Autor: Pablo Andrés Catalán Badilla
Seudónimo: David Kresuleño
Año: 2008 – Tercer Lugar
Acostumbro viajar al final de los buses, pero en esta ocasión me tocó estar próximo al chofer. Había viajado desde Santiago a Iquique en avión, pero desde Iquique a Arica lo hice en bus, para deleitarme por vez primera del desierto. En Arica me encontraría con Julia, mi novia, para estar una semana en casa de sus tíos. Julia estaba con sus compañeras de universidad haciendo un viaje por Sudamérica celebrando su titulación y ambos nos encontraríamos en Arica luego de un mes distanciados. La noche anterior había salido sin compañía alguna para beber algunas copas y matar el aburrimiento, aunque creo que superé el límite de alcohol. Sentado en el bus esperando partir a Arica, miraba de forma curiosa a una mujer de madura edad que estaba pronta a subir. Llevaba un vistoso vestido floreado que no entregaba las proporciones exactas de su cuerpo, que en realidad tampoco las quería saber. Su locuacidad se reveló al instante de subir, dándole una serie de indicaciones al chofer.
-Joven. Mañana se casa mi sobrina Andrea, así que le pido por favor llegar a Arica sin problemas. Por lo demás sería prudente que llegue 15 minutos antes a nuestro destino, para poder ir a los servicios y maquillarme. Habrá gente esperándome y quiero verme estupenda. ¿Entendido? -dijo la señora al chofer, quien sólo hizo una fútil seña.
La mujer avanzó unos pocos metros a lo largo del bus, con sus innumerables bolsas de supermercado (no sé por qué no las dejó en el maletero) y su vistoso vestido. Hablaba con vehemencia de algo relacionado al matrimonio, mas no pude entender por el chasquido de las bolsas. Desde mi asiento, miraba atónito aquella masa de armoniosa expresividad junto a su particular vestido, donde a través de sus infinitas flores bullían extrañas ideas. De pronto se detuvo frente a mi asiento, miró el número de su boleto y luego me observó.
-Lolo, me encanta viajar junto a la ventana porque el desierto es para mí algo indescriptible. ¿Podría darme su asiento? -dijo la mujer. – ¿Disculpé? -respondí, haciéndome el desentendido.
– ¡Ay! qué mala voluntad. Sólo le pido que me dé su asiento para poder viajar junto a la ventana. ¿Es mucho lo que pido? No me daba tiempo de reacción. Tenía una resaca horrible, y esa mujer era igual o peor al último vodka tónica que había tomado la noche anterior.
-Señora. Es mi primera vez en el norte y me gustaría observar el desierto, por lo mismo compré un boleto junto a la ventana y éste era el único disponible.
– ¡Ah! Usted es de Santiago. ¿Cierto? -preguntó la mujer. -Sí.
-Entonces con mayor razón déme el asiento, porque ustedes allá tienen dinero y seguramente tendrá otra oportunidad para ver el desierto -dijo enfáticamente.
-Señora, usted no sabe si tengo dinero o no, así que no me venga a decir que tendré otra oportunidad para visitar el norte. Si me perdona, le pido que tome asiento y tenga el favor de quedarse callada, que no ha parado de hablar.
-¿Cómo? Niño insolente, si fuera tu madre te pegaría qué charchazo, para que aprendas a respetar a tus mayores. En mis tiempos los jóvenes eran tan educados. Se nota que la droga lo tiene perdido -gritó casi aullando.
