Autor: Rogelio Miranda Dineli
Seudónimo: Duende
Año: 2007 – Mención Honrosa
La micro había salido del sector oriente de Rancagua. Así leíase en un cintillo, en la cabeza del bus: ORIENTE- PONIENTE con letras grandes y vistosas. De igual modo el número 600.
Al atardecer de aquel invierno feroz que ya terminaba y luego de recorrer polvorientas y entumecidas poblaciones que parecían dormir, la micro, finalmente, enfiló hacia la Alameda Bernardo O’Higgins. Atrás quedaron sectores nombrados, de vez en cuando, en el diario local por fechorías cometidas en la ciudad.
Juan sabía de este mundo: Santa Filomena, 25 de Febrero, Algarrobo, Manuel Rodríguez, René Schneider, eran nombres de populosas poblaciones habitadas por gente mayoritariamente pobres y de mala fama.
Generalmente de costumbres atípicas. Cierto, de día dormitaban largamente, pero al anochecer sacudíanse de la modorra para iniciar actividades de varias gamas. El manto negro de noche favorecía a alguna de ellas.
Este trastrocar de hábitos en los adultos acontecía también en los niños, quienes de la mañana a la tarde jugaban una endemoniada pichanga en la canchita de tierra y piedras. Al caer la noche jugaban a los bandidos.
En más de una ocasión Juan salió arrancando a esconderse en su casa. La vida misma valía un par de monedas para los niños-bandidos. Detenida la micro en el paradero de Avenida Victoria el “sapo” notificó con dedos bailarines el mensaje que sólo conocen él y el chofer. Al reiniciar la marcha Juan creyó ir montado en un burro viejo y cojo. Nervioso por el andar lento de la micro ojeó su reloj y ansió pegarle un grito al chofer para que apurara el paso; pero no se atrevió. Éste charlaba muy animadamente con una joven morena sentada en el asiento pequeño como de copiloto que sirve para los amigotes parranderos y, particularmente, para las minitas ricas y risueñas, que, por supuesto, no pagan pasaje.
La morena coqueteaba con el chofer. “Es indudable que su provocativa boca no recita versos de Neruda; pero sí párrafos de las Memorias de la Princesa Rusa”, meditaba Juan.
Con irritante ansiedad de llegar a su destino, Juan se concentró en su incipiente aventura amorosa. Ester era bonita, gentil y afectuosa, se sentía sincera y honesta. “Esta noche, por fin, la tendré en mis brazos… quizás al besarla le diga que ya la quiero… que anhelo tenerla siempre conmigo”, discurría Juan.
El volumen alto de la radio interrumpió sus íntimas cavilaciones. La micro había apurado un poco el tranco. El chofer seguía haciéndose el lindo con la joven-morena-copiloto que tarareaba la cumbia moviéndose suavemente. El pelo negrísimo, exuberante caía sobre sus pechos ostentosos e inquietos que amenazaban rasgar en cualquier instante, la tela roja de la blusa. Sus manos traviesas jugaban, de vez en vez, con las rodillas desnudas anunciadoras de muslos gruesos y torneados.
Juan detuvo la impúdica inspección e inició un recorrido visual por los avisos e informaciones que acostumbran a indicar los empresarios en las paredes interiores de los buses. Sólo lo hizo para distraerse y así enfriar su afiebrada cabeza. Había leído una vez en la Biblia que el hombre que insiste en mirar a una mujer con el deseo de poseerla, comete adulterio en su corazón. Y Juan sentíase adúltero.
Se impuso de los valores del boleto; del sitio y el fono en el cual hacer un reclamo; de la aclaración a estudiantes y adultos mayores por la franquicia en el pago rebajado del boleto; la recomendación de guardar el boletito y no endosárselo a nadie, menos al chofer; la invitación a romper un vidrio en caso de emergencia; del recorrido por los cuales la línea transita; el ceder el asiento ubicado a la subida a las mujeres embarazadas, tercera edad y discapacitados; de la sugerencia a ordenar al chofer de apagar la radio si el volumen molesta a un pasajero; de no fumar; de bajar por la puerta de atrás; del número de patente y otros asuntillos menores.
