Autor: Sergio Collao Ortiz
Seudónimo: Andrés Ruti
Año: 2007 – Mención Honrosa
Subí al auto convencido. Estaba seguro de estar haciendo lo correcto, a pesar de que la situación le producía un escozor horrible y su estómago se revolvía impotente con un crujido irreverente de tripas.
Echó a andar el motor, y el suave rugir de su convertible se puso a su entera disposición. El cielo estaba oscuro y parecía evidente que el aguacero no tardaría en caer. Las nubes se habían estado arremolinando toda la tarde, y, ahora, cerca de las seis, ya formaban un atronador manto gris.
El estacionamiento estaba casi vacío y no demoró en llegar a la calle, que se abría con toda la pesadumbre de una jornada invernal. Esa sensación de tristeza también corroía sus venas desde que se enteró de todo, y la sangre intoxicada fluía incontrolable por su cuerpo. Entonces vislumbró el ayer y el claro recuerdo de esa tarde, de esa lluvia, de esa otra vida. Apenas habían transcurrido tres meses, tan sólo tres meses, pero en los cuales su vida había cambiado radicalmente.
Se aproximaba en su convertible rojo al cruce de Avenida España con Toesca cuando la vio. Estaba empapada por la lluvia, que caía ingobernable; muy próxima a la acera. Los encantos de la mujer eran ostensibles, no obstante, el velo del aguacero. Vestía una diminuta chaqueta de cuero que en nada la protegía del agua y llevaba un curioso portafolios en sus manos que infructuosamente trataba de proteger del vendaval…
Adrián, impactado por la imagen que ofrecía aquella joven, se acercó y se estacionó junto a ella:
-¡Ven, sube! -le dijo cortésmente. Pero la joven movió la cabeza y, sonriendo, le respondió:
-¡No, gracias!
-¡Vamos!, no temas. Si estás toda mojada; además te puedo llevar donde quieras.
-¡No!
Pero Adrián creyó oír un sí imperceptible e insistió. Sin embargo, la mujer no se movió y con los ojos puestos en él le hizo una mueca de desaprobación. El gesto le causó risa a Adrián y, confiado, tomó un paraguas de su guantera y bajó del vehículo:
-Al menos déjame ofrecerte mi paraguas -le dijo con su mejor cara, mientras el agua le mojaba inmisericorde.
La mujer le miró con picardía y con una sonrisa en los labios le conminó a proseguir su camino. Pero Adrián conturbado por el encanto de esa pelirroja tan esquiva, no obedeció y le quedó mirando con placer. Su cara era algo ovalada, más de una perfecta piel acaramelada, y sus risueños ojos verdes parecían dividirse entre la coquetería y el desdén.
-¡Por favor!, acepta este paraguas y así me iré tranquilo -argumentó Adrián con tono lastimero.
La joven le miró intensamente y haciendo un gesto con las manos, le preguntó:
-¿Siempre eres así de atento con las mujeres?
-¡Oh, no!, sólo con las chicas bonitas -respondió Adrián muy entusiasmado.
-Está bien, voy a ir contigo. Pero que conste, yo no quería. Y la joven subió al convertible.
Recordaba perfectamente cómo había empezado todo aquello y su malestar se hizo más evidente. Su convertible avanzaba rápido y sus manos atenazaron con fuerza el volante; por ningún motivo quería ser sorprendido por la calzada resbaladiza. Lo que pudiera ocurrirle, después que se consumaran los hechos, le tenía sin cuidado; pero, por ahora, quería cuidarse.
La condujo hasta su casa y, mientras le hablaba, la joven no dejó de mirario con unos ojos tan arrobadores y una sonrisa tan cautivante, que Adrián no pudo menos que quedar extasiado por ella.
-¿Y se puede saber de dónde venías? -le preguntó. -Del Instituto. Estudio Arsenalería Quirúrgica -respondió la joven
-¡Mira que bien! Yo estudio Medicina, y quién sabe, a lo mejor, el día de mañana seamos compañeros de trabajo.
La joven le quedó mirando encantada. Afuera ya no llovía, y el cielo pareció abrirse, dando paso a una luz difusa. -¡Oye! ¿Cómo te llamas? -inquirió Adrián.
-¡Eres harto preguntón! -respondió la joven y le acarició el brazo derecho que sostenía el volante. Adrián pudo ver que la mujer tenía unos dedos muy largos y unas uñas cuidadosamente pintadas, con un pequeño corazón dibujado en cada una de ellas. Al fin arribaron a un portalón donde la joven le pidió que la dejara. Luego se inclinó sobre Adrián y le besó la mejilla.
