Autor: Héloïse Simon
Seudónimo: Madame Bovary
Año: 2009 – Tercer Lugar
Cuando Yenny era chica, sus amigas del barrio querían ser veterinarias, profesoras de educación básica o cocineras. Ella no. Se acuerda ahora que tiene más de treinta años, que nunca le gustaron los animales y tampoco le gustaba jugar a hacer té y comer galletas. Recuerda su cumpleaños de los ocho años como la experiencia de su vida, un momento de iluminación, una fracción de segundo donde las estrellas se alinean y la vida toma un sentido claro como agua pura. Ella era la menor en una familia de siete hijos, y según decían, la más inteligente, la única a quien le pagaron un colegio privado. Sus dos hermanas mayores estaban en la cocina preparando la torta de cumpleaños, mientras dos de sus hermanos jugaban con ella al LEGO. Los dos otros, los más grandes, habían ido a buscar los regalos escondidos en el closet del pasillo, debajo de una caja de viejas telas. Había pocas invitadas y ningún invitado, la Tía Patricia no quería que sus hijas tuvieran amigos hombres. Las tres niñitas que estaban invitadas tenían un status distinto. La Loli era amiga del colegio desde el pre-kinder y era la única que Yenny había querido invitar. La Susana y la Cote eran hijas de una amiga de su mamá. Yenny no dijo nada cuando su mamá le propuso invitarlas. No es que no le gustaban, sino que no se llevaban muy bien: siempre querían jugar a cosas de niñita chica. Pero, como todos los niños, supo al tiro que era una jugada política, una invitación no para ella, no para su cumple, sino que para su mamá. La Tía Isabel ocupaba un cargo importante en el centro de apoderados.
Las niñas vivían muy cerca así que no se demoraron mucho en llegar a la casa. Los hermanos de Yenny ordenaron rápidamente los Lego y fueron a buscar un horno rosado en su caja todavía, rasgo de la navidad pasada. El cumple empezaba mal. Susana y Cote – mientras las mamás hacían planes para cambiar el uniforme del colegio, que se parecía demasiado al de un colegio público del barrio – instalaron, con una rapidez que delataba, una rígida costumbre, una mesita y cuatro sillas, empezaron a servir té y conversar de los niños. La Susana siguió el juego, pero Yenny se quedó sentada, sin participar, esperando que se terminase ese horrible día de cumpleaños. De pronto llegó la torta – una tres leches, su favorita; el cumple se estaba salvando. Vino la ceremonia del canto, de las velitas y por fin, el mejor momento, los regalos. Abrió primero los de Susana y la Cote – entendía intuitivamente el ajedrez de la política. Era un set de vajilla blanca y rosada con unas flores dibujadas en los platos y los vasos. Les agradeció con toda la sinceridad que había aprendido a demostrar durante varios años de cumpleaños y navidades, primero a las niñas y, seguramente su mamá se pondría feliz, a la Tía Isabel.
– Muchas gracias Tía. Usted seguramente ayudo a elegir ese regalo tan
lindo.
Ahí, le había puesto suficiente color para que no sepan lo que en verdad estaba pasando por su mente: “¿A dónde lo voy a esconder?” o quizás “lo podré
regalar a la Loli”.
Después vinieron más regalos rosados: una muñeca de porcelana –con un traje de princesa, una plancha de ropa, un joyero. A su hermano Felipe le había ido mejor: una cajita de LEGO. En la caja salía una foto de una playa, con una casita de guardacostas, y en primer plano, mirándola como si la llamase, un monito guardacostas motorizado. Su felicidad era sincera hasta que leyó en el costado que la caja solo traía la plataforma de la playa, y la casa del guardacostas. Salía otra foto de la cajita chica donde venía el auto. Tuvo que poner en marcha, de nuevo, su rostro de alegría fingida. Había guardado la caja más grande para el final. Era la de su mamá, a quien le había pedido una auto miniatura –era el intermedio que había encontrado, segura que iba a ser posible que su mamá le regalase esto. En su rostro se podía leer un cierto grado de aprensión que ningún trabajo de actor le podía borrar. Abrió lentamente el papel temiendo que rompiera su regalo y su sueño. Cuando empezó a ver que la caja era de color rosado, hizo su mayor esfuerzo para sonreír y contener las lágrimas. Destrozó con violencia el papel, para terminar con ese sufrimiento. Pero apareció la foto completa: era un camión Barbie. Lloró de emoción y se puso a gritar y correr por toda la casa. Sacó rápidamente el juguete – el camión y la muñeca. Dejó la Barbie a un lado y jugó el resto de la tarde con el camioncito, paseando por los pasillos, haciendo el ruido de bocinas, hasta se subió al camión y avanzaba con él en la acera frente a su casa.
