LOS TÚNELES EN EL CAMINO

Autor: Oscar Ercilla Herrero
Seudónimo: Tim Owen
Año: 2012 – Mención Honrosa

El traqueteo del tren lo hacía adormecerse con el libro en las manos. Sus parpados caían pesados, mientras sus ojos trataban de leer por cuarta vez la misma frase.

          -Papa, me aburro –dijo el niño sentado a su lado, en el asiento junto a la ventanilla.

          El padre, despistado por el sueño, levantó la vista y miró su reloj de muñeca.

          – ¿Falta mucho? –preguntó el niño.

          -No mucho –dijo el padre, a sabiendas de que para la llegada todavía faltaban más de dos horas.

          Observó a su hijo en aquel asiento al que le sobraba la mitad y que completaba con tres muñecos en posiciones inverosímiles y poco decorosas.

          -Juega con Pinqui –le dijo su padre, tomando al oso de color azul.

          -Estoy enfadado con él –replicó el hijo, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.

          – ¿Y con ellos dos?

          -Lo apoyan a él –dijo, señalando con un dedo acusador al osito tuerto.

          -Pues ponte a mirar por la ventanilla. ¿Has visto que verde está el campo?

          Al otro lado de la ventanilla el campo cubierto de hierba se extendía hasta las montañas lejanas. Un grupo de vacas pastaba en aquel entorno idílico al paso de los vagones, a los que respondían con miradas indiferentes mientras mascaban hierba.

          -No me gusta mirar fuera –dijo el niño mientras entraban en el primero de los túneles.

          – ¿Cómo que no te gusta? –Le preguntó su padre con cara de sorpresa-. Creo que no has mirado bien lo que pasa ahí fuera.

          -No pasa nada, papa. Solo son vacas comiendo hierba.

          -Antes eran vacas comiendo hierba, pero veras cuando vayamos atravesando túneles.

          – ¿Qué pasará? –preguntó curioso el niño.

          -Observa y luego me cuentas.

          El tren salió raudo del túnel. Los postes eléctricos junto a la vía pasaban a toda velocidad, convirtiendo lo que se veía al otro lado del cristal en algo parecido a una secuencia de cine revolucionada.

          -No veo nada –dijo el niño, que había permanecido callado durante unos segundos, atento al menor cambio en el exterior.

          -Es pasando el siguiente túnel –le dijo su padre-. Han pasado tantos años desde la última vez que hice el viaje que me he despistado.

          El niño se giró y lo miró extrañado.

          -Yo hacía el mismo viaje en tren con los abuelos –dijo el padre para responder a la pregunta no formulada. El tren se adentró en una nueva herida en la montaña, mientras una luz parpadeaba por encima de sus cabezas-. Así es como descubrí todo lo que hay entre estas montañas y que solo puede verse a través de la ventanilla del tren. Lo único que tienes que hacer es mirar atentamente.

El niño se giró de nuevo y esperó, observando su reflejo en el cristal de la ventanilla.

Cuando el tren salió como una bala de cañón, la boca del niño se abrió como la de un león rugiendo. La hierba no estaba allí. Ni las vacas. El tren había atravesado un túnel a un lugar completamente diferente.

La hierba se había transformado en un desierto de arena rojiza que se perdía en un horizonte limpio de montañas y poseído por un cielo de color anaranjado. Las vacas ya no tenían cuatro patas. Ahora solo dos y una cabeza enorme con respecto a su cuerpo, en la que se adosaban dos ojos que suponían la mitad de sus rostros. Aquellos seres extraños alzaron la mirada cuando el tren pasó cerca de ellos.

El niño los miró y ellos lo miraron, sin preocuparse en ningún momento por la desnudez que dejaba al descubierto su piel blanca y áspera. Sus bocas mostraron sendas sonrisas y ambos seres levantaron sus brazos para saludar a los pasajeros. El niño levantó la mano levemente, aún con su boca abierta y extasiado por aquel paisaje que les recordaba a las imágenes de los libros sobre Marte.