-¡Gracias! -dijo e intentó bajar.
-Espera un momento –le interrumpió Adrián, al menos dime cómo te llamas.
-Claudia.
-¿Y te puedo volver a ver?
La joven movió la cabeza negativamente.
-¿Por qué no? ¿Acaso tu pololo es muy celoso? -inquirió el joven.
– Puede ser -respondió la mujer alargando la respuesta, al tiempo que se acercaba a Adrián y cuando estuvo junto a él, le besó fugazmente en los labios. Sorprendido, el joven trató de cogerla, pero ella se le escabulló y rápidamente descendió del vehículo. -¡Dame tu número de celular! -le alcanzó a gritar, y ella sin detenerse, se lo dio.
El auto se dirigía por Kennedy, y a pesar que había disminuido la velocidad, igual los objetos pasaban raudos frente a sus ojos; así mismo, las imágenes corrían con rapidez por su mente y esos recuerdos… Entonces se convenció más de estar haciendo lo correcto y la rabia le volvió a impregnar el gusto con el sabor amargo de la destemplanza.
La estuvo llamando con insistencia por varios días, pero Claudia rehusaba a volver a verle. Su arsenal de frases consabidas ya estaba llegando a su fin y no discurría cómo convencerla. Hasta que un sábado, cerca de las siete de la tarde, ella aceptó volver a verle. Adrián no cabía en sí de contento y para deshacerse de su polola, Paula, esgrimió un absurdo pretexto, que ella no aceptó, y, muy molesta, le hizo ver lo inadmisible de su excusa. Pero Adrián no reparó en su protesta y rabieta, y se dispuso a ver aquella mujer que había entrado con fuerza arrolladora en su corazón.
Aquella tarde cuando llegó en su convertible rojo frente al portalón, quedó apabullado. Claudia ya le esperaba. Vestía un ajustado jeans que delineaba con majestuosidad sus caderas, muslos y derriérre; una coqueta y atractiva chaqueta blanca cubría su torso, sin embargo, al estar abierta, dejaba ver un suéter color turquesa muy llamativo, en el que se marcaban con fuerza sus perfectos y espectaculares senos. Lucía maravillosa, mucho más bella que cuando la vio por primera vez. Fascinado, Adrián la llevó a bailar a una discoteca del barrio alto y, más tarde, a beber a un pub de Providencia. Claudia irradiaba tal encanto, que no hubo una sola vez en que Adrián no se molestara y alterara por los numerosos y escandalosos piropos de parroquianos y transeúntes.
Como a las cinco de la mañana, creyó allanado el camino para llevarla a un motel de Vespucio. No contaba con la capacidad etílica de Claudia, quien, pese a beber a parejas con él, no había dejado de estar consciente, ni por un minuto, de cada uno de sus actos. Por eso, cuando Adrián buscó, desesperadamente, acariciarle sus zonas más íntimas, ella le apartó con fuerza:
-¡No Adrián, no! Te equivocaste conmigo -y cogiendo su diminuta cartera pretendió salir del local…
Ahora Adrián veía con claridad cómo se había equivocado, y se maldijo. Afuera la tormenta parecía arreciar y las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el parabrisas de su amado convertible. Cerró sus ojos por un momento y vio a su abuelo, ese viejo bueno que tanto le quería, quien, alborozado por su ingreso a la universidad, le había regalado el vehículo que ahora conducía: su mayor orgullo y su más preciado trofeo. Ese viejo era un sabio y ya le había advertido en una ocasión: “Adrián, nunca subestimes a una mujer. Ellas tienen armas que desconocemos”.
Y así fue, Claudia se aprestaba a salir del local cuando Adrián la alcanzó y la sujetó del brazo. Entonces le pidió, le rogó, le suplicó que le perdonara, y ella, con lágrimas en los ojos, le aceptó, entre sollozos, sus lastimeras disculpas. Desde ese día no dejaron de verse.
A Adrián poco o nada le afectó el descontento de Paula por su intempestivo alejamiento, ya no le interesaba. Recordó, entonces, aquella tarde cuando regresó a casa, después de haber estado con Claudia. Ismael, su hermano menor, le esperaba impaciente:
-Adrián, ¿dónde andabas? Si ya no te vemos nunca en casa…
-¡Ay!, Ismael -suspiró Adrián- ¡Si supieras! Ando con una mujer maravillosa, y me tiene embrujado…
-¡Pero Paula te ama! Si no ha dejado de llamar preguntando por ti. No me parece correcto lo que le estás haciendo -le reconvino Ismael, muy molesto.
