Mujer de la Tierra

Autor: Fernando Pizarro Dorador
Seudónimo: Carlos Rafael
Año: 2008 – Segundo Lugar

Con una mirada de satisfacción en su rostro moreno, la mujer plegó el diario que leía y cuidadosamente lo colocó sobre su falda, perfectamente planchada. Paseó su mirada por los edificios que tenía al frente, a tiempo que respiraba profundamente el olor a bosta de caballo que llegaba desde un paradero de victorias que estaba a un costado de la plaza. Acaso le traería recuerdos de su tierra sureña, donde junto a su familia, vivían en una rústica casa hecha de madera con techo de fonolitas. Allí estos olores eran cosa de cada día y no solamente de caballos, sino también de cerdos, vacas, gallinas, patos y cuanto bicho que por ahí circulaba.

La capital es otra cosa, o mejor, es otro mundo, otra realidad. Y ella siempre había deseado conocer esta enorme urbe, tan llena de gente indiferente e inquieta; de vida tan vertiginosa que no deja espacio ni tiempo para respirar, admirar el paisaje o tenderse sobre el césped que se ofrece verde. Hombres y mujeres de mirada perdida que caminan como sonámbulos, dando la idea de no conocer siquiera su destino. Todo lo hacen automáticamente: tomar el bus, comprar el diario, mirar la hora, hablar por celular (maldito celular, nunca le gustaron estos aparatos que quitan lo más preciado: tu privacidad).

El estruendoso cañonazo del Santa Lucía que dice que ya es medio día, la saca de sus cavilaciones. Se pone de pie, ordena su falda, se abotona la chaqueta, mira sus zapatos y doblando el diario que coloca junto a la cartera, se dirige al paradero que la llevará a la dirección encontrada en el periódico. Su destino, el barrio alto. Allí necesitaban una empleada para todo servicio que inspirara confianza y discreción. Por fin trabajaría en ese ambiente que tanto esperó. Deseaba conocer el tipo de persona que allí vive. Sabía que lo más que tenían era dinero; que habitaban casas enormes, con dos o tres autos a la puerta; con jardines que parecen canchas de fútbol; piscinas y entrada con chapa electrónica y alarmas de seguridad hasta en el baño. A lo mejor se encontraba con alguna vieja loca como cabra, algún vejete medio “clueco” o “cabros volados”. Era lo menos. Lo más importante: pagaban un buen sueldo. Justamente lo que buscaba. Cuatro bocas en el sur esperaban mensualmente su platita: sus tres hermanos y su madre viuda y enferma. Con fuerzas sólo para preparar la comida y cuidar a los menores. La historia de su vida comenzaba ahí.

El bus la dejó casi a la puerta del domicilio que buscaba. Una casa enorme, verdadera mansión, con enrejado casi de tres metros, un antejardín que parecía potrero, jardines con todo tipo de flores, de colores variados, antenas de Sky, ventanales que semejaban vitrinas de local comercial. Tan absorta estaba, que no se dio cuenta que a su lado se había acercado un hombre, desde el otro lado de la reja. Busca a alguien la señora -preguntó el hombre. -Sí, sí -respondió atropelladamente la mujer- es que vengo por la dirección que aparece en el diario.

-¡Ah! -gruñó el hombre- iré a preguntar adentro, porque yo no sé nada de ese asunto. Ya vengo, no se mueva de aquí -y se alejó a paso lento por el césped. No se demoró mucho en volver el hombre. Lo vio acercarse con su figura encorvada y a paso lento. Debe ser el jardinero por la pinta que tiene y con ese enorme sombrero, parece campesino mexicano el pobre, pensó para sí.

-Tiene que entrar -dijo el hombre- la señora la espera en el living de la casa. Váyase derechito por el pasto, hasta esa puerta de madera. Allí toca el timbre y espera -agregó el hombre mientras recogía sus herramientas que había dejado en el suelo.

