Autor: Oscar Andrés Núñez Barrios
Seudónimo: Akharapi
Año: 2013 – Primer Lugar
Corría el año 1990, Felipe Canqui, de descendencia Aymara-española, sesenta y tres años de edad, vivía solo, pues sus dos hijas ya no estaban junto a él. Aparcado su trabajo, con lápiz, papel, libros y unas cuantas carpetas como herramientas, se sentó en un rincón de su humilde hogar. Aún haciendo lo que le gustaba, pensó que tanto esfuerzo y años merecían un regalo. Luego de pasado los días encontró un alivio en su vida, tras días de reflexión pensó en viajar.
Al ver y al acercarse a su camioneta azulina, sintió algo, sin previo aviso un haz de luz indescriptiblemente abrió su mente y caló hondo, muy hondo en su pasado. Luego se sintió en un cuerpo que le parecía cómodo, cerró los ojos de un destello, rejuveneció, y se dejó llevar… ¿dónde?, quién sabe.
Hace tiempo me dejaron abandonado—pensaba— no tenía madre como el resto de los niños. Sin embargo, llegué a los brazos de una mujer que me cantaba canciones de cuna, guiaba mis primeros pasos, y me brindaba un inmenso amor, que me hizo olvidar por un tiempo, la cruda realidad que más tarde me depararía la vida.
Vivíamos cerca de un pueblito Aymara, el corazón del norte de Chile, donde las lluvias eran exiguas, y la vegetación xerófila en conjunto con la abundante sequedad, un real enemigo para la gente que habitaba y que luchaba por cultivar esa rebelde tierra. Mi casa, como tantas otras, rústicamente construida con piedras finamente talladas, pequeña, techumbre de totora, con dos piezas, tres camas, y un pasillo largo caracterizado por sus variadas mesitas con paños blancos, sobre las cuales existían señas de evidente violencia en figuras quebrantadas de Jesucristo, y unas cuantas imágenes de santos que se plasmaban en cada uno de los cuadros. En mi solitaria adolescencia solía jugar con pedacitos de troncos secos que simulaban autos, me imaginaba viajes únicos en que yo y mamá, éramos los únicos protagonistas. Con decir que, ni la abundante tierra, ni los perspicaces rayos del sol cayendo sobre mi espalda, ni la suciedad, ni siquiera el miedo a los lagartos, que artos de la luz, deambulaban buscando sombra en los largos arbustos resecos, nada, absolutamente nada, era un impedimento para mi diversión, mi única y gran diversión.
Me recuerdo perfectamente cuando llegó a nuestro humilde hogar, un sujeto que mamá previamente me había comentado…era mi supuesto padre. Mi felicidad me inundaba, mi corazón latía de emoción, mi ansiedad me superaba, era el momento que con gran anhelo había soñado, la llegada de mi papá.
Con mucha timidez me acerqué a este hombre para abrazarlo, pero él me detuvo con la punta de su bastón.
— ¿¡Y este que hace aquí!? —gritó— ¡No era así el trato que teníamos! — Su voz agresivamente hiriente, odiaba con fuerzas la idea de ser padre.
Mamá le interrumpió y se apresuró a pedirle que se sentara. Seguramente venía cansado—pensé— seguramente tenía hambre, seguramente querría comer, y justamente ella estaba preparandouna ricasopa picante, una rica Calapurka. Era mi pensamiento inocentemente algo quebrantado, el que trataba siempre de dilucidar las causas ante tanta odiosidad manifestada. Desde ese entonces había imaginado que un papá era algo semejante a mamá, aunque con una voz más ronca, pero el lúgubre aspecto de éste me aterrorizaba. Era un hombre de unos cuarenta años de edad, de mirada dura, rostro un tanto rugoso, frente contraída como en un gran enojo, un par de canas blancas que simulaba en un holgado pelo negro que caía sobre un hombro algo declinado, era extraño, extraño porque jamás había sentido un rechazo, mi mamá nunca habría hecho eso.
Bruscamente las acostumbradas expresiones de cariño fueron reemplazadas por golpes, insultos y abusos. Bajo ese aterrador ambiente, tal sujeto me forzaba a llamarle “Don Carlos” y era el que nutría nuestras vidas bajo el amparo de unos pocos, pero necesarios pesos.