Es que lo que estaba pasando era anormal para su hermano menor. Para él, Adrián era sinónimo de perfección y corrección. Un ejemplo a seguir. Sin embargo, desde hacía unos días, ya no le veía estudiar con la disciplina a que le tenía acostumbrado. Y ahora esto: una mujer desconocida que entraba a desordenarlo todo en la planificada y metódica vida de su hermano.
Adrián advirtió la molestia y confusión de su hermano y le manifestó:
-Ismael, te la voy a presentar, ¡y ya verás!…
-Pero Paula, ¿qué vas a hacer con Paula?
Adrián miró a su hermano con pesadumbre. Era cierto, qué hacer con esa mujer tan buena, tan abnegada, tan solícita, pero tan distinta a Claudia. Es que Paula nunca le había provocado todo ese ardor que le producía Claudia: era tan delgada, sus labios tan fruncidos y ese apego irrestricto a la moral; para ella, el amor no tenía por qué involucrar desesperadamente al sexo.
Sexo. Recordó Adrián la primera vez que besó a Claudia. Fue un beso que le hizo volar tan lejos, que cuando ella se separó de él, le costó trabajo percatarse que se encontraba en tierra firme. Sus labios, por varios días, quedaron pegados a su boca y ese calor y ese gusto a menta y fresas, no desaparecieron, sino hasta que los volvió a sentir posarse en su boca otra vez. Pero esta vez ella no se detuvo y recorrió con sus manos el cuerpo de Adrián con frenesí, ante la mirada febril del joven.
Habían llegado temprano a la casa de Claudia y los padres de ella no estaban; al menos eso fue lo que dijo ella. Entonces no tuvieron temor en dejarse caer desnudos en la amplia cama de su cuarto. Fue un encuentro apoteósico para Adrián. Por primera vez en su vida sentía lo que era hacer el amor con la magnificencia de una experta; ella la condujo por el camino del placer con cada uno de sus atinados movimientos, con cada uno de sus lujuriosos besos, con cada una con sus delirantes caricias. Y Adrián la buscó una y otra vez, y ella le respondió, siempre, con mayor fruición, con mayor intensidad. Ismael no tenía por qué saber eso; él era aún un imberbe alumno de cuarto medio, y no entendía. Pero algún día lo iba a experimentar y, recién ahí, lo iba a comprender.
-Bien, ¿qué me dices? ¿Te gustaría conocer a Claudia? –Ismael movió la cabeza ambiguamente y no hizo más comentarios. Aquella tarde, cuando fue a buscar a Claudia, y tras haber dejado interrumpido el estudio, la encontró más bella que nunca. Ella ya lo esperaba frente al portalón y subió rápidamente al vehículo. Le besó desganadamente la mejilla; su rostro estaba agrio y parecía molesta.
-¿Qué pasa mi amor? –le preguntó Adrián intrigado, y ella se puso a llorar amargamente. Tal era su congoja, que el joven se alarmó profundamente:
-¿Pero qué te pasó? -volvió a inquirir, más ella, por toda respuesta, se refugió en su pecho y le abrazó con ternura-. ¡Por favor, vamos! -le dijo entre sollozos-. Más allá te cuento.
Y se lo contó. Le dijo que su padre se había enterado de lo de ellos y le había prohibido terminantemente volver a verlo. Que era una desvergonzada, una mala hija. Que no apreciaba el esfuerzo de él y su madre. Que jamás se iba a titular si andaba encamándose con chicos bonitos y no se ponía a estudiar. Que no pensaba seguir pagándole el instituto, a menos que enmendara.
Adrián, después de escucharla atentamente, le preguntó si podía hacer algo por ella. Claudia, muy nerviosa, le dijo que sí. Que al día siguiente debía pagar la mensualidad en el instituto, y que su padre le había negado el dinero…
Adrián no escuchó más y le preguntó cuánto era el monto que necesitaba, y ella toda compungida se lo dijo. Entonces Adrián, raudamente, dirigió el vehículo hasta un cajero automático. Al llegar, se bajó y prestamente giró el dinero. Volvió, radiante, y le extendió el dinero a su amada. Claudia lo besó emocionada y se lo agradeció una y otra vez. Por fin tenía un hombre que valía la pena, le dijo, y él, orgulloso, se dejó acariciar. Entonces le contó a Claudia que quería presentarle a su hermano menor.