Con paso seguro se adentró por el césped hasta llegar a la puerta que le había señalado el jardinero. Le extrañó no encontrar a ninguna otra persona en todo el recorrido por la amplia entrada. Tal vez estarán con permiso, pensó la mujer. Por fin llegó a una puerta llena de cerraduras. Tocó el timbre. Casi de inmediato una mujer como de cuarenta años, tal vez más, maquillada hasta por los codos; con collares por todas partes, pulseras y anillos en sus manos largas y huesudas y aros como ruedas de carreta suspendidos de sus orejas, apareció en la puerta. Su cara enjuta y atribulada la miró de arriba abajo. Luego hablo con voz aflautada:

-¿Tú debes ser la que viene por el aviso?

Y sin esperar que contestara, la hizo pasar. Cruzaron largos pasillos alfombrados, lleno de jarrones con flores naturales, mesas de mármol, cuadros en los muros. Al final del pasadizo se detuvo, volviéndole a decir de sopetón:

-Quiero que me muestres tus papeles.

La muchacha le alargó un sobre que contenían toda su documentación personal, aparte de certificados y recomendaciones (que nunca están de más).

-Así que te llamas Celinda Mercado Pallauta y éste es tu tercer empleo como asesora. Y te has retirado voluntariamente de cada uno de ellos, ¿puedo saber por qué?

-Fue sólo por la paga, señora. Era muy poco y como yo ayudo a mi familia que…

de casa.

-¿Y qué te hace pensar que yo te pagaré más? -preguntó la dueña

-No sé, tal vez porque se ve que es de otro nivel económico, no estoy segura, pero se nota que Ud. tiene otro trato… -aquí tuvo que deslizar una pequeña mentirilla. La señora la miró nuevamente y agregó: -Veremos cómo es tu desempeño, porque te daré un trabajo muy especial y privado, por eso que exijo seriedad y discreción. Estarás exenta de toda labor en la cocina, del aseo, del lavado, encerado, planchado y en general de toda responsabilidad que tenga que ver con el mantenimiento de la casa. Según como sea la calidad de tu trabajo y cumplas con mis exigencias, será tu sueldo. Mientras tanto, te daré ciento cincuenta mil pesos mensuales, aparte del alojamiento y comida que serán gratuitos. ¿Qué me dices?

Celinda miró a la mujer. Le gustaba la proposición. La cantidad de plata ofrecida, le convenía. Además, si cumplía, podría subir ese monto. Lo que le intrigaba, era el trabajo que le asignaría.

-Está bien, acepto sus condiciones -dijo Celinda- sólo que me gustaría saber cuál será mi trabajo tan privado que Ud. dice…

La mujer se acercó a la ventana que daba a uno de sus amplios jardines. Su rostro se había ensombrecido y su mirada quedó fija en algún lugar de la calle. Con voz apagada contestó:

-Tengo un hijo enfermo. Sufre el síndrome de Down. -¿Qué enfermedad es esa? -interrogó Celinda.

-Son aquellos muchachitos que la gente llama mongolitos -dijo y bajó la cabeza. Luego prosiguió-: tiene cinco años y nunca ha salido de su pieza. De hecho, casi nadie lo sabe, y quiero que así continúe. Si mal no recuerdo, creo que la cocinera que es de mi confianza y mis padres conocen esta situación. Y ahora tú. Y es aquí donde comienza tu trabajo. Emplearás todos tus medios para que nadie sepa de este niño. Lo atenderás personalmente; le darás su comida que preparan especialmente para él en la cocina, le harás el aseo personal diariamente; lo entretendrás y lo sacarás a pasear todos los días de 10 a 11 de la mañana, por la plazoleta que queda cerca de aquí, tratando que nadie te vea salir ni entrar de la casa, y a la noche, lo acostarás y velarás su sueño, porque he mandado a colocar una cama más en su dormitorio, y tú dormirás con él, ¿es mucho lo que te pido?

Celinda.

-No, no, está bien, creo que podré hacer todo eso -respondió

-Si quieres hacer una pregunta, hazlo hoy, porque no volveré a repetir nada de lo que te he dicho -dijo la mujer con cierta seriedad al notar cierta incertidumbre en el rostro de la muchacha. -Sí -respondió Celinda- tal vez sean dos preguntas, ¿puedo? -Me guardo el derecho de responderte si alguna de ellas no me gusta -dijo la patrona-, ¿cuál sería la primera?

