Autor: Jocelyn Henríquez Castro
Seudónimo: Jocelyn Henríquez C.
Año: 2008 – Mención Honrosa
Quiero llamarlo, pero no debo, aunque conservo la dirección con el número telefónico de su casa, si lo hago, volveré a arriesgar mi futuro por el tiempo que ha pasado me gustaría saber qué ha hecho de su vida, son treinta años los que han transcurrido y no imagino volver a verlo, pero su marca sigue viva en mí. No creo saber el porqué de no olvidarlo, habrán sido sus lindas palabras que me tatuaron o el aroma de su piel, sólo sé que mi vida está enganchada a sus recuerdos.
Al cerrar mis ojos creo que él viene a buscarme, pero no sobre un caballo, sino en la motocicleta de su padre, queriendo sentir que olvido a mi familia para entregarme a un mar de velocidades, con el viento en la cara y mis manos sobre su cintura presionando para no resbalar, desesperada esperaba a que volteara para que sus gruesos labios se acercaran à rozar los míos que ardían de deseo y amor.
Por él hice muchas cosas, viajaba tras su rastro cuarenta y cinco minutos, varias veces al no tener dinero, parada en la calle esperaba que alguien me llevara, con los años me he dado cuenta que fue muy peligroso exponerme tanto, pero sé que al estar enamorada cualquier riesgo es insuficiente y recorrer tantas horas por un beso de esa boca era poco.
Por comentarios de una amiga supe que pasaba sus vacaciones acampando en el río, sin hacer más preguntas, a escondidas de mis padres logré salir de casa. Después de un largo viaje a las cinco de la mañana llegué a mi destino, en la oscuridad grité por todos lados su nombre una y otra vez, pero de él nada pude ver, al pasar las horas caminando por la orilla lo hallé en una pequeña carpa desayunando con su familia. Al verlo sentí miedo por su reacción, pero di un vuelco a mis pensamientos y con una tímida sonrisa me acerqué, la familia me aceptó dándole solución a mi problema, luego me llevarían a casa para contarles todo a mis padres. En la tarde subimos al auto, nos sentamos en la parte trasera, después de varios chistes llegamos al anochecer, nos detuvimos en la puerta de mi casa, su madre muy afligida se bajó del auto a hablar con la mía haciendo que me perdonara, pero con la condición de que si lo volvía a hacer mejor que no regresara. Después de ese día hice muchas cosas para encontrarme con él, al salir de clases en vez de ir a almorzar iba a esperarlo fuera de su colegio, me demoraba treinta y cinco minutos en llegar caminando, corriendo en la tarde debía volver porque nuevamente tenía clases.
Por cuatro años hice de todo para estar con él, hasta que un día las cosas cambiaron, mi establecimiento al estar en mantención nos mandaron a casa, al no tener clases fui a verlo, esperé el descuido de un portero hasta que a su colegio logré escabullirme, me oculté en los oscuros pasillos abandonados y en ese momento lo vi acariciando a una joven, seguí mirando cómo sus manos se posaban en la cintura de ella y sin que el segundero se moviera la besó, llorando arranqué cada hoja de mi cuaderno que tenía su nombre, salté sobre un muro y corrí hasta mi casa. Nunca más lo busqué, también dejé de preguntar por él y si quería saber de mí, a todos les rogué que le hicieran entender que yo tenía un nuevo amor.
Dos años después nos mudamos a seis horas de su casa, entré a la universidad para cambiar mi vida intentando dejar toda mi inmadurez en el olvido, renunciando también a su recuerdo, al pasar el tiempo conocí a un hombre que me hizo volver a creer en el amor, tras diez años de noviazgo pidió mi mano y meses más tarde nos casamos. Vestida de blanco con muchos invitados, esperé ese mi gran día, pero en mi mente siempre estuvo él, quien fue mi primer amor.
Pasaron los años y mis dos hijos nacieron, los cuales me cambiaron la vida, llenaron mi espacio ocupando mi tiempo haciendo que todo girara en torno a ellos. Todo iba bien cuando estaba con ellos, con sus risas y nuevas aventuras me hacían feliz, pero al ver el rostro de mi marido siempre le notaba un nuevo defecto, por los cuales muchas veces peleábamos, sabiendo que eran pequeñeces y todas esas discusiones las terminaba pidiendo perdón, él es una persona especial quien daría todo por mí, que al pedirle un vehículo más grande al otro día me lo compraría, complaciéndome en todo y sin pedirme nada a cambio.
