Tormento Gástrico en el Bus

Autor: Raimundo Silva Guzmán
Seudónimo: Reimon
Año: 2007 – Cuento Más Simpático

Esta historia es absolutamente verídica, así que cualquier coincidencia con la realidad, pues no es coincidencia. Corría enero de 2001, cuando por circunstancias extensas de explicar, me encontraba de visita en la maravillosa ciudad de Santiago de Compostela, en la Comunidad de Galicia, España. Estaba en casa de un amigo gallego, con quien había pasado el fin de semana, pero ese mismo día debía tomar un bus de regreso a Madrid, ya que ahí residía en ese momento. Recuerdo bien que aquel día llovía como jamás había visto, y además hacía un frío muy propio de esa zona del país ibérico.

Ya habiéndome despedido, llegué al terminal algo adelantado, así que podía suponer que no habría sorpresas ese día. Aburrido mataba el tiempo leyendo y releyendo los titulares de la prensa amarilla en los quioscos del sector. El Celta de Vigo anunciaba nuevos fichajes para la próxima temporada, una señora de A Coruña denunciaba a su vecina ante la policía por envenenarle al gato, y se especulaba con nuevos romances del Príncipe Felipe; en fin, puras latas locales que no me interesaban mucho. Un mp3 con música latina habría sido una mejor compañía. Después de un rato de lectura ligera no podría definir bien en qué dimensión paralela navegaba mi mente, cuando me vi corriendo para alcanzar el bus que ya salía y claro, no alcancé a ir al baño para garantizarme un viaje cómodo. Fue uno de aquellos absurdos apuros de la vida que terminaría marcando un desenlace bastante inesperado.

Al poco tiempo de abordar, y sin siquiera alcanzar a disfrutar de un paisaje diferente y nuevo para mí, sentí la necesidad imperiosa de asistir en cuerpo y alma al baño. No recordaba qué coño había comido la noche anterior, pero estaba claro que la situación era muy sorpresiva, y claro, me superaría en el corto plazo. Sentía una incomodidad tan apabullante, que apenas pudiera dejaría mi alma estampada en el inodoro del bus. Además, éste se veía a muy mal traer, lo que obviamente me hacía imaginar que el baño era aún peor, como en cualquier país tercermundista. Los españoles son muy simpáticos, pero la higiene no los caracteriza. Le habría vendido mi madre al Demonio con tal de no tener que usar aquel baño pestilente, pero pasaban las horas no conseguía engañar al cuerpo diciéndole: vamos campeón, tú eres fuerte, puedes esperar, dale sólo un poco más. No hallaba postura en el asiento sin llegar a creer que reventaría en el acto. Era tal mi desesperación, que llegué a ofrecer este martirio bíblico a la mismísima y Todo Poderosa Virgen María.

El viaje propiamente tal era muy normal, casi todos los asientos estaban ocupados, la gente conversaba en un tono algo más fuerte que el promedio de los chilenos. Los que viajaban solos miraban por las ventanillas con cara de nada, o en el mejor de los casos dormían. Era curioso observar la fisonomía de la gente en España, son muy parecidos a los chilenos. Cómo se nota la influencia étnica que dejaron los conquistadores en nuestras tierras sudamericanas.

Después de muchos kilómetros de sufrimiento en que el bus se movía incesantemente, sentí una voz del más allá que me susurraba al oído, pero realmente no supe si era mi imaginación en estado de shock, o era mi Ángel de la Guarda que decía: “Vamos, déjalo ir; ya no te pertenece”. Entonces una lágrima muda salió de mis ojitos asustados. Era la señal. Me encomendé al Santo de los Milagros, me armé de valor y me paré para ir al baño que estaba al fondo del pasillo. Yo estaba sentado más o menos en la mitad del bus, que es donde me siento más seguro. El angosto pasillo era como el corredor de la muerte. Tenía miedo, mucho miedo. Mis pasos de tortuga coja avanzaban lentos para no relajar ningún músculo indiscreto que me delatara. Después de un tiempo que se me hizo eterno, llegué hasta la minúscula puerta del baño, todos me miraban porque no había nada mejor que hacer. En un forzado gesto de normalidad, alcé mi manita temblorosa para descubrir que la puerta estaba cerrada con llave. Transpiraba, no podía más, quería llorar. Debí recorrer todo el trayecto de vuelta para preguntarle al conductor por qué putas la puerta del baño estaba cerrada. Impávido me respondió: “Joder, sólo tenéis que pedir la llave”… ¡plop! Con la respuesta a ese volumen ya estaba claro para el resto de los pasajeros que yo estaba en serios aprietos. ¡Qué rico!

