Autor: Pablo Andrés Catalán Badilla
Seudónimo: David Kresuleño
Año: 2009 – Mención Honrosa
I
Desde el autobús se observa una densa neblina, que cubre las calles de San Miguel. La visión es de sólo metros, siendo posible perderse en la inmensidad de la noche. Al descender, Víctor no sabe dónde exactamente se encuentra. Sólo sus instintos hacen que tome el camino que lo lleva a su hogar. Cada paso es una eternidad. El miedo de estar solo en la calle lo atormenta. Mientras camina, escucha el ladrido de los perros. Quiere correr, pero no puede. La noche es lúgubre y desolada. La neblina es cada vez más intensa. Víctor siente cómo el soplo del viento enfría su rostro. Hojas dispersadas por el suelo, se mueven de un lado hacia otro, tal como cada invierno. Víctor camina a paso lento. El miedo a la soledad lo angustia. No sabe cuánta distancia ha recorrido. Los latidos de su corazón marcan el ritmo del pánico. Quiere gritar, pero no puede.
Temerosamente avanza por la interminable calle rodeada de grandes “Platanus”. Escucha voces a corta distancia. Son jóvenes. No sabe dónde están. La neblina lo impide. Siente los pasos en torno suyo; probablemente sean tres. Ya no puede volver. Su orgullo le impide retroceder. La adrenalina se apodera de su cuerpo al despertar en la oscura noche. Lentamente desabrocha su cinturón para utilizarlo como arma. Lo dobla en su puño derecho. Se obsesiona que alguien lo sigue. Las voces se escuchan más fuertes.
Camina cautelosamente, evitando hacer ruidos. Los perros dejan de ladrar. Las voces ya no se escuchan. Siente cómo su corazón late. Controla la respiración para no ser escuchado. Al detenerse junto a un “Platanus”, descubre que se encuentra a pasos de su casa. Piensa en correr, pero es demasiado arriesgado. Desde alguna casa vecina Víctor escucha el piano de Rachmaninov, olvidando por un instante la angustia de llegar. Muy sorprendido, se percata que ha llegado a su casa. Al sacar las llaves, éstas caen al suelo causando un gran estallido. Toma las llaves y trata de encontrar cuál corresponde a la puerta de entrada. Su vista se nubla en medio de la niebla. Olvida cuál es la llave de la casa. Por error intenta tres veces con la misma llave. Escucha pasos. Sus manos tiemblan. Logra encontrar la llave. Abre apresuradamente la puerta, cerrándola estrepitosamente. Se queda de espalda junto a la puerta, pensando que hay alguien afuera. Camina hacia el patio, donde tiene una vista más amplia de la calle. La neblina le impide ver con claridad. El miedo ha desaparecido.
Al ingresar a casa, un intenso aroma a comida lo alborota nuevamente. Su hermana había salido de viaje temprano, por lo que estaría ausente durante una semana. Víctor vive sólo con su hermana, transformando aquel aroma en una gran preocupación. Camina hacia el segundo piso para ver si encuentra alguien en casa. El televisor está encendido. El agua del baño corre como quien se encuentra sediento en verano. El sudado cinturón era empuñado por Víctor como una verdadera arma. Recorre cada habitación de la casa, verificando que todo estuviera en orden. Enciende todas las luces. Siente la presencia de alguien. Observa detenidamente cada habitación, pero no hay rastro de robo ni desorden. Sólo faltaba su habitación. Entra y prende la luz. Se da cuenta que han movido los espejos. Éstos están orientados cada uno de ellos -son tres-, dirección a la entrada. Al mirarse en el espejo, ve que está completamente desnudo.
Suelta el cinturón y cae de rodillas. “¿Qué me está pasando?”, se pregunta angustiado por la incomprensión de todo. Busca entre sus cosas, algo que lo oriente. Quiere despertar de aquella pesadilla y saber quién es. Víctor no tiene recuerdos ni memorias de algo. Escucha voces, piensa que están en casa. Mueve alborotadamente su cabeza. Se desliza como un demente por el suelo, tratando de encontrar algo que le permita recordar. Entre aquel desorden, reconoce su diario de vida. Lo coge rápidamente y lee su último escrito. Tiene fecha 15 de julio del año 2007, justamente el día de ayer. Lee detenidamente cada línea. No recuerda algo de lo que aparece en el diario. No sabe quién es Ximena, Janice y Aurora. Nada de lo descrito trae recuerdos a Víctor. Camina dentro de la habitación buscando señales. Sobre su escritorio encuentra un trozo de papel que dice: “Será mejor recordar; de lo contrario, no sabrás quién eres”. Sin desprender su mirada del mensaje, toma asiento en la cama. Infructuosamente busca algún lugar conocido dentro de su mente: “¿Dónde estará mi hermana?”, se pregunta. Había olvidado que su hermana se encontraba de viaje. No sabía realmente cuál era su problema. Sus recuerdos lo dejan desnudo. Camina frenéticamente sin detenerse, maldiciendo a los aires. “¿Quién escribió aquella nota?”, piensa mientras observa la letra del mensaje, imaginándola conocida. Sin embargo, su memoria no tiene rostro. Incluso el de su hermana olvida.
