Un instante de felicidad

Autor: Beatriz Mercedes González Hernández
Seudónimo: Silvi Bruce
Año: 2014 – Mención Honrosa

Nuevamente el incesante ruidillo del despertador, su constante “bip, bip, bip, bip, bip” resonándole en la cabeza, anunciando el inicio de la jornada, otra repetida jornada. Levantarse y convertirse en uno más que debe partir al trabajo para poder sostener a su familia, una familia que en años de esfuerzo no ha agradecido nada.

Se dirige a la estación más cercana de metro a pie, hoy en día no resiste los treinta minutos en micro, mejor madrugar antes y ahorrarse esa otra tortura que imita al metro, pasar dos veces por eso al inicio de jornada no es nada atractivo. Ya en el interior del carro soportar el enojo de todos, los bostezos contagiosos, los olores, el ser aplastado para llegar a tiempo y que de todas maneras el jefe lo reproche por sus míseros segundos de atraso.

Entra a la oficina que ha sido su refugio por más de treinta años, durante los cuales ha entregado prácticamente su vida en labores, tanto que le correspondían como no, ¿para qué? para nada. Nunca un aumento de sueldo, nunca una felicitación, nunca nada más que reproches.

Jamás pensó que su vida terminaría así, de niño soñó en grande, con aventuras fantásticas, pero sólo eso fueron, sueños, ideas locas surgidas de la lectura empedernida de libros que pedía en la biblioteca escolar.  Ya a punto de jubilarse, sentado en su escritorio observando el avanzar de los minuteros, piensa que su vida está llegando casi al fin y no pudo hacer nada para cambiarla, más que seguir al resto de los mortales realizando la rutina, porque los cambios son malos, los cambios son arriesgados o eso dicen todos. ¿Y de que sirvió no arriesgarse todos estos años? Su esposa se queja, sus hijos lo ignoran, su jefe lo ningunea, sus amigos en un estado similar se quejan con él de la “maldita rutina”, y él sin poder manifestar su igualada desdicha sólo oye, ¿no arriesgarse para eso? Cómo fue tan tonto de dejar la juventud marcharse, ser correcto según lo que dictan las normas de la sociedad, si acá está, sentado en su eterna oficina viendo las horas pasar para volver al tedioso hogar.

No, no más, decide hacer algo ahora, cuando aún queda  tiempo que la vejez y sus achaques no se han llevado. Decidido se levanta, recoge sus pertenencias y se va del trabajo sin decir nada, ya no importa, qué más da, un loco extra dentro de la oficina, al fin y al cabo, todos ya lo están.

Vuelve a tomar el metro directo a su hogar, directo a su garaje, donde en un rincón guardado bajo el polvo se encuentra el mayor sueño que no realizó y decidió posponer sin saber si realmente lo retomaría.

Al abrir la caja descubre con alivio que todo está ahí, intacto, tal como lo dejo durante su adolescencia. Todos sus planos e ideas, anotaciones relacionadas, cálculos de peso y densidad, especificado detalle por detalle. Era hora de cumplir el anhelo, tomó todo y comenzó a dar forma a su plan, no importó la hora, cuando se está decidido a hacer un cambio nada importa más que llevarlo a cabo.

Fue en uno de sus pedidos en la biblioteca que descubrió un libro que citaba los viajes en globo. En él se mencionaba el constante deseo de volar del hombre, que lo llevó a probar con muchos métodos; sus páginas le instruyeron de todos estos, pero el globo era el que lo maravillaba. Decidió, apenas terminó el libro, que él lo haría, viajaría en globo por el mundo entero, dejándose llevar por el viento y desde las alturas observar la belleza del planeta.

Sucedió ahí cuando comenzó la cruzada de reunir primero elementos de estudio, información al respecto, conocer los primeros viajes realizados y sus fallas para evitar cometerlas. Ya con todo reunido y estudiado, empezó a juntar materiales reciclados, puesto que a esa edad no contaba con dinero y menos apoyo, su abuelo le dijo riendo “chico esa es una bella fantasía, nada más”. Pero ni las palabras ni la escasez de materiales menguaron sus deseos. Continuó hasta que tuvo lo indispensable, guiado por algunos bocetos realizados con su propia pluma. Comenzó por hacer maquetas de prueba, claro, tan absurdo no era como para realizar tamaño trabajo sin hacer las pruebas necesarias y verificar si sus métodos poco ortodoxos de la construcción de un globo funcionarían.

