. Ella fue la única que llegó a estudiar y terminar su enseñanza primaria, pero mi padre no quiso que siguiera estudiando, pero ella a escondidas iba al liceo nocturno.
Yo amaba a mi hermana porque ella fue como mi madrea Su ternura y paciencia le dieron pinceladas hermosas a mi infancia. Quedaron grabados en mi memoria aquellos veranos cuando Irma, todas las tardes, me llevaba a la playa del barrio, de arenas y aguas limpias, pero que con el correr de los años y la llegada del progreso, las industrias pesqueras terminaron por contaminarla y hacerla desaparecer.
Un día, unos muchachones del barrio, mayores que yo, me invitaron a la playa de Cavancha. Sin pedirle permiso a mi hermana, me escape con ellos. El sol golpeaba muy fuerte y fue toda una delicia disfrutar del mar en esa hermosa playa. Lamentablemente, los muchachos del barrio riñeron con otro grupo de bañistas, porque uno de mi grupo fue sorprendido robando, y yo asustado, antes que llegaran los carabineros, me alejé silenciosamente, encaminándome en solitario hacia mí casa
En el trayecto de regreso, me fui directo por calle Vivar, y al final, me encontré intempestivamente de frente con la estación del ferrocarril. El tren estaba por partir. Y lleno de curiosidad, me detuve a contemplar el ajetreo de ese singular acontecimiento. Bajé hacia el andén y me entretuve un tiempo pensando el por qué la gente quería subir al cielo en aquel tren. Cuando el reloj de esa estación marcaba las cinco de la tarde, escuché un silbato y los pasajeros empezaron a despedirse de sus familiares y vi que en algunos rostros brotaban lágrimas de los ojos. ¡Lloran porque se van al cielo!, pensé en mi mente de niño. Permanecí paralizado y emocionado viendo cómo la locomotora se preparaba para partir; escuché un grueso silbato que acompañó a los gritos de despedida Estaba ensimismado, cuando de repente mis ojos con sorpresa vieron a mi hermana Irma. Ella venía acompañaba del “Seba”, un cabro del barrio, con quien iba al liceo nocturno. Mi hermana portaba un bolso y él, un saco harinero. Apurados y casi jadeantes se subieron a un vagón. De mi pecho salió un grito desesperado llamando a mi hermana, pero el ruido de la locomotora iniciando su partida, lo ahogó, Vi como el tren se fue alejando lentamente de mi vista. Angustiado me puse a llorar y me eché a correr a casa, sin saber qué hacer.
Cuando llegué, con la respiración cortada, me sorprendí ver a mi padre y a mis tres hermanos sentados a la mesa, las palabras se me atascaron en la garganta y apenas pude sacar la voz para decirles con voz quebrada y con lágrimas en los ojos: ¡La Irma se fue al cielo! Mis hermanos me miraron con lástima y mi padre, sin esconder su expresión doliente y su rostro cargado de rabia, hizo trizas un papel que Irma le había dejado; se irguió, botó la silla violentamente, y empezó a proferir epítetos procaces en contra de mi hermana Al pasar por mi lado, de sus ojos vi deslizarse una lágrima; enseguida con pasos raudos salió de la casa. En mi condición de niño, no me explicaba qué estaba sucediendo y sólo me limité a llorar amargamente, y haciendo caso omiso a los insultos de mi padre, sólo pensé en Irma. Mi hermana representaba la pureza de una madre, la bondad y la humildad de una santa. Después salí al patio y miré como ese tren se despedía de Iquique. Mis hermanos también se marcharon prontamente de casa.
Esa noche esperé vanamente a mi padre o a alguno de mis hermanos, pero creo que nadie llegó. Me acosté en la cama de mi hermana Irma, y no pude conciliar el sueño, sollozaba amargamente entre las sábanas, abrazando fuertemente la almohada. Yo esperaba el milagro que Irma regresara, que se hubiera bajado antes que el tren llegara al cielo. Cuando la luz danzante de la vela se extinguió y después de mucho revolverme en la cama, finalmente logré dormirme.
Desde aquel día, me mantuve alerta a la llegada del tren, escrutando religiosamente cada día hacia el cerro, y apenas escuchaba el silbato anunciando su llegada, yo corría a la estación con la esperanza de ver llegar a mi hermana. Pero ello no sucedía y desilusionado volvía a casa con pasos perezosos, una y otra vez. ¡Echaba tanto de menos a mi hermana!
Me sentía muy solo y abandonado. Recuerdo que días después, mi padre se llevó a Julio y a Víctor a la pesca de la albacora cerca de las costas de Taltal, dejándole dinero a la vecina Eulalia para que me alimentara junto a Miguel.
Transcurrida tres semanas, volvió mi padre con mis dos hermanos. Llegaron contentos porque la pesca había sido exitosa y más aún estaban felices con el dinero ganado. Esos días quedaron grabados en mi memoria, porque mi padre fue muy cariñoso conmigo, me compró ropa y zapatos, por lo que dejé de andar a pie pelado. Fueron momentos inolvidables, donde nunca jamás, volví a comer tanta albacora como en esos días. Sentados a la mesa mis hermanos bromeaban y mi padre sonreía, como si se hubiera disipado ese comportamiento tosco y huraño que lo caracterizaba. ¡Cómo lo amé en ese instante! Yo los observaba a todos, plácidos y alegres, pero yo no me sentía completamente feliz Me faltaba mi hermana.