La cumbia oíase fuerte. A ningún pasajero parecía importarle, ni menos ir al asiento del chofer y decirle: “¿Chofer podría apagar la radio por favor?”. Juan no tenía conocimiento de tal insólito hecho. El frío, indeseable individuo de gélido ropaje, no bajaba de la micro, que ya corría de lleno por la Alameda de Rancagua. Juan manteníase absorto y apoltronado en su butaca observando a través del vidrio cómo la magia de la noche mudaba la fealdad de edificios, casas, vehículos, gente y desvalidos árboles en bellas postales multicolores. Avistaba edificios de alturas iluminados cual joya reluciente prendida en el vestido de gala que lucía la noche. Los pocos negocios en la Alameda veíanse alegres e insinuantes con sus llamativos letreros fluorescentes. Los despojados árboles ponían la nota sentimental del invierno en retirada. El hospital regional con todos los pisos alumbrados le pareció a Juan un jubiloso transatlántico en la lejanía de un mar sereno. La micro llegaba al corazón de la ciudad por calle Rubio. Una calle otrora de vida alegre y pecadora en los buenos tiempos del tren minero con su carga de voraces y auténticos mineros de dinero y lujuria. Todavía veíase algunas chicas en las puertas de sus casas en posturas procaces; pero, ahora, sin los efectos deseables para ellas. Eran otros tiempos. Hoy la prostitución pasea campante por el centro de la ciudad, sin necesidad de farolitos rojos, poncheras ni boleritos.
Juan vio su reloj y respiró tranquilo. Estaba en la hora acordada. Ajustó el nudo de la corbata; tiró hacia fuera los puños de la camisa rosada; palpó la afeitada y peinó con sus dedos el pelo rebelde. Sentía la cabeza embotada y una molestia en la nuca cual garra apretándosela. Erguió la espalda y estiró las aletargadas y heladas piernas.
La micrito se detuvo en Brasil, avenida de agitada actividad comercial. Aquí bajó la morena bonita con las miradas libidinosas adheridas a su cuerpo de los machotes que aún permanecían en el bus.
Por lo menos la presencia de ella durante el largo recorrido hizo ameno el viaje, cuando el chofer califa se olvidó de acelerar. Había sido una sinopsis de una película porno, en la creativa mente de Juan. Ya era sobre las 19:30 horas. Descendió en unas pocas cuadras más para ir al encuentro de Ester. El frío era insoportable. “¿Cómo irá de caliente el huevón”, masculló Juan risueño, pensando en el chofer que corría a perderse hacia el poniente de la ciudad con dos o tres pasajeros amorfos? Los colores blancos y rojos de sus latas ya no se notaban. Sus roncos motores eran quejumbrosas letanías.
Juan cruzó la parroquia Cristo Rey para alcanzar la esquina avenida Francia. En las primeras cuadras se levantaba la institución del Pequeño Cottolengo, protegida a lo largo y ancho por altas y macizas paredes. Por el frente no había casa, se levantaba una pequeña y tranquila villa. Por lo tanto, eran escasos los vecinos que transitaban por esta avenida, apagada y desierta. Ideal para el atraque ardiente y el ejercicio paraguayo conocido desde los primeros pasos del hombre sobre la tierra. Mientras Juan fumaba un puchito esperando a Ester excitado y nervioso se acordó de la rica mina de la micro. Por un segundo le pareció semejante a Ester en la armonía de sus facciones y del cuerpo. Ciertamente la despampanante morena había alterado su cerebro. Se dijo: “no cabe duda que aquella minoca sería la modelo elegida por Midigliani para repetir un cuadro de desnudo artístico, si él viviera”. El frío maricón bailoteaba por las calles ya solitarias apurando el paso de uno que otro peatón sorbiéndose los mocos rumbeando a casita. La nieve caída sobre la ciudad y los alrededores cubría las cimas de los cerros cercanos que parecían circundar Rancagua. El viento, entonces, barría la nieve y se encargaba de esparcirla, sin ton ni son, sobre la población rancagüina. La luna llena, sin abrigo ni bufanda, iba tranquila por los senderos del cielo. Avanzaba confiada, mansa y dulce irradiando señorío y belleza a la vez.