Me di por vencido y cambié de asiento sin pronunciar palabra, pensando si las drogas afectarían los modales de las personas. Me levanté y busqué algún asiento libre. El bus estaba repleto, teniendo que volver junto a la mujer, que acomodaba sus innumerables bolsas. Me vio volver y sonrió. Tomé asiento mientras ella continuaba ordenando sus cosas, meneando su trasero frente a mi rostro. Olía como mi abuelo. Quería vomitar y no podía. Estaba destinado a lo peor. Llevábamos tres minutos de viaje y la señora no pudo contener el silencio, empezando hablar del matrimonio de su sobrina; que Marcos, el esposo, lo conocía desde niño y sabía que era un buen hombre. Pensé en meter el libro que trataba de leer en su boca, pero no lo hice por miedo de llevarme su placa y perder el libro. No la miré ni asentí sus comentarios, esperanzado de que el silencio del desierto la hipnotizara durante el viaje, cosa que no ocurrió. Luego habló de su fallecido esposo, minero del carbón quien luego de años de trabajo, recibió una pensión digna que le alcanzara para ambos, decidiendo, con el poco dinero, viajar a Iquique para hacer negocios con el único hermano que tenía don Emeterio, su esposo. Supe el nombre de su esposo y de ella cuando se presentó cordialmente y lamentó su insistencia por viajar junto a la ventana, pero que sólo allí puede estar cerca del desierto y sentir a través de él a su fallecido esposo. Doña Laura, la señora que hace poco odiaba, comenzaba a tomarle cierto cariño. Su emoción era latente por el recuerdo de su esposo. Hablaba con gran pasión del buen hombre que fue. Me enseñó una foto donde ambos están juntos en un pequeño corazón que lo llevaba en una cadena. Doña Laura y don Emeterio no tuvieron hijos, pero Andrea, hija del hermano de don Emeterio, se transformó en la hija que nunca tuvo, por lo mismo estaba ávida por llegar pronto a Arica y ver a su sobrina casarse.
Aquella mujer se transformó como en una especie de abuela para mí, esa figura maternal que yo no tuve en mi familia. Le conté a doña Laura de mi familia y de lo mal que me llevo con ellos. Doña Laura sólo dijo que tuviera paciencia con los padres y los hermanos, porque cuando mueren, se arrepiente mucho de lo que no se hizo. No prestaba atención a su consejo porque realmente no me interesaba mi familia, donde la soberbia y la arrogancia hicieron distanciarme de ellos. A los veinte años me había ido de la casa, sobreviviendo de trabajos en restaurantes, hospitales, aeropuertos y casinos, pero aún buscaba algo que me hiciera proyectar a futuro, hasta que encontré lo más importante de mi vida, Julia. Antes de contarle mi historia con Julia me quité los lentes de sol que llevaba para ocultar la resaca. Doña Laura vio mi demacrado rostro a causa del alcohol y me hizo una seña para que bajara un bolso del compartimiento. Buscó entre sus cosas y sacó una pequeña petaca de whisky de su bolso.
-¿Quieres? -preguntó.
-Siempre -dije, dando un largo sorbo.
-¿Qué harás mañana en Arica?
-Nada, dormir supongo -respondí.
-¿Quieres ir al matrimonio de mi sobrina mañana? Habrá mucha comida y bebidas. Podrás saber cómo es la gente en el norte y estarás en el desierto mismo.
-No estaría mal -respondí sin pensar.
-Si tienes cosas importantes que hacer, entenderé, de lo contrario me llamas y vamos al matrimonio.
-Sí, ningún problema -respondí.
Me dio su número y guardó silencio junto a la botella de whisky a medio terminar. No logré contarle lo que sentía por Julia porque habíamos llegado al terminal.
-Cariño, me despido rapidito. Estarán esperándome unas amigas que no veo en años y quiero verme bella, ¿hablamos mañana? -dijo apresuradamente.
-Por supuesto doña Laura. Hablamos mañana -respondí, perdiéndola de vista entre la multitud.
Tomé un taxi hasta mi hotel. Me duché y descansé. Desperté al otro día.
A la mañana siguiente di una vuelta por la ciudad y desayuné junto al mar. Recordé a la señora Laura y su invitación al matrimonio. No estaba seguro en llamarla, pero sería agradable estar en un matrimonio para ver si realmente algún día de mi vida se me ocurriría cometer tal fatalidad. Pensaba en el matrimonio como un compromiso social más que un símbolo del amor, donde muchos se casan sólo por la fiesta o por presiones externas, pero pocos por amor. Quería estar en un matrimonio, sobre todo si era en el norte. Me imaginaba un matrimonio como el de los gitanos, esos que duran días. Finalmente llamé a doña Laura.
-¿Aló? -respondió la mujer.
-Doña Laura, habla con David -dije.