-¿Tiene Ud. esposo? -preguntó la muchacha.

-Por supuesto -respondió la mujer- pasa poco conmigo. Su alto cargo en una empresa comercial internacional lo obliga a estar permanentemente fuera del país. Como podrás apreciar, el círculo social donde me desenvuelvo es demasiado exclusivo, estamos constantemente en reuniones con personajes importantes, de altas esferas de gobierno, empresarios, banqueros, y… -Entiendo -repuso Celinda- me queda muy claro, y esa es la causa por la cual…

-Dijiste que eran dos preguntas -le interrumpió la mujer-, ¿cuál es la otra?

-Ah sí, ¿hay más hijos? -preguntó Celinda.

-No, no hay más hijos, afortunadamente -dijo la señora con cierto fastidio-. A la larga los hijos son una verdadera carga. No te dejan espacio ni tiempo para tus quehaceres personales. Son una amarra que te obligan a desentenderte de ti -agregó antes de salir. Al llegar a la puerta se volvió a Celinda para decirle-: Y no olvides esto: no quiero que te relaciones con los demás empleados de la casa. Deseo que dediques el cien por ciento de tu tiempo a Diego, imagínate que es tu hijo ¿te he dicho que así se llama el niño? -preguntó con indiferencia.

-No, señora -respondió Celinda-, no me lo ha dicho. -Bueno, ahora ya lo sabes entonces. Ahora voy a salir a visitar a una amiga y creo que volveré a la noche. Mi marido no está en el país. Me imagino que llegará este fin de semana, porque el sábado tenemos una comida con el Ministro de Transportes y empresarios camioneros… ¡Adiós!

Y salió. Tenía prisa. Mucha prisa por alejarse de allí. Celinda quedó confundida, con una sensación de vacío en el estómago, quedó con una angustia que le estrangulaba el pecho, y con unas ganas tremendas de llorar. Tuvo la impresión de haber estado conversando con una estatua de hielo, ¡qué horror! Y pensar que ella, ¡cuánto había deseado tener un hijo! Tenía 28 años y su juventud había pasado inadvertida por su vida. Ahora estaba, de pie en medio del living, rodeada de muebles carísimos y pisos alfombrados de pared a pared. Había conseguido trabajo en una casa donde no faltaba nada, había de todo lo que quería. Sin embargo, faltaba aquello que hace gente a quienes la habitan: amor. Su patrona era una mujer sin una pizca de cariño materno, las últimas palabras pronunciadas, la habían retratado de cuerpo entero: su hijo enfermo era para ella un estorbo, una cruz que la avergonzaba, era un obstáculo para su vida tan llena de banalidades, tan vacía. Los asuntos sociales estaban en primer lugar. Celinda no atinaba por donde comenzar su trabajo. Aunque la patrona, cuyo nombre ignoraba, no le indicó dónde estaba la pieza del niño, supuso que era la que quedaba al final del pasillo, casi debajo de una escalera que conducía al segundo piso. Y se encaminó hacia allá. Mientras caminaba, pensaba, cómo enfrentar al pequeño de cinco años. Llegó a la puerta. Tomó el pomo de la cerradura y la hizo girar. Estaba abierta, sin llave. Le llamó la atención. Entró. Era una pieza muy bien arreglada, llena de cuadros de personajes de Disney, grandes móviles colgaban desde el techo también con figuras de dibujos animados. En el centro del cuarto una cama, con cobertores lleno de figuras de animales. En ella, un niño que la miraba con grandes ojos azules y una vaga expresión en su rostro. Celinda pudo vislumbrar en él una dulce sonrisa de alegría. El pequeño levantó sus brazos hacia ella. La muchacha en un comienzo no supo interpretar aquel gesto; más luego se dio cuenta que Diego deseaba que lo levantara de la cama.