Se acerca a la radio que está junto al escritorio. En el tocadiscos, observa un vinilo de Rachmaninov. Mirando de forma atónita el disco, lo inserta para escucharlo. Es extraño para Víctor escuchar Rachmaninov, porque es lo único reconocible para él. “Aragio Sostenuto”, suena en la vieja radio llena de polvo. Por un instante, se alejó de todo sufrimiento.
Sorpresivamente, mientras escucha el disco, Víctor recuerda a Ximena. Fue ella quien se lo regaló. Grita de emoción. Desde el umbral de la puerta, una clara visión ilumina los recuerdos y el aroma donde sólo puede ver a Ximena. Ve claramente su sonrisa irradiando colores a través de sus dulces y finos labios, dándole una armonía angelical a su rostro. Sus ojos, profundamente negros, forman parte de una brillante mujer que no teme al ímpetu de la verdad. En sus recuerdos, Víctor toma a Ximena de las manos acariciándolas suavemente. Las lleva hasta sus labios besándolas. Ella despierta vida con rostro de pasión. Poco a poco la luz se desvanece. También los recuerdos y la armonía. El disco había finalizado.
II
Víctor va a tomar una ducha. Mientras camina al baño, mira en cada rincón de la casa, buscando fotos, periódicos, señales que lo ayuden. Nuevamente es asediado por extrañas imágenes. No encuentra algo en el camino. Se ducha y luego se preparará un café. Suena el teléfono. Temeroso va a contestar.
-¿Diga? -pregunta Víctor.
-¡Hola amor! ¿Llegaste bien a casa? Quería saber cómo estabas.
-¿Quién habla? ¿Hermana? ¿Eres tú?
-¡Víctooor! Siempre tan gracioso -lanza una femenina voz-. Amor, antes que sea demasiado tarde, prepárate algo liviano para comer. En casa no quisiste comer. Sé que te dará hambre, pero no quiero que te enfermes y me llames en medio de la noche contándome lo mal que estás.
-¿Quién eres? -interrumpe Víctor.
-¿Qué estás tratando de decir? Acabas de estar conmigo y me preguntas quién soy, ¿con quién crees que estás hablando? ¡Por Dios! ¿Por qué siempre que tenemos un bello momento, lo arruinas con tus bromas de mal gusto? Parece que ver al sicólogo, te trae más problemas que ayuda. Llámame mañana. Estás insoportable -colgó la desconocida mujer.
Aún con el teléfono en mano, Víctor no comprendía qué estaba sucediendo; menos recordar con quién había hablado. Se lamenta no saber quién era. No podía recordarla.
“¿Desde cuándo estoy viendo al sicólogo? Qué extraño todo esto. Será mejor que vaya a dormir. Quizás mañana esté mejor”, concluyó Víctor.
Aquella noche soñó que estaba en la sala de espera de un hospital, entre cientos de sillas vacías. El siniestro lugar lo aterraba, pero sabía que debía ser atendido. El lugar era enorme, sin rastros de que alguien estuviera cerca. Desde el otro lado de la sala, apenas puede divisar una sombra. Observa un cuerpo asomarse a través de una enorme puerta de madera. Una pequeña rata merodeaba al doctor. Víctor entiende que es su turno. Camina hacia la puerta, pero no avanza. Desesperado corre para recibir ayuda, tropezando con una silla. Rueda por los suelos. Al levantarse, ve que sus manos están cubiertas de sangre. No hay alguien cerca para ayudarlo. Levanta la mirada y ve cómo un grupo de ancianos, a través de una rota ventana, lo observan. Gritan que siga corriendo. Al otro lado de la sala, la sombra aún aguardaba por él. Los ancianos lo animan para que se levante. Vuelve la mirada al doctor y ya no estaba. Vuelve su mirada a los ancianos y tampoco estaban. Observa sus manos que no sangran. Desde el otro lado de la interminable sala, aparece nuevamente la sombra con tres ratas merodeando cerca. Corre nuevamente hacia la sombra, pero tropieza y vuelve a caer. Sus manos sangran. Mira por la ventana y los ancianos lo animan. Observa al doctor y se encuentra al otro lado de la sala. Víctor despertó ahogado por los sueños.
Es una mañana gris. Siente el frío viento traspasando las ventanas de la habitación. Mira por la ventana y encuentra la maravillosa Cordillera de los Andes despertando al alba de la nueva mañana. Víctor se detiene para respirar de lo vivo. Se levanta tranquilamente recuperándose un poco del mal sueño. Frente al espejo de su armario, queda absorto en la perplejidad de lo desconocido. No puede reconocerse. Al quitarse la camisa descubre un extraño tatuaje. Es la flor de la paciencia. La identifica porque significa disciplina.
