LAS VUELTAS DE LA RUEDA

Autor: Reynaldo Cáceres Fénero
Seudónimo: Penélope Glamour
Año: 2015 – Mención Honrosa

Comencé a manejar como a los nueve años. Mi abuelo fue camionero, y a mi papá, que era malo para el estudio, le resultó “natural” seguir sus pasos…  Presionado, además por la muerte, ni tan sorpresiva de mi tata a los 54 años por un derrame cerebral producido cuándo cambiaba un neumático de su “Canario”. Cuenta mi abuela que terminó de apernar la rueda, se sentó en el suelo pegó un suspiro y ahí no más se quedó, sentadito… Muerto. Tenía una hipertensión no cuidada y un sobrepeso que mi papá, además del camión, también heredó.

Así se encontró mi viejo, haciéndose cargo de mi abuela, mi mamá, de mí y de un tío hermano de mi abuelo, que fue “tocado por un ángel” y que suele sentarse en un tronco caído con una tapa de olla en las manos, simulando que maneja. Dicen que atropelló a su novia cuando retrocedía… Se volvió loco.

Volviendo a mí, mi mamá quedó embarazada cuando tenía 16 años y mi papá 18. La echaron de la casa así que se fue a dónde una tía solterona que le dio asilo y harto trabajo.

No conocí a mi abuelo hasta que cumplí los dos años, cuándo mi papá se armó de valor y me presentó en familia…  Al principio me miraban con recelo, pero con un inevitable dejo de ternura. Más aún si: “…tiene los mismos ojitos del papá”, decían las vecinas. En todo caso el círculo de afecto quedó cerrado cuando una hermana de mi abuela le comentó de sopetón: “…Si es igualita a ti cuando tenías su edad”. …Ahí, mi abuela soltó la esponja.

A mi abuelo ya lo tenía conquistado desde que un día le pedí upa con los brazos extendidos hacia él. Después de ese episodio, desmontaba el acoplado, me subía a sus rodillas y me daba una vuelta por el sitio de la casa tocando el claxon.

Por esas fechas mi madre dejó de ser madre soltera en la casa de su tía y pasó a ser madre soltera en la casa de mi abuelo, pero ahora con mi papá.

Como contaba, a los nueve años empecé a manejar sin ayuda…bueno con mi tata al lado… y con unos zancos que me acomodó mi papi para alcanzar los pedales. A los doce años ya sabía todos los trucos para ahorrar petróleo, distancias, a hacer los seis cambios oportunamente, poner el autobloqueo y todo; regular la presión de los neumáticos, soltar el remolque, estacionarme. Se podía decir que manejaba con experticia, para ser una niña.

Saqué la licencia clase B a los 17 con la asesoría de mi padre, pero tuve que esperar tres años más para sacar la licencia clase A, además de hacer un curso, en el que yo prácticamente era la profesora.

Si, soy chofer, chofera, conductora, camionera… como quieran llamarme. No tengo problemas de género; no compito con los varones, no me interesa y, gracias a que mi abuelo tenía seguro de desgravamen cuando falleció, el camión quedó pagado. Gracias a eso también estoy pagando mi propio camión. Uno verdecito con franjas naranja: Bien femenino.

Esta labor que no tiene horarios fijos y que impide tener compromisos muy “formales” que digamos, es la que me ha complicado tener una relación romántica “normal”. Quizás por eso me encuentro en mi actual situación.

Ahora soy yo la madre soltera y totalmente conciente de la responsabilidad que me cabe en ello… Prácticamente, toda.

Esa tarde de verano, en que llevaba una carga de artefactos de baño al norte, lo vi. Estaba al costado de la carretera justo en la bifurcación que conduce a La Ligua o a La Serena, según elija la mano derecha o izquierda.

Contrariamente a mi costumbre y protocolo, me detuve en la berma justo antes de la pasarela peatonal… Algo me llamó la atención de su aspecto desgarbado y casual. Su pelo largo apelmazado, sus jeans cortados más arriba de la rodilla, su polera desteñida. No sé. Solo se que me detuve y el subió. Tenía grandes ojos verdes que me miraron sorprendidos cuando descubrió que era mujer. Su turbación y frescura me encantaron inmediatamente. Si alguien me hubiera preguntado una hora antes si existía el amor a primera vista, lo hubiera negado tajantemente. Ahora ni siquiera dudaba: Estaba enamorada.

Fui yo la que lo invitó a cenar en Los Vilos, fui yo la que se detuvo a orinar en la orilla del desierto y le acepto fumar ese “porro” que el, agradecido, ofreció. También fui yo la que lo llevó a mi camastro para “evitar el frío”. Lo evitamos.  En realidad, fue lo único que evitamos.

Cuando se bajó en Antofagasta, me regaló una flauta dulce de madera, me anotó con un plumón su dirección de Facebook en la visera de un jockey que yo tenía colgado en el parabrisas; después me dio un beso tierno y fugaz y se fue silbando con su mochila al hombro.

De ese amor “pasajero”, pero intenso, nació mi hija Alondra. Él nunca lo supo.

Talvez ni siquiera recuerde mi nombre. No creo que haya olvidado el momento.

Seguramente me convertí en el tema principal por algún tiempo en conversaciones con amigos alrededor de alguna fogata veraniega.

Yo lo sigo en Facebook, sin pedir amistad…, desde afuera. Me entero de lo que hace y de cómo está.

Creo que lo seguiré amando con vanas esperanzas mientras el mantenga cómo foto de perfil, aquella que le saqué con su cámara al lado del camión ese frío amanecer en la carretera del desierto. Después lo seguiré amando a través de los verdes ojos de mi hija.

Alondra, tiene dos años en la actualidad. Mi papá la sube en sus rodillas a cada regreso y la lleva a dar una vuelta por el sitio de la casa en su viejo “Canario”, tocando el claxon.