Sin pensarlo dos veces la muchacha se agachó y lo levantó. Estaba casi esquelético y con intensos olores a orín. El pequeño rodeó fuertemente su cuello con ambos brazos y apoyó su mentón sobre el hombro de Celinda. Un profundo sentimiento maternal la había sobrecogido. Nunca antes había sentido algo igual. Ni siquiera con sus hermanos menores. Tal vez porque las situaciones eran diferentes. No supo cuánto tiempo estuvo con el pequeño en brazos. Sólo se contentaba con tenerlo así. A ratos sentía estremecer su cuerpecito, a ratos un suspiro profundo como un sollozo, salía de sus pulmones. Cuando consideró oportuno, lo dejó sobre la cama y empezó a sacarle la ropa. Una exclamación de sorpresa la sacudió cuando a su vista quedó al descubierto todo el descuido y la irresponsabilidad: el pequeño tenía toda su ropa interior totalmente mojada, su cuerpo mostraba restos de excrementos secos, sus nalgas y muslos cocidos por la acción de la suciedad y la insana indiferencia de quien debería velar por él.

-¡Dios mío!, ¿es posible tanta dejación? -dijo Celinda que empezó inmediatamente a preparar la tina con agua y bañar a aquella criatura. Era necesario hacerle un acabado aseo y cambiarle toda su ropa. Su camisa de dormir, mostraba restos de comida, ya seca. Por lo menos aquel pequeño no había sido atendido en diez días, o más.

Diego, ajeno a todo, gozaba con el agua tibia como niño era. Jugaba con la esponja y otros objetos que la muchacha le había tirado a la tina. Celinda miraba con verdadera ternura al pequeño. No le importaba su estado mental o físico, nada de lo que era el niño, causaba en ella repugnancia o rechazo. Sólo un dolor más agregaba a su vida: la situación de abandono en que se encontraba la criatura. No cabía en su cabeza tanta desvergonzada irresponsabilidad. No concebía cómo un ser humano pudiera ser objeto de tanto maltrato, no comprendía cómo otro ser humano pudiera preferir gozar de los placeres de la fría sociedad, a los placeres que nacen de un corazón infantil. Pero no se daría por vencida. Haría del muchachito una persona, le enseñaría todo lo que un niño debe saber a esa edad, le daría afecto, jugaría, pasearía, le contaría historias de hadas y príncipes, de castillos encantados; le enseñaría a observar y a gozar con las bellezas de la naturaleza y también le enseñaría a rezar. Por Dios que lo haría, aunque en ello se le fuera parte de su ya trabajada vida. Y cuando considerara que el chico era ya una personita, proceso que nunca termina, buscaría a su madre donde estuviera y con quien estuviera y le diría: “Señora, ¿reconoce Ud. a su hijo?”, aunque eso significara su cancelación del trabajo. Pero se iría feliz, porque sentía como hijo al pequeño Diego. Una tarea difícil, pero no imposible. “Seré como Fresia, la mujer de Caupolicán”, pensaba la joven. Todos los días de diez a once de la mañana, sacaba a pasear al pequeño. Y mientras caminaban, le mostraba los árboles y las plantas. Se detenían a observar las flores y escuchar el canto de las aves. Le enseñaba el nombre de cada uno. Frente a la parroquia, le indicaba lo que era y para qué servía. Tomaba sus manitas, las juntaba y le enseñaba á rezar el Padrenuestro. Le señalaba cómo cruzar la calle, a conocer los vehículos y observar a la gente que circulaba. Más de alguna vez se subieron a una micro para recorrer la ciudad. El pequeño gozaba como nadie; nunca antes había viajado en microbús. Para él todo era nuevo y aprendía lo que Celinda le enseñaba. Con qué habilidad lanzaba y recibía la pelota de goma roja que Celinda le tiraba en el parque, y qué gozoso se le veía lanzarse por la montaña rusa o elevarse en el columpio de la plazoleta.

En casa aprendió a sentarse a la mesa. A tomar el servicio y a usarlo; aprendió a emplear la servilleta y a beber del vaso; aprendió que no debía gritar, ni hacer ruido mientras comiera.

