Autor: Max Edwin Valdés Avilés
Seudónimo: Orígenes
Año: 2014 – Mención Honrosa
Me divorcie de Ana Magdalena Malisanni el tres de marzo y a las pocas semanas sucedió lo que voy a relatarles. No sé por qué razón lo excepcional y fantástico ataca de diversas maneras y puede tomar la forma de un ingenuo niño, de una vieja estación de trenes de mi infancia o de un hombre desesperanzado. Lo que sea debo contarlo, ahora, después de tanto tiempo y, habiendo pasado por todas las pruebas e interrogatorios de rigor, sigo aún descubriendo aspectos nuevos en este hecho, como si hubiese un nuevo retrato de Maffeo Barberini bajo una vieja capa de pintura de Caravaggio y así hasta el infinito.
Lo que pasó ocurrió en el lugar más multitudinario de Santiago: el Metro: Como todos los días, de mi peculiar rutina, me dirigí a la Estación Los Héroes. La población flotante éramos centenares; acostumbrados a dar y defendernos de codazos, a poner nuestro cuerpo como escudo frente al pasajero enemigo, pretendíamos subirnos a algún carro, eso era todo. Sin embargo, yo sospechaba que algo iba a suceder. Siempre creí que en un vagón del Metro de Santiago un hecho estaba por ocurrir, dado por los niveles de violencia y falta de tolerancia en los pasajeros. Me coloqué los audífonos y me extravié de ese lugar y, como una película muda. A mis oídos llegaba la música de Erik Satie: Gymnopédies, Gnossiennes, Quatre préludes y Trois poéms d’amour.
Dentro del vagón lo variopinto de las personas era horripilante. Nadie desea tener el rostro rubicundo de una señora gorda a centímetros de tu cara o las espaldas de un musculoso presionando tu cabeza. Las manos arriba, puestas en el pasador, aseguran que no irás a sobrepasarte con alguna estupenda mujer ni a hundir tus dedos en cierto generoso bolsillo ajeno.
Recuerdo a Ana Magdalena a menudo. No me la puedo sacar de la cabeza. Después de la discusión final que selló el fin de nuestro matrimonio, quedé muy mal. En la oficina nadie sabía que me estaba separando de la mujer que hace una década me iba a buscar a la salida de la empresa, vestida con una juvenil casaca y vaqueros ajustados. Luego de mi separación yo, el supervisor del departamento de contabilidad, era un fracasado y como tal, ahora viajaba apretado como sardina en el carro del metro, mi condición se veía aún más afectada y estaba más próximo a una rata que a la dignidad de un conejo.
Pero algo había de ocurrir que fusionaría el presente con el pasado.
Repentinamente el tren se detuvo en mitad del túnel en la estación Universidad de Chile: ¾ partes del carro adentro y ¼ del vagón afuera. La frenada fue feroz y nos juntó aún más, como cerdos en una faenadora. Mi estación de destino era Santa Lucía. Sin embargo, como pasa en estos casos, el protocolo del Jefe de Estación dice que la estadía será breve, quizá segundos.
Pero al parecer, esta vez, no sería de ese modo.
“Se debe haber tirado un hombre a la línea” dijo la señora rozagante que tenía adherida a mi piel. Entonces por primera vez pensé en que yo tendría razones suficientes para estar en el lugar de ese desgraciado. La gente comenzó a impacientarse. Como no había espacio para moverse, nacieron los quejidos, sulfuraciones y gestos impropios. Al mismo tiempo afuera comenzaron a correr los guardias de marengo hacia la entrada del túnel. Por los parlantes avisaban a los pasajeros que esperaban en el andén que el servicio de Metro se suspendería provisoriamente. “¿Que mierda pasa?”, dijo el tipo de las espaldas de oso. De pasar, algo ocurría, sino cómo se explica que a los pocos minutos los bomberos se dirigieran al mismo destino: “¡Qué abran las puertas y nos saquen de aquí”, gritó un anciano, desesperado, que parecía entrar en desazón! Por alguna razón potente nos tenían allí, con las puertas cerradas, sin poder huir. “¡Abran las puertas”, comenzamos a gritar desde todas partes! La impotencia cundía como el fuego en un incendio. Entonces se oyó, en cada vagón, la voz fabricada por computadora de la mujer que todas las mañanas nos prevenía del cuidado con el cierre de puertas. Pero esta vez la leyenda fue otra: “señores pasajeros, por problemas que se están aclarando permaneceremos detenidos en el andén más del tiempo necesario. Gracias” ¿Por qué decía: “permaneceremos” si ella no es una mujer real, es una máquina parlante, era una estupidez afirmar tamaña falsedad?
