No hay leones en Los Leones

Autor: Luis Hernán Espinoza Olivares
Seudónimo: Ali Maña
Año: 2015 – Cuento Más Simpático

En Pajaritos solté su mano y salí volando. Un remolino de gente me arrastró en andas hacia adentro del vagón, mientras mi mamá se quedó aleteando y gritando en el andén, apretujada entre un montón de personas gordas y abrigadas dentro de envoltorios peludos, igual que el oso del Buin Zoo.

Yo la divisaba algo borrosa, poniéndose colorada y haciéndose cada vez más chica a través de la ventana, pero igual estaba casi seguro de que lo que intentaba decir, abriendo la boca como para tragarse un completo, era ‘{no te pierdas Tomás, no te pierdas”, y claro, cómo no lo iba a adivinar, si todo el tiempo estaba repitiéndome “Tomás, no te pierdas, Tomás, no desaparezcas, Tomás, no te vayas a evaporar”.

A mí me causa gracia lo inocente que es mi mamá, cuando piensa que tengo poderes evaporatorios y que como un mago que hace cataplún puedo volverme polvillo de airee Reconozco que me gustaría que así fuera y he estado practicando, pero todavía no lo logro mucho, hasta ahora sólo he podido hacer que mis pies se vuelvan invisibles al meterlos dentro de las chancletas de mi abuela Rosa* claro que esa no es gracia, porque dentro de sus chancletas casi todo puede desaparecer, sus anteojos, las llaves de la casa y hasta la gata Salmonela, que hace ahí su cucha desaparitoria cuando quiere tener gatitos.

Es bien divertida mi mamá, tiene hasta nombre chistoso, se llama Mía y yo le digo mamá tú eres mía y ella me dice sí, soy tuya y yo Ee digo no, eres Mía y nos reímos harto rato y tiene esas ideas tan raras de que me voy a perder, sin entender que yo no me puedo perder, porque siempre estoy conmigo.

Yo creo que es ella la que se pierde y no se da cuenta, porque, claro, como está perdida no me encuentra. Cuando eso pasa yo sí atino altiro, cómo no me voy a dar por enterado de sus perdiciones, si es cosa de cerrar los ojos y no verla y después abrirlos y tampoco verla… es que dicen que soy muy avispado para mi edad.

Lo malo es que no soy muy alto, preferiría ser más alto y menos avispado. Qué saca uno con ser avispado si eso no se nota en las fotos y cuando uno es muy chico de tamaño, tampoco se nota demasiado en las fotos del colegio, porque queda incrustado entre los compañeros de curso y cuando trata de ubicarse en el lote sólo se ve un punto con pelos y abajo unas canillas medio flacas.

Ahora mismo, también estoy incrustado entre puros tafanarios, en su mayoría muy grandes y blanditos. Mi abuelo es el que dice tafanario y botica y biógrafo, ¿o era bolígrafo?, no recuerdo bien, pero lo de tafanario sí lo recuerdo, porque a la tía del kínder le dije que mi tata decía que ella tenía un tafanario tan bonito y me quedó mirando con cara rara, y me dio las gracias, pero al poco rato consultó su 1-Phone y se puso bien arrugada de la frente y me dijo que mi abuelo era un viejo desgenerado.

Pero lo peor fue cuando le conté que también había dicho que tenía ganas de hacerla mujer y eso me dio tanta risa, porque nunca me había dado cuenta de que la tía del kínder era hombre, si no tenía ni bigotes, aunque lo del bonito tafanario sí Io había notado, es que debo ser tan desgenerado como mi abuelo, pero qué más puedo hacer, si mi cara queda a la altura de los tafanarios de casi toda la gente que conozco.

Por ejemplo, pegado a mi hombro derecho tengo el tafanario de una Iola nada de fea, forrado en un pantalón rosado que le aprieta todas las partes y se le marcan muchas cutumitas en las piernas, y mi ojo izquierdo es sobajeado por el escurrido tafanario de un señor que intenta vender unos aparatos para pelar pepinos y cebollas y muchas otras cosas en estado vegetal.

Cuando el carro frena de sopetón sin querer me agarro firmemente con mis dos manitas de la Iola que es lo primero que pillo, pellizcándole todo lo que se llama tafanario y ella se da vuelta como bailando una cueca salvaje y le zampa un cachetazo al señor de los y le aúlla en plena oreja, como queriendo dejarlo sordo: desgenerado y ahí me viene la iluminación y me doy cuenta de que las mujeres lo único que saben decir cuando se alteran es eso, desgenerado; pero mi prendida de ampolleta no es tan dicroica, porque todavía no consigo entender qué tiene que ver que uno no tenga género con los tafanaños de ellasa

Mi abuela Rosa es costurera y no es desgenerada, ella me enseñó que existe el cotelé, el corduroy y la popelina, también conozco la badana, la trevira, la percala y la lycra, que se pega al cuerpo y uno queda como si fuera una salchicha gigante.

Justo para allá íbamos cuando mi mamá se perdió, a ver a mi abuela, y a jugar con sus hilos y sus géneros, con las tijeras no. De todos modos yo iré a verla, para pedirle que me regale unos retazos y poder dejar de ser para siempre un desgenerado.

Los Héroes, anuncia una voz con carraspera y yo estoy seguro de que los héroes son una pura mentira, inventada por el comercio y el sistema de libre mercado para vender sus productos…en realidad eso lo dice mi papá, y así no me tiene que comprar el disfraz que le pedí de Antman, pero la voz de lija persevera, y el que persevera pierde, dice mi tata, e insiste en reiterar: Los Héroes, tal vez para desmentir lo que dice mi papá y procurar convencerme de que sí existen, al igual que los viejos pascueros transpirados, con caspa, mal afeitados y con olor a enjuague bucal, que están desde noviembre encaramados en sus trineos de cartón dentro de los mall.