Fue un día domingo, lo recuerdo claramente, cerca de las cuatro de la tarde, mis ojos aguzando el cerro, vieron que el tren llegaba a Iquique. Y como era ya mi costumbre, me fui rápidamente a la estación del ferrocarril. Aunque había escuchado que en el cielo se era completamente feliz, yo todavía tenía la esperanza que Irma nos extrañara y bajara del cielo en aquel tren.
Con el corazón apretado, observé detenidamente a los pasajeros que descendían de los vagones: rostros cansados, sonrisas a flor de labios, ojos humedecidos por las lágrimas, fuertes abrazos, tímidos besos, adornaban aquel paisaje humano con la llegada de aquel tren. Entremedio de los pasajeros recién llegados, sorteando bultos y maletas, mis ojos tropezaron con un rostro conocido: la del “Seba”. Sentí que el pecho se me contraía. Abrí bien los ojos por si mi hermana Irma venía tras de él, pero no la vi. Él llevaba el bolso de mi hermana y sin pensarlo dos veces, crucé corriendo el control del andén e ingresé, y casi choqué con él. El
“Seba” asombrado me dirigió una mirada sombría. Yo inmediatamente le pregunté: ¿Y la Irma? Él bajó los ojos y apenas pude escuchar su respuesta balbuceante: -¡Se murió!- me dijo secamente y se alejó rápidamente.
Permanecí cerca de media hora en esa estación. Monologaba consigo mismo, diciéndome que, si el “Seba” había bajado del cielo, por qué no podía hacerlo mi hermana. Pero al quedar desierta la estación, junto con la última humareda de la locomotora, se me desvaneció toda esperanza del vivo y ardiente deseo de reencontrarme con mi hermana. Llegué a casa con un dolor en el alma. Allí, estaba mi padre y mis hermanos, menos Miguel, quien se había ido al cine. Ellos se habían levantado de la siesta, ya que en el almuerzo se bebieron como cuatro botellas de vino. Los encontré charlando animadamente, cada uno con su botella de cerveza. ¡Llegó el “Seba”! — dije con voz acusadora- ¡Pero no llegó con la Irma!… ¡me dijo que se murió! – y acompañé esa última frase con un lastimero sollozo. Mi padre y mis hermanos me miraron sorprendidos y se observaron entre SI – ¡Yo sé dónde vive ese desgraciado! En la calle Blanco Encalada- dijo el Víctor. Mi padre se levantó como con un resorte del asiento y les dijo: Entonces, ¡vayamos a pedirle cuentas! Y ellos salieron visiblemente turbados.
Se escurrieron lentamente las horas y la espera se me hizo eterna. La casa se fue llenando de una atmósfera de desconsuelo y soledad. Se hizo la noche y tuve que encender un paquete de velas para espantar la oscuridad. Llegó Miguel, quien entró silbando y distraído, ajeno a los acontecimientos de aquella tarde, y entonces, desaforado, le conté la llegada del “Seba”, y que la Irma estaba muerta. Creo que Miguel no sólo quedó mudo por un buen rato, sino que se puso muy pálido, y caminaba de un lado para otro. Luego, sacó la voz para decirme que tenía una sensación de oscuros presentimientos, y que había tomado la decisión de ir a merodear a la casa de los padres del “Seba” para inquirir detalles y enterarse, qué es lo que había pasado.
Miguel llegó después de la medianoche, entró al cuarto que compartíamos y se echó a llorar en su cama. Yo estaba despierto, me acerqué tímidamente y le pregunté qué había sucedido. Me respondió sin mirarme a los ojos: —¡Papá está muerto! El Julio y el Víctor están en el hospital… ¡heridos graves! -. Miguel me abrazó y como una manera de desahogarse me relató lo sucedido en la casa del “Seba”. Me contó que Irma había quedado embarazada del “Seba”. Se fueron a un pueblito cercano a Ovalle, donde vivía la abuela materna del “Seba”, a fin que le practicara un aborto. Mi hermana esperaba que, con ello, al regresar a Iquique, mi padre la perdonara, pero algo salió mal y la Irma murió desangrada.
Cuando mi padre y mis hermanos llegaron a la casa del “Seba”, éste salió a su encuentro con su padre, hermanos y tíos. Mi padre llorando las emprendió con él, con insultos y amenazas. Hubo un conato de riña, y cuando el padre del “Seba” le dio un empujón, el Víctor sacó de un bolsillo de su pantalón el cortaplumas que siempre llevaba consigo y le dio una puñalada mortal. El hermano mayor del “Seba” extrajo un revólver y disparó a mansalva a mi padre y hermanos, Los tres cayeron heridos al suelo. Gritos y llantos sacudieron la tranquila noche de aquel barrio. Vecinos llamaron a carabineros, llegó la ambulancia, pero mi padre ya estaba muerto. Víctor estaba herido de gravedad con proyectiles en el pecho y Julio tenía destrozado el hombro. Mi asustado corazón tembló de dolor al escuchar la historia de sangre y muerte que me dejaron a la intemperie de la orfandad.
