Autor: Doris Vania Muñoz Parra
Seudónimo: Uriel Del Valle
Año: 2014 – Tercer Lugar
Vino a mí el aroma fresco de la infancia, esas mañanas de sábado que siempre prometían juegos con los vecinos antes de almorzar, casi podía sentir el olor del pan fresco recién salido del horno y la cazuela de mi madre, la sorpresa matutina de un regalo inesperado: Un Fiat 600, color beige, en la puerta de la casa. Regalo de aniversario de mi padre, por 14 años de matrimonio. Mi papá, con los ojos vivos de expectación le entregó las llaves a mi madre, en tanto ella ensayó una sonrisa forzada , parecida al regocijo, pero apenas dio la vuelta, se volvió una mueca que entonces no pude interpretar y que solo los años me enseñaron a reconocer, como amargura y decepción.
Aunque mi madre no lo dijera, el auto se convirtió en materia de discordia. Desde su llegada a casa, fue la equivalencia de una amante con quien había que rivalizar respecto de los tiempos, los recursos materiales y emocionales que mi papá le prodigaba, o al menos era su percepción. En tanto, en el barrio percibimos los celos, la envidia de los vecinos, era 1980, el primer auto del barrio y un aire ingrato se palpaba cada vez que salíamos de la casa por la mañana, de camino a la escuela. Era tan consciente a mis 8 años de las nefastas sensaciones que producía el Fiat, que me generaba culpa llegar hasta la puerta de la escuela, a sabiendas de que mi casa estaba a dos cuadras, era un lujo, comparado con los cinco kilómetros que caminaba un compañero desde su casa a las afueras del pueblo, para llegar todos los días, empapado y con hambre, durante los días de lluvia. Era injusto.
El auto se convirtió en una especie de taxi gratuito para cuanta buena persona encontrara mi papá en el camino, subían y bajaban compañeras de trabajo de mi mamá, mis profesoras, algunas conocidas y uno que otro amigo que iba urgido al trabajo, sin contar que en esas cuarenta mil vueltas dentro de mi pueblo, era una vitrina abierta al espectador, para chismes y comentario de quien subía y bajaba del auto al punto que mi hermana y yo habíamos creado artimañas diversas para incomodar a las “visitas” femeninas de cada mañana. Por otro lado, no faltaba el amigo que pedía el auto prestado por una diligencia fuera, lejos, muy lejos, donde le resultaría inmensamente cómodo y de ayuda el auto de mi padre, más de alguna vez un joven amigo enamorado le pidió las llaves y al día siguiente encontrábamos medias, lápiz labial y alguna otra intima pertenencia de la acompañante de turno. Era el colmo, lo bautizamos “Prostíbulo con ruedas”, y no le hacía gracia a nadie, pero era la forma de manifestar el descontento de la utilidad que estaba comenzando a dar a personas ajenas a la familia, mientras crecía el desprestigio popular, que alcanzaba para creer que en sitios de mala reputación se había visto al Fiat 600, ya tenía vida propia, era el díscolo, el callejero, que no se estacionaba más que por breves momentos frente a la puerta de nuestra casa. Era el ser motorizado con carácter propio, que en sus inicios viajó por un camino de barro, con su dueño inexperto y reciente aprendiz del volante, que quedó enterrado con la mitad del cuerpo enlatado, colgando hacia un precipicio, de camino al fundo de mi abuelo. En ese viaje, mi hermana y mi prima fueron en busca de ayuda, un par de bueyes que sacaron de ese primer apuro. Vinieron otros momentos de fatídica desatención, recibiendo estocadas en los costados, en el parachoques, desviándose por mala maniobra en la pared de cemento de una casa, y otros accidentes nerviosos de un piloto al que no había que hablarle mientras su concentración se gastaba en los ires y venires de este Fiat.
Debo reconocer que el Fiat fue también parte de tareas solidarias, en él se trasladaban bomberos de la segunda compañía de bomberos que presidía mi papá, con la encomiable tarea de vender tarjetas postales de nuestra localidad, con la meta de pagarlas cuentas impagas de una construcción inconclusa de la segunda compañía. Recuerdo ese verano especialmente caluroso, a mi papá yendo y viniendo a ciertos puntos de la carretera, donde hacían los cambios de turnos, con el voluntariado bomberíl , en su mayoría chiquillos de entre 18 a 20 años, ataviados con sus chaquetas de cuero y cascos negros, aguantando los 34 grados de calor bajo el sol infernal de Enero, deshidratados, entrando al auto mojados en sudor, desanimados a veces , entusiasmados luego, cuando a fin de año, contaron los dineros y descubrieron que los avances y el esfuerzo mayoritario había cooperado grandemente con la causa.
También recuerdo un viaje que hicimos al bajo Malleco, mi padre tenía lágrimas en los ojos, solo unas horas antes el amigo al que prestaba su auto con frecuencia ,se había colgado de un árbol, en el borde del río y lo habían encontrado sus alumnos. Por mucho que en la subida de la cuesta, trataba de buscarle explicación, el silencio solo era interrumpido por el ruido del tubo de escape, que necesitaba afinamiento. La angustia, la tristeza, la incredulidad se había desbordado por cada rincón de este auto, testigo de sus afectos. Pocas veces vi tal dolor enmarcado en el rostro afable y risueño de mi padre, pocas veces a un hombre hecho y derecho, con la voz perdida en palabras que acalladas en un dolor descarnado, que parecía ser un presagio de una desgracia mayor, que marcaría nuestras vidas.
