Los ojos de Ema

Autor: Victoria Irene Muñoz Amigo
Seudónimo: Liberata
Año: 2016 – Tercer Lugar

El ruido penetraba por las ventanas de aquella casa de adobe, la familia Donoso nunca pensó que la modernidad traería consigo el asesinato de su tranquilidad, aquella solitaria morada, de un momento a otro, se vio invadida por autopistas y carreteras ensordecedoras. El abuelo, el viejo Mariano, ya vencido por la vejez optó por comentarios más conciliadores –Estás carreteras nuevas son buenas, porque cuando nazca la nieta llegará más rápido en su auto– la abuela Marta no asentía con la cabeza, es más, ejecutaba, y balbuceaba movimientos de negación, había un tema con la maternidad de su hija Sofía, si bien es cierto no era un tema tabú, el embarazo fuera del matrimonio y las constantes decepciones de  Sofía, no tenían con elevado entusiasmo a la abuela y no le alcanzaba para proferir tiernas palabras para la criatura en camino.

El tiempo pasó, nació el bebé, “la bebé”, Emita fue bautizada. El abuelo tenía razón, su nieta llegaba muy rápido a la casa gracias a las nuevas autopistas, lo que no imaginaba el abuelo Mariano, era que Emita no tendría que volver nunca más, pues Sofía, en un acto casi de declaración de principios y consecuente en su rebeldía, en su primera navidad, dejó a Emita bajo el tradicional árbol de los regalos,  como un presente eterno para sus Padres.

El abuelo Mariano, que en su pasado glorioso fue conductor de micros de la ciudad, en secreto, y  siempre esperanzado en tener un nieto, guardaba una réplica a escala de una “góndola” (Así le llamaba a las antiguas micros) de 1946 de la marca norteamericana Twinn, que al fin podía enseñarla, aunque su sueño era tener un varón, de quién haría “El mejor maquinista de Chile”.

Esa noche buena fue distinta, el silencio era sólo interrumpido por los llantos de Ema, la mesa servida, un lugar para Sofía, un pavo asado, mucha ensalada, sobre todo de brócoli, la favorita del abuelo. La abuela no miraba a ningún lado, sirvió todo lo preparado, incluso quien sabe por qué razón (quizá secreta ilusión del retorno arrepentido de su hija) colocó el plato y los cubiertos en el puesto vacío de la hija. Ella no comió, tuvo todo el tiempo el tenedor en la mano y de reojo miraba cada dos segundos la puerta, incluso en tres o cuatro ocasiones presintió o tal vez creyó escuchar que la tocaban e hizo el amague para abrir, la última vez que lo intentó, el abuelo Mariano, tomó firmemente su mano y le dijo –No  viene nadie, nunca vino nadie y esta no es la excepción, la hija no volverá, la hija nunca estuvo–.

   Eran las doce, había algunos regalos y Ema era uno más de ellos. Se sentaron en el viejo living rojo desteñido, aquel donde Sofía se sentaba cada pascua a abrir los regalos de todos, el abuelo tomó un cuadro con una foto donde aparecían los tres, Sofía de nueve años y él disfrazado de viejito pascuero, los tres felices… brotó una lágrima y volvió el cuadro a su lugar, no hubo palabras, no hubo bendiciones ni mucho menos buenos deseos, el abuelo fue a su habitación y trajo el regalo reservado para su primer nieto, lo abrió y lo colocó en las manitos de Ema, él sujetó el pequeño bus cuidando que no se soltara y le decía palabras emocionantes que al parecer Ema sentía, pues, tocaba el regalo y de su cara brillaba resplandeciente una hermosa sonrisa y sonidos inefables, aunque su mirada era en muchos sentidos, esa noche el abuelo Mariano cumplió un sueño, tener entre sus manos dos de sus más grandes amores, su nieta y la pasión por las micros, que como él siempre decía –Den las gracias a estas micritos, pues gracias a ellas nunca faltó un pedazo de pan en la mesa–.

