La entrevista

Autor: Marcelo Lillo Espinoza
Seudónimo: Monito del Monte
Año: 2014 – Cuento Más Simpático

Octavio tenía veintitrés años y hacía poco más de seis meses que se había titulado de profesor en la universidad donde pasó los últimos cinco años de su existencia, desde que era un muchacho recién egresado del colegio.

A fines del verano –el último martes de febrero–, el flamante profesor debía concurrir a su primera entrevista de trabajo, de donde lo llamaron el viernes anterior para citarlo.

– Recibimos su currículum –le señaló la amable voz de una mujer después de identificarse– y ha quedado usted entre los tres candidatos seleccionados. Uno de ustedes obtendrá el cargo de profesor después que sean sometidos a una entrevista.

– ¿Cuándo es eso? –le preguntó Octavio, el que lucía pantalones cortos, polera y zapatillas deportivas.

– El próximo martes a las once de la mañana. Sea puntual y concurra en tenida formal.

El profesor había mandado sus antecedentes a numerosas partes y de la única que lo llamaron fue del colegio particular que quedaba a poco más de una hora de la ciudad donde vivía, en un pueblito de no más de diez mil habitantes. Hasta allá debía concurrir Octavio.

El día indicado se levantó a las ocho. Su madre le sirvió el desayuno y a las nueve y media abordó el bus en el terminal. Iba vestido como para un matrimonio –terno oscuro, camisa blanca y corbata–, bien afeitado y con los zapatos brillantes. Además, el sábado se había cortado el pelo. Quería dar una buena impresión porque necesitaba ese trabajo, ya no quería seguir dependiendo de sus padres.

Era un día hermoso y Octavio se instaló en uno de los asientos de la mitad, al lado de la ventana. No era un bus nuevo ni nada que se le parezca; era más bien una cacharra pero que podía llegar bien a su destino, el que se hallaba a ochenta kilómetros, aquella comuna donde el profesor iba a ejercer su profesión si es que sorteaba la entrevista.

Miró hacia el exterior, el movimiento en el rodoviario que era bastante a esa hora. Cuando la máquina se puso en movimiento, con no más de veinte pasajeros a bordo, se entretuvo con los paisajes que se le ofrecieron apenas dejó la ciudad, las montañas azuladas al fondo, praderas verdes y una que otra casita en medio de la vegetación; también algún animal pastando.

No podía decir que no estaba nervioso. Sabía que iba a entrevistarlo alguien, tal vez su futuro jefe. Quizás no era una sino dos personas; a lo mejor era un trío de entrevistadores. No tenía idea de cuántas preguntas le harían ni sobre qué tema. Todo eso pasaba por la cabeza de Octavio a medida que el bus avanzaba por la carretera, deteniéndose seguido porque eran muchos los que esperaban en la ruta. La máquina no demoró en llenarse, incluyendo a varios pasajeros que viajaban de pie.

En el momento en que se cumplieron treinta minutos de viaje Octavio sintió la primera punzada bajo las costillas, más bien al lado del ombligo, en la parte derecha; un dolor que le informaba que debería ir al baño porque lo que seguía no era bueno. Era más bien explosivo, uno de aquellos trámites para los que hay que estar sentado bastante rato en el wáter.

El profesor apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

Recordó que su madre insistió para que antes del café con leche bebiera un jugo de naranja helado (‘Eso te refrescará, hijito’) y que las tostadas de ese día no eran de pan blanco sino de salvado de trigo, ese producto que contiene mucha fibra, especial para que digestión no demore.

Eso pasó por la cabeza de Octavio al tiempo que transpiraba y sentía su espalda mojada. Los dolores del abdomen –su madre les decía ‘retorcijones’– se calmaban por unos minutos y el profesor podía respirar con tranquilidad, sin embargo, cuando estos regresaban lo hacían con mayor violencia. Debía hacer grandes esfuerzos para no delatarse, en especial a su compañero de asiento, un anciano que dormitaba.

Abrió los ojos y miró los rostros inexpresivos de sus compañeros de viaje, los que iban de pie. Un par de ellos se mostraban pensativos; otro miraba hacia fuera y un cuarto pasajero de mediana edad –unos cuarenta, tal vez cuarenta y cinco– miraba al propio Octavio queriendo informarle que sería un muchacho muy gentil si acaso le cedía el asiento.

El profesor estuvo a punto de obedecer al cuarentón y levantarse para que el otro se sentara. De esa manera aprovecharía para ir al baño, obtendría la paz y se presentaría en perfecta forma a su entrevista. Pero alcanzó a acordarse que ese era un bus viejo y que al subir no divisó atrás ninguna caseta que pudiera parecer un baño.

Octavio apretó los dientes y sintió que los dolores regresaban.

Giró en el asiento y enfocó sus ojos al exterior, a ver si las postales que pasaban delante de él lo distraían y hacían que se olvidara de los malestares, los que cesarían cuando se bajara los pantalones y se sentara en la taza. Rememoró algunos momentos similares, sobre todo en su infancia, cuando alcanzó a llegar a su casa para subir corriendo la escalera y encerrarse en el baño. Instantes felices y liberadores, algo que no podía repetir en el interior de aquella máquina que olía a desodorante ambiental.