Con la llave en una mano y un rosario en la otra, me aventuré cual Colón a repetir la hazaña. Sentía murmullos, la gente ya sabía que yo era primerizo en esto de viajar en bus, al menos en España. Yo le pedía a Dios que ese día terminara pronto. Una vez que logré entrar al dichoso recinto, noté que el nombre baño le quedaba grande, era poco más que un receptáculo dudosamente higienizado, como en los vetustos trenes de nuestro querido terruño. No se podía tocar nada sin riesgo de tener que amputarme la mano. De todos modos, mi situación era de vida o muerte, así que tuve que hacer vista gorda de aquellos detalles. Empapelé la taza y me senté como si fuera lo más sublime que haría en mi vida. Aaaaahhhhhhhhhh, ¡por fin! ¡Qué Manjar de los Dioses! ¡Qué Premio Celestial! ¡Qué Dulzura Suprema! Finalmente pude expresarme desde lo más profundo del colon, desahogué mis entrañas sin que nada en el mundo me importé más. Después de algunos minutos de preámbulo di a luz a un robusto y morocho querubín que incluso llegué a amar. Luego de observarlo con ternura un rato, me despedí y tiré la cadena como reza el Manual de Carreño, pero noté preocupado que el bebé no se iba, volví a intentar la maniobra, pero mi corpulento retoño se negaba tozudamente a abandonar su cuna de cerámica… “Dios mío, qué hago ahora”, pensaba.

No había opción, debía hacerme el huevón como cualquier chileno medio lo haría. No tenía ánimo de hacer una encuesta entre los pasajeros para saber qué era lo correcto en esa cultura. Después de mucho reflexionar sobre el tema, decidí salir del baño con la frente en alto y devolver la llave sin más, como si todo fuera de lo más normal. En el fondo tampoco me importaba tanto este traspié, ya que entonces era un hombre renovado y feliz.

Después de un buen rato el bus hizo su anunciada parada técnica de 20 minutos en la ciudad de León, así que todo el mundo descendió de la máquina en busca de un breve recreo. Estas paradas son habituales en los viajes nacionales, sobre todo si éstos superan las 3 horas. La idea es que la gente estire las piernas y descanse del viaje, pero para mí era más un negociado entre los choferes y los lugares de paradas, ya que siempre hay de todo para comprar y comer.

En la espera yo ya había recuperado mi seguridad y mi autoestima, sentía que volvía a ver la luz nuevamente, las flores se veían más bellas y la vida me sonreía; incluso entablé una amena conversación con unas chicas que iban en el asiento detrás de mí. Me tomé una Coca y me comí el bocadillo de rigor (sándwich para los chilenos). Estaba de lo mejor, cuando noté algo extrañado que la gente del bus hacía una larga cola para usar los baños del local. Sospechaba que mis perfumes intestinales los habían desalentado a usar el baño del bus después que yo… “¿No le estarán poniendo mucho?”. De todos modos, en el fondo sabía que todo ese barullo de gente esperando tenía que ver conmigo.

A pocos minutos de retomar nuestro viaje rumbo a Madrid quedaba claro que ya nada malo podía suceder, la gente había resuelto sus necesidades biológicas en la parada, así que sólo restaba relajarse y disfrutar del resto del viaje. Pero de pronto toda luz de esperanza se apagó de golpe: vi con inquietud que el “asistente de cabina” o copiloto se me acercaba a paso seguro. Era obvio que el escándalo saldría a la luz. Clavando en mí su mirada de fuego, culposa, me preguntó a viva voz con ese acento tan brusco que tienen los españoles:

-¿Señor, usted usó el servicio hace un rato? -…glup, c…creo que sí -respondí.

-¿Le parece bien lo que ha hecho?

Noté que él estaba nervioso y muy molesto, le tiritaba la pera de rabia y los ojos le brillaban de odio. Pero ¿qué podía hacer?, la necesidad escapaba de mi voluntad.

Le dije que para eso sirven los baños ¿o no? Entonces él me respondió sin ninguna discreción que por mi culpa el servicio quedaría inhabilitado hasta llegar a Madrid, ya que éste es sólo para “usos menores”, y que además estaba indicado en la puerta. En ese estado nunca vi el controversial letrerito, además ¿qué significa esto de “Usos menores”? ¿No sería tal vez “Abuso de menores”? Nada que ver. No soy bueno para las sutilezas lingüísticas, así que no habría entendido la restricción de ninguna manera.

La gente se había sumado a la molestia. ¡Tanto escándalo por un mojón atrapado! Salvo este chaval, nadie me decía nada directamente, pero se escuchaba un murmullo cada vez más enérgico, con fuerte olor a queja, de modo que este enojo localizado se empezó a transformar en una verdadera catarsis colectiva, que por suerte no pasó a mayores. Eso sí, desde sus asientos la gente buscaba con la mirada inquisidora al delincuente antisocial… que era yo. En otros tiempos me habrían linchado por menos.

¡Qué vergüenza más grande! De verdad me habría quedado ahí en medio de la carretera esperando el próximo bus, pero no, la penitencia era seguir ahí, con cara de póker hasta llegar a destino, o sea, un par de horas más de tortura sicológica. Seguí el viaje como si no pasara nada, pero no volví a mirar a nadie a los ojos por el resto del trayecto. Jamás en mi vida había deseado tanto viajar en avión.