Autor: Iván Aron Estay Vega
Seudónimo: Iván Estay
Año: 2015 – Mención Honrosa
Hace una semana solo era un cansancio persistente. Cada vez que limpiaba mi auto necesitaba parar y sentarme un momento en la solera a descansar. Los clientes no tenían tiempo que perder. El taxi llegaba, los transportaba y cuando la misión estaba cumplida había tiempo para reposar. Siempre y cuando el celular no volviera a sonar.
Hace quince minutos eran las tres de la madrugada. Un hombre muy ansioso había llamado necesitando el transporte urgentemente. Su séptimo nieto llegaba al mundo y después del divorcio, manejar su Volkswagen del 80’ había quedado en el pasado. Creo que no quería encontrarse con su ex mujer allí, aunque a esas alturas ya no escuchaba lo que el sujeto parloteaba… o no me importaba. A esas alturas ya tenía problemas más grandes.
El cansancio que se había apoderado de mi cuerpo hace una semana, se había convertido hace unos días en un malestar en el pecho. No lo tomé en cuenta y preferí pensar que solo era un dolor pasajero. Pero la molestia continuó y hace cinco minutos ya era un dolor punzante, mi brazo había caído adormecido y maniobraba el volante solo con la mano derecha. Gotas de sudor emergían desde mi frente y el sándwich que había cenado se revolvía en mi estomago. En ese momento me alegro haber tomado la llamada y me aliviaba saber que conducía hacia el hospital.
El hombre dejó de batir la lengua cuando se percató de que algo me pasaba. No quise mirar el espejo en ese momento pero creo que mi rostro representaba fielmente lo que ocurría. El tipo se veía asustado, no sé si preguntó por mi estado, así que solo atiné a decir <<no me siento muy bien, pero no se preocupe. Ya estamos cerca del hospital>>.
Por un momento sentí que esas serían mis últimas palabras, con la respiración entre cortada, sintiendo como si una espada me atravesaba el pecho y a solo dos cuadras del hospital, todo parecía imposible. No sé cuánto tiempo había pasado pero ya estaba recostado sobre una camilla blanca mirando como las enfermeras se paseaban cuidando a los pacientes, sintiendo como si un camión me hubiese pasado por encima. No tenía fuerzas para levantarme y solo después de unos minutos volví a cerrar los ojos, escuchando como el pitido de la máquina a mi lado me recordaba que aún seguía vivo.
Habían pasado dos semanas desde que el doctor, después de muchos regaños y repetirme muchas veces lo suertudo que fui, me diese el alta. Nunca había estado tanto tiempo en mi casa. La viudez me llegó de golpe y con mi mujer nunca pudimos concebir, así que mi taxi era prácticamente mi vida, me mantenía ocupado, alejado de la tristeza y la soledad.
—Don Enrique, no quiero que maneje su taxi por un mes —sentenció el doctor.
—¡Pero no puedo hacer eso!, ¿qué haré solo durante todo ese tiempo? —repliqué.
—Necesita guardar reposo. Si no quiere estar desocupado, puede realizar un par de viajes al día, pero solo dentro de dos semanas…
Ya han pasado las dos semanas. Le informé a la agencia que podían pasarme solo un par de llamadas al día, pero parece que el negocio ha estado flojo. El teléfono se ha quedado en completo silencio.
Dos semanas y tres días. Cada vez que llamo a la agencia está ocupado, pareciera que soy al único que no le pasan llamadas. Empezaba a sentirme molesto pero el ruido del radio me distrajo, no noté que lo había encendido. El locutor informaba sobre un accidente, un bus había volcado con al menos quince personas en su interior, no se había anunciado ninguna víctima fatal pero sí varios heridos.
El sonido que esperaba desvío mi atención del aparato y rápidamente llevé el teléfono a mi oído. Mi primer viaje después del infarto. En seguida me instalé en mi nave y seguí las indicaciones dadas por la clienta, que parecía estar muy apurada. Cuando estaba cerca de mi destino empecé a notar que los autos se amontonaban, la calle se había convertido en un estacionamiento y a lo lejos se encendían y apagaban luces de balizas. Me inclinaba por la ventana hacia afuera tratando de averiguar que ocurría, cuando el sonido de la puerta trasera abriéndose me hizo volver al asiento. Una mujer joven con un avanzado embarazo ocupaba el asiento trasero de mi taxi.