-¡Han puesto una bomba! –se escuchó decir a un hombre cetrino con los ojos rasgados- una bomba que estallará y nos hará pedazos. –Dijo, y comenzó a persignarse y a rezar un Ave María de manera ininterrumpida.
No supe en qué momento cerré los ojos, no por cansancio sino porque realmente nos estaba faltando el aire. Imaginé que estábamos detenidos en una planicie sembrada de pastizales de color amarillo, que podrían ser trigales o arrozales, yo de arbustos sé menos que de música étnica; veía todo el largo del tren desde arriba, enterrado en medio de los cerros. También veía a soldados nazis custodiando los vagones. Repentinamente veía a mi abuela y a mi abuelo: Absalón Abramovich y Karol Levi. Estaban acurrucados junto a la ventana, mirando por última vez los paisajes de Auswitch. Al amanecer serían ingresados a las cámaras de exterminio. Me sofoqué. Nunca antes había pensado que mi apellido es Abramovich y que podría no vivir en Chile, quizá en Polonia o Heidelberg y, en el peor de los casos, no existir.
“¿Qué pasa que no nos abren las puertas?”, gritaban ya demasiado desesperados hombres y mujeres. Desesperados rompían el micrófono habilitado en cada carro. Algunos ya planeaban huir por las ventanas.
Por fuera seguían ingresando al andén Fuerzas Especiales de Carabineros.
Sin duda de ocurrir algo allá afuera era algo grande. Tremendamente grande.
Finalmente las puertas se abrieron y el estampido para abandonar el tren fue una escena de terror y pánico colectivo. Los empujones, las caídas y carreras desesperadas eran de otro mundo, no de éste que me tocaba vivir. Como yo no tenía nada que perder, no me apuré, dejé que todos evacuaran el vagón. Los Carabineros guiaban a la gente hacia la salida de la estación con la ayuda de cordeles de seguridad y franqueando el camino a fin de evitar la zozobra. Un par de viejos decrépitos y una señora muy humilde con una criatura en brazos fueron los últimos en evacuar el carro. (Con Ana no tuvimos hijos pero cuando veía niños como ése, con las carencias evidentes a primera vista y con un destino ya marcado de sobrevivencia y/o hambre, me justificaba en que la decisión de no ser padre era la adecuada. Aunque en realidad fue Ana quien no quiso jamás embarazarse).
“Y usted señor, ¿no va a salir?”, era la madre de la criatura la que se preocupaba por mí.
Hacía tanto tiempo que no veía un gesto de cordialidad hacia mí.
“Si alguien se mató, que Dios lo tenga en su santo reino”, me dijo finalmente la mujer apelando a lo que suponía detuvo el tren.
Entonces me despertó la curiosidad por averiguar qué pasó. Miré hacia el túnel. Los bomberos habían tendido una escalera de emergencia entre el borde del andén y las líneas.
“¡Váyase de aquí, señor! ¡De inmediato!”, me dijo un Carabinero de verde Nilo.
“¿Qué pasó?”, le pregunté. Todavía no entraba la prensa ni la televisión. Las redes sociales puede que todavía no hubiesen informado nada, así de súbito como lo hacen ante las tragedias (me recordé de una vez en que un extranjero se suicidó colgándose desde la terraza de un céntrico hotel capitalino. Su cuerpo ahorcado lucía feroz ante la mirada de los curiosos, quienes fotografiaban la aterradora escena desde sus celulares).
Pero el policía fue llamado por otro y aproveché ese instante, en que hablaba por la radio, para escabullirme por un costado del andén.
El carro estaba detenido justo al ingresar al oscuro túnel.
Una cantidad de bomberos, policías y operarios del metro se daban instrucciones. Las linternas iluminaban las fauces de la cueva.
Entonces lo vi.
Había alguien en medio de la línea del tren. No era alto, más bien bajo y con toda seguridad tenía la apariencia de ser de sexo masculino. De hecho, alguna vez leía las estadísticas diciendo que los varones son más propensos, a suicidarse en el Metro que las mujeres; creo que la proporción era de uno es a diez.