Una tarde, parada en la puerta de mi casa, esperaba que llegaran los niños de la escuela y mi esposo, como siempre se encontraba trabajando, de la calle escuché a un hombre que ofrecía retratos, me dio curiosidad y me acerqué, quien retrataba era un anciano muy amable que me explicó cómo pagarlos, me resultó conveniente ya que a fines de cada mes por medio año terminaría de hacerlo, en ese momento mis niños se acercaron y le pedí que los retratara, sería un regalo de cumpleaños para su padre, muy contentos ellos posaron.
Así fue que llegó el primer mes, mientras barría la calle, una motocicleta vieja ensordeció mis oídos, el conductor apagó su motor, sacudiendo la cabeza se sacó el malogrado casco y entre movimientos de cabello logré ver su tan anhelado rostro, mi respiración se detuvo dejándome pasmada cuando me habló, era él mi gran amor, quien robó mi corazón y sin saberlo todavía no lo devolvía. Me miró hablándome por mi nombre, como si el tiempo sobre nosotros nunca hubiera pasado, descubrí que siempre estuve esperando ese momento para saltar sobre él y besarlo, pero las cosas ya eran distintas, sin sacar mis ojos del piso le pasé el dinero, entré a mi casa y me paré tras la puerta deseando que todo fuera una ilusión.
Una mañana, cuando mis hijos se encontraban en la escuela, él regresó cargando en sus manos un ramo de flores, de inmediato entendí que me había reconocido, lo miré una y otra vez, sin decir ni una palabra, recibí el regalo de sus manos y con señas lo hice pasar, respiré profundo conteniéndome para no cometer una locura, le conté que estaba casada hace veinte años y que tenía dos hijos, esperé una respuesta, pero sonrió colocando sus manos en mis mejillas, me besó, casi me desmayo de la impresión porque sus besos seguían siendo los mismos, pero su olor había cambiado, su bigote olía a nicotina y su largo cabello a combustible. Le ofrecí algo de beber y dijo que había ido sólo para verme, que su tiempo era corto porque debía seguir trabajando, me contó pequeños detalles de su vida, que hace muy poco tiempo se había mudado y la motocicleta era la misma en que paseábamos de niños y esperaba algún día comprarse una nueva, además que estaba solo, que su pareja lo había abandonado hace un par de años, esperé que nombrara hijos, pero no habló mucho, de repente se levantó, me entregó un sucio papel y me abrazó susurrándome que regresaría, cerré la puerta y parada allí, leí cada letra de ese trozo del papel que contenía la dirección y su número telefónico.
Al llegar la noche, mi marido preguntó por las flores y muy nerviosa le mentí diciéndole que las había comprado, pasaron las horas, nos sentamos a cenar, al intentarlo no pude, levantándome de la mesa me justifiqué diciendo que me sentía mal, al rato fuimos a dormir, apoyé la cabeza en mi almohada, siendo inútil cerrar mis ojos porque en mi mente sólo estaba él y su olor a combustible quemado había quedado plasmado en mi cara, mirando el techo me hice miles de preguntas, qué hago si me pidiera que escape con él, podría hacerlo, pero están mis hijos, quién cuidaría mi casa y qué hago con mi esposo, sé que es buena persona, la cual no se merece que le haga daño, pero yo también tengo derecho a ser feliz, necesito sentirme viva y quedar flotando sobre nubes después de cada beso.
Pasaron los días, yo atrapada en un mar de dudas, sin poder despegarme de la ventana esperé su regreso, tres semanas más tarde volvió cargando en su espalda un bolso que traía todos los recuerdos de nuestra adolescencia, las lindas fotos en el río y todas las cartas que me escribió después que nos dejamos de ver. Nos sentamos a recordar lo romántico de nuestra relación hasta que nos besamos, tras caricias desesperadas hicimos el amor, fue lo más placentero que nunca había sentido, rompiendo la barrera de mis gemidos me dejé llevar a lo más lujurioso que nunca me había imaginado. Recogí las cartas y las devolví a su bolso sin dejar de mirar el reloj, mientras me vestía le pedí que se marchara porque estaban a punto de llegar los niños, al despedirse abrí las ventanas para que entrara el aire y rápidamente limpié los sillones intentando borrar todas sus huellas, pero las de mi piel nunca nadie las desaparecerá.