Sin ir a la escuela, don Carlos, que llamé aukka —palabra Aymara cuyo significado es demonio—, me llevaba junto a él en su carcomida camioneta azulina, personalizada con cueros de vicuña en su interior. Su labor consistía en recolectar toda la quinua que los humildes pobladores lograban reunir a cambio de unos miserables pesos. Eran viajes eternos que se acompañaban con duras amenazas, verdaderos golpes con vacilación abrumadora en mi cuerpo y espíritu frágil, creando un gran derrumbe en mi interior. Es por ello que todos los días esperaba con ansias el brillo esperanzador del crepúsculo que adormecía y ponía fin al trabajo esclavizador. En sus viajes aprendí instintivamente a conocer la mecánica del manejar, desde siempre me gustaron los autos, mi sueño era manejarlos. Del aukka aprendí…embrague, luego primera, suelto, acelero, espero, embrague, paso segunda, suelto lentamente, acelero… así sucesivamente. Sin siquiera conocer los números para ajustar los cambios, sólo con el ruido del motor me regía en los pasajes distintivos entre primera, segunda, tercera y cuarta.
Mis días de entretención eran en las noches oscuras y serenas. Mientras el sujeto dormía plácidamente, yo jugaba en la camioneta pasando cambios y moviendo el volante, imaginaba viajes eternos en compañía de mamá.
—Brrrrr… ¡pí! ¡pí! ¡Mamá súbete!, ¡Mamá, vámonos! — pensaba— ¿Hacia dónde quieres ir mamá?
—Donde quieras hijo, llévame lejos, sólo quiero escapar…
Era mi pequeño y gran mundo de la imaginación el que me permitía escapar de la realidad, un mundo totalmente consciente, alejado de los típicos sueños de un niño, sólo quería ver a mamá feliz.
Un día el aukka llamó a nuestra puerta. Era invierno y mamá, como todas las noches, dormía conmigo brindándome un amor inigualable. Él venía sucio y tenía cara de enfermo. Con una voz ronca, áspera, casi extrahumana, gritaba insistentemente que tenía mucha hambre. Todo estaba quieto, helado, silencioso. Fue en ese preciso momento en que el demonio, haciendo valer su propio concepto de hombría, mostró sus verdaderos colmillos. Con gran insistencia pidió a mamá que le hiciera una cazuela, al no existir los ingredientes para tal plato, enfurecido forcejeó como un loco, tiñendo de espanto con brutalidad desmedida, la humilde morada. Sin conceder importancia alguna a la condición de género, la agarraba descomunalmente, mientras yo paliaba el dolor pensando en la libertad que algún día alcanzaríamos. Como resultado, mi madre terminó botada en el suelo a sollozos, con dolores en su frágil cuerpo, con poca ropa, y suplicando paz.
Todos los días, con amargura, observaba a mi madre siempre sola, regocijada en su intima aflicción, acongojada, con enormes deseos de abandonar el hogar. Era común verla llorar arrodillada a los pies de su cama cubriéndose el rostro sucio de lagrimas con sus manos, y rezando Avemaría tras Avemaría, sin atreverse siquiera a levantar la vista del suelo. ¿Cómo no iba a sentir pena si el desamparo brotaba desde lo más profundo? Un día sábado la acompañé al pueblo para hablar con el cura párroco, y le aconsejó esperar. Es que era tanto el miedo que reflejaba el aukka en su mirada penetrante y vigorosa presencia, que en el pueblo nadie se atrevía a hablarle, nadie, salvo sus clientes. Las opciones para pedir ayuda eran escazas, en un pueblo muy pequeño en que abundaba la pobreza desgarradora y el abandono descomunal.
—Felipito hijo — dijo mamá— pronto saldremos de aquí, pa’ eso se lo pedí a la Virgen María, ella nos ayudará en esta vida tan desabría que nos tocó.
—Si mamita y quiero un autito pa’ viajar y para que no nos pegue mamá.
Es que ambos manteníamos un pensamiento dolorido al amparo de una especie de neblina de cansancio. Dar un paso más, avanzar, afrontar cualquier situación que llevase a la libertad, parecía algo casi utópico, era como si el terror se abalanzara ante nosotros a cualquier opción de liberación. Parecíamos esclavos de nuestros propios nervios, que ya se encontraban averiados a estragos de las injusticias de la vida.