Cuando se fueron las amigas, su mamá la acompaño a su cuarto y le
preguntó si le habían gustado los regalos.
- Yo quiero ser chofer de micro.
- Si mi amor, le dijo, lo que tu quieres.
Su mamá dice que desde ese momento fue una chica difícil. De ahí en más no estudiaba para sus clases de matemáticas. Prefería ir después del colegio, a veces con su hermano, pero en general sola, al final de su calle, donde había un terminal de micros, para esconderse detrás de un muro y mirar. Más de una vez se encontró con su mamá en la oficina de la Hermana directora del colegio. Al principio el marketing con la Tía Isabel funcionó: la amistad de las dos mujeres logró salvar en más de una oportunidad a la Yenny. Pero cuando salió del colegio por una puerta lateral reservada para el personal y tomó la primera micro que pasó, firmó su sentencia de muerte. Subió por la puerta trasera y se sentó en un asiento vacío, al fondo del bus, en ese sector prohibido. Todo le pareció inmenso, se sentía como en un castillo esperando a su príncipe azul. Miraba alrededor los asientos – más cómodos que los de su casa, veía afuera lugares que antes nunca había conocido, veía otras micros pasar rapidísimo a su lado. El suave y regular rumbo del motor le produjo un placer extraño, nuevo y rico. El zumbido de la micro le parecía un canto. Acariciaba su asiento de cuero hasta que encontró un pequeño hoyo en la tela y se puso a jugar, a imaginar que era un ratoncito que se comía todas las noches las micros y que durante el día se escondía allí para dormir tranquilo con el ruido dulce del motor. Le preguntó al viejito del lado en qué micro iban. “La 203 mi amor, hasta Vitacura. ¿Pero andas solo tu? ¿Dónde está tu mamita?” Con una confianza que hasta hoy recuerda como el nacimiento de su voluntad pura y dura, de las que te hacen seguir siempre adelante en la vida, apuntó con el dedo a una mujer sentada junto chofer y dijo: “Ella. Ella es mi mamita”. Cuando se bajó el viejito, se dirigió hacia al chofer. En la micro amarilla, se sentía como en una burbuja: protegida. El bus se movía con fuerza, pero con fluidez. Llegó cerca del cubículo, miro hacia arriba y lo vio: un hombre alto con pelo largo y unos ojos serios, fijos en la carretera. Detrás de su polera, adivinó que era flaco pero musculoso.
Después de los dieciséis años, cuando la echaron del colegio de las Carmelas y que tuvo que irse al público de su barrio, ya no era porque no estudiaba las matemáticas. Pasaba todas sus tardes, fines de semana y vacaciones al lado de los choferes, esperando ansiosamente el fin del recorrido, cuando se iban al fondo del bus. Así fue como conoció a su primer amor, su primer beso, esa primera vez con un hombre un poco mayor. Ella en ese momento estaba pololeando con otro chofer, pero se subió a esta micro para ponerlo celoso. En verdad, no tenía nada planificado con ese hombre que bordeaba los treinta. No podría decir con precisión, hasta el día de hoy, como llegaron a hacer el amor, escondidos en la parte prohibida del bus. Solo se acuerda de sus largas manos sobre el volante. La llamaban en el terminal – le contaron unos años después – la chica de las micros. Las apuestas volaban para saber si ella estaba enamorada de los choferes o de los buses. De hecho, a su exmarido y padre de su única hija, lo había conocido en un taller de micros, en Pudahuel, que se había instalado al lado de la casa de su mamá y a unas cuadras de su departamento; esto dejaba inconclusa esta materia e imposible distinguir un ganador en la casa de apuestas.
