Autor: Manuel Herrera Contreras
Seudónimo: Mimo con Verborrea
Año: 2008 – Mención Honrosa
Salgo de mi casa y me invade el terror, porque al abandonarla, renuncio a mi protección.
Mi único objetivo ahora, es llegar pronto a un lugar que aguarda a otros invitados y a uno solo: El Melancólico, El Pesimista, El Hipocondríaco, El Trágico.
Y de súbito, ante y tras mis ojos, aparece él… ¡sí!, allá está, aguardándome en la esquina abandonada y triste de mi calle, junto a su amo. Negro, elegante, de ojos encandiladores. ¿Yo lo llamé? Avancé hacia él, sin hacerlo, porque ya había avanzado hacia él. Y de pronto, estoy sobre, dentro de él. No me devoró, yo entré. Un “buenas noches” se abrió paso hasta mis labios, bailó en ellos y se oyó en el aire cálido de este animalito. Tan inofensivo ahora, pero en otras ocasiones… Rápido le dije al amo del animalito, el destino de mi viaje. La culpa vino, por ir tan lejos. Y el nerviosismo la acompañó, por su reacción.
Este señor, me clavó una mirada que me intimidó hasta lo que no debería intimidarme. ¡Implacablemente precisa!, odio la precisión, porque siempre es trágica.
El movimiento, sólo él me tranquilizó. El avance hasta mi destino se acercaba, ahora con un segundo menos que hace un segundo. Menos y menos, para volver a estar a salvo.
La noche me miró y yo la miré. Sé que no pensó, porque lo hubiera sabido. Tengo ese don de adivinar el pensamiento del otro, aunque sólo de “lo inerte”, como diría la gente aburridamente común. Si los estúpidos esos supieran lo que piensan estos valiosos y útiles seres.
Tan oscura, estaba. Primero, porque aquel señor luminoso la había abandonado. Y segundo, porque su concubina no había aparecido hoy-maldita expresión hecha para el día-. Es que el día es un verdadero egoísta con los privilegios luminosos que le brinda este señor. Una mujer alta, de expresión apática. Se enviste de indiferencia ante el llamado agudo del animalito.
Y este señor, mueve la cabeza de un lado para el otro. No sabré lo que piensa, pero tengo la certeza de que está furioso con el animalito. Este hombre es un malvado, tal como solía serlo mi padre al exigirme ser capaz de ser incapaz.
Y estos nervios que comienzan a someterme a ellos, me llevan hasta un precipicio infinito, el mismo que se me presenta. ¡Estos cerros! Un descenso empinado, extenso; para despeñar… ¡No!.. Confío en el animalito y en todos los que son como él. Y ahora, muchos de ellos transitan a nuestro lado, compitiendo contra él. La gente mira al animalito, pero aquellas miradas burlonas e indolentes, aparecen en sus rostros homólogos y sosos, al oír su llamado. Tan graciosamente agudo para los insensibles. ¡Tanta compasión me provoca el animalito!
¡Oh, este miedo!, porque caemos y me estrello contra el pavimento… ¡No!.. ya no me estrello, como ya tampoco puedo seguir confiando en el animalito (en realidad, jamás confié. Tal como nunca lo hago cuando soy transportado por aquellas criaturas de estridente avance. Que curiosamente, siempre están atiborradas de gente). No, no me ocurrirá nada, na… Pero es que… es… todo lo malo me pasa a mí. La vida es injusta.
Cuatro muchachos fueron llamados por el animalito, en vano. Su amo me miró con sus ojos oscuros, sumergidos en una marea furibunda, mucho más indomable que la provocada por la luna del sueldo, no justo, “no ético”, como diría cierto personaje con sotana. Pero señor, ¡deje de mirarme de aquel modo! ¡Por favor! ¡Yo no soy culpable! Si tan solo hubieran sido tres…
¿Por qué de pronto me inquieta la aparición del cuatro en la pantalla de mi mente?
Estamos a punto de finalizar este descenso, pero abruptamente, el animalito. Ahora feroz, se detiene ante una mujer con un pergenio que se aferraba a su mano, como yo… cuando mi madre agonizaba y más solo quedé, temiendo. Y aún más, porque una protección menos ya tenía y eso para mí, es como acercarme más aún…
Sus miradas estaban asustadas y le reprochaban a este señor no haberlos matado. Su desesperanza me estremeció y a mis ojos acudieron lágrimas que se fueron junto a ellos
¿Y si ella viniese por mí?…
No, es ridículo. Nada me puede suceder ahora. Es decir, a nadie le puede ocurrir “aquello”, camino al cumpleaños de un amigo.
La vida es injusta, pero no tiene mal gusto. ¿Pero el sue…? Es que todo me pasa a mí:
Un asalto en la calle a plena luz del día y ante un grupote de pusilánimes que observaban con los ojos cerrados. Un despido por “necesidades de la empresa” a mí, el trabajador más responsable. El aborto de mi ex novia y otras desgracias, pero menores. Y temo… y sufro por temer… a la vida.
Todo me pasa a mí… Y sé que me ronda, porque atrapados por ella, es como terminan los infelices como yo.
Sé que el cuatro significa… ¿Qué?
Murmura garabatos, pero suficiente miedo siento para tratar de descubrir lo que dice este señor.
Mi pierna derecha se independiza de mi cerebro. Ya no logro controlar a esta descarriada que se mueve, se contornea como la más vulgar de las meretrices, captando clientes.
¿A dónde se ha ido mi corazón?… Y es que ¡ya no late! Descendemos nuevamente. Y un vacío en mi estómago se abre como un gigante hoyo negro que se traga todo mi cuerpo. Y yo no estoy, pero vuelvo a aparecer.
Repentinamente escucho que una voz tenue me llama, más que tenue, es agónica y a ella se suman otras que adquieren un vigor de hidalgo en plena batalla: son los números de brillo opaco del reloj que el animal feroz me proporciona: son las diez y cincuenta seis minutos. En otras palabras, cuatro minutos para las once. Y de súbito, el cuatro ya no está envuelto en la nube de la confusión:
Hace cuatro años murió mi madre, hace cuatro meses mi novia sufrió el aborto de nuestro hijo, hace cuatro meses me despidieron, hace cuatro días fui asaltado, cuatro jóvenes no pudieron ser transportados por este animal, hoy es cuatro de octubre.
¿Por qué no fui consciente antes de todo esto y ahora llega a mí con una claridad estremecedora?
¿O lo fui, pero mi inconsciencia se encargó de hacer su trabajo? Hace cuatro días soñé que… ¡moría!