Luego de vestirse, baja a la cocina para tomar desayuno. En ese momento, alguien toca el timbre. Víctor, algo sorprendido, va a ver quién llama a la puerta.
-¿Sí? -pregunta Víctor.
-Don Víctor, le traigo el periódico -dice una joven voz
Desconfiado de quien pueda ser, mira por la ventana. Comprueba que es el joven de los periódicos. Lo deduce, porque en la parte de atrás de la bicicleta trae varios ejemplares. Abre la puerta.
-Buenos días don Víctor, su periódico -dice el joven. Su pueril rostro refleja unos doce años.
-¡Ah, gracias! -dijo al recibir el periódico. Revisa sus bolsillos sin encontrar algo de efectivo-, mira…, ahora no tengo dinero, ¿puedo pagarlo más tarde?
-No hay problema. El domingo, como cada semana
-Eh… sí, claro, como cada semana -responde Víctor haciendo ademán de volver a entrar. Se detuvo cavilando una pregunta:
-¿Qué día es hoy?
-Sábado don Víctor -responde el joven-, bueno, ya es tarde. Hasta pronto. Que tenga un buen día.
-Gracias, tú igual -dijo Víctor cerrando la puerta.
Dejó el periódico sobre la mesa. Continuó tomando su desayuno. El ruido del teléfono lo interrumpe nuevamente. Al parecer, quiere estar completamente tranquilo, pero le es imposible.
-¿Diga? -pregunta con desánimo.
-Víctor, ¿amaneciste mejor? -responde la misma voz de la noche anterior.
-Sí, claro -responde algo desconcertado. No sabe cómo continuar la inconclusa conversación.
-¿Cómo durmió mi amor? -pregunta la mujer. -Mal, tuve pesadillas. Creo que es mejor estar despierto.
-¡Qué mal! ¿Aún con tus pesadillas? Será mejor un día de descanso. ¿Te parece si vamos al campo? -dice la mujer con la mayor simpleza.
-Por supuesto -responde entusiasmado Víctor. Reunirse con aquella persona podría ayudarlo a descubrir quién es. Sabe que lo conoce-. ¿Dónde nos encontramos? -Yo pasaré por ti. Tengo el auto de mi padre. Hoy es día de viaje.
-Muy bien -responde cordialmente.
-Estoy en una hora en tu casa. Si tardo un poco, te llamo
-Perfecto, estaré esperando.
Víctor cuelga el teléfono y se dirige a su habitación. Recoge algunas prendas que permanecían en el piso y busca otras para el viaje. Está algo nervioso. No sabía quién era esa mujer, pero era importante reunirse con ella para saber más de su identidad y cuál era la relación entre ambos.
III
El timbre de la casa suena. Víctor observa a través de la ventana una dulce mujer de vestido verde que resaltaba su grácil figura de estrechos y desvaídos hombros. Su cabello está recogido en un hermoso peinado. Sabiduría e inocencia ilumina su rostro. Realmente era una mujer atractiva. Víctor abre la puerta, desconociendo la persona que llama. Probablemente sea la mujer con la que habló, pero él la desconoce por completo. Nada de la belleza unía a Víctor con algún lugar común dentro de su frágil e inestable memoria.
-¡Hola! ¿En qué le puedo ayudar señorita? pregunta Víctor.
–
-¡Qué gracioso eres mi amor! -dice la mujer cruzando el umbral de la puerta.
Al estar frente a él, lo besó en los labios. Beso que Víctor respondió casi con rechazo.
-¿Qué te pasó anoche? Estabas algo extraño – pregunta la mujer mientras acomodaba sus cosas sobre el sofá.
-Sabes…, quiero ser sincero contigo. Antes de parecer un extraño, debo decir que en realidad, no sé quién eres. Sé que me conoces, pareces ser mi novia, pero no tengo algún recuerdo tuyo. Es más, no tengo recuerdo alguno. Busco señales de mí y del mundo. No puedo lograr reconocer a alguien. Estoy desesperado. ¡Por favor, ayúdame! -dice desolado Víctor.
La mujer no responde al comentario. Se sienta en una silla próxima a la cocina. Víctor la mira preocupadamente. Lo que dijo, la entristeció demasiado. Está desorientada. Su destruida mirada lo inquieta. A la distancia, Víctor descubre una gran lágrima que corre por la mejilla de la mujer. Se acerca a ella y trata de consolarla, pero ésta aparta sus brazos.