—Buenas tardes —exclamó mientras sonreía—. Hubo un accidente más adelante así que caminé hasta encontrarlo.
Pude reconocer que se trataba de la misma mujer con la que había hablado por teléfono. Debido a que no había especificado su destino, me dispuse a preguntárselo gentilmente. La mujer sin tomar mucha atención y con la mirada perdida en el paisaje, se limitó a pronunciar una simple frase: <<al cementerio, por favor>>.
Me pareció extraño que una mujer quisiera ir sola al cementerio y con un embarazo que fácilmente rondaba los 9 meses. Preferí no preguntar nada y solo conducir, el tránsito ya se estaba normalizando y los autos fluían en una sola dirección. Cuando pasé por el lugar del accidente me di cuenta que la grúa ya había sacado el bus volcado que obstruía la vía. El mismo bus del que había oído hace solo una hora antes.
La trágica escena ya quedaba atrás cuando una interrogante llegó a mi mente: ¿la mujer había estado en el accidente? No se veía herida ni parecía estar choqueada, tal vez solo pasaba por ahí. Creí que sería mejor preguntarle, pero cuando mire por el espejo retrovisor su rostro se había transformado, su expresión de miedo y ansiedad se evidenciaba a pesar de su cabeza inclinada, a pesar de su mirada posada entre sus piernas y en el líquido que se esparcía sobre la funda de cuero negro del asiento. El momento que toda mujer encinta espera había llegado.
En cinco segundos el panorama había cambiado. El cementerio quedo atrás y ahora el destino era el hospital. “De nuevo al hospital, y en mi primer día de vuelta a las pistas”, pensé. La joven se agarraba el vientre mientras trataba de respirar rítmicamente, pero los gemidos escapaban de su garganta cada vez más seguido. Yo pisaba el acelerador y presionaba la bocina tratando de apartar a los demás vehículos, algunos conductores gritaban improperios mientras otros solo se hacían a un lado. Creo que estaba más nervioso que la misma mujer y sentía que mi corazón en cualquier momento iba a estallar. Ya estaba cerca del hospital cuando mi pasajera dejo salir un grito que reflejaba el dolor que la envolvía. Me estremecí y de mi boca volvió a salir un <<no se preocupe. Ya estamos cerca del hospital>>. Me tomó treinta segundos terminar de decir la frase y llegar a la entrada del edificio. Aun no apagaba el motor cuando la joven ya había bajado del auto y subía los cuatro escalones de la entrada. Corrí detrás de ella, pero al cruzar la entrada unos enfermeros ya la habían instalado en una silla de ruedas y la ingresaban a toda velocidad. La recepcionista se acercó a preguntarme si era familiar, negué con la cabeza y respondí que era taxista y la mujer solo era mi pasajera. La señorita me consulto por el nombre de la joven o si llevaba algún documento. No me había fijado si la chica llevaba algún bolso o cartera, no me di cuenta de su presencia hasta que ya estaba sentada en el asiento trasero. Pensé que si llevaba algo podría haberse caído al suelo del taxi durante el trayecto. Se lo comenté a la recepcionista y salí a revisar el coche. Unos momentos más tarde volví con las manos vacías, con la imagen del asiento desierto y la macha que lo cubría. La señorita me pidió que no me preocupara y que dejara mi número de contacto por cualquier cosa. No quise discutirle nada, estaba cansado, la mujer ya estaba siendo atendida y mi corazón se sentía débil. Deje mi numero en recepción, tome mi auto y conduje a casa.
Una vez en mi hogar y mientras sacaba la llave de la puerta, escuché una voz, un murmullo venía desde el interior. Se me puso la piel de gallina. Este día ya había sido bastante movido y el sol ni siquiera tocaba el horizonte. Moví la llave lentamente mientras de a poco empujaba la puerta. Tres segundo más tarde me sentí aliviado y como un tonto al mismo tiempo, al darme cuenta que solo era el radio que había dejado encendido con el apuro de la salida. Dejé que siguiera hablando. Empecé a buscar las cosas para limpiar la mancha en el asiento, pero mi cuerpo me pesaba y las piernas me temblaban, creo que había olvidado que solo hace un par de semanas había sufrido un infarto. Me saqué los zapatos y me tumbé en la cama. El radio seguía encendido, pero no me importaba, en las noticias hablaban del accidente del bus. Mis párpados caían cuando a lo lejos escuché unas frases que quedaron rondando en mi cabeza somnolienta: “mujer embarazada gravemente herida”, “no pudo ser salvada”, “el bebé se encuentra bien” …
El sonido del teléfono me despertó de un salto y me precipité a contestar, pero el ruido cesó antes de presionar el botón verde. Me levanté y preparé algo para desayunar, eran las once de la mañana. Ya sentado en el comedor me percaté que el radio estaba apagado. Creí que lo había dejado encendido, pero con todo lo vivido ayer ya no estaba seguro de lo que había hecho. Y de lo que había escuchado. Mi mente confusa no tenía certeza de lo que había oído, ni de lo que había vivido.