De Sofía nunca más se supo, los abuelos pensaron que tal vez cuando Ema cumpliera los dos años, podría quizá aparecer, pero nada, lo único que apareció fue un golpe duro… del consultorio les notificaron el mismo día de su cumpleaños que Ema tenía problemas en su vista y que lamentablemente antes de los cinco años quedaría completamente ciega.  El abuelo sucumbió, un alza de presión casi le arrebata la existencia, la abuela lloró, lloró como nunca, pedía explicaciones al cielo, temblaba, su corazón latía y maldecía, sus dedos tocaban los ojitos húmedos de Ema, no entendía el devenir, no centraba un pensamiento, no podía ver otra cosa que un futuro incierto, desde esa noticia, la abuela dejó de ser, desde esa mala nueva, nunca más fue ella, desde ese mismo día supo que ella sería los ojos imperecederos  de su nieta.

Llegó el tiempo no esperado, pero que inexorablemente cayó, Ema quedó completamente ciega.  El abuelo ya no caminaba, estaba postrado hace un año y medio. Siempre llamaba a Emita  a que lo acompañara a un costado, Ema llegaba con su bastón blanco tocando a su alrededor y él tomaba su mano, la sentaba en su cama, y le contaba sus historias de chofer. La que más le gustaba a Ema era la historia del perro que manejó la micro durante cinco minutos, el abuelo tenía mil historias verdaderas y que eran increíbles,  pero esta del perro una vez la inventó, pues se le habían acabado o algunas ya repetía , pero notó que Ema la gozaba cada vez que la narraba, la denominó “el perro micrero” y le contó que una vez de tanto beber  vino, no pudo manejar los últimos metros a casa y que subió a la micro a un perro café con blanco y lo puso al volante y este lo trajo a la casa, Ema no paraba de reír, pero creía a pie juntillas en ello, le contaba a todos sus amigos la hazaña del perro micrero.

 Ema todas las noches tocaba la pequeña micro regalada, hacía ruidos, se acercaba a su abuelo y le preguntaba –¿Cómo son las micros abuelo?–, él destellando alegría sólo decía: –¡hermosas!–, le comentaba que eran muy grandes y con muchos asientos y que el ruido era como el sonido del mar al chocar con una roca, muy fuerte y poderoso. También le contó que su abuela se enamoró de él cuando no le cobró un pasaje, desde ese día sagradamente se iban conversando hasta que ella se bajaba a su trabajo.  Además le contó en voz baja y susurrando al oído que Sofía, su mamá, había nacido en los asientos traseros de la micro, que no alcanzaron a llegar al hospital… luego de escuchar eso, Ema se puso triste, eran sentimientos encontrados, el roce de las manos calientitas de su abuelo la hacían expresar una leve sonrisa en su cara, pero la evocación y referencia a su madre le dibujaban una amarga expresión en su boca, en su frente, en su espíritu, no preguntaba por ella, sabía que su abuela se enojaba si la llegaba a escuchar, el abuelo luego de decir –No alcanzamos a llegar al hospital–, enmudecía, como recordando las tardes de antaño con Sofía en sus hombros  cuando ella le decía al mundo: -¡Mi papá es mejor que mi mamá, lo amo y lo cuidaré por siempre!-, en fin, cosas que dicen los niños, cuando son niños, por lo menos eso dice el dicho…

Llegó un día especial para Ema, estaba muy nerviosa, era su primer día de clases. La abuela mientras la peinaba, lloraba sin que ella se diera cuenta, el peine era el mismo que conservaba del tiempo de Sofía, el cintillo del mismo color azul marino que usaba Sofía, las mismas trenzas y los zapatos de charol que usó Sofía, le dio de desayuno un jugo de betarraga, el favorito de Sofía.

La alegría que regalaba Ema por ir al colegio no tenía explicación, la mayoría de los niños no quería ir, sin embargo ella era la más feliz del  mundo. Las personas que se cruzaban con ella en la calle, en el  trayecto al colegio, la admiraban y  comentaban: –¡Dios la bendiga!–, había algo de inexplicable lástima en esa petición divina, veían su bastón y erradamente y para sus interiores seguros pensaban: –¡pobrecita!–, pero  Ema y su abuela sólo sonreían al escuchar aquellos deseos  y los recibían con mucha gratitud.

