Autor: Manuel Alejandro Vidal Durán
Seudónimo: Tibaldi
Año: 2008 – Primer Lugar
Durante todo el día se había posado una bruma entre nosotros, esa especie de aire enrarecido que, cuando se interpone en las parejas, les impide hablar y congeniar felicidades. Salíamos caminando luego de las clases y, mientras ella persistía en ese silencio agobiante, yo me esmeraba tratando de no pisar los límites de los cuadritos de las veredas, pues desde niño he pensado que, si toco esas líneas, el pavimento se abrirá y caeré en un interminable abismo.
Como todos los días, la acompañé hasta el paradero de la micro. Llevaba a un lado mi bicicleta, única testigo de la distancia entre Inés y yo. Al llegar a la parada, sólo se limitó a mirar hacia el fondo de la calle para ver si se aproximaba alguna de las colosales máquinas.
El silencio entre ambos comenzaba a hacerse frío y seco, sabía que ese espacio vacío era el preludio de una ráfaga de cuchillos que estaba a punto de comenzar. De un momento a otro se escuchó un rugido, el pavimento se estremecía con el bramido de una mole amarilla que se acercaba a gran velocidad. Cuando divisé el número del coloso de hierro, comprendí que nada bueno traería esa tarde. Era la micro 666, la consigna infernal de una bestia embravecida. Con mis brazos quise rodear a Inés para protegerla de las emanaciones maléficas, más en un momento su semblante cambió, me miró directamente a los ojos y me dijo: “Lo nuestro se terminó”. Fue tan rápido todo que no alcancé a reaccionar, en un santiamén Inés estaba atrapada en el montón de gente que la micro succionó, alcanzó a mirarme por última vez cuando las afiladas puertas se cerraron y quedó presa de ese ogro metálico que expulsaba negro humo de su rabo.
No podía creer lo que había pasado, era imposible que nuestra relación se acabara, llevábamos casi dos años y ese era un final tan abrupto como inesperado. Creo que fue su última mirada la que me convenció. El monstruo amarillo con su humo hipnótico Te había infundido esas palabras y la había atraído como un imán hacia sus entrañas. No había tiempo que perder, subí a mi bicicleta y empecé a perseguir a la bestia que había hechizado a Inés y que ahora la llevaba directo hacia el averno.
Pedaleé lo más fuerte que pude. Me había convertido en un osado caballero que, sobre su corcel, perseguía sin tregua al ogro que llevaba prisionera a su doncella. El funesto animal era muy rápido, esquivaba a los automóviles que iban a su lado y los intoxicaba con su maligno hálito azabache. Pero yo no iba a darme por vencido, si era preciso morir de cansancio en tan temerario rescate, estaba dispuesto a hacerlo, la calle de alta velocidad sería testigo de mi convicción y mi arrojo. Mi dama había sido secuestrada y debía alcanzar al malhechor para recuperar su amor.
La malévola micro se alejaba más y más, su avance era vertiginoso y no tenía contemplación de los lánguidos semáforos, cuando los pasaba convertía el amarillo en diabólico rojo para detener mi avance. Los conductores de los automóviles me miraban extrañados, notaban que mi escuálida bicicleta no era rival de cuidado contra la gigante amarilla que rugía a lo lejos. Pero estas pobres gentes, aletargadas por la reiteración de sus viajes, ya no confían en la fuerza del amor y manejan sus tristes máquinas en fila, sometidos al inútil derrotero de su existencia.
En algunos paraderos, el horrible monstruo se detenía y tragaba más mortales indefensos. Chirriaban los pedales de mi bicicleta en las calles desconocidas y cuando estaba a punto de alcanzar a la bestia, ésta partía con furia vehemente dejando el eco de sus graznidos.
Más de un automóvil tocó su bocina para apartarme del camino, la fatiga se hacía insoportable en mis piernas y mi aliento jadeante me impelía a abandonar la persecución. El férreo demonio ya casi no se veía y la noche empezaba a engullirse la tarde. Pero pensé en Inés, en los momentos hermosos que habíamos pasado juntos, ella estaba atrapada y no podía fallarle. Esto me infundió más ánimos, con ímpetu renovado comencé a pedalear, mis pies se convirtieron en la tercera rueda que agilizó a mi fiel bicicleta hasta que le di alcance a la bestia, estaba atorada en un taco que estancaba el caudal del tránsito. Desde la acera busqué a Inés en los intestinos de la máquina, los rostros de la gente evidenciaban el agónico encierro. Por fin logré divisarla, al parecer, mi presencia le dio fuerzas y luchó a empujones para salir. La bestia, enfurecida en la emboscada del destino, bramaba con furia para mantener presa a mi doncella.
En una arriesgada maniobra, salté desde mi bicicleta y empujé las compuertas del demonio para liberar a mi dama. Cuando logré hacerlo, el taco comenzaba a desintegrarse, tomé firmemente la mano de Inés y, justo cuando la máquina partía, la atraje hacia mí, exhausto y aliviado.
El monstruo de metal se perdió calle abajo, impotente y colérico ante su frustrado rapto. Inés no podía creer lo que había sucedido, me miraba con ojos atónitos, confusa y sorprendida, al parecer recién se recuperaba del sortílego trance en que el demonio la había mantenido. Con las últimas fuerzas que me quedaban tomé sus manos, la miré fijamente y le dije: “Te amo”.
La bicicleta, tendida de cansancio sobre la acera, nos miró sonriente mientras nos besábamos en la cómplice oscuridad de la noche.