Autor: Elsa Teresa Pohl
Seudónimo: Paloma
Año: 2019 – Mención Honrosa
El sol, contra el vidrio de la ventana, se iba debilitando poco a poco.
-Pronto anochecerá- dijo Pablo
Sentada en su sillón preferido, con la mirada perdida en los pensamientos, Magda sonrió.
– ¿En qué estás pensando, abu?
– En alguien que quise mucho. Fue mi primer amor.
– ¿En quién? – preguntó el joven intrigado.
-En Daniel. Vos no lo conociste. Me han entrado unas ganas locas de volver a verlo, de saber algo de su vida.
Pablo la observó con cariño. Comprendió que, a los ochenta años, hay imágenes que se fijan con fuerza en la soledad. La abuela, atrapada en esos recuerdos, parecía fundirse en el halo dorado de esos tiempos.
-Yo tenía quince años y Daniel dieciséis. En aquel tiempo la vida era hermosa, el sol brillaba más que ahora. De noche nos sentábamos en la vereda para hurgar en el amplio cielo estrellado, para saciar nuestra sed de universo. Nuestras miradas se engarzaban en las Tres Marías, en la Cruz del Sur…
-Hoy en día los jóvenes no hacen eso.
-Ya lo sé, mi querido. Ahora están metidos en la televisión o en la computadora. Sabés, en esa época íbamos a los bailes vespertinos del club del barrio. Bailábamos con orquestas como la de D` Arienzo, Troilo, D´ Angelis. Un día, el muy pícaro, me besó en la plaza. Fue un beso fugaz, robado.
Magda observó la risa de su nieto. ·En la nostalgia de lo ya ido le dijo:
-Aquellos eran otros tiempos, Pablo. No conocíamos la droga ni el sida. La sociedad se movía bajo otros principios ¡Cómo quisiera recuperar aquellos momentos!
¿Y después?
-Comenzamos a noviar. Estábamos muy enamorados. Pero no duró mucho, pues al padre de Daniel le ofrecieron un trabajo importante en Córdoba y tuvo que irse. No sabés lo que sufrí. Quisiera verlo otra vez, saber de su vida.
La esperanza se detuvo en la palabra, sus ojos se humedecieron. Pablo la observó emocionado. Un largo silencio se instaló entre ellos. Luego, él tomó las manos de la abuela entre las suyas y le propuso:
-Abu, me entregaron el coche cero kilómetros. Pensaba tomarme una semana de vacaciones para irme a Mar del Plata y así ablandar el motor, ¿y si hacemos un viaje a Córdoba? En una de esas, quizá, lo podríamos encontrar, ¿qué te parece?
Los ojos de Magda se abrieron desmesuradamente. Un brillo asomó en su mirada. Luego, con un silenciado temor, reflexionó:
– Tal vez haya muerto, o cambió de lugar de residencia.
-También hay que pensar que, si lo encontramos, te costará reconocerlo. Los años deben haber cambiado su fisonomía. Posiblemente este gordo, pelado, con arrugas y bolsas bajo unos ojos empequeñecidos.
-Yo lo reconocería por su mirada… pero, ¿y si hacemos un viaje inútil?
-No importa abu… un poco de turismo no nos vendría mal.
Abrazada a la esperanza de un quizá dijo que sí. El viaje resultó placentero. Al llegar a la ciudad de Córdoba se instalaron en un pequeño hotel. Después de descansar un día, Pablo pidió al conserje la guía. Trató de ubicar a la persona que buscaban y que, según su abuela, se llamaba Daniel González. Surgieron tres lugares, uno en Cosquín, los otros en La Falda y Calamuchita. Magda, ansiosa, con el recuerdo palpitando en sus pensamientos, propuso comenzar con la búsqueda. A la mañana siguiente, preparado el equipaje, se pusieron en marcha. Atravesaron paisajes serranos, con ríos, quebradas, valles, hasta llegar a Cosquín. En la dirección hallada tocaron timbre. Salió una señora. Al escuchar el nombre que pronunció Pablo, gritó hacia adentro– te buscan. Se hizo presente un hombre mayor. A pesar de que Magda indicara con la cabeza que no era la persona, Pablo hizo la pregunta:
– ¿Conoce usted a esta señora? Tuvieron un romance…
No terminó la frase pues la mujer desde adentro de la casa gritó:
-Seguro que esta es una de aquellas con que me metiste los cuernos! ¡Bazofia!
Se retiraron inmediatamente consternados por haber originado un conflicto.
Resolvieron descansar dos días. Luego emprendieron viaje hacia La Falda. La mañana se presentaba hermosa. Absortos, iban admirando ese maravilloso paisaje. Llegaron a un poblado. Golpearon la puerta de una pequeña casita. Un hombre de mediana edad reconoció llamarse Daniel González, ante lo cual pidieron disculpas por la equivocación. Ahora solo quedaba el último en Calamuchita. Partieron hacia allá. El lugar estaba lleno de turistas. Les costó ubicar la casa. Como de costumbre llamaron. Apareció un hombre de unos ochenta años con una sonrisa en la cara. Como en la primera ocasión Magda le indicó a su nieto que no era Daniel. No obstante Pablo le preguntó si había estado alguna vez en Buenos Aires. Se asomó una mujer. Abrazándola, el hombre respondió con gran locuacidad que él había nacido cordobés, que nunca se había alejado de allí y que pensaba morir en Córdoba. Aclaró que acababa de celebrar con su esposa las bodas de oro y Dios mediante, pensaban festejar allí las de diamante.
Nieto y abuela se alejaron pensativos. La oscuridad se había enganchado en los árboles. La luz de la luna acentuaba el blanco del pelo de la mujer. Pablo observó la desazón de ella con gran pena. Resignados, prepararon el regreso hacia Buenos Aires con la sensación de nada.
Atravesando Rio Cuarto, en medio de pastizales de altura, observaron a hombres cosechando girasoles. De pronto Magda lanzó un grito:
– ¡Ahí está!
– ¿Quién?
– Daniel… ¡pará!
– Pero, abu, si es un muchacho.
– ¡Pará te digo!
Pablo detuvo el coche y se aproximaron al joven.
– ¿Cómo te llamás? – preguntó Magda.
-Daniel González –respondió
Ante el alboroto originado se acercó un hombre.
-¿Qué pasa con mi hijo?… sí, se llama igual que mi padre ¿Cuál es el problema?
Pablo, comprendiendo el equívoco, trató de explicar la situación.
-Papá, el abuelo siempre habla de la novia que tuvo en Buenos Aires cuando era adolescente.
El hombre se queda un instante pensativo. Luego, resuelto, les indica a todos que lo sigan hasta la casa. Un hombre mayor se encontraba sentado en un sillón leyendo el diario.
-Papá, traje una visita.
El padre se levanta y mira sorprendido a la mujer que tiene delante.
A Magda se le llenan los ojos de lágrimas y con un rostro henchido de alegría dice:
-¡Sí, es él!
El abuelo, poco a poco, va cambiando de semblante, los ojos se le humedecen, en su cara asoma una tímida sonrisa. Embargado por una gran emoción, con pasos lentos se acerca a la mujer. Un nombre sale de su boca como en un susurro: ¡Magda!
En esa real irrealidad, en la gran vastedad del universo, surge el incierto milagro de la vida que culmina en un gran abrazo