Autor: Carlos Eugenio Morales Fredes
Seudónimo: Pecol
Año: 2008 – Cuento Más Simpático
Era una gran mujer. Descomunal, en “estricto rigor”. No obstante, se desplazaba con una morosidad no exenta de elegancia; de paquidérmica dignidad. Avanzó, con el desplante que le proporcionaba su majestuosa corpulencia, hasta el fondo del micro-casi junto a mí- por lo que tuve la peregrina intención, de ofrecerle mi lugar. Desistí, de mi tímido empeño, ante la solapada, pero no menos recelosa mirada que me dio mi eventual acompañante. Su alarma era más que justificada. Siendo objetivo, a la enorme dama no le serviría esa mínima porción de asiento. Claro indicio de ello era, que para trasladar su considerable humanidad hasta donde estábamos, había tenido que avanzar de lado, aunque sin abandonar su ya mencionado señorío.
Sólo pensar -que en virtud de mi insensata gentileza- el sujeto había estado a escasos segundos de ser comprimido contra la sólida estructura del vehículo -por un lado- y absorbido por la masiva morfología de la hembra -por el otro-, hubiese bastado para provocarme más de alguna carcajada. Pero no tengo por costumbre burlarme de la condición anatómica de ninguno de mis semejantes. Yo me empecé a reír cuando la otra mujer -la flaca que canceló el valor de los pasajes- se ubicó junto a su monumental amiga. Desde ya, verlas juntas era un espectáculo inusual, e inevitablemente acudían a la imaginación de cualquiera, jocosas analogías. La muchacha era delgada; quizá un poco más que el promedio físico nacional, aunque nada muy fuera de lo normal.
Pero lo que desató mi jolgorio, fue la camiseta que la esmirriada mujer llevaba puesta. La susodicha prenda tenía un estampado decorativo, reproduciendo un rostro que cubría toda su parte delantera, en donde, por una singular casualidad, los órganos visuales del grabado, se situaban con exactitud milimétrica en la cima de los turgentes senos de la delgada muchacha.
Para colmo, la mujer, o no traía sostenes o éstos le quedaban muy holgados, permitiendo que los ojos de la imagen, se sacudieran -incontenibles- al descomedido ritmo del pesado vehículo, transitando por una variada gama de estrambóticas evoluciones, irrealizables para el ojo humano, que incluían una desproporcionada oscilación periférica -en algunos baches del camino- y un marcado y grotesco estrabismo -no bien disminuía la velocidad- al llegar a los paraderos. Así, al mirar el pecho de la joven, veía la cara de un sujeto realizando extravagantes e imposibles acrobacias oculares.
Mi risotada fluyó entonces incontenible, y, ya sea, por lógica elemental (las personas con sobrepeso, siempre esperan que se rían de ellos) o por pura y simple solidaridad, pero fue la gorda la que me pegó el puñete.