Autor: Manuel Hernán González Cristi
Seudónimo: M.H. Argyris
Año: 2013 – Segundo Lugar
El reloj de la estación del ferrocarril de calle Sotomayor marcaba las tres de la tarde en aquel día domingo del mes octubre del año 1970. Delia Domínguez ya se encontraba instalada en uno de esos vagones de primera clase del Tren Longitudinal Norte esperando un tanto nerviosa la salida del tren desde Iquique con destino a la capital. Escrutaba cada cierto tiempo por la ventanilla y observaba a un hombre sentado en uno de esos asientos de madera añosa que se encontraba en el andén. Era Lorenzo Moore, su marido, quien ni siquiera sospechaba que su esposa era una de las pasajeras. Lorenzo tenía como costumbre presenciar la llegada y partida del Longino, como se le conocía al Tren Longitudinal Norte.
Había transcurrido bastante tiempo para que Delia viajara nuevamente en tren, en un servicio de primera. En su juventud y cuando se casó con Lorenzo estaba acostumbrada a esa comodidad y por ello no escatimó dinero para adquirir un boleto de primera clase, donde viajaba la gente pudiente, ya que ofrecía un confort que le recordaba los tiempos cuando su marido tenía un puesto importante en la Oficina Salitrera Humberstone, El vagón tenía un aseo esmerado, amplias ventanillas, asientos de almohadones de plumas, con asistentes a disposición de los viajeros.
Fuera de la estación, en la calle, estaba el movimiento de la vida, el ir y venir de las personas, el bullicio, la llegada de los pasajeros. Uno de ellos era Tomás Chandía, quien llegó cuando el reloj marcaba las 15:30 horas. Se encontró con que el vagón ya estaba casi completo, pero logró ubicar rápidamente un asiento vacío de espaldas al camino. Acomodó su maleta en el casillero respectivo y se sentó hacia la ventanilla al lado de una anciana y su nieta. Sacó un pañuelo para limpiar el sudor de su frente, mientras aprovechaba de mirar al frente para conocer a sus compañeros de viaje. Había un matrimonio joven que permanecía en silencio con signos de somnolencia y justo ante sus ojos se encontró con una mujer de edad madura pero aún atractiva, y su corazón tuvo una leve agitación al contemplarla con mayor detención porque la reconoció: era Delia Domínguez, la señora de Lorenzo Moore, que años atrás, lo había conocido cuando trabajaba en la Oficina Humberstone. Tomás Chandía estaba radicado en Santiago y había venido a Iquique a visitar a su hija mayor, hacía un mes que había llegado en el mismo Longino, pero en un coche de tercera clase. Allí pudo comprobar en carne propia cómo se castigaba a los pobres. Sus asientos eran de madera dura, de líneas rectas y no existía ni siquiera una cuenca que favoreciera el reposo de las posaderas. Sus bancos de listones eran estrechos, separados entre sí como si se tratara de martirizar el cuerpo del viajero. El respaldo sólo llegaba a una altura media, impidiendo un apoyo a la cabeza. Y no sólo las sentaderas hacían presagiar un viaje no muy confortable, sino que esos vagones siempre estaban atestados de pasajeros, En tercera clase se viajaba con el mínimo de comodidades y con un máximo de tortura, con vagones malolientes; ventanillas con persianas, algunas sin vidrios, que permitían canalizar hacia adentro todo el polvo y el hollín que pululaba en la ruta ferroviaria. Por eso no dudó ningún instante de regresar a la capital en primera clase. Al mirar a Delia Domínguez confirmó que su decisión fue la acertada. No sólo iría más cómodo sino que en compañía de una mujer que había admirado en aquellos tiempos de glorioso pasado salitrero. Se fijó que a pesar del paso de los años, Delia aún conservaba los rasgos de su pasada belleza, su rostro aún era fino y sin fatiga, su blanca piel estaba bien conservada y no tenía ningún atisbo de haberse marchitado. Tomás Chandía sintió un goce interno y una satisfacción insospechada al tenerla como compañera de viaje, tan cerca de él.
Delia Domínguez miraba insistentemente su reloj, estaba nerviosa por la posibilidad que su marido la descubriera. El transcurrir del tiempo se le hacía lento, como si un segundo alargara su angustia eternamente, aunque llevaba un libro que leía a borbotones porque de reojo a intervalos miraba hacia el andén donde permanecía su esposo, quien conversaba animadamente con un hombre grueso. Ello le entregó una porción de tranquilidad. Cerró las tapas del libro y se dio el tiempo necesario para observar con mayor detalle al viajero que se había sentado minutos atrás al frente suyo. Le parecía una persona conocida. Era un hombre maduro, pero bien parecido, de agradables y grandes ojos castaños y tenía un aire de reserva que le daba una prestancia de caballero. Se dio cuenta que en su mano derecha llevaba dos alianzas de oro señalando su viudez y al mirarlo sintió un estremecimiento indescriptible que recorrió su cuerpo y fingió leer el libro sólo para recuperar la compostura.