-David, qué alegría escucharte -dijo, como si se tratara de dos amigos que no hablan en tiempo.
Gracias -dije- sabe, pensé en su invitación y estaría agradecido en aceptarla, aunque el problema es que no tengo ropa adecuada para el matrimonio.
-No te preocupes, nadie tiene ropa adecuada -dijo afablemente. -¡Ah, qué bien! Entonces no tendría problemas en ir. -Por supuesto que no. ¿En qué hotel estás? -preguntó. -En el Antumapu.
-Muy bien. Estaré a las cuatro allí -dijo.
-Muchas gracias. Hasta más tarde.
-Adiós David -dijo con una dulce voz, una voz que no era la misma del bus.
Me puse mis jeans inmortales y una camisa que Julia me trajo de Italia.
Julia es mi novia hace un año, pero es como si nos conociéramos de siempre. Su padre es el presidente de directorio en una importante empresa de transportes, y ella, es químico farmacéutico, por lo que el dinero no es un problema para ella y tampoco lo anda buscando. El día que conocí a Julia había sido despedido de garzón por haber faltado tres días seguidos sin justificar. Con el poco dinero que me debían fui a apostar a los caballos, ganando trescientos mil pesos. Había sido crucificado por la mañana y en la tarde resucitado por Sol del Norte, el caballo que me hizo ganar la trifecta.
Mientras viajaba en Metro de vuelta a casa, era deslumbrado por la belleza de una mujer de largos cabellos áureos, con un aspecto de profesora de Biología que robaba la mirada de todo hombre. Sus ojos irradiaban sabiduría, haciendo imposible no mirarla. No hallaba la forma de poder hablar con ella. Recordé lo trágico y mágico de mi día, pensé en Sol del Norte corriendo esos últimos trescientos metros como una gacela lo hace por su vida. Todas esas imágenes y sentimientos hicieron que me acercara a esta mujer cautivante, la responsable de hacerme sentir como un niño de quince años. Sin pensar que estaba haciendo el ridículo, la invité a tomar un café. Ella aceptó. Sol del Norte continuaba ganando carreras.
A la semana estábamos de novios y supo quién era, un pobre hombre que vive en Recoleta, que cree en la suerte y en las apuestas. No le importó mi precariedad económica, aceptándome tal como soy. Al mes ya vivíamos en un pequeño, pero confortable departamento de Providencia. Dejé de trabajar, dedicándome sólo a la vida hípica, que curiosamente estaba dando resultados. Gané un par de trifectas más y ahora mi situación económica era un poco más holgada. Quería juntar una buena suma de dinero, tener mi propio negocio y encontrar el camino de la vida, que no detiene su marcha. Ahora Julia estaba con sus compañeras de universidad celebrando su titulación. No la acompañé porque era un viaje de mujeres, pero nos encontraríamos en Arica para pasar una semana juntos.
Mientras pensaba en Julia y en aquella hermosa camisa, la recepcionista me llamó, diciéndome que me esperaban. Al bajar, vi que doña Laura tenía el mismo vestido floreado del día anterior, aunque quizás el color de las flores era otro. Su perfume se sentía por todo el vestíbulo.
-¡Qué guapo estás David! -dijo, saludando cordialmente. -Gracias -dije.
Nos subimos a un taxi y por casi media hora viajamos por tierras desconocidas donde un día cientos de chilenos dieron su vida. El perfume me tenía mareado, pero podía soportarlo. Doña Laura no hablaba como el día anterior, tal vez había ocurrido algo o eran los nervios de ver a su sobrina casándose.
Perdidos en la inmensidad del desierto, sentía con fuerza el sol del norte, aquel sol que me dio la vida y el amor. Todavía en silencio, doña Laura me ofreció whisky de una petaca nueva. Acepté con agrado y bebimos sin hablar. Al detenerse el taxi, pude presenciar un gran terreno árido, donde al final del camino se presenciaba una casa de pálidos colores. Caminamos por aquel camino, bebiendo y fumando. -Ya se han casado. El matrimonio fue hace dos horas -dijo doña Laura, rompiendo el silencio.
-¿En serio? Pensé que quería ver a su sobrina en este especial momento -respondí.