Hoy en día con la madurez necesaria para darse cuenta de algunos detalles, decidió definir mejor sus incipientes ideas, y encerrándose en el garaje, comenzó la tarea de construcción del globo aerostático con el que cruzaría el mundo durante el tiempo que creía le quedaba.

Su esposa algo extrañada y curiosa fue a verlo un par de veces, mas no dijo nada, ya todo daba igual, la telenovela de las siete empezaba y era más interesante que los planes de su loco marido. Sus hijos menos importancia aún, la tecnología, al igual que la rutina ya los había absorbido por completo, de nada se daban cuenta si no aparecía en “Facebook” o “Twitter”.

Pasados unos cuantos días, en los que solo salió del garaje para comer algo, ir al baño y dormitar un poco, pues las ideas aparecían en su cerebro continuamente sin dejarlo en paz, todo estaba tomando forma. Se presentó el problema del espacio, que se hacía escaso, por lo que determinó tomar todo antes que de fuese más difícil y pidió un radio taxi que lo llevó a las afueras de la cuidad, donde terminaría la construcción. Un viejo amigo tenía una casa de retiro situada allí, no fue difícil pedirle unos días para realizar un “trabajo”. De su verdadero trabajo ni noticias había tenido, probablemente ya lo había despedido o dado de baja por locura temporal. Nada importo más que lograr el cometido e irse a cumplir su mayor anhelo, demostrando a su abuelo cuan equivocado estaba, lástima que hace años éste había muerto.

Ya instalado en la casa del generoso amigo, fuera de sí, al ver como todo estaba casi listo en tan poco tiempo, se sentó a contemplar su labor; no estaba nada mal, sólo faltaban unos pequeños detalles. Había perdido unos cuantos kilos y su apariencia algo desaliñada no lo incomodaba. En la soledad de su viaje ya nadie le criticaría y la felicidad sería plena surcando los cielos.

A la quinta semana del inicio de las labores, estaba todo por fin terminado, su maravilloso globo estaba listo, ¿Qué faltaba? Absolutamente nada, ahí estaba el sueño de casi toda su vida que vio reprimido cuando se convirtió en adulto, cuando aparecieron en el camino las obligaciones, cuando tuvo que tomar las decisiones impuestas por todos, cuando dejó de hacer lo que realmente amaba por aparentar que lo que amaba era su trabajo y su vida familiar, ¡va! Tonteras, pérdidas de tiempo, eso fueron, ahora sí sería feliz.

Al amanecer una brisa suave se levantó, perfecto, el clima lo acompañaría, también el cielo estaba despejado, como invitándolo a tocar su inmensidad. ¿Hambre? ¿Qué era eso?, ¿preocupación? No, adiós a eso, ¿rutina? Adiós, todo adiós.

 Entró en su barquilla y comenzó a manejar el mecanismo propulsor: era el inicio de su gran aventura, sentimientos inexplicables pasaban por su mente, una dicha que lo llenaba por completo al punto de llorar.

Muy lentamente el globo comenzó a inflarse, a tomar forma. Desde la barquilla en su afanosa labor iba poco a poco logrando que el globo se agrandara y se levantara en toda su majestuosidad.

Todo estaba saliendo perfecto hasta el momento; el globo ya estaba prácticamente en el aire, ahora sólo debía tomar la suficiente fuerza para elevar la barquilla, llevándolo al inicio de esta gran travesía. Probablemente todos los noticieros lo mostrarían, saldría en todas las páginas de diarios y revistas como el hombre que rompió esquemas y se lanzó a la vida o mejor dicho al aire, una risa cómplice apareció en su rostro, además de realizar su viaje seria famoso, muy bien.

El instante exacto en que la barquilla dejó tierra lanzo un grito de júbilo total, ¡sí!, lo había conseguido, su globo funcionaba bien, se elevaba poco a poco, muy despacio pero lo hacía. El sol ya comenzaba a salir en todo su esplendor desde atrás de la cordillera y nuevos vientos ayudaron al arcaico motor de su globo a elevarlo más y más, el momento había llegado.

