MI VIAJE A CABILDO                          

Autor: Fernando Herrera Etcheverry
Seudónimo: Crepúsculo
Año: 2011 – Mención Honrosa

Casi finalizaba el invierno cuando, una tarde, de la mano de mi padre, aguardaba la salida del tren que nos llevaría al pueblo de Cabildo, donde, por la generosidad de un tío, al que aún no conocía, esperaban que me restableciera de lo que en aquel entonces se llamaba “una sombra al pulmón “. Mi delicada contextura de niño de casi diez años acusaba los efectos de una alimentación insuficiente y de algunos resfríos mal cuidados que debí soportar durante mi permanencia en internados a los que, por diversas razones, muchos niños teníamos que ingresar y permanecer durante el año escolar hasta que, llegadas las vacaciones de verano, nuevamente se abrían las puertas de nuestros hogares.

En esa época, y durante muchos años, mi papá, viudo desde hacía bastante tiempo, era vendedor viajero y sus prolongadas ausencias prácticamente le impedían vivir con sus tres hijos. Yo era el menor y los inicios de mi infancia estuvieron ligados al cariño de mis abuelos, tías y tíos y a residenciales de diferentes categorías; ello dependía de los resultados económicos que mi padre obtuviera en sus giras.

Yo sentía un gran afecto por mi padre. Sus frecuentes ausencias estaban enmarcadas, para mí, en añorados arribos y en silenciosas; pero, muy tristes despedidas. De modo que los pitazos de los trenes exacerbaban mi sensibilidad; porque: o tenían relación con la llegada de ese ser tan querido y esperado; como podía ser, que fueran, una vez más, el anuncio de una prolongada ausencia. Sonidos lastimeros y amenazantes; ululares que me estremecían o llenaban de esperanza por el posible reencuentro con mi padre amado.

                    Esa tarde , tomado de la mano de él , los pitazos no me angustiaban ; más bien , exaltaban mi ánimo porque  viajaríamos juntos  y compartiríamos nuestras vidas  por algunas horas , para   posteriormente entregarme,  por algún tiempo,  a ese tío que en el pueblo tenía una ferretería y que tan gentilmente me acogería para que , en base a una sobrealimentación y al cambio de clima , me pudiera reponer de una amenazante enfermedad que me había obligado a un mes de cama con un tratamiento de penicilina inyectable cada cuatro horas .

 (Tiempos iniciales en la aplicación de la penicilina).

El humo de los trenes, los silbatos de los conductores, el correr de pasajeros que creían estar atrasados; el maratónico trotar de los corteros cargados de maletas y bolsos, con sus gorras características y sus números de bronce sobre sus viseras, las miradas inquisitivas de personas que buscaban a otras personas; Los abrazos de alegría por la llegada y los abrazos más silenciosos y emocionados de las despedidas. Todo un ambiente que, tomado de la mano de mi padre, podía observar con gran curiosidad y que hoy recuerdo como una era muy romántica: el auge y esplendor de los Ferrocarriles del Estado.

El café con leche, los dulces de La Ligua, las coloridas substancias y algunas otras golosinas fueron cosas cuyo sabor y aromas dejaron un marcado recuerdo en mi mundo infantil. La compañía de mi padre, de abrigo y sombrero, portando el diario, Las Ultimas Noticias, con el chiste de Macabeo y “El increíble; pero cierto “de Ripley. El chalcito para cubrir  nuestras  rodillas  y  el  caminar  bamboleante  de los vendedores  de “ Malta , Bilz y Pilsen “, que caminaban por el largo pasillo del vagón , son imágenes que quedaron atesoradas en mi recuerdo.

Anochecía ya cuando, después de algunas horas; trasbordo a otra trocha y a ramales a la costa y un sinnúmero de estaciones, el conductor del tren anunció: Próxima estación: Cabildo.

                    Empezar a bajar las valijas desde la repisa maletera y revisar que no se nos quedara nada. El chal bien doblado puesto en el brazo. Las responsabilidades bien distribuidas: Tú llevas esto, yo, esto otro. Tienes que tener mucho cuidado al bajar los peldaños de la escala del vagón, mira que ha habido muchos accidentes y hasta ha muerto gente. Hace poco tiempo atrás …….