Siendo las cuatro y dos minutos el agudo sonido del silbato del jefe de andén anunció la salida del Longino. Delia sintió la ansiedad propia de la partida y contempló cómo los pasajeros se despedían de sus familiares y las lágrimas
rodaban de muchos ojos. En ese instante sintió miedo que cuando el tren partiera, ella no tuviera el coraje de irse de Iquique y terminara por bajarse, pero ese temor se desvaneció con el largo y grueso silbido de la locomotora semejante a un estridente gemido. Cuando el tren se puso lentamente en movimiento como si despertara de un profundo letargo, Delia Domínguez miró por última vez hacia el andén y despidió con sus ojos a su marido, con quien compartió toda una vida en las salitreras y luego en el puerto histórico. El tren de pronto dio una sacudida y el ruido del movimiento de las ruedas se hizo más evidente. Había comenzado la partida. Delia observó impertérrita las despedidas desde el vagón de los pasajeros que agitando sus brazos respondían a los adioses. El tren paulatinamente fue tomando cierta velocidad y pitaba en cada curva del camino señalando su paso. En un vagón cercano se oyó a un grupo de jóvenes que gritaban un “ceacheí”. En cambio, los compañeros de viaje de Delia Domínguez iban silenciosos. En el asiento de atrás, dos mujeres hablaban sin parar y sus huecas voces se fundían con el ruido de las ruedas del tren y de las vías. Mientras la locomotora ganaba terreno, Delia se entregó al ritmo cadencioso del tren mirando por la ventanilla el paisaje que le brindaba aquella ruta ferroviaria Atrás fueron quedando las casas del barrio El Colorado y el tren se fue acercando al cerro para emprender la subida y comenzó a trepar como un reptil metálico serpenteando las numerosas cuestas.
Sentimientos de angustia se apoderaron de Delia cuando el tren zigzagueando subía lentamente las angostas mesetas y se escuchaba el intermitente traqueteo. Y cuando el tren se deslizaba por una amplia curva, Delia podía apreciar la fila de numerosos convoyes. En tanto, Tomás Chandía echaba a correr sus recuerdos llenos de reminiscencias de la época esplendorosa del oro blanco que le tocó vivir y recordó a Delia Domínguez como una de las mujeres más bellas que había conocido mientras trabajó en la Oficina Humberstone, donde su esposo era el hombre más envidiado del campamento. Comparó a la dama que ahora estaba al frente suyo con aquella mujer de belleza embriagadora. Su larga cabellera negra había sido reemplazada por un peinado de pelo corto que el tiempo lo fue tiñendo de hebras de plata La piel juvenil de antaño, blanca como la seda, ahora mostraba el paso de los años, pero conservaba aún su tersura. Todavía tenía esos deliciosos labios finos, una dentadura perfecta y esos cautivantes ojos azules. Tomás Chandía se preguntó si ella todavía permanecía casada o si estaba viuda Delia siempre tuvo una fama de mujer seria y entregada sólo a su marido y pensó que quizás en ese largo viaje tendría la respuesta a aquella interrogante. Cuando Delia se puso las gafas para leer el libro que llevaba en sus manos a Tomás le pareció una mujer mucho más atractiva. Ese libro era el único recuerdo que tomó Delia de su marido, y su nombre estaba a la vista: “Norte Grande” del antofagastino Andrés Sabella, que el mismo vate le había regalado a Lorenzo en una de sus tertulias literarias. En la vida se sufre menos si se tiene un libro en la mano. Tomás aprovechó la ocasión para mirar aquellas manos de finos dedos larguísimos que no indicaban el paso del tiempo, salvo algunas manchas cafés que en nada desmerecían su cuidado.
Mientras el tren empezaba a subir el cerro, la locomotora parecía jadear echando humo blanco. Delia se convenció que había tomado la decisión correcta.