¿Cuándo habría imaginado de niño y luego adolescente que realmente realizaría su proyecto?, siempre lo creyó posible, confiaba en sus capacidades, pero los distintos inconvenientes que aparecían en el camino lo fueron alejando más y más de concretar todo. El pasar de los años junto con la acumulación de experiencias y nuevos recuerdos, fueron aplastando todos los que experimentó de pequeño. Pero ahora a bordo de su globo comprendió que siempre estuvieron ahí, en el fondo de su mente, en el fondo de su corazón.

 Aunque su cuerpo lo delataba, qué dicha el sentirse en su interior  nuevamente niño, cero preocupaciones y cuestionamientos, porque en este instante sólo debía vivir el presente, disfrutarlo como no había disfrutado en años. Desde las alturas pensaba en todas esas personas que querían hacer lo mismo, desligarse de las ataduras que la vida te impone para ser un correcto hombre o mujer, y poder solamente disfrutar de pequeñeces como sentir el viento en tu rostro, los rayos de sol cegándote con su brillo, elevar tu cabeza y ver tu hermoso globo de colores.

Se sentía pleno, valía la pena haber hecho una detención en su “rutina”, sí, desde su barquilla observaba la altura que había ganado, mucha, se veía todo pequeñito. Se iba acercando poco a poco a la ciudad, casas, edificios, calles y automóviles, transeúntes en su transe sin darse cuenta que sobre sus cabezas, un hombre igual a ellos, estaba realizando su sueño y deseando que ellos también llegaran a hacerlo.

Respiró hondo, el aire se sentía diferente ya que se había elevado dejando atrás la nube de smog que cubre la ciudad, detuvo el motor y ahora sólo iba orientando la dirección del globo con sus instrumentos. No había pensado qué destino tomaría, en todo momento estimó que iría donde el viento deseara, pero ahora comenzó a plantearse dónde querría ir primero, ¿cruzar la cordillera?, ¿La selva brasileña?, ¿las pirámides de México?, ¿las playas del caribe?, no sabía ¡pues quería conocerlo todo!

Percibía que después de todo la ciudad no era tan gris y horrible como en varios momentos de su día a día pensaba, desde la perspectiva en que estaba veía todo colorido, hermoso, no sabía si era porque hoy estaba soleado o era porque sentía tal felicidad que lo hacía ver todo diferente.

Su globo había avanzado mucho, la ciudad se iba quedando detrás, dando paso a sus alrededores, la naturaleza, cerros, prados, animales que desde arriba parecían dibujos o juguetes.

En un instante mágico el globo quedó estático en el aire, otorgándole una vista a todos los ángulos de la ciudad, con un sol que ya comenzaba a marcharse, y un cielo de colores violáceos bellísimo. Su mente quedó en blanco unos segundos, solo sentía dicha, satisfacción y diversas emociones que pensó nunca volvería a sentir.

Pero del fondo de su subconsciente, volvió a primer plano su familia, sus amigos, su vida real. Por más que anhelara marcharse para siempre, no podía hacerlo, por más que detestara el trabajo y su vida hogareña, no podía obviarlos, ya eran parte de él. No podía ser injusto, quizás en el trabajo no era muy considerado, pero tenía uno, a diferencia de muchos que pasaban meses buscando trabajo sin éxito. En cuanto a su familia, eso eran, su familia, parte de él, a su esposa con defectos y virtudes la quería, por algo la había escogido y mal que mal sus quejas podían deberse a que también había suprimido sus deseos de juventud, la comprendía; en cuanto a sus hijos era una etapa, él también la pasó, pronto comprenderían el valor del tiempo que se comparte junto a los padres, tal como él lo hizo.

No estaba en su persona ser egoísta, no podía irse solamente por el hecho de sentir su existencia desgraciada y estar aburrido. La poca cordura que quedaba volvió de lleno, encendió el motor de su globo y siguió camino.

Cuando el descenso comenzó, a pesar de entristecerlo un poco, se sentía completo, si bien volvería a ser todo como antes, el tiempo que pasó armando su globo y luego volando con él, lo hacían sentir feliz, completamente feliz.

Guardó todo, pidió un taxi para volver a su hogar, pero no sin antes tener claro que este pequeño trayecto volvería a repetirse, quizás el fin de semana próximo o en sus cortas vacaciones, pero se daría un tiempo específico para volver a sentirse niño. Lo bueno de todo esto definitivamente era que el volver a la rutina ya no lo hastiaba, no, porque sabía que en su garaje lo esperaba su globo, su vía de escape a la felicidad máxima.