Bajo un cielo nublado, las noches se extendían por todo el pueblo. Sólo el cantar de los grillos y ladridos de los perros, rompían el silencio adormecedor de la dura oscuridad, mientras que el viento escalofriante junto con la espesa camanchaca, mojaban hasta el último animal, con helada insistencia.
El tiempo pasaba inexorablemente, ya había cumplido trece años, y aunque mi madurez asemejaba a la de un niño mayor, los abusos eran los mismos y el ambiente desfavorecedor hacía eco en mí, ya no era un niño, era un hombre alto, delgado, con el rostro derrumbado por la lasitud y las terribles penurias de la vida. Pero tanta desgracia merecía un fin. Tras estar contagiado con unas tantas copas de vino, alcoholizado yacía el aukka en su cama. Inmediatamente mamá, dando a su acento la mayor amabilidad posible, lo invitó a dormir insinuando que a esa hora el frío era intensísimo. Rápidamente mi madre lanzó en su maleta lo suficiente para aventarse, echó una rápida ojeada por el hogar, tomó su chaqueta de alpaca marrón y cerró las puertas para asegurar y acentuar la espera del demonio en nuestra casa.
En completo silencio, mamá abrió apresuradamente su chaqueta por fin, tomó su maleta, se quedó un momento en suspenso y dijo:
—Y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿a la derecha o la izquierda?
Fue en ese preciso momento en que visualice al aukka— ¡Ahí viene! — grité—mamá no reaccionaba y el sujeto se acercaba.
Fue entonces cuando grite con más fuerzas— ¡Mamá, vámonos! ¡Corra!
Mientras corríamos, mamá lloraba amargamente, sus lágrimas se vertían sobre los angostos pasillos en que tantas veces sufrió producto de los golpes del infeliz animal. Aún cuando fue todo premeditado inconscientemente, no teníamos un plan estratégico para escapar. Fue en ese preciso instante en que mi mente deslumbró, visualice la camioneta y tomé la decisión tan rápido que ya me encontraba al frente del volante. Pese a aquello, mamá aún no estaba, no la veía, había desaparecido, ya no estaba junto a mí. Mi corazón se agitó, mi respiración era intensa.
Eran las siluetas y sombras acrecentadas de los distintos tamarugos, en conjunto con el vacilante y vago resplandor del crepúsculo, los que me imposibilitaban el distinguir de mejor manera a mamá.
Cuando faltaban menos de cincuenta metros para que llegara el aukka, sentía que mis esperanzas de una paz prolongada se derribarían cruelmente y que el fuego de la violencia se iba a extender de forma incontrolada, iba a arrasar, iba a quemar, iba a lastimar. Junté las manos, oré, finalizada la plegaria grité.
— ¡Mamá! ¡Vámonos! ¡Mamita!
Fue un grito con un eco desgarrador, al punto que todos los animales corrían despavoridos, alborotados, sin un destino seguro. Todo se resolvía en un clima aterrador, nuboso.
— ¡Mamá súbete!, ¡Mamá, vámonos! —gritaba— ¿¡Hacia dónde quieres ir mamá!?
— ¡Donde quieras hijo, llévame lejos, sólo quiero escapar!-gritó imperiosamente mamá, alzando fuertemente su voz junto al viento andino.
Cuando escuche la respuesta, me di vuelta bruscamente y me puse a llorar a mares, me flaquearon los pies sobre los desgastados pedales de la camioneta, mi pecho se hundió y mi rostro desfiguró en respuesta de tanta emoción contenida durante tanto tiempo….sentía desvanecer. Fueron tantos momentos amargos y tanto amor a mamá, que sentir la libertad a tan sólo un paso, era algo que emocionalmente me superaba, todo era indescriptiblemente extraño. Parecía un tonto inútil. Sin embargo, una ola de furia y un impulso de adrenalina sacudió mi cuerpo al ver que se acercaba el demonio y que corría hacia nosotros, afloró la aflicción en mi mente, caló hondo en mí cada recuerdo, cada vivencia significó una inyección profunda de energía que hizo revertir milagrosamente mi estado. Arranqué el vehículo tan rápido como puede e inicié el viaje sin temor, aunque el aukka corría y vociferaba fuertemente mostrando sus garras a lo lejos, ya éramos libres, libres de verdad.
De esta manera se iniciaba el viaje bajo una helada noche de primavera en que el viento azotaba con gran fuerza. Alrededor de las ocho de la tarde me dirigía apresurado, raudo y veloz en mi camioneta, aplicando a la conducción todo lo aprendido inocentemente durante las heladas noches de diversión.