Por las noches, se dormía, como se duerme un niño, sumergido en un mundo de fantasía, entre príncipes, princesas y hadas, que vivían en castillos encantados sumergidos bajo el mar o entrando en un bosque hechizado. Eran los cuentos que Celinda, que noche a noche, sentada al borde de la cama, le contaba con una voz dulce y tierna, mientras le acariciaba la frente. Y, lo más importante, se inició entre ellos un diálogo precioso; el niño empezó a manejar un vocabulario muy rico y variado. Tal vez no había una perfecta modulación y concentración, pero se

comunicaban.

-A ver, Dieguito, ¿cómo se llamaba la princesa que se quedó

dormida? -preguntaba Celinda.

-La Bella Durmiente -respondía el pequeño y un príncipe la despertó con un beso -agregó sin que la muchacha se lo preguntara. -¡Muy bien, mi niño, muy bien! -lo premiaba Celinda abrazándolo, a lo que Diego respondía de la misma manera. -¿Y cómo se llaman esas avecitas que comen migas de pan en la plazoleta? -preguntó de nuevo Celinda.

-Palomas -dijo el niño- y son todas blancas…

¡Qué bien, Dieguito, qué bien, ¡estoy muy contenta contigo! -Yo también contigo -exclamó el pequeño mirándola con ojos muy abiertos y mientras movía sus brazos como un péndulo. El tiempo pasó pronto, más de lo que Celinda esperaba. Cada día el muchacho aprendía algo nuevo. No era ni la imagen de aquel pequeño que una vez encontró postrado en una cama apestando a orines. La madre, jamás preguntaba por él. Más de una vez se encontraron en los amplios pasadizos. Pero rehuía todo encuentro, escondiéndose rápidamente en las múltiples habitaciones de la casa. Por lo demás, para el pequeño Diego, sólo en Celinda reconocía a la persona que le prodigaba afecto y atención. No tenía ojos para nadie más. Entre ambos se había formado un fuerte lazo de dependencia: él necesitaba de su cariño y ella se realizaba como mujer. Pero Celinda no perdía la esperanza de encontrarse con la señora para contarle lo que había hecho de Diego. Era necesario que supiera que su hijo había aprendido muchas cosas, que era capaz de levantarse y vestirse por sí mismo; que comía solo y que se ponía el pijama sin ninguna ayuda. Sólo eso pensaba decirle Nada más. Que para eso le estaba pagando. Y que había cumplido con lo que ella exigió. Y de eso hacía ya diez meses. Lo bueno, que sagradamente le pagaba su sueldo, que se lo había subido como se lo prometió. Nunca se atrasó. Y eso, había que destacarlo.

Se acercaba la primavera. El sol calentaba más y la naturaleza empezaba a despertar por todas partes. Los días comenzaban a alargarse y las noches a ser más cortas. Ya no hacía tanto frío. Celinda penso que había llegado el momento de conversar con la señora. Y que su trabajo estaba llegando a su fin. Seguir allí sería desempeñar un papel que no le correspondía. Sabía que sufriría, porque había llegado a querer al pequeño con un cariño difícil de medir y explicar. El pequeño Diego era ahora capaz de desarrollar un montón de cosas sin ayuda de nadie. Pero era necesario que la madre asumiera su rol. Que lo tomara de la mano, que lo mirara a los ojos, que le acariciara su rostro, que él hablara con el corazón. ¿Era mucho pedirle? Las cosas de la sociedad pueden esperar. Primero están los hijos.

Y esperó a que estuviera sola. Una tarde, la encontró sentada en uno de los tantos escaños de los jardines de la casa. No sabría decir si estaba o no con el ánimo dispuesto, pero no podía esperar. Si bien era cierto que el trabajo era bueno, también era cierto que se sentía incómoda estar cumpliendo, a esta altura, con una responsabilidad que ya no le correspondía. Seriamente pensaba que debía irse. Total, algunos ahorros había logrado hacer, y encontrar otro trabajo no le sería difícil. Por lo que se armó de valor y encaró a la patrona. Se acercó y hasta que no estuvo segura que se había percatado de su presencia, dijo: -Señora, ¿puedo hablar con Ud.? -la mujer la miró por sobre sus lentes, con cierta molestia y respondió:

– ¿Qué quieres?