Todos los días al ver a mi esposo me sentía culpable, pero yo quería ser feliz y no me importaba nada, sus visitas se hicieron más habituales, llegaba justo cuando me quedaba sola, dejé mi vehículo para subirme a su motocicleta y como quinceañera me escapaba a pasear con él, nos alejábamos cada día un poco más, pero siempre volvíamos a la hora del almuerzo, me dejaba en la esquina y corría al almacén para que mis hijos no me vieran. Volvía a casa con alguna ensalada para no levantar ninguna sospecha, pero mis hijos algo imaginaban porque mi cambio era muy grande, me despreocupé del aseo para ser la persona más infantil del mundo.
Se acercó la fecha del aniversario de matrimonio sin ganas de celebrar, con mi marido nos colocábamos de acuerdo en el nombre del restaurante, al contradecirme yo encendí como pólvora y exploté, sin sacar el papel salí corriendo a buscar a quien ahora era mi amante, no lo hallé, pero recordé que una mañana transitamos por unas calles y dijo unas cuadras más allá quedaba su casa, caminé toda la tarde buscando su motocicleta, muy triste por no verlo me subí a un taxi, poco más allá lo vi fuera de una casa, le pedí al chofer que se detuviera y cuando me disponía a bajar, salió una mujer a despedirle con un pequeño en sus brazos, él levantó al pequeño con una gran sonrisa lo besó y entre carcajadas lo subió a la motocicleta como enseñándole a conducir, nada me molestó más que verlo en la misma motocicleta que volaban mis recuerdos. Mi impresión fue tan grande que cerré la puerta del auto y al taxista le dije que me llevara a casa, al llegar todos estaban preocupados, les dije que salí a tomar aire y me encerré en mi cuarto a pensar, rato más tarde llegó mi esposo, como siempre a pedirme disculpas, le pedí que se sentara a un costado de la cama porque algo importante le tenía que decir, muy atento me miró y escuchó cada palabra que le dije, desde el primer día que mi amante llegó en su motocicleta hasta esa tarde que lo vi con una mujer y su hijo, le pedí que me perdonara y entre lágrimas besó mi frente, diciendo que todo era su culpa, porque si le hubiera dado menos tiempo al trabajo nada de eso hubiese pasado, sin más palabras me ayudó a acomodarme hasta que me quedé dormida.
De la conversación nada más se habló, ninguno de los dos retomó el tema, pero yo cargaba con mi pena en silencio, aprendí a vivir con todos mis sentimientos bloqueados y por los poros se me escapaba la tristeza de mi corazón, ya no lo podía soportar y le pedí ayuda a mi esposo.
Adelantó sus vacaciones para ir al sur, preparamos las maletas y arribamos sobre nuestra camioneta para viajar, en la carretera hablamos mucho de soluciones y cómo reparar nuestra relación, de todas las opciones ninguna me gustó, pero con mi cabeza inclinada le hacía notar que estaba arrepentida. El cansancio de la noche nos hizo parar, la oscuridad delataba que no había pueblo cerca, los niños asustados pidieron dormir a nuestro lado y obligados tuvimos que aceptar, después de una incómoda noche descubrimos un paisaje hermoso, estábamos rodeados de árboles frutales, los cuales con sus ramas nos querían saludar. Una hora después llegamos al pueblo más cercano, entramos a una posada para desayunar, que en menos de cinco minutos una señora muy alegre nos llenó la mesa de cosas ricas, al ver tanta comida no sabía por dónde empezar. Continuamos con nuestro viaje, a la hora del almuerzo estaríamos en nuestro destino. Llegamos a una linda ciudad que frente a mí estaba el mar y en mi espalda se veían las montañas, a lo lejos en la playa divisé un pequeño hotel, corrí para entrar, pedí un cuarto, la recepcionista dijo que no había, pero quedé sorprendida, ya que al darle mi nombre me pasó unas llaves porque teníamos reserva, muy asustada miré a mi esposo y él dijo que había llamado antes de empezar el viaje, conociéndome sabía que ése era el hotel el cual preferiría, muy impresionada mis pasos se me escaparon sobre él y lo abracé, tanto tiempo que no lo hacía que al sentir su cuerpo me cobijé en su respiro.