Eso era lo que ocurría. EL sujeto decidió la muerte, pero, por alguna razón insensata estaba a la entrada del túnel, en la semi penumbra y, por mano divina, se había salvado. El tren que me trasladaba fue advertido a tiempo, segundos, quizá milésimas de segundo y no pasó sobre él. Arrollándolo.
Imagino que un suicida frustrado es peor que un duelo matrimonial.
“Traigan a un cura”, decía alguien entre la decena de voluntarios que intentaban hacer el rescate. “Busquen a sus padres, pregúntenle cómo se llama”, aconsejaba otro que tenía apariencia de bonachón.
Recién comprendí de qué se trataba: no era un hombre cualquiera sino que era un niño. Lo observé con cautela. Los focos no dejaban de alumbrarle y eso le incomodaba. No se trataba de un león arrancado de un zoológico o de La furia de King Kong. No. Era un ser humano. Un menor de edad.
Pero ninguno de los que asistían daba el paso para ir y sacarlo de ese foco eléctrico que, de activarse, le provocaría millones de voltios. Era como estar sentado sobre una bomba. Lo despedazaría. Convirtiéndolo en ceniza.
“Buenos días. Soy Benjamín Abramovich, yo podría acercarme y sacarlo de allí”.
“¿Qué, quien es usted”, se sorprendió el que hacía de jefe de todos los otros jefes que ordenaban allí?
No les dije que yo no tenía nada que perder. Me daba lo mismo lo que pasara con mi vida. Pronto me hundiría en un pozo de aguas profundas y pantanosas y, en ese magro escenario, lo mejor era jugármela por algo ¡Qué mejor que salvar a un niño de ese túnel de la autodestrucción!
“Le dije que me llamo Benjamín Abramovich” “Quiero ayudar”
Los bomberos se miraron unos a otros. Había un Teniente de Carabineros, lo supe por las marcas en su gorra, que aprobó la idea meneando la cabeza.
“¿Está seguro de lo que dice?”
Les dije una vez más que sí, que cuando soltero fui bombero, rescatista de alta montaña, lanzador de bengi, jefe del comité paritario de mi edificio…
“Póngase esto”, me dijo pasándome un casco blanco con el logo del Gobierno de Chile. Todos me miraron sorprendidos. Respiré profundo. Dos veces.
Me puse el casco y lo seguí, había poca luz producida por unos pocos tubos de neón. Transitamos por el estrecho sendero de cemento adosado a la pared mohosa del túnel. Estar adentro del túnel fue una sensación amarga. Triste. Desoladora.
A pocos metros se veía el niño. Ahora no cabía duda que se trataba de un niño.
“Es usted un imbécil”, me dijo, directo, sin rodeos ni con afán de amedrentarme, “hay veinte millones de voltios esperándolo”
En alguna parte de la pared, el hombre empujó una puerta de seguridad, cuasi invisible, y desapareció. Tal cual. Como si se tratara de una película de ciencia ficción. Tantas veces, cada día, subiéndome a esa tontera del Metro y jamás imaginé llegar a estar allí, instalado sobre los rieles eléctricos. Por un momento no me atreví a mover mis pies a ningún lado. Estaba paralizado. El niño también lo estaba a menos de veinte metros de mí. Cuando giré en cuarenta y cinco grados pude ver, mucho más lejos de lo que se creería, a la multitud de los de emergencia observándome. Eran más de veinte y habían tomado platea para ver cómo se achicharraba el loco del bengi. Hacia ese lado estaba la luz. Hacia el lado nuestro la oscuridad del túnel: el paraíso y el infierno.
Ya no los oía. Me concentraría en el niño. Por eso estaba allí ¿Qué diría Ana Magdalena cuando viese las noticias? ¿Cuándo supiese dónde estaba metido? ¿Le interesaría aún? ¿O me descalificaría tratándome de un loco fanático como los de Al Qaeda? Quizá la prensa ya estaba allí, siguiendo el curso del rescate. Yo les había dado mi nombre y apellido. Por lo tanto también lo sabrían en la oficina: el jefe rayó la papa, dirían los que tanta envidia me tienen en el banco.