“Las voces de mi intuición ordenaban, mis sentidos alertaban, mis manos guiaban, mi mente acordaba, y mi corazón siempre, siempre esperanzaba”.
Siento que mi espíritu libre aún cala hondo en mí, resucito y me permitió avanzar, ¿destino? ninguno. Tantos años de trabajo y sufrimiento calaron en mí, tanto física y psicológicamente, que pensé, la sensación de libertad solamente la podría tener con un vehículo. Desde ese entonces la satisfacción se había apoderó de mí en tal forma, que ya había olvidado totalmente el transcurso de las horas y minutos, que durante los últimos días habían atormentado aun más mi corazón.
Durante el recorrido escuchamos un fuerte ruido, algo distante, similar a un disparo, el cual espantó a algunas vicuñas que a lo lejos pastaban, no prestamos mayor atención y continuamos nuestra fabulosa travesía.
Mientras viajábamos y mamá entonaba una alegre cancioncilla aimara, el sol norteño caía dorando paulatinamente la calle, y la noche estrellada fue cómplice de como el cansancio se apoderaba de nosotros. Mamá Clara me pidió parar, pero antes, desviarme del polvoriento camino y estacionarme justo al lado de un gran tamarugo. Fue de esta manera que pasamos la helada noche al interior de la camioneta, bajo un cielo cubierto por una espesa y suspendida camanchaca, completamente abrazados, sintiendo casi en la mejilla la respiración de mamá. Para protegernos del escalofriante frío, nos envolvimos con el cuero que el aukka ocupaba a modo de decoración, creando una tibieza reconfortantemente acumulada, que junto con nuestro amor, generó un especie de sueño rehabilitador. Al amanecer, los golpes curiosos de unas cuantas llamas en la carrocería nos despertaron, mientras que el alba fría nos abrió el apetito. Nuestro desayuno fue un puñado de semillas de quinua que yo solía guardar recelosamente en un sitio secreto de la butaca.
De esta manera continuamos el recorrido bajo un ardiente sol primaveral, cuyos rayos no hacían más que iluminar y acentuar aún más nuestras ganas de vivir. El viaje se tornaba un tanto dificultoso en una calle angostísima con abundantes rocas y peñascos, rodeado con débiles casas de comunidades Aymaras, verdaderos vestigios, que ante el menor movimiento, el menor ruido, podrían derrumbarse como frágiles castillos de arena. Pero el obstáculo del pasado ya estaba superado, ahora solo modificaba el presente con serena continuidad, ya nada detendría nuestro camino de libertad, nada.
Muy a lo lejos se encontraban dos viejos, ambos caminaban con una bolsa en sus hombros, el caminar era lento y cansador. Al acercarnos, hicieron un gesto con su dedo pulgar. Mamá dijo que me detuviera, que quizás necesitaban ayuda.
Me detuve lentamente, bajé el vidrio y mamá preguntó…
— ¡Hola! ¿Hacia dónde van?
— Nos vamos a nuestras casas oiga, ¿nos podría llevar?
— ¡Suban! —exclamó mamá.
—Gracias señora, mire que el frio me cala hasta en los mismísimos huesos… ¡El frio pa’ grande oiga!
Eran dos pobladores de un tranquilo lugar, iban a vender unos kilos de quinua. Vestían idénticos, ambos con un sobrero alón metido hasta las orejas, envueltos en un largo poncho color marrón. Uno de ellos era un vejete de cejas erizadas, con unos ojos negros que resaltaban demasiado en una cara pálida, extenuada, y algunas canas blancas en el abundante pelo negro de su cabeza. Se movía mucho, con rapidez, parecía muy nervioso. Accionaba con la cabeza, con las manos, con todo el cuerpo. Mamá al verlo, preguntó:
—Oiga señor ¿le pasa algo?, cuénteme no ma’.
—No, nada oiga.
— ¿Seguro? — preguntaba mamá.
—Mmm la verda’, lo que pasa que estoy un tantísimo nervioso y preocupado oiga. Lo que pasa…emm como le dijera yo, hace poquito se mató él, se mató nuestro patrón, se mató don Carlos, de un disparo en la cabeza anoche ¿Lo sintió oiga? Si hasta los animales corrían del susto y no sabemos na’ donde vender la quinua- exclamaba amargamente el viejo.