-Señora, ya llevo diez meses aquí y pienso que mi trabajo está terminado. Dieguito ha aprendido muchas cosas, está muy habiloso y…

-Te pregunté qué quieres -le interrumpió la mujer groseramente. -Quiero que Úd. se haga cargo ahora del niño, como madre que es -dijo Celinda valientemente, sorprendiéndose ella misma de su actitud. – ¿Cómo te atreves, india de mierda, venir a decirme lo que tengo que hacer o de lo que debo hacerme cargo? ¿Quién te ha dado tanta confianza? ¿Acaso crees porque ese niño ha aprendido algunas cosas te da derecho a decirme esto? Sal de mi vista si no quieres que… -Primero me va a escuchar. Podrá ser mi patrona, pero eso no le da derecho a gritarme así. Podré ser una india de mierda como Ud. dice, pero sé dar amor y a su hijo, le di todo el amor que le faltaba, todo el amor que Ud. no fue capaz de darle, porque primero estaban sus comidas, sus reuniones, sus fiestas, y tanta otra porquería de la alta sociedad… -respondió Celinda con ímpetu y rabia.

-Mañana, agarras tus chilpes, y te largas de aquí, india mugrienta -repuso la dueña de casa.

-Pero tengo mi conciencia limpia, no como la suya, sí la tiene. Con gusto me voy, para que asuma sus labores de madre, pero antes me cancela el mes trabajado.

La mujer tomó su cartera, de donde sacó su talonario de cheques, extendiéndole uno a la muchacha. Tenía el rostro desfigurado de rabia. -Aquí está tu pago y ahora piérdete de mi vista. No quiero que los invitados de esta noche te vean por aquí. Me daría vergüenza. Aprovecha de arreglar tus cosas y mañana antes de las ocho, no quiero verte por aquí, ¿oíste? -dijo tirando el cheque sobre la mesa. -¿Sabe una cosa, señora? Me voy contenta, porque eduqué a un niño abandonado por su madre. Ahora él la está esperando, para recibir el cariño que le negó por seis años y dando media vuelta, se alejó, dejando a la mujer roja de indignación.

Veinte, veinticinco autos estacionados frente a la casa. Eran los invitados a la comida que la patrona había organizado para celebrar un convenio comercial que su marido había logrado con el Mercosur. exquisitas que sacaban de unos enormes furgones, eran repartidos sobre Mujeres luciendo hermosos o costosos trajes entraban a la casa. Comidas las mesas de blanquísimos manteles. Parece que la cosa era en grande. La noche había avanzado rápidamente. Eran casi las doce de la noche y la fiesta estaba en pleno apogeo. Con varios vasos de licor en la cabeza, los invitados se veían muy animados y desinhibidos. La orquesta tocaba a gran volumen, mientras las parejas bailaban con entusiasmo en la pista, totalmente olvidados del diario trajín. En medio de ellos, la organizadora de la fiesta demostraba sus dotes de bailarina. Estaba en otra. La discusión que había tenido con la empleada, no la inquietó para nada. Ahora ella exhibía una desenvuelta conducta, quería que todos pensaran que era una mujer sin mayores problemas, o por lo menos, no mayores que los de los demás allí presentes. Y bailaba con frenesí. Locamente. Mas, nadie quisiera haber estado en su lugar, cuando dentro de un rato más se develara ante todos, una truculenta verdad, propia de una tragedia griega.