Ya en el andén de la estación, mirando por sobre los demás, se empinaba un señor alto y corpulento cuya mirada se encontró con la de mi padre. Se hicieron gestos a distancia y un abrazo en el encuentro. Este es el tío Chalo me dijo mi padre y yo le saludé con un beso. Compartieron las maletas y nos fuimos caminando lentamente desde la estación hasta la ferretería, en cuyo interior, en un patio, el tío había hecho una pieza de madera, la que usaba como dormitorio y a la cual le había adicionado un baño, que, aunque no terminado, se podía usar para algunos menesteres.

La pieza tenía una cama grande y en un rincón, hacia los pies, había una cama más chica, que era la que se me había destinado. Casi no recuerdo que el tío hubiera usado alguna vez su cama. La mayoría de las veces o estaba de viaje o dormía donde una amiga que tenía. De modo que mis noches fueron de bastante soledad y sustos porque la casa de la ferretería y la pieza estaban llenas de ruidos que, en la noche, se convertían en actores principales e intranquilizaban mi sueño. (Unos pollos dormían sobre unas latas y, al resbalar producían un chillido espeluznante que mi imaginación interpretaba como sobrenaturales y terroríficos).

Frente a la ferretería estaba el Hotel Quiroz y allí se me daría la alimentación, debidamente reforzada por una colación que una vecina me proporcionaría a media mañana y, en la tarde, una once que tomaría a unas cuadras del lugar, en la casa de la madre de uno de los empleados de mi tío, la que tenía una majada y donde me deleité tomando leche de cabra y comiendo un rico queso con pan amasado y mantequilla de campo.

Mi padre se fue al día siguiente y yo, al verlo partir,  quedé con alguna tristeza en ese mundo nuevo que se me presentaba y donde viviría durante algunos meses una parte inolvidable de mi infancia.

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El tío no tenía tiempo para dedicarme; pero, las veces que estuvimos juntos fue una relación de mucho afecto y muy rica en historias y en cuentos de aparecidos y de misterios, muchas veces conversados de sobremesa en la casa vecina, cuya familia era amiga de mi tío y donde me acogieron con cariño. Al parecer la amiga incógnita de mi tío era una dama, relativamente joven, integrante de esa familia, a quien yo bastante quise y quien me hizo sentir querido. Los helados hechos en tinaja de madera, hielo y sal; el pelar manzanas y duraznos para hacerlos huesillos; la recolección de nísperos y naranjas fueron faenas que ella me enseñó y que alegremente compartimos con una hija que ella tenía de una anterior relación o matrimonio: la Paty, un poco menor que yo. Fue una buena amiga mía  y me integró un poco a otras amigas de ella , las que sumados a amigos que hice a raíz de mi amistad con Eduardo , hijo de uno de los dueños del hotel , conformamos un grupo de niños que todas las tardes jugábamos en la calle principal del pueblo.

Mi tío, como una manera de no tener que preocuparse de mí y para que yo no estuviera inactivo, en cuanto a colegio, consiguió que me aceptaran informalmente en la Escuela de Niños, distante ligeramente de la Escuela de Niñas y separadas por una plaza. En ella nos reuníamos, jugábamos, corríamos y charlábamos y a veces asediábamos al cura para que nos regalara santitos o nos bendijera alguna medallita.

A veces nos llenábamos de entusiasmo al escuchar, por la larga calle principal, a un hombre que, a pie y por el medio de la calle, anunciaba la película que los días miércoles, a “tablero vuelto” se exhibiría en el teatro del pueblo (En esa época todavía se le llamaba biógrafo). Anuncio que estimulaba nuestro buen comportamiento porque, a modo de premio por buena conducta, se nos regalaban algunas monedas para comprar la entrada. Es así que  concurríamos en patota a ver la película de la semana. (“El día que me quieras “con Carlos Gardel. El Fantasma de la Opera. Algunas de Jorge Negrete y Gloria Marín: otras de Cantinflas, fueron películas que pudimos ver en esas tardes de cine que amenizaron nuestros días en Cabildo.

Niñez pura e inocente en que los días transcurrieron en alegría. Colegio por la mañana y , en las tardes , de un agradable calor , jugábamos y nos perseguíamos jugando a la pinta o  “ tú la llevai “ , juego sólo interrumpido cuando llegaba la hora de regresar a las casas porque ya era hora de entrarse , hacer tareas , comer y acostarse .

