Autor: Eduardo Contreras Villablanca
Seudónimo: Javier Gustavo Chinchón
Año: 2015 – Mención Honrosa
La carretera serpenteaba, transpirando bajo el sol tórrido del desierto. Unas nubes oscuras completaban el telón de fondo de la ventana del bus.
Morador miraba absorto en sus pensamientos, y no sentía los murmullos de los demás pasajeros, quienes conversaban, roncaban, reían y suspiraban, por el largo trayecto que habían tenido que soportar.
A su lado, Umberto Morandelli miraba también el paisaje, no atreviéndose a interrumpir los pensamientos de su acompañante.
Llevaban 20 horas en el bus, soportando el calor y el olor a sudor que los envolvía.
Umberto todavía no podía olvidar la cara de la mujer, recostada en la tierra amarilla, que se mezclaba con la sangre que brotaba a borbotones de su cuello seccionado certeramente por Morador, y tampoco la mirada fija en el vacío de este último, imperturbable, remota, remota, cada vez más remota.
La muerte los había unido, no sabía por qué, cuando se acercó a esa esquina gris, bañada por la luna que nunca aparecía, pero esa noche sí, no sabía por qué, esa noche sí.
Se quedó fascinado mirando, no quiso escapar, sólo mirar cómo es hermosa mujer cerraba lentamente sus ojos, con sus terribles estertores como música de fondo.
Morador lo miró, extasiado, como después de un orgasmo, se limpió la frente sudorosa, sacó un cigarrillo y contempló la luna, sin un solo movimiento, sin una sola palabra, dando calada tras calada al cigarrillo mustio, que contrastaba con la elegancia de sus ropas.
Un terno blanco, impoluto, sin una gota de sangre. Inexplicablemente Morandelli seguía mirando ebrio esa violencia silenciosa, y un espasmo de sensualidad recorriendo su cuerpo, observando, observando, mirando, casi acariciando ese cuerpo voluptuoso que yacía inmóvil, enfundado en un vestido de fiesta maravillosamente confeccionado para atraer las miradas llenas de deseo que seguramente caían sobre ella en la calle atestada de gente, tras esas hermosas y miserables casas, que rodeaban ese escenario terrible de una representación sin sentido, como un sueño…
Virtuoso, virtuoso, pensaba, pensaba volvía a pensar, recordando esa noche en la sala de música, viendo tocar el piano a Morador, concentrado, igual que aquella noche mientras asesinaba a la mujer, recorriendo los días que se habían deslizado silenciosos desde “el día”, cuando abandonó la estación dejando todo atrás, corriendo los visillos para no verle la cara a ella. “O tú o ella” le dijo, susurrando, como elevando una oración por el último momento que la miraba así, toda completa, porque sabía que no volvería a ver sus ojos rosados de crepúsculo, y que dejaría esa estela de soledad y ansias, presintiendo que ya no despertaría de ese sueño de eternidad y caminatas sin fin contra las cordilleras infranqueables de la pena.
Después de degollar a la mujer, Morador se acercó a Morandelli y le dijo “que miras idiota, ¿acaso no vas a salir corriendo?”. Morandelli miró el suelo, el cielo, el techo del bus y sintió un frío cuchillo recorrer su espalda.
El calor del ambiente le hizo tiritar con un escalofrío, una gaseosa en un letrero caminero lo devolvió a la realidad. Tenía sed. Pero seguía pensando. Luego del crimen, caminaron los dos por las calles desiertas, Morandelli detrás de Morador, mirando éste para atrás, a Umberto, diciéndole “déjame solo desgraciado, te voy a matar”, pero Morandelli quería saber de dónde habían surgido esos personajes que entraron en su vida, la mujer y el hombre elegante, “seguramente eran amantes y la asesinó por celos”, pensó.
Luego de una hora caminando por esas calles silenciosamente bañadas por la luz de la luna, entraron en el único bar abierto a esa hora, una ampolleta parpadeante hacía más fría la estancia, sobrevolaban dos moscas una jarra derramada en una de las mesas. Pidieron un par de cervezas, pese al frío de la madrugada. Salieron luego de tomarla en silencio, ni se miraban, ni hablaban. Los primeros rayos de sol pintaban las casas de anaranjado.
El único hotel del pueblo se perfilaba, resplandeciente, tornándose en violeta. Morador entró, recorrió el vestíbulo y subió las escaleras. Ya en su habitación sintió los golpes en la puerta, supuso que era Morandelli y dijo “pase”. Umberto entró y mirando alrededor se sentó en la única silla de la habitación, mirando al vacío.
De nuevo sintió como si un cuchillo frío le recorriera la espalda, el bus se movía, el camino era cada vez peor, el sol, implacable no daba respiro a los pasajeros que aún seguían viajando, era como un ramo de uvas que se fuera desgranando, bajaban las mujeres con sus críos, los ancianos con sus bolsas, dejando vacío ese pedazo de fierro caliente, que recorría el viejo camino.
Se miraron casi de pasada y Morandelli preguntó lo que había que preguntar pero que, pensó, debía preguntar: “¿por qué?”
Seguía el camino moviéndose en el marco de la ventana delantera, como una pintura cinética.
“No tengo una razón, estuvimos en una fiesta, bailamos, luego la traje acá y recorrí, impaciente, anhelante, todo su cuerpo, como me imagino que haríamos todos ante tanta belleza”
Belleza, la llamé y no supe jamás su nombre. Luego de acostarnos, tomamos un trago de whisky y salimos a la noche fría. Me dijo con sus ojos que la matara, lo sé. Sé que fue así, su mirada no me dejaba tranquilo, ya me ha sucedido otras veces.”
Después tu viste todo, siempre lo has visto y siempre me haces la misma pregunta, yo no soy sicólogo, ni tú lo eres, jamás sabremos por qué esta sed de sangre me produce placer y a ti el mirar la escena mil veces ensayada y representada”
Vamos, tenemos que irnos”
Salieron del hotel y subieron al bus, Morandelli sabía que seguiría el recorrido; que muchas veces se subiría y bajaría de buses llenos de esa gente sudorosa, que muchas veces sentiría esa desazón que lo embargaba cada vez, a cada hora, esa tristeza profunda, como un alcohólico que no puede dejar su vicio, o un enamorado que no puede dejar de amar.
Atrás quedó esa fría despedida en el andén, ¿para qué tener a alguien si no te tienes ni siquiera a ti mismo? Ella me podría haber salvado, es inhumano renunciar al amor, no tiene sentido, pero ¿qué tiene sentido en esta novela injusta?
Una oración, una letanía repetida, imperecedera, por el Morador que se oculta en las sombras y que de repente se apodera de uno, volviéndolo loco, en este viaje interminable, agotador, perpetuo.