Sintió la música que escapaba por los parlantes, algunas conversaciones y el motor que ronroneaba, e intentó controlar su respiración (una técnica que escuchó en la radio, apropiada para tener dominio sobre su propio cuerpo), pero no le resultó. Ni los hermosos panoramas ni el control mental lograron que Octavio pudiese olvidarse de los dolores de barriga.

– ¡Dios mío, ayúdame! –susurró para sí arrugando la cara, apelando a la divinidad como último recurso.

Si esta no intervenía desde las alturas era posible que el joven se hiciera en los pantalones, una vergüenza tratándose de un mayor de edad, más encima de un docente cuyo deber era entregar sabiduría. No era ninguna enseñanza el defecarse a bordo de un bus repleto. Aparte de que el olor se desparramaría en un segundo y, lo peor, no podría presentarse en la entrevista para la que restaban cuarenta y cinco minutos.

La divinidad, se llamara cómo se llamara, no intervino a favor de Octavio y este creyó que estaba perdido. Cuando ya se sentía derrotado –cuando se convenció de que lo que estaba viviendo no era una pesadilla–, un impulso desconocido hizo que se levantara del asiento; apretando los glúteos pasó por sobre las piernas de su vecino y se instaló en el pasillo para a continuación soltar el siguiente discurso:

– ¡Señoras y señores! Disculpen esta intervención mía, pero en los momentos más complicados es que los hombres debemos apelar a nuestros semejantes. –La totalidad de los pasajeros quedó mirando a Octavio y muchos pensaron que ese joven no era sino uno de esos predicadores que se encargan de difundir la palabra del Señor–. Estos son instantes difíciles para el que les habla. Dentro de cuarenta minutos debo presentarme a una entrevista de trabajo y guardo muchas esperanzas en ella porque quiero independizarme y quiero también ser un profesor modelo. Estudié pedagogía… –nuevo dolor, por lo que la perorata bajó de tono– y estoy muy ilusionado con… mi profesión. Pero acaba de sucederme algo imprevisto, una tragedia, y si no cuento con la ayuda de ustedes todos los que viajamos en este bus nos veremos perjudicados.

– ¿Todos nosotros? –preguntó una mujer mayor sentada a frente a Octavio, con una niña sobre sus rodillas.

– ¿Se puede saber qué quieres decir con ‘tragedia’? –dijo un hombre que llevaba una camisa floreada

– ¿No serás un asaltante que nos quiere robar? –bromeó una adolescente y algunos se rieron.

– Estoy que me hago caca –confesó finalmente Octavio con un hilo de voz y una lágrima corrió por su mejilla.

El profesor ignoraba hasta cuándo podría apretar los glúteos. Sospechaba que no por mucho tiempo más ya que los dolores no le daban tregua.

Transcurrió un par de minutos y cuando Octavio ya se había resignado a su suerte, un hombre de bigote que viajaba en uno de los asientos de atrás elevó la voz.

– ¡¿Acaso nadie va a hacer nada?! –preguntó sin obtener respuesta, por lo que agregó–: Estoy seguro que muchos de nosotros hemos estado en una situación como la que está este joven. No es fácil, muy por el contrario. Peor aún si se concurre a un trámite importante, porque una entrevista de trabajo lo es. –Pausa–. ¿Dónde está eso que llamamos ‘humanidad’?

– ¡Vamos muy apurados! –exclamó una mujer que llevaba puesto un sombrero de paja y gafas–. No estoy dispuesta a perder mi tiempo.

– ¡Yo tampoco! –saltó otra voz.

– Entonces –dijo el hombre y miró a Octavio– no te queda más remedio que aflojar tus tripas. Anda, hazlo para que los que van apurados sepan que fue peor seguir que detenernos.

Un retorcijón hizo que el profesor se doblara del dolor. Sabía que en cualquier momento sentiría la tibieza bajando por sus piernas y de paso arruinando su terno, el que reservaba para eventos especiales. Adiós entrevista, adiós trabajo, adiós independencia del hogar…

Los frenos sonaron de pronto, un chirrido molesto, a la vez que la máquina se allegó a la berma. ‘¿Qué ocurre ahora?’, se preguntó Octavio. Cuando el bus se detuvo el chofer abrió la puerta y giró la cabeza.

– Baja –le dijo al profesor–. Tienes cinco minutos.

Octavio no podía creerlo. Ese hombre escuchó lo que se habló a sus espaldas y se apiadó de él. Sintió el aire penetrar al bus mientras avanzaba por el pasillo, hasta que una mano aferró su antebrazo. Era la mujer que llevaba la niña en sus rodillas, la que le extendió un pedazo de papel higiénico.

Salió de la carretera y se camufló detrás de unos arbustos. En un momento miró por entre las ramas y vio varios pares de ojos que lo observaban desde las ventanas. No sabía si su figura era visible. Al terminar, y sin decir nada, regresó al bus y este siguió su marcha hasta llegar a su destino.

Ese fue un recorrido que Octavio haría cientos de veces puesto que sorteó con éxito la entrevista y obtuvo el puesto. Años después se casó y al par de décadas –cuando ya existía Internet, los teléfonos celulares eran populares y las máquinas de escribir se convirtieron en artefactos de museo– alcanzó el grado de director del colegio. Algo que lo dejó muy contento ya que, entre otras regalías del cargo, disponía de un baño para uso exclusivo.