Los días que siguieron fueron caóticos. Sentía que la fatalidad acechaba a cada rincón de mi casa. Mi padre fue sepultado, gracias a la ayuda de la parroquia, asistiendo todo el barrio y los pescadores de distintos gremios de Iquique. Su sepultura quedó en el Cementerio N O 3.
Después de ese aciago acontecimiento, Miguel creció como hombre al amparo del dolor y se comportó maravillosamente bien, como un buen hermano, logrando que yo no me sintiera tan solo y desorientado frente a la fatalidad.
Con el transcurrir del tiempo, Víctor logró recuperarse, salvando su vida por milagro y Julio quedó con su hombro inmovilizado durante un buen tiempo. Ambos fueron sentenciados y encarcelados por varios años.
Miguel tomó a cargo el bote familiar y contra sus deseos se hizo a la mar como pescador, contando con la ayuda de amigos de mi malogrado padre, quienes le empezaron a enseñar las artes de la pesca artesanal.
Un día, cerca del mediodía, Miguel escuchó golpes al carcomido portón de madera Lo abrió y entabló una conversación con una elegante señora. Él me llamó y me dijo en tono alegre: – ¡Es la tía Nora! La hermana de mamá-. La señora mirándome a los ojos, se agachó acariciándome la barbilla y le murmuró a Miguel: – No creía que fuera tan pequeño- Yo me sentí ofendido porque a esa edad me consideraba todo un hombre, ya que incluso me gustaban las niñas…aunque siempre mayores. Y ella se fijó en mis sucios pies y mirando severamente a Miguel, musitó —¡Anda a pie pelado! – Miguel carraspeó y le respondió: -Es que le gusta andar a pata’pelá Ello era cierto. La tía Nora me miró de arriba abajo y empezó a hacerme cautelosas preguntas y que yo las respondí con nerviosismo; acto seguido me dijo: Tú te vendrás conmigo a Valparaíso- y mirando a mi hermano Miguel, agregó con un tono de disculpa: Lo siento por ti, pero sólo puedo acoger a uno- Y cómo Mañungo es el más pequeño y es el más desamparado, yo me hago cargo de él, ya que creo que aún lo puedo criar a mi manera. Él no puede seguir creciendo a la buena de Dios- Al escuchar esas palabras, todo mi cuerpo tembló y mi corazón latió desbocadamente, presa de un repentino miedo.
Esa noche no pude contener el llanto y abrazado a mi hermano Miguel, le rogué que me dejara vivir con él, ya que yo no quería irme de Iquique. Miguel con sus ojos humedecidos me dijo: ¡Hermanito!, es lo mejor para ti. Tía Nora no tiene hijos y el tío Gerardo es suboficial de la Armada. ¡tienen buena situación!
Fue así, que un día de septiembre, con mis seis años a cuesta, bien bañado, pulcramente vestido, con un pequeño bolso que contenía mis escasas pertenencias, con unos zapatos que atormentaban mis pies, en compañía de tía Nora, me subí al vagón de aquel tren que yo creía a pie juntilla que llegaba hasta el cielo. Se me oprimía el corazón al tener la cálida esperanza que esa tarde, yo subiría al cielo, donde me estarían esperando mis padres y mi hermana Irma.
Un sentimiento indescriptible me invadió cuando en la estación, se anunció la partida del tren. Alborozado vi cómo ese paquidermo de hierro salió del recinto ferroviario, fue tomando velocidad y empezó a subir el cerro. Ahora ya no era un espectador lejano que solamente presenciaba su llegada. No, iba como un pasajero que por primera vez era partícipe de la aventura de viajar en él. Por la ventanilla contemplé cómo el horizonte se abría celeste y soleado, observé con asombro cómo las casas del puerto se fueron empequeñeciendo frente a mis ojos y cómo se presentaba el océano con toda su majestuosidad y grandeza ¡Estaba subiendo al cielo y yo así lo creía! ¡Fueron momentos donde se cruzaron muchos recuerdos, sentía un inmenso dolor en el alma al ver que mi querido Iquique se estaba alejando de mi vista y de mi vida… ¡hasta que desapareció! Y el tren al llegar al final de la cima, en la planicie, me encontré con un paisaje agreste, muy lejano a lo que yo imaginaba como era el cielo. Angustiado le pregunté a tía Nora: ¿El tren no va al cielo? Ella con una sonrisa me contestó: ¡No mi amor, va a La Calera! Frustrado contemplé el desierto por la ventanilla y mi rostro se reflejó en el vidrio como si fuera en un espejo, y observé que mi cara de niño era muy diferente a la que yo tenía antes de subirme a aquel tren, y contemplé cómo unas lágrimas empezaron a manar de mis ojos. No sabía, si lloraba porque presentía que nunca más vería a mis hermanos, o porque me alejaba para siempre de mi barrio de infancia, o quizá estaba desilusionado… porque ese tren no llegaba al cielo.