-¿Tu hermano chico?
-Bueno, no es tan chico. Ya tiene diecisiete.
-¿Diecisiete? Como dijiste mi hermano menor, pensé que era un niño. Si es apenas un año menor que yo -le comentó Claudia entusiasmada.
Adrián ya se encontraba cerca de su destino. En el exterior el agua continuaba cayendo con fuerza, azotando con violencia su amado convertible rojo. Con esa misma vehemencia sentía palpitar su desarmado corazón. La luz del sol ya se había ido prácticamente toda por el oeste, y los focos de los postes empezaron a alumbrar con pesadez la tristeza de las calles. Sus ojos se adaptaron con desasosiego a las nuevas condiciones; pero en su mente, en ningún momento, pareció brillar la cordura, muy por el contrario. Por eso, en la luz roja de un semáforo, se aseguró y metió la mano en la guantera. Allí estaba, tan fría como la había dejado.
Cuando Ismael conoció a Claudia, comprendió lo que Adrián había visto en ella. Era la mujer más hermosa que jamás hubiera visto, y no sólo eso, sino también la más simpática, la más cariñosa, la más sexy. Quedó fascinado con ella, y una vez que regresaron a casa, no le escatimó elogios y felicitó efusivamente a Adrián por haber conquistado tan portentosa hembra.. De allí en adelante, no paró de preguntarle por ella, cada vez que veía a Adrián en casa, y éste, orgulloso, le contaba pormenores de su relación con ella. Qué feliz se sentía Adrián, y le restaba importancia al poco dinero que le quedaba en su cuenta; al poco tiempo que dedicaba a sus estudios, a las reconvenciones del jefe de la carrera. Su felicidad era más importante que cualquier cosa y Claudia era el pilar que sustentaba esa dicha, indudablemente. Pero alguien vino a perturbarlo todo, alguien a quien creía ya había asimilado el golpe; alguien a quien no quería ver, más Ismael insistió en que le atendiera: era Paula. Cuando la tuvo al frente se afirmó más en su elección. Aquella mujer que tenía delante de él, a pesar de todos sus esfuerzos, no opacaba en lo más mínimo a la fulgurante Claudia. La saludó fríamente:
-Paula, creí que te había quedado claro la última vez que nos vimos-dijo con altivez-. Lo siento, pero creo que ya no tenemos nada en común; lo nuestro se acabó.
La mujer no se desanimó y mantuvo intacta la entereza: -Adrián, lo único que te pido es que me escuches atentamente, nada más.
El joven la miró con desconfianza y, molesto, le pidió que hablara.
-¡Mira!, yo, a pesar de todo, te sigo queriendo; pero por este amor que te tengo, te pido que no dejes de ser la persona que un día me cautivó. Eres muy inteligente, y estás tirando por la borda tu carrera, ¡por esa mujer! -Paula recalcó enfática.
-¿Qué? ¿La conoces? -exclamó admirado Adrián. -¡Sí, por supuesto! Tenía derecho a saber quién era mi rival. No fue muy decente de mi parte, pero mi curiosidad pudo más que mi orgullo. No obstante, lo importante es que esa mujer no es para ti.
-¿Y por qué debieras ser tú quien decide lo que es apropiado para mí?
-Adrián, ella no es lo que aparenta. ¡Por favor, desconfía de ella! Yo, un día, antes que llegaras tú a verla, la vi abrazada a otro hombre.
-No te creo. Lo dices tan sólo para alejarme de ella -protestó Adrián.
-Es verdad. Todo ocurrió por casualidad; yo estaba esperando que llegaras para corroborar lo que me habían contado, cuando la vi. Pensé que no era ella; pero por las señas que me habían dado de ella, no cabía duda. Después lo confirmé todo, cuando llegaste, y ella salió corriendo a abrazarte. Adrián, hazle una pillada, y ya vas a ver.
Cuando Paula se marchó, ya el aguijón de la incertidumbre le había picado, y fuerte. ¿Y si fuera cierto? Paula podía ser todo, menos una mentirosa. En esos tres años de pololeo siempre había sido muy honesta, nunca le había mentido. Pero no estaba seguro de ser capaz de espiar a Claudia, le parecía deleznable, repugnante. Sin embargo, su corazón clamaba por una respuesta a su inquietud, y se decidió.