Hubo un largo momento de silencio, mamá quedó sumida en la perplejidad sin saber que decir.
—Creo que se mató por la señora que tenía, le pusieron los cuernos se comenta.
Mamá trataba de mantener la compostura, aunque no se veía triste, más bien tranquila.
—Aquí eh, déjeme aquí por favor, gracias. ¡Ah! Tome le regalo estas quinua, en la casa tengo más, que Dios la bendiga oiga, chaito —pronunció el viejo mientras bajaba con su tímido amigo, con cautelosa lentitud.
De esta manera se entrecruzaban las piezas de un puzle dramático, pero a la vez liberador. El aukka ya estaba muerto, sus garras y afilados dientes jamás harían daño, y aunque las dolorosas cicatrices del pasado aún estaban presentes, ya éramos libres, libres de verdad.
El paisaje parecía sonreírnos, ya no era sequedad absoluta, al contrario, aparecían tamarugos, pimientos, algarrobos, chañares, diversas especies de cactus y un llamativo desenfreno de colores que parecían florecer desde lo más lejano. Estábamos maravillados, lejos de ser un viaje cansador producto de los vaivenes del maltrecho camino, era un viaje liberador.
La sensación de viajar era casi rehabilitadora, placentera para ambos, me permitió tener autonomía, independencia, liberación total, como el querido personaje de la espada de acero, cuando comenzó el desafío de enfrentar los enormes molinos de viento, sintiéndose libre de hacer y deshacer según su ideal, su convicción le permitió avanzar y llegar al fin, ¿mí convicción?, la misma. Es que ya no existía el ambiente aterrador de antes que cegaba el tiempo de admirar las distintas perspectivas magníficas de la gran pachamama que nos rodeaba. Parecíamos, más bien, ahogarnos con el viento que barría nuestros rostros, que en mixtura con una sinfonía de una atmosfera acogedora y colorida, creaba un coro casi orquestal, al mando de un canto diverso de tórtolas que nos invitaba a sumergirnos en un escenario cuya protagonista era la felicidad.
Ya era tarde, desconocía el tiempo y lugar en que me encontraba, me sentía bien, recorría los parajes hostiles rodeados de una completa paz junto a mi mamá. Al mirar a lo lejos, una tenue luz llamó profundamente mi atención, al acercarnos, se veía una silueta abultada de una mujer que se tambaleaba extrañamente y que cargaba un pesado bulto en su espalda. Era una mujer muy anciana de cabellos blancos, de baja estatura, vestida de riguroso luto. Me detuvo la camioneta haciendo signos extraños con sus manos, terminando en una ceremoniosa reverencia. Al descender el vidrio de la camioneta y antes de preguntarle cualquier cosa, con una baja y tierna voz nos dijo:
—Oiga, por la misericordia del Apu Qullana Awki (Dios Padre Divino), tendría la amabilidad de llevarme un ratito.
Se veía un tanto alcoholizada, con un extraño brillo al fondo de sus ojos, como si estuviese algo perdida, buscando algo. Casi inocentemente en su bolsillo se le asomaba parte del cuello y boca de una botella de un fuerte licor, que de forma casi inconsciente afirmaba con su mano.
—No hay problema, súbase no ma’—respondí prontamente.
En su rostro pálido y extenuado, en su boca reseca y fruncida, en su postura frágil y encorvada, en su nariz aguileña y ojos pequeños, se escondía una vida llena de esfuerzos y recuerdos agrios.
Se detuvo un tiempo contemplándome curiosamente, pareciera que buscaba conversación, por fin nos dijo:
— ¡Ayayay! que frio hace mijo. Esta vida tan desabría que nos toca a nosotros lo pobre ¿cierto oiga? —dijo la anciana mirando a mamá en una suerte de complicidad.
—Así es no ma’, no hay nada que hacerle, pero siempre se tiene que estar firme- dijo mamá.
—Ya estoy cansa oiga, no tengo a nadie a mi lao, nadie que me cierre los ojos, nadie que me abrace—se quejaba la anciana.
Mientras conversaba, sus manos se tambaleaban un tanto inquietas, apretaba el puño en ocasiones, como en guardia, mientras que su boca oprimida y su cara paliducha comunicaba indicios de lo que se acercaba.
—Pero agradezca que tiene salud oiga, yo tan joven paso enferma ¡usted está como tuna oiga! —exclamaba mamá.