Todos se volvieron sorprendidos, incluso la dueña de casa, cuando la orquesta dejó de tocar de improviso. Porque allí, en el centro del escenario, había una mujer de rasgos indígenas con un niño de la mano. Un silencio que podía cortarse con un cuchillo, invadía todo. Sólo fue roto por la voz de la mujer. La dueña de casa estaba blanca como papel. Su boca seca como bosta de caballo y un desagradable cosquilleo en la boca del estómago que ya empezaba a dolerle. Quiso dar un paso al frente y encarar la situación que se presentaba, pero algo la mantenía clavada en el piso. Todos estaban sorprendidos por lo que pasaba y más aún les intrigaba aquella mujer con el niño de la mano. La voz de Celinda se dejó escuchar, casi metálica, cuando se dirigió a su ex patrona: -Señora, ¿reconoce Ud. a este niño? Es su hijo y vengo a dejárselo, porque tiene miedo quedarse solo. ¡Venga, tómelo! ¡Hágase cargo de él! ¡Ya es tiempo que asuma su papel de madre! ¡No es posible que lo siga manteniendo en el abandono y el desamparo, recluido en cuatro paredes, sin haberle dado jamás una pizca de afecto; porque para Ud. toda esta hipocresía y banalidad estaba por sobre el cariño de su hijo! ¡Yo ya he hecho el trabajo que me encomendó, tal vez mucho más de eso; pero es hora que Ud. lo tome de la mano y sigan juntos el camino empezado!…

Ahora el silencio se hizo insoportable. Mucho más. Todas las miradas se dirigieron hacia la dueña de casa, que no atinó a nada. Allí en medio del escenario estaba el niño, solo, porque Celinda había desaparecido. Infructuosamente buscó a su marido, pero no lo encontró. -¿Dónde estás?

Como sonámbula, caminó hacia una silla, donde se derrumbó. Con pavor miró cómo los invitados empezaban a retirarse. Nadie dijo nada. Habría estado de más. El silencio era elocuente. En menos de diez minutos, la gran fiesta se había convertido en un cementerio. La mujer con la cabeza perdida entre sus manos estaba aturdida. Era el pago a su indiferencia y desamor. No supo cuándo irrumpió a llorar. Y lloró con ganas y con rabia. Ahora comenzaba para ella la vida que trató de no vivir. Comenzaba para ella, un camino largo y estrecho, llevando esa cruz que nunca quiso cargar. Esa cruz de carne y hueso. Carne y huesos que recién se empinaban a la vida, tan desconocida y distante. Sólo levantó su rostro desgreñado, cuando sintió unas manos que tomaban las suyas. Sus ojos, por primera vez, se encontraron con otros ojos profundamente azules, en un rostro dulce e ingenuo: su hijo estaba frente a ella y la invitaba a levantarse y caminar, en un gesto que había aprendido de Celinda, cuando salían al paseo habitual. Ahora lloró nuevamente. Sólo que las lágrimas que brotaban de sus ojos, eran lágrimas de amor, nacidas de la conciencia. Ahora no le importaba ya nada, porque hasta un grito desgarrador escapó de su garganta, cuando en un gesto desconocido para ella, pero que surgía del corazón, abrazó con fuerza a su hijo, besándolo en la frente, en las mejillas y en el cuello. El velo que escondía la verdad ante sus ojos, había desaparecido y frente a ella se abría una realidad distinta, clara como la luz que se había encendido en su cerebro; y en su alma que despertaba. ¿Fue posible tanta ceguera, tanta vanidad, tanto desamor? Ahora estaba sola frente a su hijo. Todos se habían marchado. Ya no importaba. Ni siquiera buscó a su esposo, ¿dónde estaba? Tampoco importaba. Por un instante la imagen de Celinda se recortó en su mente y una mueca que parecía una sonrisa de yeso se dibujó en su rostro ya más sereno. Aquella joven indígena había logrado abrir de par en par sus sentimientos maternales. ¡Y de qué manera! Los vecinos del lugar, todos los días ven pasear por la plazoleta, a una mujer tomada de la mano de un niño. Se ven alegres y se abrazan frecuentemente, dichosos, como si fueran dos personas que no se veían desde hacía mucho tiempo. Y así abrazados, se pierden en la última esquina de una calle larga y soleada.

La primavera ya comenzaba a anunciarse por todas partes, incluso en el corazón de los hombres. Y de las mujeres.

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