Al otro día la llamó por celular y le dijo que esa tarde no podía verla. Claudia, sin inquietarse, sin recriminarle, le respondió que no había problema, y le colgó. La duda, entonces, se instaló con mayor angustia en su corazón, y planeó sus pasos para aquella tarde. Como a las siete abandonó su domicilio. A esa hora Paula ya estaba en su casa. Abordó un taxi, y en quince minutos ya estaba en las cercanías de ella. Se bajó una cuadra antes y fue a refugiarse tras un frondoso árbol estaba situado frente al portalón de su amada. Había suficiente luz y se dispuso a esperar el desarrollo de los acontecimientos, aunque se sentía molesto y tenso por su proceder. Cuando llevaba casi una hora esperando y creía que todo no había sido más que una sarta de mentiras de Paula, vio lo que no quería ver. Allí, frente a ese portalón tan querido, se estacionó un hermoso vehículo plateado. El conductor tocó la bocina, y Claudia, que a todas luces parecía haberle estado esperando, salió corriendo de su casa y toda alborotada, llena de alegría, abordó el automóvil. Luego rodeó con sus brazos el cuello del conductor y le besó larga y tiernamente. Posteriormente, con un espectacular chirriar de neumáticos, el vehículo salió disparado por la calle larga y se perdió a lo lejos.
Adrián quedó estupefacto, sin fuerzas para moverse. De pronto su cuerpo le pesaba más de la cuenta, mientras su corazón sangraba lastimosamente por la profunda herida que le había provocado la infidelidad de su amada. Se alejó de allí, apesadumbrado, destrozado. Qué estúpido se sentía, por no haberse dado cuenta a tiempo de lo consumada artista que resultó ser Paula. Recordó con fidelidad sus palabras huecas: “Te quiero tanto, Adrián. Por favor, nunca me dejes, si lo haces, te juro que me voy a morir de pena”, y se sintió más desgraciado.
Qué fácil le había resultado todo a Claudia. Él, un novato en cuestiones de amor, había creído a pie juntillas su discurso amoroso. Ahora se daba cuenta de lo caro que le había resultado todo esto: ya casi no le quedaba dinero en su cuenta personal; su carrera estaba siendo duramente cuestionada por su pobrísimo desempeño en el último trimestre, y lo más grave, su ánimo tirado por el suelo. Cuando llegó a casa, abatido, con el rostro desencajado por la angustia, Ismael
se alarmó:
-¿Qué te pasó? -le preguntó sobrecogido.
Adrián, con lágrimas en los ojos, le contó su angustia. Su joven hermano reaccionó serenamente. Le pidió que se calmara y le dijo: “Que mujeres como ellas las había por todos lados; que debía sacar provecho de la lección, y lo más importante para su vida: dar vuelta la página”.
Adrián aparentó calmarse y, luego, se fue a su habitación. Cuando se sintió con más fuerza, a eso de las once de la noche, llamó al teléfono celular de Claudia. Su amada voz le suavizó el tormento: -¡Adrián, mi vida! ¡Qué rico que me llamaste! Entonces, tratando de serenarse al máximo, le preguntó qué estaba haciendo, y ella le respondió sin vacilar:
-Echándote de menos, mi amor, echándote de menos. Mañana, cuando nos veamos, te voy a entregar algo que he estado haciendo para ti -se despidieron formalmente, pero Adrián continuó con la espina clavada.
Su convertible rojo ya trepaba por la calle larga, aquella que conducía a la casa de Claudia. La oscura noche y la lluvia incesante habían alejado a la gente de las calles y se advertía muy poco movimiento. Sin embargo, toda esa calma exterior, en nada contribuía a aminorar el malestar profundo que le atormentaba. Entonces sacó con furia lo que guardaba en la guantera y lo apretó con odio; sus ojos brillaron con una luz desconocida y masculló una frase ininteligible.
Al otro día, cuando se vieron, Claudia fue especialmente cariñosa con Adrián: le besó una y otra vez, y no paró de decirle cuán importante era en su vida. Adrián simuló lo mejor que pudo y con mucha dificultad respondió con caricias. Su corazón le dolía, le dolía como nunca. Esa mujer era una verdadera y consumada artista. -¡Mi amor! -dijo la joven-, ayer te dije que estaba haciendo algo para ti y de un cajón de su velador sacó un pequeño corazón labrado en madera que llevaba grabado a fuego sus nombres y las palabras “for ever”.