A medida que daba un paso más y me acercaba al niño, perdía la relación con el mundo de afuera. Sucedía algo extraño: mientras caminaba hacia el niño me sentía mucho mejor, como si el silencio hubiese absorbido toda la tensión que venía acumulándose en mi cuerpo y en mi mente ¿Otro tiempo distinto al cotidiano? o sencillamente la boca del túnel atraía todos los ruidos externos y lo hacían sentirse a uno fugado de la realidad.
Cualquiera fuese la respuesta di un último vistazo al tren que minutos antes me llevaba a la oficina; éste mantenía encendidos sus focos delanteros. La figura metálica parecía un tren de juguete, de esos fabricados con lata de aluminio, la escena poseía una naturalidad onírica; aunque suene contradictorio.
Hasta que estuve a dos metros del muchacho. Todavía ninguno de los dos pisaba en falso, lo que podría posibilitar el estallido o una explosión eléctrica, estaba al alcance de la mano (o del pie en este caso). Al observarlo comprobé que no tendría más de doce años. Le hablé.
-¡Hola! –le dije, suavemente pero sin dulzura. No quería que viese mi mojigatería.
Pero no respondió. Vestía uniforme escolar. La insignia de su chaqueta gris me pareció conocida.
-¡Hola! –volví a repetirle.
El chico estaba con las piernas casi cruzadas, como ocultando algo.
Por fin habló.
-¡Me hice caca en los pantalones! –dijo, asustado sorprendentemente.
-No es nada –lo calmé- es normal.
-Mi madre me va a castigar.
El miedo a ser castigado por su madre era superior a la condición de suicida. Volví a mirarlo con discreción: había un reguero de orina que lo recorría hasta la basta del pantalón.
-Si le dices que estabas nervioso o que pasaste un susto, quizá te comprenda.
-¡No! –Aseguró con firmeza- ella jamás me lo perdonará.
Fue entonces cuando me acerqué un poco más a él. Todo con el fin de tomarlo de las manos y llevármelo caminando, despacio y con cautela por la franja pavimentada entre las vías: era la única alternativa para sacarlo de allí.
Había llegado pues, mi hora.
Disimulando una tranquilidad que estaba muy lejos de ser real caminé por el sendero de bloques de hormigón. Ya sólo me faltaban centímetros para estar junto a él.
Fue el momento en que habló y descubrí quién era.
“¡No era posible! ¡Cómo fue que él estaba aquí, conmigo, en un punto suicida!”
“No. No se acerque, por favor”, me dijo sorprendiéndome, “no debió haber venido”, añadió con voz tranquila, pero ya me era enteramente reconocible.
Yo a esas alturas no entendía cómo era posible tal encuentro.
Efectivamente cuando tenía doce años me arranque de la casa de mi padrastro. Mi madre estaba trabajando en el almacén del pueblo y me dejaba sólo con él. A veces llegaba a las ocho de la tarde. Le conté lo que hizo conmigo: “No sé cómo paso”, le dije con una culpabilidad que no admitía dudas, “tenía mucho miedo y él había comenzado a beber”. “Cerré la puerta y no lo dejé entrar”, dije, con una sensación de haberme librado del patíbulo, “no hice nada más”.
“Cuando ocurrió eso, mi madre no dio crédito a la confesión de su propio hijo. Creyó que era una manipulación y defendió a mi padrastro a desparpajo, enviándome al granero; con los cerdos y las vacas”. “Fue allí que decidí huir de casa para siempre. Lo primero que se me ocurrió fue cruzar el cerro y llegar a la estación de trenes. Pensé en esperar el tren, con la tranquilidad de alguien que duerme la siesta, sin reparos ni alarmas. Me puse en la boca del túnel y cerré los ojos. Pensé que eso era la muerte: que alguien abusara de ti y tu madre lo protegiese a él. Yo ya estaba en el otro mundo. Que pasase el tren por encima de mi cuerpo sólo era una forma de destruir lo sucio que habían hecho conmigo”.
“Esa vez los testigos fueron un matrimonio de parceleros y unos trabajadores del fundo de don Rigoberto. Cuando me vieron se pusieron a gritar que saliera de allí, que acaso estaba loco. Y sí. Lo estaba. Un loco ofendido y sin sentido”.
De vuelta a la realidad, como suele suceder en situaciones límites, el niño bajó la cabeza y perdió el equilibrio. Sentí que podría sacar el pie del único lugar no electrificado.
Lo agarré justo del brazo y volví a detenerlo.
