TRAFICO

Autor: Patricia Undurraga matta
Seudónimo: MOTORISTA
Año: 2009 – Cuento Más Simpático

-Apúrate , estoy  atrasado.

– Me estoy pintando los ojos.

     Enrique aprieta los dientes. Maldice la nieve, al doctor con su sonrisa imbécil mientras le coloca el yeso “tres semanas pasan volando”, las advertencias de la Vero” no tienes edad, perdiste la práctica”, y el depender de ella para movilizarse a la oficina. Con lo que odia subirse a otro auto y sobre todo que le manejen.

– El cinturón, Vero-

-¿Y que se me arrugue  la blusa de lino? Olvídate.

–  Yo no te pago el parte. Además, es peligroso.

-¿Peligros a la velocidad de este taco?  .

 El lado perverso de Enrique desea que aparezca un móvil de carabineros a la vista, aunque duda de que la Vero vea algo. Entre el rosario que cuelga del espejo retrovisor, la estampita del santo de moda, el adhesivo del Herbalife junto al del certificado de catalítico, el campo visual está notablemente reducido. Además, está seguro de que la cacarruta de paloma en el parabrisas es la misma de la semana anterior.

-Tienes que cambiar las plumillas. Están carcomidas.

-Si sé, pero todavía no piensa llover.

-¡Disco pare!

          El frenazo hace saltar la bolsa con la ropa de la tintorería y mientras una chaqueta de gamuza aterriza en la falda de la Vero, una lata vacía de bebida aparece encima del yeso recién estrenado de la pierna fracturada.

          Enrique se aferra al borde del asiento.

_ ¿Y toda esta arena, Vero?,

-De la playa, pues, de donde si no-

-Menos mal-, responde picado, -porque al lago fuimos hace dos veranos-

-Pero a la playa recién para Semana Santa

          A lo lejos ulula una ambulancia. Enrique le ruega al San Cristóbal del tablero que ésta viaje en sentido contrario. Como que venga detrás, no alcanza a llegar a ninguna emergencia, y nacerá la guagua, se desangrará el atropellado o morirá la señora del infarto, porque la Vero no tiene contemplado cederle el paso.

          Enrique no entiende cómo maneja en este caos. La guantera no cierra bien y con cada cambio se abre y muestra un cepillo de dientes, dos mancuernas, un rollo de confort a medio usar, un paño amarillo, un tarro de mentholatum. El cenicero, repleto de envoltorios de chicles y mentas.

-¡ Mierda, La station, cuidado!-

-Gritón, ¿qué pasa?-

          Enrique enmudece. El desayuno le ha llegado a la garganta, pero la station que se les venía encima no pretendía asesinarlos. Es la Maca que saluda entre aletazos y señas,

          La Vero disminuye la velocidad hasta emparejarse con la station. Se atraviesa por encima de Enrique y bajando el vidrio le grita que en el super hay una oferta de botas, fantástica.

_! A mitad de precio!-

-Parece que se separa la Eugenia – contesta la Maca.

-¡Cuéntamelo todo! grita ahogada..

Los bocinazos le impiden escuchar a la Maca y la Vero, contra sus ansias del chisme se ve obligada a acelerar nuevamente.

          Calma , se repita Enrique, “calma y aspirina” como decía mi abuela, pero la calma no dura.

          -Vero, vas en primera, pasa a segunda, ¡pero embriaga a fondo por favor!

          Parece que lo hace de adrede. Pone una tercera y el auto empieza a corcovear y por último el motor se detiene. Enrique con movimientos reflejos aprieta unos pedales inexistentes.  Los bocinazos arrecian

-La licencia te la sacaste en una rifa!- grita furioso.

– Problema de los autos “desde”,  los  básicos . Tiene tres puertas y cuatro ruedas, nada más.  Esto no me ocurriría con cambio automático-

 -Tú, ¿manejar un auto de millón y medio más?.

-Claro, pero te olvidas  de  los tacos están IN  y una no va a estar pendiente de los cambios-.     Enrique calla. Sabe que va atrasado, pero prefiere no apurarla. Se trata de llegar como sea, no tiene alternativa. Saca un cigarrillo.

-¡ No se te ocurra. Me dejas el auto fétido-.

-Está fétido-

-Pero, a parafina. Este invierno es la moda. Con eso de las estufas japonesas todas andamos igual, con el bidón en la maleta-

-Por lo menos apaga la calefacción, me ahogo.

-Esa es su función.

-¿Ahogar?-

-Alaraco. Calentar. Hace un frío de terror-

          Terror le da a Enrique el viraje de tres pistas hacia la derecha, mientras parpadea el señalizador izquierdo. Los bocinazos, los gritos y gestos no de amabilidad precisamente, le impiden escuchar la explicación.

          Se concentra en el tablero. El reloj está una hora adelantado. Horario de verano. Manipula para dejarlo en la hora correcta.

-¿Qué haces?!-

-Pongo la hora de invierno. Estamos en Julio,¿o no?-

-Ah y en Octubre vuelto a cambiarla, te lo prohíbo-

          Faltan pocas cuadras para llegar a la oficina y Enrique ha contado diez infracciones. No se explica como la Vero, la suegra, los hijos y el perro, nunca han sufrido siquiera un rasguño. No se explica como el auto camina, no se explica como le dan licencia a las mujeres, está seguro que hacen trampa o que coimean al inspector, o lo seducen. Y va recién en la primera semana de yeso. Quedan otra dos.

_Prende las luces, entraste al túnel-

-¿ Y después me quedo en panne de batería?-

-Cosa de apagarlas-

-Cosa de acordarse-

          Enrique prefiere enmudecer. Le ronda una sospecha terrorífica, mejor dicho un olor terrorífico.

          En la mitad del túnel, empiezan los corcovos. El motor suena como atorado.

¡Vero, qué…

-No empieces, que me pongo nerviosa y puedo chocar-

 La pista va en bajada y el auto parece normalizarse. Pero el olor se agudiza.

          Se divisa la luz al final y Enrique deja de enterrarse las uñas. La Vero masculla algo. Enrique juraría que está rezando, también intuye que no hay rezo que valga para lo que se avecina.

Vuelven los atoros, los corcovos y justo a la salida, el motor se detiene definitivamente.

          La Vero se baja y levanta el capó. Empiezan los bocinazos. La Vero abre ahora la maleta. El auto semeja un platillo volador. El estruendo es insoportable, pero nadie ofrece ayuda.

          Se oye la sirena y, por fin aparece la ayuda en forma de radiopatrullas.

          Enrique no puede creer lo que oye y lo que ve.

          La Vero ha cogido la cartera y dejando las llaves sobre el asiento del conductor le explica al carabinero:

_Ayúdelo por favor. Voy súper atrasada y este auto está en pana de motor. Este minusválido me tiene agotada y además me están esperando-

          La Vero, aliviada, se aleja hacia la caletera para detener al primer taxi que aparezca.