El incesante tráfico de la locomoción colectiva había mermado. Las máquinas rodaban raudamente por la avenida Baquedano, prácticamente vacías. Los añosos árboles a lo largo de la calle mecían sus copas compasadamente, dejando oír la musiquilla de una congelada brisa alocada. Juan embelezado despertó al escuchar el andar de una persona por la vereda silente. Intuyó que era Ester y fue al encuentro
de ella con el corazón en la boca.
-Buenas noches -saludó la mujer con voz graciosa-. Usted está esperando a Ester ¿cierto? -Ella no pudo venir. Su mamá enfermó de gravedad y partió enseguida a Talca ya que la llamaron urgente. Ella es mi tía Ester, vivimos juntas. Me pidió que la disculpara. A su regreso se comunicará con usted. Su nombre es Juan ¿verdad? Yo soy Alicia, mucho gusto. Ahora que lo miro bien usted venía en la misma micro en la que viajaba. Yo me bajé en el centro. ¿Usted no me vio? – dijo maliciosa-. Venía sentada al lado del chofer.
Juan no articulaba palabra alguna. La miraba idiotamente, turbado, casi molesto. Pudo farfullar después de un instante: -Gracias por su atención; dígale a Ester que estaré aguardando su llamada.
Este insólito percance lo dejó alelado. La cercanía del cuerpo de Alicia en la penumbra de la vereda y su agitada respiración provocáronle el deseo de tomarla, besarla y acariciarla entera. Pasaron por su mente las escenas de Alicia en la micro y lo estremecieron. No sería en esta oportunidad el caballero gentil y correcto que se despidiera con un leve apretón de mano y un buenas noches, apático. Esta vez no se arrepentiría de no haber hecho lo que la ocasión ameritaba y exclamar por mucho tiempo: “¡fui muy huevón, por la cresta!”.
Alicia con su rostro de niña-mujer, ardiente la mirada, boca entreabierta, mirábalo y esperaba. La luz acariciadora de la luna celestina iluminó por completo a ambos. Fue una señal decidora para Juan quien quedamente musitó:
-¿Tienes frío Alicia?
Sin esperar respuesta a la tonta pregunta siguió; -Acompáñame, vamos a tomar algo, ¿te parece?
-Bueno -susurró Alicia.
Andando hacia la esquina solitaria él cruzó un brazo por sus mullidos hombros y la trajo hacia sí.
Las últimas micros regresaban rápidamente a los terminales en el oriente de la ciudad. Los motores parecían blasfemar contra aquéllos que los martirizaban.
Arrellanados y muy juntos en el asiento de atrás de un colectivo, Alicia y Juan, únicos pasajeros, se besaban sin pudor. Música FM agradable y bajita, semioscuridad cómplice, calefacción apropiada estimulaban las caricias y los besos.
La acalorada mano de Juan se introdujo entre los muslos suaves, cálidos y vigorosos de Alicia. Levemente alterada no dijo nada ni opuso resistencia. Era una gacela joven, jadeante y sudorosa tras una loca carrera. Turbada atinó a murmurar en el oído de Juan:
-¡Qué linda está la luna Juanito!
Entonces con un beso dulce, caliente, desenfrenado selló sus entrecortadas palabras.
La mano intrusa, golosa continuó su camino. Ahora con luz verde.