Adrián contempló perplejo la pieza. Era extremadamente bella, perfectamente tallada.
-¿Tú la hiciste? -le preguntó sorprendido.
-¡Por supuesto, Adrián! ¿Te gustó?
-¡Es maravilloso! No me habías contado que eras una artista
-respondió Adrián.
-Gracias. Eso es para que veas cuánto te amo -y Claudia le echó los brazos al cuello con una ternura tan grande que Adrián sucumbió.
-¿De verdad me quieres, Claudia? -dijo casi imperceptiblemente, y ella llena de amor le respondió: -Más que a mi vida, Adrián, más que a mi vida. Y el joven respiró aliviado, feliz…
Volvió a casa ufano. Todo, por supuesto, todo, tenía una explicación. Pensó que la noche anterior se había equivocado, que esa mujer no había sido Claudia, alguien parecido, tal vez, pero no su amada. Y con la convicción propia de un enamorado, se prometió a sí mismo que ya nada lograría enturbiar su amor por ella. Tres días más tarde, y cuando navegaba por internet, buscando material para un trabajo de Fisiología, sonó su celular. Era Paula. Atendió furioso; pensaba decirle unas cuantas.
-¿Y Adrián, le hiciste una pillada?
-Mira, Paula, por qué no te vas a la misma mierda y te buscas a alguien a quien hue…
-Muy bien, recibe esta foto, entonces y colgó.
Temblando, Adrián vio que tenía una foto para descargar en internet. No se atrevía a pulsar el mouse y averiguar de qué se trataba; tenía un horrible presentimiento. Pero se armó de valor y descargó la foto. La imagen de la pantalla lo dejó aturdido: su propio hermano se estaba besando con Claudia, y frente a ese portalón que tanto había querido. Los hechos eran irrefutables; ahora sí que no cabían dudas, ni la más mínima. Entonces recordó que su hermano no estaba en casa. Le había dicho que iba a salir; que llegaría tarde y no se preocupara por él. A su vez rememoró las palabras pronunciadas por Claudia la tarde anterior: “Mañana no te voy a poder ver, mi amor; tengo que preparar un examen de Arsenalería”. Todo encajaba perfectamente.
Le dolía profundamente la traición de su hermano, pero lo disculpaba: aún era muy joven y, de seguro, había sucumbido a los devaneos de ella, más en cuanto a Claudia… Entonces, se imaginó la escena; a esa hora, con toda certeza, se estaban revolcando en la cama: “Maldita perra -gritó indignado-, no te conformas con nada, ¡eh!”.
Entonces buscó el arma que guardaba su padre en la gaveta de su escritorio. La cargó y la colocó en uno de sus bolsillos, y, furioso, salió a los estacionamientos. No pensaba dejar las cosas así, se vengaría, le haría pagar caro la traición a su amada. No tocaría a Ismael, pero de seguro la experiencia lo iba a marcar para toda la vida. Pensaba asestarle media docena de tiros y luego dejarla desangrarse como una alimaña, ante la mirada horrorizada de su hermano: “Perra inmunda”, se dijo tiritando de rabia.
Todo estaba por terminar y ese dolor que le cruzaba por todo el pecho y le producía náuseas, pronto sería vengado. Su automóvil cruzó la última bocacalle a más de 80 kilómetros por hora, mientras sujetaba el volante con ambas manos, enfurecido. Fue en ese momento que lo vio: un hermoso perro surgió de la nada y cruzó intempestivamente la calzada. Adrián, sin pensarlo dos veces, giró el volante para esquivarlo; pero la lluvia, el pavimento mojado y resbaladizo y el poco margen para el error pudieron más: Adrián no pudo controlar el vehículo que desbocadamente saltó sobre la cuneta. Entonces, su amado convertible rojo, ingobernado, se fue estrepitosamente contra un poste. El golpe fue seco y severísimo, quedando el automóvil incrustado en la mole, que se partió en dos producto del impacto.
Adrián, consciente y malherido, pero a salvo gracias al cinturón de seguridad, abrió los ojos y apenas movió la cabeza: “Maldito estúpido -se dijo-, pensabas matar una perra y ni siquiera fuiste capaz de atropellar un perro”, y una sentida lágrima corrió por su mejilla, al tiempo que se aprestó a recibir ayuda, apenas se asomara alguien por ahí que lo pudiera rescatar de los escombros y fierros torcidos.