—Razón tiene…pero la miro y me acuerdo de ella, es tan linda, es igualita, igualita a mi hijita, la Sisita, que ya no está—dijo la anciana con una quebrantada voz.
Estábamos a punto de conocer un dramático testimonio, cuyo final era brutal.
—Mi hijita oiga…era como uste’ ¡pero el desgraciado la mató! —gritaba fuertemente la anciana mientras sus lágrimas se desprendían de sus ojos y corrían por su pálido rostro — ¡El desgraciado la mató oiga! ¡Es un perro mal nacio!
Mamá con un nudo en la garganta al escuchar tan calamitoso testimonio, le preguntó algo sorprendida — ¿Oiga y de quién habla usted?
—Al desgraciado le gustaba que le llamaran “Don Carlos”, el Awqa (ser maligno) compra quinua oiga…mi hija sufrió mucho y la extraño tanto ¡hijita miaaa!
Tras nuestro recorrido, el tiempo quedó suspendido en el vacío por un instante. Mamá estaba consternada, estupefacta, su vida se reflejó en la hija de la anciana en absoluto, al imaginarse tanta calamidad, mi madre pareció abismarse en las declaraciones y con una fraterna sonrisa la abrazó con enorme fuerza, mientras sus pupilas se velaban dulcemente y sus delgados labios temblaban, yo trataba de concentrar mi atención en el irrespetuoso camino. Era sin duda un escenario digno de cualquier película, cuya escena en movimiento teñía el ambiente con ternura y compasión. Quizás el abrazo fraternal y la presencia de juventud cerca de la anciana, había logrado paliar, en parte, la angustia y el odio insistente de esa dureza casi endemoniada que la hacía temblar, el mejor remedio ante el mal que por tantos años la aquejaba.
—Lo lamento tanto oiga, pero el perro se murió, el desgraciado se murió hace poquito. Tranquila que nunca va a estar sola oiga, nunca, se lo juro— dijo mamá, con una voz suave.
Fue en ese momento en que llegamos a la humilde morada de la anciana, el cual fue nuestro refugio por un buen tiempo.
Al frenar, rasgué el suelo reseco en medio de un silencio abrumador. Mientras pisábamos tierra firme, una especie de niebla se desprendía revelando indicios de algunos algarrobos cubiertos por esferas de bruma que suavemente comenzaban a esfumarse ante nuestros ojos. Nuestra sorpresa fue mayor al ver un valle completamente adornado con miles de bellas flores, creando una especie de constelación de variados matices, en que abundaban las otarias en todo su esplendor. Justo al fondo lucía radiante la majestuosa Cordillera de los Andes, alegoría pura de la cultura y pachamama andina. El viento benévolo parecía haber despejado y acariciado el rostro joven de mamá, la cual, dando tributo a la filosofía del carpe diem, corría como una niña, saltaba, gritaba, reía, compartiendo su inmensa felicidad con el gigantesco universo natural que le rodeaba.
— ¡Hijo ven! ¡Salta conmigo! ¡Acompáñame a ser feliz! — gritaba a lo lejos mamá, rebosada en una inmensa alegría.
Yo simplemente disfrutaba de su compañía en su especie de ritual liberador. Era un momento mágico, cuyo escenario era un valle colmado de abundante paz, rodeado con llamativas esferas de luz. La anciana regocijada en nuestras risas, sonreía con un rostro complaciente que a la vez reflejaba una sanidad emocional indescriptible. Todo era maravilloso.
Luego, el tiempo fue testigo de una realidad que con complicidad guardaba, la anciana que tan bien nos acogió y que guardaba un cariño especial hacia mi madre, resultó ser su mamá, así es, mamá de mi mamá. Lazo que fue más estrecho al conocer nuestra realidad. De esta forma se armó un puzle cuyas piezas se fueron entrecruzando de manera que el final volvía a sonreírnos, volvía a ser feliz.
— ¿Qué fue eso? ¡La señora Sandra me debe estar esperando! —dijo Felipe Canqui algo apresurado.
Puntual, como siempre, educado y cortés como es su costumbre, ya cerca de las dos de la tarde, tras un destello de un recuerdo rehabilitador, Felipe se dirigía a su trabajo de abogado, dispuesto a defender a miles de familias cuya realidad asemejaban bastante a la suya…. pero esta vez logrando justicia, justicia de verdad.