La Nave del Limbo

Autor: Daniel Eduardo Llovera Álvarez
Seudónimo: Lucca
Año: 2009 – Mención Honrosa

Finalmente lo conseguí. Navegaría en un crucero por los siete mares. Tuve que volar lejos, pues tan bellos barcos no se acercan a mis costas, y allí, en el avión, comenzó todo. Me robaron en el aire siete horas. Me arrebataron ese tiempo sin vergüenza ni pudor, y al llegar a mi destino, ya vivía sin ellas. En fin, asimilé la pérdida con entereza y fui en busca de mi nave. Qué importaban siete horas, cuando un barco me esperaba anclado, casi implorando mi presencia para zarpar lejos.

Mucho antes de llegar, se veía remoto aquel monstruo marino que me tragaría y me mostraría el mundo en sus fauces, pero una vez a sus puertas, la impresión era aún mayor. O yo era muy pequeño, o la nave era enorme. De cualquier forma, entregué mis pertenencias al extraño que juraba que, tirándolas en uno de sus tantos agujeros, llegarían a mi puerta, y me dejé tragar. Pesaban mis maletas, cargadas con tantos sueños y memorias. Las llené con esperanzas, recuerdos y promesas a mí mismo, mucho antes de partir. Ya en el barco, su grandeza me sedujo. Palaciego y ostentoso me poseyó por completo. Me tomó más de tres horas recorrer sus comedores, muchos bares, piscinas de mil formas y salones elegantes, hasta que finalmente, cansado por el viaje, me interné en mi cabina, y dormí las horas estafadas. Desperté asustado con los motores vibrando poderosos bajo mis pies, preparándose para llevarme a mi primer destino y alejarme de la orilla, pero, sin embargo, prolongué mi sueño hasta el otro día. Esa noche dormí deseando que, con el sol, las siete horas perdidas estuviesen de vuelta en mi viejo y fatigado reloj chino. Navegamos todo el día siguiente, en el que no me podía sacar de la cabeza mis horas extraviadas, y cuando ya empezaba a resignarme, me enteré del complot: antes de llegar al primer puerto, el capitán nos devolvía una, como una limosna etérea para calmar los ánimos. Como quien da una galleta a un niño antes de que se entregue al llanto. Como quien te calla la boca con un beso. Ahora sabía quien manejaba los relojes. En apenas cuatro días más, ya había anunciado que dos de nuestras horas serían retiradas de nuestras vidas al pisar nuevos puertos. Parecía un juego cruel, en el que mi tiempo eran fichas. Con razones de sobra, comenzaban a preocuparme estos despojos a mi vida. Era joven todavía y mis horas valían mucho, así que armado de valor, bajé al siguiente puerto antes de que pronto me encontrase ya sin tiempo alguno que gastar a voluntad. Me quedé de polizonte en ese puerto sin nombre, en un intento desesperado por conservar como un tesoro mis horas restantes. Dejé, por supuesto, algo de mi pesado equipaje, pues no se puede huir con tanto peso en la espalda. Siete días viví al borde de la playa con un tiempo fijo, pero pronto caí en cuenta que, de quedarme allí, jamás recuperaría mis horas perdidas, simplemente viviría por siempre con un tiempo dictado por extraños, así que raudo decidí tomar otro barco cualquiera en el que las pudiera recuperar en su ruta. Una vez embarcado en la nueva nave, ésta me devolvió una hora en su segundo día, pero me quitó otra en la siguiente semana, y a medida que cambiaba de puerto, cambiaban mis horas. Mi equipaje era frágil, y siempre en las tormentas, algo se rompía y menos me quedaba. Se iba alivianando sin notarlo. Bajé de aquella nave en busca de otra en donde recuperar mi tiempo, y siempre era la misma historia: toma una hora en Lisboa, dame tres en Florencia, ten dos en Río y te quito otra en Hong Kong. Había perdido la cuenta de cuántas horas o días o hasta meses perdí o gané en mi vida de marino. Han pasado tantos años, no sé si hacia adelante o hacia atrás, que ya no lucho contra el tiempo. Me cansé de pelear con las agujas y perdí el control de mi vida y de mi viejo reloj chino. Ahora vivo a bordo de cualquier barco, temeroso de volver a casa con tan poco equipaje que me queda, no sea que nadie me reconozca al llegar triunfante con las manos vacías, o que mi madre sea una anciana de pelos blancos o mi perro haya muerto de tan viejo, todo en tan corto tiempo y yo sin darme cuenta. Puede ser también que, al volver, resulte que aún no haya nacido, lo que es lo mismo que haber muerto. Imposible juzgar, pues, con certeza hacia donde corrió el tiempo, o si lo gané o lo perdí. Decidí entonces quedarme en la nave y seguir su rumbo en silencio, hasta que tal vez, algún día, quién sabe, me regresé a mi puerto de partida con la hora en que salí aquella tarde, marcada en mi nuevo y flamante reloj suizo.