Tras la muerte de Jorge, mi padre no volvió a prestar el auto, se volvió más taciturno. Después del trabajo salíamos a dar una vuelta en su adorado Fiat, escuchábamos música orquestada, Ray Conniff era el favorito y el LP” Playa solitaria” de la orquesta de Horacio Saavedra. Sin saberlo, estábamos reuniendo ahorros emocionales, conversaciones largas y profundas entre una chiquilla de once años y su padre de 43, paseos al campo, atardeceres, helados, viajes a la penumbra de un pasado que mi padre nunca quiso compartir, pensando en que sus hijas no merecían saber de sufrimientos y penurias de su infancia junto a su madre viuda. Sin embargo, ese silencio no evitó que el destino cumpliera su cometido, se agotaron los plazos. A causa de los malestares propios de su diabetes repentinamente agravada, le era ya imposible conducir y algún amigo oficiaba de chofer, recurrió a especialistas, exámenes interminables, para tener finalmente un veredicto perturbador: Le quedaban solo seis meses de vida.
Vinieron meses de licencia médica, de soledad, la ausencia de esos múltiples amigos que solo aparecían para pedir favores, ya no estaban, salvo uno o dos fieles, que ofrecían acompañarlo y conducir el Fiat a la hora que necesitara. Su salud había menguado, uno de sus riñones había colapsado y el otro correría igual suerte, era cuestión de meses. Los días de alegría se habían ido, el futuro se veía lúgubre, ¡cuántos pensamientos pasaron por su mente, en la cuenta inexorable del ocaso!
Recuerdo un martes, del mes de Julio, mi padre acomodando su piyama, ropa interior, objetos personales, para hospitalizarse. Yo no sabía cuan especial era ese día, no sospechaba siquiera la envergadura de lo que se venía, pero oí de su boca algunos comentarios que demostraban su aprendizaje solitario de estos últimos meses. Había entendido que los buenos amigos siempre eran un tesoro pequeño e inestimable, que se podía contar con los dedos de una mano y ahora, en la recta final sabía quiénes si lo eran. A eso de las seis de la tarde, un amigo de toda la vida, uno de la infancia, de la escuela, con pantalón cortito y pelota de trapo, uno de esos que aparecen cuando todos se han ido, que jamás le pidió el Fiat para ir de fiesta, estaba en la puerta, lo ayudó a bajar el par de escalones que separaban la puerta de la acera, mi padre se acomodó en el asiento del copiloto, se veía inmenso, hinchado, el cinturón de seguridad no logró rodear su vientre. A duras penas cabía, su semblante pálido, develaba fragilidad de niño. No sé por qué cuando lo vi allí, me acerqué a darle un beso, y una punzada en el pecho parecía ensangrentarme, cambié miradas con mi hermana, cuando vi el auto en marcha, un impulso superior hizo que comenzara a correr elevando mi mano en señal de adiós y lo siguiera hasta que el automóvil se perdió al dar vuelta la cuadra de mi barrio. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida, la última vez que él subió en su auto, que representó para él, un obsequio más allá de lo material, representaba la esperanza, la aspiración de una mejor vida, de una vuelta de folio, de encerrar para siempre el dolor de una infancia precaria, en la orfandad y la miseria.
Luego de la muerte de mi padre el vehículo se convirtió en una especie de hijo menor, inmensamente solitario, que no era tocado, que permanecía estacionado y guardado en una bodega, haciendo honor al luto profundo que desmoralizaba a mi familia. Los días de sol se habían terminado, mi madre nunca aprendió a conducir y aquel auto que nunca quiso tener y que más bien desprecio enteramente a pesar de su utilidad, fue vendido dos años después, no sin cierta dosis de sentimiento de culpa, por todos los sueños rotos que se quedaban impregnados en su interior.
Al Fiat 600 no lo volvimos a ver, o eso creí, hasta ahora, treinta y tantos años después, estacionado a las afueras de una casa. Lo reconocería en cualquier parte del mundo, pues una de las ventanas había sufrido un choque, y el mecánico que hizo la reparación no pudo encontrar la pintura en el tono exacto para repintar, y solo un ojo agudo de su dueño notaría la leve diferencia de tonalidad respecto del color original. Recordé este ínfimo detalle, y supe que era él. Y es extraño, cómo los recuerdos se remontan, los sonidos y olores del pasado se avecinan y buscan resguardo en mis años, (que hoy son 43, la edad que tenía mi padre cuando partió a ese viaje sin retorno). Un suspiro hondo acompañó un par de pasos, deposité mi mano derecha sobre el techo y dije: ”Dios te bendiga en todo lo bueno”, se lo dije a ese trozo de metal, mudo testigo de tantas aventuras, se lo dije a mi padre, se lo dije al pasado, para mí también, antes de dar la vuelta y seguir mi propio rumbo, por otros caminos, con otros aromas, otros recorridos, recuerdos nuevos y mi propia familia, con quien compartir este sabor de nostalgia.