Los seres volvieron a centrarse en lo que estaban haciendo antes de que el tren los distrajera al atravesar la planicie del planeta rojo.

A lo lejos, en el cielo sin nubes, apareció un punto negro que avanzaba rápidamente a la vía del tren. El niño apoyó sus manos en la ventanilla y notó como el cristal estaba caliente, pero no le importó. Su mirada estaba fija en aquel punto que avanzaba hacía el tren con una velocidad que jamás había visto en ningún objeto. A medida que se acercaba se hacía más y más grande, dándole vida una forma extraña. No se parecía a una nube, ni a un cohete. No tenía motores como un avión, aunque emitía una luz blanca que parecía fuego. Era como el plato en el que comía sus lentejas, con luces que parpadeaban como estrellas en su coraza externa.

Cuando el tren se aventuraba a un nuevo túnel, aquel objeto pasó rozando por encima del techo del vagón, emitiendo el mismo sonido del trueno.

El niño miró a su padre con la definición de sorpresa escrita en su cara.

-Sigue mirando –lo invitó su padre, y el niño le hizo caso.

Cuando el tren fulminó el siguiente túnel el desierto de arena rojiza continuaba allí, pero con sutiles diferencias. El cielo había retornado al azul terrestre y montañas con extrañas formas se elevaban en el horizonte. Todo se encontraba en calma hasta que algo golpeó la ventanilla.

El niño no supo que era al principio. Había llegado con tanta sorpresa como encontrar marcianos a pocos metros de él, pero en cuanto vio a los que montaban los caballos, lo comprendió a la perfección.

Los jinetes cabalgaban con maestría cerca del tren, sin una silla de montar o cualquier otro elemento que les ayudara a dominar a los animales. Sus cuerpos de piel cobriza estaban desnudos de cintura para arriba y los pantalones que alguna vez pudieron ser blancos ahora estaban manchados por el polvo de aquel desierto. De sus bocas salían gritos cuyo único significado era la búsqueda de la valentía en el combate.

Una nueva flecha salió disparada por el arco de uno de aquellos indios para chocar en el centro de la ventanilla. El niño estiró su cuello hacía atrás, tratando de esquivar el proyectil que nunca traspasaría el cristal.

Los gritos de la tribu se hicieron audibles en el interior del vagón hasta que un toque de corneta los acalló. Al unísono giraron la cabeza el grupo completo y estimularon a sus monturas que levantaron aún más polvo en el camino que corría paralelo a las vías.

La música se percibía en cuatro notas, cada vez más audibles, cada vez más cerca, a la par que las plumas de los indios se alejaban del tren. El séptimo de caballería hizo acto de presencia a unos cien metros de donde se encontraba el niño, con su bandera en la cabecera y su corneta elevándose por encima del sonido de los cascos de los caballos golpeando el suelo.

– ¡Yeah! –se oía por parte de los uniformados, persiguiendo a los indios en medio de aquel desierto.

La escena se cortó al entrar en un nuevo túnel. Cuando volvió a la luz del día, el exterior era bastante diferente.

La arena se convirtió en hierba y un camino grisáceo, construido por piedras redondeadas, serpenteaba hasta perderse en un bosque frondoso. Los árboles no dejaban ver más allá de diez metros del interior del bosque oscuro, donde ardillas saltaban de una rama a otra, escondiéndose en cuanto tenían la menor oportunidad.

El tren avanzaba por las vías traqueteando hasta que se encontró en una zona despejada. El camino volvía a hacerse visible y se dibujaba por una campiña verde, alargándose hasta alcanzar un castillo de piedra negra, compuesto por una torre cuadrada, que se alzaba estilizada en medio, protegida por un muro de varios metros de altura.