-Sí, ella es muy importante para mí, pero iba a llorar mucho al ver a mi niña casándose. Andrea con Marcos son un encanto. Te darás cuenta en sus ojos que están completamente enamorados. Tienen una bella historia de amor y sé que serán felices, tal como fui yo con Emeterio. Vengo especialmente para darles mi bendición -dijo. Nos encontrábamos en un lugar aislado del mundo. Al descender del taxi, sólo efímeros pastos destacaban ante tan pobre paisaje, rodeado de áridos cerros. Perdidos ante la imponencia del desierto y del norte, doña Laura se perdió entre los invitados. Caminé por un largo y estrecho camino de tierra, que rodeaba una vieja casa con infinitas ventanas. No se oía música ni niños jugando. Al terminar de recorrer el camino de tierra, veo a una hermosa novia con un sencillo vestido, que no dejaba de ser hermoso. Quizás era ella quien hacía al vestido majestuoso, porque el vestido en sí no tenía algo especial. La novia estaba junto a varias personas, todos saludando a doña Laura. La emoción era palpable en el aire, toda la familia rodeándola, besándola, abrazándola. No eran más de veinte invitados, y en esos momentos era doña Laura el centro de atención. Después de haber saludado a cada una de las personas, logramos cruzar mirada entre los invitados. Hizo una seña con su mano para que me acercara. Caminé lentamente hacia el grupo. Me presentó a la novia y al novio, ambos agradecidos de que estuviera allí y que acompañara a la señora Laura, acogiéndome como si fuera de la familia. Saludé a cada uno de los invitados, donde su cordialidad me deslumbró. En Santiago nunca me habrían recibido así en un matrimonio del que no era parte de los invitados.
Después de haber bailado con una niña de siete que me robó el corazón con su dulzura, me acerqué a doña Laura. -Muchas gracias por invitarme. No sabe el cariño que siento por estas personas y lo amable que han sido conmigo -dije agradeciéndole.
-No es nada mi amor. Tú me diste el asiento para viajar junto al desierto y yo a cambio te lo muestro por dentro y cómo es su corazón -dijo con una bella sonrisa.
El tiempo en el desierto es opuesto al tiempo en la ciudad. Aquella fiesta fue interminable. Nunca cayó la noche, al menos eso parecía. Los niños jugaban, bailaban y reían, poseídos por la magia del amor de los recién casados, que destellaban felicidad, llegando hasta seducirme con la idea del matrimonio. Julia sería una excelente esposa y yo le daría lo mejor para nuestra felicidad. Pensé en don Emeterio y su sacrificio en las minas de carbón, en doña Laura y su pena por no haber tenido hijos, en donde el desierto y el reflejo del sol nortino en la perpetuidad de áridos terrenos, suplían el vacío de la soledad.
Al día siguiente fui a buscar a Julia al aeropuerto. El viaje hizo en ella una mujer más profunda y sentimental. La naturaleza estaba en sus venas. Posteriormente, los días en Arica fueron de tranquilidad, amor y pasión. Mi futuro estaba dedicado al esfuerzo y al trabajo, a la familia y al futuro, decidiendo casarme con Julia. Le pedí matrimonio en el Morro de Arica, donde el valle de Azapa y los eternos cielos del norte de Chile fueron los únicos testigos de nuestra pasión, siempre iluminados por el sol del norte.
A bordo del avión para regresar a Santiago, un anciano de blancos cabellos, hablaba con un joven para que le cambiara el asiento y estar junto a la ventana. El joven se negó. Me paré de mi asiento y le ofrecí que viajara junto a Julia, que me miró con preocupación. -¿Quieres pensar si fue lo correcto pedirme matrimonio? -preguntó con angustiosa expresividad.
-No amor. Simplemente este hombre quiere viajar junto a la ventana. No te preocupes, no es nada serio -dije a Julia, besándola en la frente.
El anciano no despegó su mirada de la ventana y me lo agradeció al momento de descender.
De vuelta en nuestro departamento, Julia me confesó que el anciano viajaba por primera vez en avión y que estaba muy agradecido de mi gesto.
¿Y cómo se llamaba? -pregunté.
-Se llama Emeterio -respondió Julia.