El que pestañea alcanza, dice también mi abuelo, y me pongo a pestañear como loco, para alcanzar luego la estación en la que me tengo que bajara

Antes las estaciones eran un misterio para mí, porque mi mamá alegaba que la casa de mi abuela quedaba lejísimo, como a veinte estaciones, y yo sólo conocía las cuatro que me habían enseñado en el jardín: otoño, invierno, primavera y verano; también me las sé en inglés, pero son las mismas.

Una señora, muy, pero muy hundida de cara, me pregunta si estoy perdido y le digo con ultramegaconvencimiento que no, que estoy en Santa Lucía, Justo ahí dicen por los parlantes que están buscando a un señor que se llama igual que mi papá y calculo que es porque él también está metido hasta el cogote en esto de las perdiciones.

Pero tres pestañazos después me doy cuenta de que es a mí a quien están llamando, entonces me esfuerzo por desaparecer, poniendo cara de no estoy aquí y embuto mi cabeza en el bolsillo de atrás del tafanario más próximo, que resulta estar lleno de billeteras, así, al boleo, conté seis, y al chocar mi nariz puntuda contra una de ellas, el caballero dueño del tambembe, que así le dice mi abuela Rosa al tafanario, aunque yo no sé realmente sí serán lo mismo o si los tambembes son de hombre y los tafanarios son de mujer. Porque en ese caso, el de la tía del kínder sería un tafabembe o un tambembenarioa

Como sea, el dueño del tambembe, pero al parecer de las billeteras no tanto, se sobresaltó y comenzó una escandalera que terminó en una trifulca-to/e-tole-qui/ombocasa de remolienda, como dicen mi tata y mi mamá y mi abuela y también mi papá. Alguien hizo sonar la alarma, nos chantamos en seco, volaron las billeteras, los billetes, las carteras, las groserías, los cachamales y uno que otro zapato, el carro anduvo otro poquito por el túnel y luego volvió a detenerse de golpe y ahí don tambembe fue agarrado por los guardias, para que no lo siguieran zarandeando entre todos los que le gritaban ladrón, mencionando de paso a su mamá.

Otro señor, algo raro, y que olía a queso rancio, se puso a perorar acerca del equinoccio o apocalipsis o espiroquetas o algo que provocaba un tremendo terror, con fin de mundo incluido, pero en ese momento a mí solamente me interesaba averiguar si en Los Leones quedaba el Buin Zoo, porque si así era podría bajarme un ratito a mirar los pescados con dientes, que fue lo que más me gustó cuando fuimos de visita con mi curso.

Me puse a preguntar y un señor de terno gris tristeza y corbata como lengua, me dijo “mijo, no seas absurdo, el Buin Zoo queda en Buin…” y dónde están los leones, entonces, le insistí y él dijo que en Los Leones no hay leones. No supe qué contestarle, pero me quedó rondando la idea de que nada de lo que he escuchado en toda mi vida puede ser más extraño que eso.

Perorar, por supuesto que es una palabra de mi abuelo y a propósito de animales, lo digo por el Buin Zoo, no por mi abuelo, perorar me suena a perro que sabe orar. Cada vez que mi mamá reta al tata cuando empieza a decir muchas cosas que terminan con refrán y moraleja, le dice: “Otilio, ya estás hablando disparates”, y él le responde “Mía, mía, de mí…estoy perorando.a.’P y yo veo clarito dentro de mi cabeza un perro arrodillado al lado de su camita, rezando devotamente el Perro Nuestro por todos los pecados caninos que deben ser terriblemente desgenerados, y también orando aperradamente por poder tenerme algún día de amo, porque mi mamá detesta los perros y no hay manera de que me deje adoptar uno

La Salmonela es lo más parecido a un perro que tengo cerca y estoy haciendo mis mejores maniobras para enseñarle a hablar idiomas, y no sólo de perro, ya la he entrenado para que diga el nombre de mi mamá, y lo dice con todas y cada una de sus felinas letras.

Como mi cerebro se puso a perorar, se me cansó y me dio sueño y se me pasaron Los Leones y muchas paradas más, así que por fin me pude sentar en uno de los lugares que fueron quedando vacíos, o mejor dicho en medio lugar vacío, porque en el suyo y en la mitad del que yo ocupé estaba depositado el descomunal tafanario de una señora con delantal, y brazos en forma de cuna y no me resistí a echar ahí una siestita.

Cuando desperté de sopetón, estaba la cara de mi mamá, tan cerca de mi cara que le veía un puro ojo. La pobrecita estaba toda embetunada en lágrimas, con la boca pintada de ojos y los ojos pintados de boca, como maquillada de cazuela y la nariz bien colorada.

Pude confirmar que además de haberse perdido y encontrado, en este rato sin vernos le bajó un fulminante amor por los perros, porque a la señora de los brazos de cuna le chillaba: “perra, perra”, y casi al mismo tiempo la besaba y la abrazaba y la embadurnaba con sus melcochas, y al toque volvía a chillar, yo creo que de puro feliz de estar todos juntos y reunidos en el metro Los Dominicos, ella, mi papá, mi tata, mi abuela y la señora perra, que después supe que se llamaba Muselina y que, por lo mismo, no era ninguna desgenerada.

Cuando volvimos en patota hasta Pajaritos y subimos por la escalera que daba a la calle en que queda nuestra casa, una bandada de pájaros atravesó el cielo y sentí su revoloteo en mi guata y me dio risa y a la vez pena al recordar al triste señor de terno gris tristeza y pensé que lo único verdaderamente absurdo, en este mundo tan mundano, sería dejar de buscar las cosas perdidas.