El teléfono volvió a sonar y ahora estaba lo bastante cerca para contestar. La voz al otro lado me puso nervioso. La mujer de ayer quería transporte desde el hospital. Solo balbuceé que iría de inmediato y corté. Termine mi desayuno, tome las llaves, subí a mi taxi y encendí el motor. La mancha que no había limpiado estaba seca. Camino al hospital mi mente empezó a aclararse y al mismo tiempo muchas preguntas llegaron de golpe: ¿la mujer estaba en el accidente?, ¿Por qué no llevaba ninguna identificación?, ¿ya fue dada de alta?, ¿Cómo la dejan salir tan pronto?, ¿qué pasó ayer?, ¿fue ayer?, ¿cuánto tiempo dormí?
No pude responder ninguna de las interrogantes, estaba llegando a la entrada del hospital y la joven ya se encontraba parada allí esperándome. Se veía más demacrada y pálida que la última vez, pero con la misma mirada perdida. Le dije que se sentara adelante ya que el asiento trasero estaba manchado. Ella no pareció oírme y de todas maneras se subió atrás, en el extremo limpio del lugar. Cerró la puerta y se quedó mirando por la ventana, con la misma expresión de aquel día. Pensé que no había escuchado así que volví a hablarle:
—Puede sentarse adelante si lo prefiere —le dije amablemente. Ella sin dejar de mirar por la ventana respondió:
—No, gracias. La anciana de blanco parece estar cómoda ahí.
Aquello me dejó congelado, a mi lado no había nadie, el asiento estaba vacío. No sabía qué hacer en ese momento, pero la frase que dijo a continuación me estremeció aún más: <<lléveme al cementerio, por favor>>. Estaba seguro que iba a sufrir un infarto nuevamente y un temblor helado recorrió toda mi espalda. Respire hondo, moví la cabeza asintiendo y arranque mi vehículo.
Durante el corto tramo desde el hospital al cementerio muchas preguntas llegaron a mi cabeza otra vez. Ese fue el viaje más silencioso de mi vida. Siempre conversaba con mis pasajeros, aun los más introvertidos se daban a una buena conversación, pero esta mujer sinceramente me provocaba escalofríos. Mi mente estaba llena de dudas, lo que más me llamaba la atención, sin embargo, era el bebé, pensé que podría haber nacido con algún problema y lo habían dejado en el hospital, pero en ese momento no me atreví a preguntar, el solo hecho de mirar por el espejo retrovisor me estremecía.
El cementerio de la ciudad era un lugar bastante tétrico, creo que la última vez que estuve allí fue para el funeral de mi mujer. No me traía buenos recuerdos. Ya estando ahí la mujer me agradeció por el servicio, bajó, dio un par de pasos y volvió: —No se preocupe, mi bebé está bien—. Sonrió y retomo su camino. Yo parecía una estatua sentada al volante, mis manos tensas seguían a aferradas a él y mi frente estaba mojada. Un suspiro llegó a mis pulmones, respiré hondo y descansé mi cabeza en el manubrio. El estruendoso ruido de la bocina me hizo volver en sí y un pensamiento que había pasado por alto asaltó mi cerebro: esta chica no me había pagado el viaje, ni tampoco el de aquel día. Sin embargo, no puede evitar soltar una risita.