En la tarde salimos a caminar, descalzos por la arena miramos el paisaje sin darme cuenta que mi mano golpeaba su pierna, él la tomó, al principio me rehusé, pero al sentir mariposas en mi estómago seguí caminando. Éra obsesionante pensar que cada paso que daba era para acercarme más a él y sentía que la brisa marina despertaba mis instintos febriles, que tan solo no quería tocar su mano sino recorrer todo su cuerpo. Me invitó a cenar, preocupada por los niños me negué, pero dijo que tenía todo preparado y una señora del hotel se quedaría con ellos, muy impresionada acepté. Entramos a la habitación, observé en la cama dos cajas blancas, discretamente me acerqué a ver de qué se trataba, él con pasos muy suaves tocó mi hombro y besó mi cuello, murmuró diciendo que eran de mi talla y que los use para cenar, muy deseosa abrí las cajas, en una había un vestido negro con unos zapatos del mismo color y en la otra una hermosa cartera que dejaba ver una pequeña maleta, pulsé un botón y dejó ver su contenido, eran unos aros largos con una piedra negra que los rodeaba un collar de la misma manera. Quedé sin palabras, estaba muy sorprendida, había tocado lo más sensible de mí, siempre era yo quien daba sorpresas y no estaba lista para que me lo hiciera a mi. Se alejó y desde la puerta me gritó que estaría vistiéndose en la habitación de los niños y que me esperaba a las nueve en la entrada del hotel.
Todo me calzaba bien, muy feliz pasé a ver a los niños antes que se hiciera la hora, estaban acostados viendo una película, sin saber mentir se les escapó la respuesta que necesitaba, a escondidas me habían sacado un vestido y acompañados de su padre compraron uno que fuera del mismo tamaño, entre risas bajé las escaleras y él muy elegante me miraba desde la puerta, al salir un taxi del hotel nos esperaba sin decirle nada nos dejó en la puerta del más grande restaurante que jamás había visto, al sentarnos me percaté que en la mesa había un ramo de rosas rojas, que le colgaba una tarjeta con mi nombre y un te amo. Čon tantas sorpresas ya no quería imaginarme lo que vendría, así que me levanté apoyando mis manos en su cara, lo besé como nunca lo había hecho, antes de hacerlo pensé que lo rechazaría, pero mientras juntábamos nuestros labios no podía parar.
En la mesa nos sirvieron vino blanco para acompañar las ostras, entre mariscos y carcajadas le pedí que saliéramos, él sin presionarme no preguntó nada y me siguió, caminé hacia el taxista que nos esperaba en la puerta, le dije al oído que nos llevara al mejor motel, nos subimos al auto, sin decir ninguna palabra nos besamos, creo que él pensó que algo me había molestado porque miraba el piso y arrugaba su entrecejos. Al llegar clavó sus ojos en el letrero iluminado, sonriendo se bajó del auto y muy nervioso entró, el cuarto estaba muy frío, pero después de la segunda copa de champaña hacía mucho calor. Lo empujé a la cama entre besos lo desnudé y él con voz muy golpeada dijo: “tiéndete”, asustada lo miré. Haciéndose a un lado, con los dientes me sacó los zapatos, besó mis pies llegando a las rodillas, yo no sabía si era la champaña o excitación porque cada beso que subía, más me faltaba el aire, en un momento de desesperación cerré mis ojos, al abrirlos ya estaba desnuda, con tanta calor dentro de mí sentía que iba a explotar. -Está amaneciendo -dijo.
-¿Quieres volver? -le pregunté.
cerró mis labios con los suyos y volvió a someterme a una nueva explosión. Más tarde le dije:
-Tenemos que ir, los niños ya deben estar despiertos. Dijo:
-No te asustes, ellos a esta hora deben estar paseando -sin hacerle consulta alguna me callé. Al partir le pidió al taxista que pasara por el zoológico, en el camino sostenía mi mano como si me fuera a escapar, dimos la vuelta y desde la ventana divisé a nuestros hijos que miraban comer al elefante. Entramos al hotel como niños después de una fiesta, rendidos nos pusimos a dormir, horas más tarde golpearon la puerta, eran mis hijos que nos traían el almuerzo y nos contaron fo lindo que fue su paseo. Las sorpresas siguieron, a cada segundo más me enamoraba de quien ahora estaba conociendo, pero nos quedaban dos días y los debíamos aprovechar, dejamos el hotel para internarnos en la montaña, donde intentábamos esquiar, al caer nuestros cuerpos quedaban llenos de nieve y sin enojarnos nos doblábamos de risa. Al otro día regresamos, era un día asoleado, sin una nube que nos saliera a saludar. Paramos a soltar las piernas y de un árbol saqué una manzana, fue la fruta más jugosa que jamás había probado. Al llegar a casa descubrí un trozo de papel en el piso, muy apresurada lo oculté en mis ropas, corrí al baño y asustada lo leí, entre líneas me pedía que lo llamara y preguntaba si lo había olvidado. De mi caja de maquillajes saqué su número, lo miré muchas veces y las dudas volvieron a mí, ¿dejaría a toda mi familia para volver a recuerdos llenos de mentiras sobre una motocicleta vieja?