“¿Por qué me ayuda? ¡Déjeme aquí! ”.
Mi ayuda era verdadera, yo no era el estúpido que se había arriesgado a tanto.
“Sé lo que te pasó”, le dije con una voz quieta y algo ronca, “¿Por qué viniste a verme ahora que estoy arruinado?“.
El tren, que venía del otro lado seguramente a rescatarnos, se oía a poca distancia.
“¿Por qué está aquí”, preguntó el niño, “si se va y me deja aquí nada de lo que le ocurrió sería real? Yo habría muerto arrollado por el tren del norte y usted no habría emigrado a Santiago, no habría trabajado de día y estudiado de noche, no conocería a Ana, no la dejaría en su casa cercano a la medianoche, después de una larga jornada de oficina, no le habría engañado con otro, nada de lo que vivió o hiciera sería parte de la realidad. Todo no fue y no estaría como está: hecho un guiñapo. Un fracasado, como yo a los doce años…”
No me percaté de lo lúcido de su discurso. Parecía que sabía todo de mí, lo que pensaba y lo que sufría. Sabia el nombre de Ana Magdalena y el episodio con el patas negras ¿cómo no, si era carne de mi carne?
“Sólo le pido que no me saque de aquí”, repitió categórico, lo miré con admiración. ¡No recordaba lo arriesgado y voluntarioso que fui en mi temprana adolescencia!
“¡Pero te salvaste –Le dije con firmeza-! ¿No recuerdas que uno de los trabajadores te agarró de la mano y te quitó, justo cuando venía el tren?”,- exclamé con la seguridad de haberlo vivido.
“¡Y para mi desgracia regresé a la casa de la mamá, todo siguió como si nada: mi madre en la tienda, mi padrastro sin empleo como siempre, el fin de las vacaciones de invierno; ponía la cerradura cada vez que mamá estaba fuera de casa!”.
Pasó mucho rato.
Casi había olvidado por completo que nos observaban desde la boca del túnel. Incluso un foco, instalado por la televisión. Por suerte no nos escuchaban, era imposible que pudiesen oírlos si no jamás hubiésemos hablado aquello.
“¡Venga conmigo, no me deje aquí sólo! ¡Ya vio lo mal que le fue! ¡Para qué insistir! ¡La desgracia llegó igual!“. – Tenía toda la razón y además estaba sorprendido por su forma de hablar“. ¡Por alguna razón que ni usted ni yo podemos explicar, nos hallamos en la misma condición! ¿Entiende?
Comenzaron a gritarnos desde la boca del túnel.
Estaba ahí, el yo de antes, de mi pasado y el sujeto de ahora ¿Cuál sobrevive a cuál?
“¡Si no salen ahora el GOPE los sacará a ambos! ¡La energía se cortará en minutos!” –gritó por un altoparlante la voz enérgica de un hombre, seguramente de las Fuerzas Especiales.
Enseguida daba instrucciones el jefe de operaciones, lo acompañaba una decena de Carabineros. La televisión husmeaba a como diese lugar.
El niño que fui y que fue finalmente abandonado por su madre estaba convertido en hombre y por cierto en el mismo punto suicida.
Me miré y me devolví una sonrisa.
El pacto estaba por fin cerrado.
Detrás nuestro los camarógrafos y periodistas, un escuadrón de Carabineros, bomberos y seguramente el personal jefe del Metro se reunían en el andén, en las escaleras y a la entrada de la boca del túnel: nada podían hacer en contra nuestro.
Me tomé la mano y sentí un gusto al percibir que no estaba fría si no tibia. El camino que íbamos a hacer era el inverso al que las fuerzas de rescate esperaban, todavía quedaban segundos para la descarga de energía eléctrica.
-¡Vamos! – me dije!
El niño que fui me observó con lástima, no sé si de mí y de lo que me esperaba en el futuro.
– ¡Este es el momento! ¡No habrá otro igual en que podamos encontrarnos y auxiliarnos!
-¡Tiene razón! – Me dije- es el final, el mismo túnel, el mismo tiempo y espacio.
Caminamos por la vía tomados de la mano. Por primera vez me sentía liberado del dolor.
-¡Perdón! – le dije.
– ¡Perdón por qué?
-Por haberte hecho esperar tanto.
Me sonrió. Recordé mi sonrisa de niño que había olvidado.