Un día, ya de noche, estaba solo en el patio de la ferretería y sentí algo extraño en mi pecho; parecía que se me iba a salir el corazón; algo que casi me ahogaba y que sólo aliviaba con profundos suspiros. De pronto, en ese no entender lo que me pasaba, mi mente fue invadida por unos ojos verdes; un oscuro pelo largo tomado por una cinta blanca; una sonrisa de gratísima visión y unos zapatos mocasines con soquetes blancos. Fue la primera vez que sentí que en mi pecho se anidaba el amor y que la dueña de mis suspiros era una graciosa jovencita con la que compartíamos juegos y preferencias mutuas, las que, hasta ese momento, no había observado en su significado. Yo la amaba y era correspondido. Casi por el ser correspondido me di cuenta que la amaba y esa noche, en medio de la habitual soledad de esa casa, sentí nacer la vida y experimenté la maravilla del primer suspiro de amor.

Nunca nos dijimos nada; pero, nos buscábamos y nos dábamos cuenta de nuestra alegría de estar juntos. Los domingos nos veíamos en la iglesia y cruzábamos temerosas miradas evitando la de su padre, que al parecer era un hombre muy severo. En las tardes, durante el Mes de María, ya sin sus progenitores, nos sentábamos juntos y compartíamos, rezos, devoción y miradas; y el agua bendita la recibíamos tocando los dedos del otro. Agua purificadora de espíritus puros que la compartíamos en una silenciosa y sana unión de amor.

En algunas oportunidades, cuando regresábamos de la Iglesia, nuestro impulso fue mayor y por momentos nuestras manos se juntaron y permanecieron así hasta que evidentemente desapareció el obstáculo de camino que justificó nuestro gesto.

Me cambió la vida en ese pueblo y ese niño que era yo, taciturno, nostálgico, lleno de ausencias y melancolía, se volvió alegre y deseoso del nuevo encuentro, eufórico en el atardecer y temeroso de la noche, no por los ruidos, fantasmas o aparecidos, sino porque interrumpía ese éxtasis existencial que inundaba mi alma y mi vida.

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Transcurrieron los días y hubiera querido que fuera la eternidad; hasta que un día, que regresaba de la escuela y había hecho guardia sin éxito a la salida del colegio de mi niña amada, fui informado que ella estaba enferma y no pudo ir a clases. Caminé solitario por la calle central y, a cierta distancia del hotel donde yo almorzaba, divisé la figura algo iracunda de mi padre, quien me saludó diciendo:

¿Dónde te habías metido niño ¿¡Apúrate que nos vamos en el tren de las dos ¡

El  había llegado sin aviso y por primera vez en mi vida no me alegré de verlo.

Se me derrumbó el mundo. Mi lentitud se hizo más notoria y la voz de mi padre se alzó algo amenazante. No había tiempo para nada y nada valían mis palabras. Nos íbamos  irremediablemente. Ni siquiera me pude despedir de aquellas personas que se habían preocupado de mí. Sólo mi amiga de la casa del lado supo de mi adiós.

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Partimos apresuradamente a la estación. La máquina del tren ya expelía el negro humo del carbón y los blancos vapores habituales con su característico sonido de exhalación. Algunas personas deambulaban por el andén y el maquinista, con su mameluco azul y su gorro de larga visera, con medio cuerpo afuera, miraba por la ventana lateral de la locomotora. Tuve que subir rápidamente a un vagón  y me senté lloroso junto a una de las ventanillas. De pronto, cuando el tren iniciaba sus primeros movimientos y se escuchaba el tironear de los carros y la bulla de los fierros que los unían, casi en la entrada de la estación, divisé la figura de aquella muchachita de oscuro pelo y verde mirar, la que, avisada por mi amiga Paty, acudía al último encuentro. El tren estaba ya en marcha y fue entonces que recibí de ella un beso que sus manos me enviaron.

Con el rostro pegado al vidrio de una de las ventanillas del vagón, deseoso de prolongar al máximo la visión de esa figura amada, con mis ojos humedecidos y mis manos en un gesto de despedida, me prometí que algún día volvería.

El tren se fue alejando, mi padre, un poco escondido tras su diario, me echó una disimulada mirada; la máquina lanzó un desgarrador pitazo que retumbó en el espacio perdiéndose en la distancia y yo sentí que ahí, inmóvil en esa estación, permanecía la dueña de mis sueños, con su pelo oscuro, su cinta y lloroso mirar, dejando como un imborrable recuerdo un capítulo de mi vida y un claroscuro de mi infancia.

Volveré, volveré, me dije mientras en silencio sollozaba.