-Víctor, estoy cansada de estar enfrentando sola esta enfermedad. ¡Tu enfermedad! Los últimos tres meses han sido fatales. Diariamente debo decirte quién eres. Diariamente enfrentar lo mismo. No puedo entender cómo no haces algo por ti. Imagina, si yo no estoy, tú no eres nadie -dijo rompiendo el silencio de la contrariada alma.
-¿Quién eres y cómo te llamas? -pregunta Víctor.
-¡Por favor! ¿Qué clase de preguntas son esas? Yo te amo. Eso debes sentirlo -dice tomándose la cabeza con sus pálidas manos. Toma aire buscando algún equilibrio. Todo es confuso cuando se ama la nada.
-Cuando besé tus labios, hace un instante, ¿qué es lo quesentiste? -continuó la frágil mujer.
-No lo sé. Un beso…, supongo -dice Víctor algo avergonzado.
-Pero en ese suave y tierno contacto, ¿no viste algo?
-Lo siento…, debo decir que no. Mi preocupación no es describir un beso. Lo lamento. No puedo ver otra cosa que un rostro desconocido.
La mujer camina por la sala, tratando de entender qué sucede. Ella conoce la situación de Víctor, pero no puede más. Fue a la cocina en busca de agua mientras piensa qué hacer. Al volver, encuentra a Víctor mirando por la ventana a unos niños jugar. No pierde la esperanza de encontrarlo.
-Mira, éste será nuestro trato: mientras viajamos al campo, te lo contaré todo, pero en esta ocasión, toma nota de todo lo que te digo, y de todo lo que descubres. ¿De acuerdo? -sugiere la mujer.
-Perfecto, me parece una buena idea -responde Víctor evitando un posible caos.
Víctor toma su abrigo y va en busca de un cuaderno y un bolígrafo. Tomó sus cosas y acompañó a la mujer hasta el auto. Viajaron en silencio hasta llegar a la carretera.
-¿Recuerdas que estuviste conmigo anoche? – pregunta la mujer.
-Mmm…, no; sólo recuerdo bajar del autobús en una densa neblina. Sabía cuál era mi casa y cuál era el camino. Todo estaba oscuro, no podía ver algo bajo la neblina. Sentía que me seguían. Llegar a casa fue realmente aterrador. Luego, estuve desnudo frente al espejo sin saber qué estaba haciendo allí. Encontré mi diario de vida, lo leí y no pude recordar lo descrito, ni menos a las personas mencionadas. Después hablé contigo. Te contesté de esa forma, porque no sabía quién eras -dice Víctor.
La mujer no responde. Nace un silencio que permitió a Víctor distraerse en el paisaje. Hermosas aves acompañan al Mercedes Benz SL 350. El paisaje de las aves junto al convertible rojo del 72, era un fiel retrato del siglo XXI. Ambos “amigos” viajan libres de mochilas y ataduras. Simplemente podían ser ellos mismos ante el contacto con la vida. De esa forma encontraban la magia del movimiento.
-Qué ganamos con levantar hermosos edificios, fabricar aviones veloces, artefactos que llegan a otros planetas, si no tenemos hombres felices que viajen y los habiten -despertó de los labios de Víctor como tal poeta recita sus versos.
-¿Qué quieres decir?
-pregunta la mujer sorprendida
-Nada; sólo recordé una frase que leí en el Metro Universidad de Chile. Es de Bertolt Brecht. Me parece profunda e inquietante. Sobre todo, si pensamos que hoy en día, nadie es capaz de detenerse para mirar a su alrededor. Todos buscan la eternidad del dinero, pero nadie disfruta lo perpetuo de la tierra. Menos entenderán lo que es la naturaleza. Puede ser que todo vuelva como antes, cuando el hombre tenía identidad con la vida. Ahora, cuando me detengo a mirar el campo y su tierra, me doy cuenta que lo único verdadero y trascendente son los viajes, porque la posibilidad de volver a nacer -dice Víctor deteniendo la mirada en unos pequeños perros. Por un instante, pudo olvidar sus extrañas ideas gracias a la belleza de aquellas praderas cubiertas bajo eternos pastos que lo hacen recordar “El Jinete Azul”, de Kandinsky. El cielo es interminable y las aves alzan su vuelo junto al viento. El florecer de los árboles da la bienvenida a la primavera, que siempre esperamos ansiosamente luego de un duro invierno. Los vientos del sur comunican cambios. Víctor cierra los ojos contemplando el radiante atardecer. Tiene la mente detenida en el tiempo, desapareciendo allí todos sus fantasmas. Las aves cantan, las praderas se abren a la majestuosidad de la primavera, la cual a través de los colores nos anuncian el fin de un ciclo. Aromas frutales son transportados por aires de nobleza. Víctor, al abrir los ojos, mira detenidamente a quien lo acompaña. Posa su mano sobre su mejilla, acariciándola lentamente. La mujer esboza una tímida sonrisa.
“Ha vuelto”, piensa Ximena.