Ese cinco de marzo, Ema  antes de conocer el colegio y a sus profesoras, conoció una micro. Cuando la abuela le dijo que venía una, que pararía y que debía aferrarse a su mano para subir, Ema lloró de emoción, la abuela la tomó de la cintura y la subió, mientras mostraba el pase libre que tienen los familiares de los choferes con una mano y con la otra sostenía a su amada nieta, pasó y Ema se paró con mirada perdida en el pasillo y avanzó hasta los asientos del fondo, se afirmaba en los cabezales de cada asiento, iba con una sonrisa enorme, ponía especial atención a los ruidos, aquellos que se parecían al sonido del mar al chocar con una roca, llegaron hasta el último asiento y se sentaron ambas tomaditas de la mano. Ema no caía en más fascinación y le preguntó a su abuela –¿Abuelita cuántos asientos tiene la micro?–  la abuela comenzó a contar… –veintidós– le respondió, una exclamación de asombro surgió desde su más intenso sentir –debe ser grande entonces– comentó, tocaba el material de los asientos y decía que era muy suave, le preguntaba a la abuela si siempre se vendrían en micro,  ella le decía que mientras tuviera vida y salud eso no cambiaría, Ema agradeció recostándose sobre sus faldas, sintiendo las manos arrugadas de su abuela que le acariciaba su pelo.

En la tarde, llegando a casa, corrió a la habitación del abuelo a conversar como todos los días pero, en esta ocasión, la historia correría por parte de ella. Ema le tapó los pies con una frazada gruesa, estaba helado,  le dio un beso en la mano y le pidió que le contara  por última vez la historia del perro chofer. El abuelo con gusto lo hizo, y como siempre, Ema no paraba de reír. Sin embargo, el abuelo estaba ansioso por saber como fue el primer día de clases de su nieta, así que  le suplicó que le contará y ella dijo –Ah, ya bueno, la abuela me llevó por un camino donde pasaba un rio,  se escuchaba, era  fresquito, ahí paramos un rato por que la abuela me dijo que me presentaría a los señores sauces, que daban mucha sombra y que el rio estaba lleno de ellos, sentía sus hojitas en mi cara, y la abuela cortó unas ramas y me hizo una corona, luego continuamos… íbamos al paradero a esperar la micro, y cuando me subí, sentí que ya había estado antes en una, ya la conocía por ti abuelo, no fue necesario subir para saber que pasaba en mí, pues cuando me senté al fondo de la micro, sólo escuchaba tus historias, sentía la micro que me regalaste, se me hizo inmensa, cada movimiento, cada curva era tu voz, sentí los ladridos del perro chofer abuelo, sentí tu voz cuando el chofer pedía que avanzaran para que pudiera entrar más gente.  Las micros… las micros, abuelo las conocí gracias a ti, tú me las mostraste, yo no puedo ver, pero si escucho tus palabras en mi corazón, tú me enseñaste como eran, como eran sus asientos, sus sonidos y mira, para que me creas, busca en mi mochila el cuaderno, y abre la primera hoja, dibujé una micro antes de conocerla, y dime si no son así–. El abuelo tomó el cuaderno, lo abrió y vio el dibujo de su nieta, era una micro, pintada verde y blanco, lloró de emoción, aquella micro decía: “Abuelo te amo”, –mi abuela me tomó la manito y yo solita la escribí– le dijo Ema… –gracias mi tesoro– respondió el abuelo, y le preguntó si quería contarle algo más del colegio, ella le respondió que no, pero dijo algo más: –Yo sé que nunca podré ver, pero no me importa, porque tú me cuentas las cosas y yo me las imagino ¿te cuento algo? un secreto, cada vez que hablas de mi mamá yo la imagino, y también la dibujé, pero se la mostraré cuando venga a verme… ojalá algún día pudiéramos andar en micro juntas y que tú te mejores y seas el chofer, así nos llevarías gratis– el abuelo la abraza y se quedan en silencio, escuchan el llamado a tomar once, es tarde, se acaba un día más, pero no un día como cualquiera, fue el día en que Ema confirmó algo que ya sabía.

FIN