Cerré el taxi y lo dejé estacionado en frente del cementerio, entré a buscar a la joven pero ya la había perdido de vista. El vecindario de los muertos era un laberinto y no quise adentrarme en él, preferí llamar a la agencia, pero la línea sonaba ocupada otra vez. Caminaba hacia mi carro con la mirada posada en el teléfono, ya estando cerca me disponía a sacar las llaves cuando levanté la vista y los escalofríos regresaron: una mujer octogenaria ocupaba el asiento del copiloto. Me quede parado a unos cuantos metros con una mano en el bolsillo y en la otra el teléfono, atónito. La mujer se giró hacia mí y abrió la puerta. Quise salir corriendo, pero mis piernas permanecían como un tronco a la tierra. La anciana bajó del auto, llevaba un vestido blanco y un chal del mismo color que le tapaba la cabeza, los hombros y la espalda. Dio unos pasos hacia mí, mientras yo seguía como una estatua de hielo. Cuando estuvo en frente de mí, bajo la prenda que la cubría dejándola reposar sobre sus hombros. Su expresión era tranquila y sonriente. Tomó mi mano y todo el temor que sentía se esfumó, me hizo sentir una paz que nunca había experimentado antes, me miró a los ojos y susurró: <<Te estaba esperando, Enrique>>.
Sin soltarme la mano, la anciana me guiaba a través de los pasillos del cementerio, yo solo caminaba mirando las lapidas, sin expresión, sin sentir nada, solo atontado por la situación, ni siquiera pensando en que iba a pasar. De golpe nos detuvimos, volví en sí y la anciana se apartó. De repente sentí como si me hubiesen quitado el alma, las lágrimas empezaron a salir, en un principio una detrás de otra, pero en un instante no dejaban de brotar, empapaban mi rostro y se extinguían en mi cuello, ya no era un llanto, era un sollozo desconsolado que no se detenía. En frente de mi había una tumba que no visitaba desde hace tiempo, la tumba de mi mujer. Pero la angustia que me albergaba no venia del dolor de haberla perdido, sino del nombre que se dibujaba junto al suyo. Mi nombre.
En ese momento me di cuenta de todo. Esa noche no logré llegar al hospital, no ha tiempo. La anciana que aún estaba parada a mi lado posó su mano en mi hombro. Su apoyo me ayudó a entender todo y me tranquilizó:
—Después de decirle a tu pasajero que no te sentías bien te desplomaste sobre el volante, perdiste el control del vehículo y te estrellaste contra un árbol —relató—. El hombre, junto a otras personas trataron de auxiliarte, pero ya era demasiado tarde.
—¿Él se encuentra bien? —pregunté, secándome la cara. La mujer asintió con la cabeza y me miró con ternura.
—¿Quién eres? —volví a interrogar.
—Alguien que ayuda a las almas desafortunadas a encontrar su camino —contestó.
—¿Cómo la mujer embarazada? —pregunté una vez más sin mirarla.
—Algo así… No todos se pierden de la misma manera —hizo una pausa y sonrió—. El bebé sobrevivió, por si te lo estabas preguntando.
La noticia dibujó una sonrisa en mis labios. No teniendo más que preguntar di media vuelta y empecé a caminar pero la voz de la anciana interrumpió mi marcha:
—¿Qué harás ahora? —preguntó con un tono de preocupación.
—Ir a casa —repliqué—. Mi turno ya ha terminado por hoy y estoy seguro que hay alguien esperándome. Pero mañana volveré. Te ganaste un compañero de labores —dije sonriendo.
Me despedí de la anciana y caminé hacia la salida. Me monté en mi taxi y le di marcha, mientras me alejaba pude ver como muchas personas llegaban al lugar a despedir el cuerpo que usaron mientras vivían. Llegué a mi casa ansioso, dejé el auto, saqué la llave y me precipité a abrir la puerta. Pero una vez adentro mi corazón se entristeció. No había nadie, nadie además de mí. Iba a colgar las llaves cuando sentí un ruido en la habitación, las tiré al sillón y corrí hacia el cuarto. Cuando llegué mis ojos se humedecieron. Allí estaba ella, acostada en la cama tejiendo un chaleco de lana:
—Llegaste temprano hoy —dijo sonriendo—. ¿Alguna novedad en el trabajo?
—No —contesté—. Nada del otro mundo.
Una risita tonta pasó por mi cabeza y en un instante estaba sonriendo al borde de la risa, mostrando los dientes. Ella también sonrió sin desviar los ojos de su tejido. Me acerqué a ella y la besé en la frente para no interrumpirla. Me recosté a su lado, cerrando los ojos y escuchando el click de los palillos al chocar.
—No sabes cuánto te extrañé —dije casi murmurando.
Ella se detuvo y me tomó de la mano.
—Si lo sé —respondió susurrando—. Estuve mucho tiempo esperándote. Y extrañándote.
Ella dejó su tejido a un lado y se acurrucó entre mis brazos.
Por fin estaba en casa.