Ella necesitaba huir de su marido antes de terminar odiándolo y esa vida en común que tuvieron durante tantos años no merecía terminar de esa manera. El matrimonio fue feliz mientras Lorenzo trabajaba en las salitreras, en el cantón de Nebraska, especialmente en la Oficina Humberstone. Aunque no tuvieron hijos la vida en las salitreras le dio un buen pasar. Pero el amor que se tuvieron durante tantos años terminó por sucumbir con la vida monótona en el puerto y ambos se fueron distanciando de cuerpo y alma. Delia descubrió un día que su vida iba en bajada y que tenía que morir un día, y desde entonces se propuso no tenerle más miedo a la vida y que necesitaba renacer. No quería terminar como un mueble viejo. Ella que había sido una mujer sometida a su marido ahora necesitaba su propia vida, lo había amado con singular pasión, le había entregado sus mejores años y lo había acompañado con suma fidelidad de salitrera en salitrera, Pero ahora aquel mundo que tanto cautivó a Lorenzo había desaparecido: el oro blanco ya no era el sueldo de los chilenos y el humo de las chimeneas de cientos de oficinas salitreras se había esfumado. Pero ella aún estaba ahí y existían otros mundos aparte de la pampa. El tren entró al primer túnel y el silencio invadió a aquel vagón cuando ingresó a la oscuridad, y los pensamientos de Delia se detuvieron al sentir que los rieles chillaban agudos y ásperos, pero al cabo de algunos minutos nuevamente la luz del sol ingresó por las ventanillas y ante los ojos de los pasajeros apareció con toda su majestuosidad el océano azul que bañaba las hermosas playas de Iquique.
El tren siguió ascendiendo y a medida que avanzaba, el aire se iba haciendo cada vez más denso, el calor del desierto se hacía sentir. Delia hurgando en sus recuerdos se acercó tanto al vidrio de la ventanilla que pareció que besaría su propio reflejo; entonces su vista se extravió en el índigo horizonte, y vinieron a sus pensamientos aquellos momentos cuando con Lorenzo recién habían contraído matrimonio. Eran jóvenes y estaban tan apasionados uno por el otro, que, estando juntos en una cama, con las manos unidas, ella sentía la vida completa. Poca gente conocía la plenitud. Pero es un engaño pensar que uno es joven para siempre. Su amor tuvo un hermoso principio aquella noche de un verano pampino pero que se fue desvaneciendo con la vida monótona en el puerto y sintió que en ese vacío se le estaba yendo el tiempo. Lorenzo ya no vivía, sólo existía El aire entre ella y él era de mentira, irrespirable. Su vida era una existencia hecha jirones, deshecha, evanescente. De tanto añorar a sus salitreras, Lorenzo se había transformado también en un desierto y huyó de él porque la estaba matando con la insistencia de vivir un pasado que ya se fue y que no volvería.
Cuando el tren salió de la oscuridad del último túnel, Delia contempló en toda su plenitud el puerto de Iquique, su ciudad natal, que se presentaba empequeñecida frente a sus ojos y trató de reconocer su casa, que de por sí era imposible, entonces recordó la nota que le dejó a Lorenzo: “No me busques. Me alejo de tu vida para siempre. Es lo mejor para ambos. Te recordaré siempre con cariño. Delia”. Le habría gustado ver la reacción de su marido cuando descubriera que ella lo había abandonado,
Ya en lo alto del cerro, Delia observó el vuelo de una colonia de gaviotas que graznaba chillonamente agitando sus alas, como señal de despedida y ello la emocionó. Luego su mente quedó en blanco y sólo escuchaba el ruido quejumbroso de los rieles y la locomotora parecía un toro furioso subiendo aquel cerro hasta que llegó al final apareciendo el llano desértico y el mar se perdió definitivamente de su vista. Se escuchó el largo silbido aullante del pito de la locomotora que anunciaba su salida definitiva de Iquique y Delia con algunas lágrimas que escaparon de sus ojos y con un sollozo ahogado lo asoció a su propio grito de libertad. Era el berrido silencioso que despedía un pasado, toda una vida, pero ella se sentía libre, aunque no sabía qué iba a ser de su vida Ahora se sentía maravillosamente bien. Se rompía el cristal de su pasado y sintió en aquel tren que su alma había recobrado sus alas. Ya no era una mujer de mentira. Se había subido al tren de la vida, con estaciones, esperanza y futuro
Tomás Chandía contempló a una mujer emocionada. Delia abría y cerraba sus párpados y entonces sorpresivamente ella también miró a Tomás y sus miradas se enlazaron. Delia sintió que su cuerpo se vestía con un sentimiento indefinido, pero cálido y dulce, y perturbada se le cayó torpemente el libro que tenía en sus manos. Tomás instantáneamente se agachó a recogerlo y Delia también lo hizo al mismo tiempo y se tocaron suavemente las manos. Tomás con su cara sonrojada sin evadir esos ojos azules le pidió perdón y le entregó el libro.
Delia le dio las gracias y le regaló su cautivante sonrisa.