El día que cumplió 18, entró a la empresa de Buses Metropolitanos. Lo recuerda como el día más feliz de su vida. Mejor dicho, la hora más feliz de su vida. Una secretaria la acompaño hasta el bus de formación. Le dijo de esperar ahí, pronto llegaría el encargado del curso. Apenas se fue la secretaria, subió a la micro, un bus de un amarillo más bonito que el sol –decía a sus amigos cuando hablaba de las micros antiguas – y se sentó en el asiento del conductor. De pronto no era más esa niñita que buscaba cariño, era ella la que podía llegar hasta el fin del mundo con su nuevo juguete. Poco después llegaron unos hombres que también estaban en formación; era –obviamente- la única mujer y además era mucho más joven que los otros. Cuando por fin llego Eduardo, un hombre que bordeaba los cincuenta, bien gordo, con una nariz y un bigote que lo hacía parecerse al Señor Papa, recibió su primer golpe: “Señorita, le dijo, la formación de secretaria esta al otro lado”. Le iba a demostrar a ese viejo que era mejor que cualquier hombre y eso hizo durante los diez años siguientes. En su tiempo de formación, Eduardo decía que no quería subirse a su micro –ustedes saben, cabros, mujer al volante. Pero el primer año, llegaba al terminal de micros en las noches con más plata que todos. Eduardo la acusaba de poner de su propia plata, otras veces de cosas pocas dignas de una señorita. Pero poco a poco, se fue conociendo todas las movidas de las micros, se había hecho amiga de los sapos de su recorrido y Eduardo había abandonado su caza de brujas: por fin logró que la asignaran al recorrido 203. Manejar una micro era como jugar ajedrez, y en este juego, le ganaba a todos.
Hacerse respetar en ese ambiente de hombres no fue fácil. Muchos intentaban seducir a esa niña bonita. Pasar de ser polola de los choferes a ser una chofer más fue lo más duro. Había sido por un tiempo la polola del Jorge, el Jorge de la 602, justo antes de empezar a trabajar. Jorge, cada vez que podía, le recordaba esas tardes pasadas en los asientos traseros de las micros. El nunca perdía una ocasión de hacerle bromas frente a los colegas, durante años siguió con la misma rutina. Le tiraba besos a lo lejos, le cerraba el ojito y le ponía caritas. Con la llegada del Transantiago, por fin había logrado liberarse de este fantasma del pasado que otra empresa había contratado.
Cuando le asignaron responsabilidades administrativas dentro de la nueva empresa en el Transantiago, llegó a ser jefa de todos aquellos que se habían burlado de ella por años. Tenía que organizar los turnos de los choferes y dirigir la formación de los nuevos integrantes. Todos la llaman, todos le piden consejos y se cerró la casa de apuestas. Yenny logró ser chofer de micro, e incluso más. En el terminal de micros no la llaman más como a una cualquiera, ahora le dicen la mujer biónica, porque tiene tan pegado el celular que algunos dicen que se lo enclavaron con cirujía. Con su kit de manos libres, habla todo el día. Su jornada laboral comienza a las 7 de la mañana. A las 7 y media ya empiezan los llamados de la familia – mamá, ex-marido, hermanos, hermanas y sobre todo su querida Bonnie.
-“Alo? Si hijita. Como esta usted mi amor, como le va? Lista para ir al colegio? Que comió esta mañana? Que le preparo la abuelita?” –
En su recorrido de la 503, los jueves alrededor de las 10 de la mañana, se encontraba con la 426. Había tenido la mala suerte que le asignaran a Jorge la 426; no sabía la verdad, que él nunca había dejado de hacerle bromas y él había pedido el recorrido. Los jueves, como una larga y penosa ceremonia, manejaba su micro a máxima velocidad para llegar a su lado, a la misma altura en la carretera para hacerle signos desde su bus, durante todo el viaje común – cerca de 5 kilómetros en las dos pistas de la Alameda. Ese día, él estaba furioso. Su polola lo había dejado – demasiado agresivo con ella le había dado como explicación. En general esperaba los jueves con una crueldad pasiva, pero ese día de diciembre, con el calor sofocante que empezaba en la mañana, no controlaba su rabia. La andaba mirando con insistencia, le cerraba los ojitos, le tiraba besos como siempre. Además, había comenzado a hacerle signos bastante vulgares. De pronto surgió un auto y se cruzó frente a Jorge. No lo vio al principio y cuando por fin lo vio, ya era demasiado tarde.
Freno lo que pudo, pero los dos vehículos chocaron.
– Hombre al volante, pensó Yenny, y volvió a su teléfono a hablar con su hija.
“Y usted mi amor, que le gustaría que le lleve el Viejito Pascuero? Un camioncito? De bomberos? Y por qué no mejor una casita de muñecas?”