Las rejas del castillo se abrieron y del recinto comenzaron a salir hombres y caballos. Aparecieron caballeros con armaduras completas y lanceros, maceros que se confundían con escuderos, mientras otros solo eran tristes campesinos con una horca en sus manos. En perfecta armonía se posicionaron en filas frente al castillo, los lanceros en la vanguardia y los maceros detrás. Los caballeros y sus caballos componían la última fila, tratando de controlar a sus caballos embravecidos.

El niño creyó que se preparaban para atacar al tren hasta que las órdenes de alguien lo atrajeron a su espalda. A través de la ventanilla del otro lado se veía disponerse otro ejército, este con vitolas de color rojo. Los caballeros comenzaron la carga de inmediato, mientras los tambores retumbaban la tierra y las banderas ondeaban locas al viento. Los caballos trotaban con energía, con sus bocas apretando los bocados y lanzando babas a ambos lados.

El ejército del castillo gritaba mientras sus lanceros alzaban sus armas de puntas afiladas y brillantes.

El tren avanzaba con los caballeros más y más cerca, más y más cerca. Entonces negro.

El corazón del niño estaba acelerado como si hubiera estado toda la mañana corriendo en el patio del colegio. Aquellos caballos habían estado realmente cerca de chocar contra el tren y quien sabe que podría haber pasado si el tren no hubiera alcanzado el túnel.

Por fortuna, era más largo que los anteriores, tanto que le dio tiempo al cuerpo del niño a relajarse y volver a su estado normal de inquietud habitual.

El sol sorprendió a todos en el vagón. Colgaba a media altura en el horizonte sobre un mar de aguas claras. La arena de la playa era blanca y las palmeras se inclinaban hacía el agua de color verdoso de la orilla como si quisieran rozarlo con la punta de sus hojas.

Unas pisadas se marcaban entre las olas que barrían la playa en una lenta cadencia, dejando un ligero rastro de espuma cuando se retiraban. Un olor dulzón inundaba el ambiente y los pájaros sobrevolaban el lugar, atentos a los cangrejos que se aventuraban tierra adentro atraídos por comida fresca, cuando tal vez ellos se convirtieran en el primer plato de la cena.

El niño no supo como terminaba aquel retrato por la supervivencia. El tren se introdujo en el siguiente túnel como un taladro atraviesa una pared de yeso. El interior era más oscuro de lo normal y las luces del vagón acentuaban esa falta de luz.

La playa había desaparecido en el nuevo espacio entre un túnel y otro. En este lugar había árboles, enormes árboles que se alzaban decenas de metros sobre un suelo libre de hierba y repleto de helechos. Las hojas apenas dejaban penetrar a la luz del sol y los pocos rayos que se atrevían a atravesar esa frontera natural eran como agujas amarillentas que pinchaban el terreno.

Cuando el tren dejó atrás el bosque corrió por una inmensa explanada, en donde un volcán se alzaba majestuoso al fondo, lazando bocanadas de humo gris en volutas juguetonas, que construían formas extrañas con su lento movimiento.

Pero aquello no era lo más sorprendente. Lo eran los enormes animales que caminaban distraídos por el llano, con cuellos tan largos como los troncos de los árboles y coronados por cabezas pequeñas. Sus cuerpos eran enormes, sostenidos por cuatro patas aún más gruesas que sus cuellos y que soportaban varias decenas de toneladas de carne.

Los dinosaurios volvían a dominar la Tierra y el tiranosaurio rugía de nuevo como rey absoluto. Su figura ascendía por una colina ante la mirada desinteresada de los cuello largo, más entretenidos por comer las hojas más altas de los árboles que de protegerse de aquel depredador de patas delanteras enanas. El T-rex miraba a un lado y al otro, balanceando su cuerpo con los pasos seguros de aquel que se cree protegido de todo mal.

Hasta que algo lo distrajo, tanto a él como a la manada de herbívoros. Todos alzaron la cabeza y el niño siguió sus miradas alzadas al cielo.

Una gran bola de fuego cruzaba el aire a gran velocidad. El T-rex rugió, pero su voz fue silenciada por el sonido de lo que podría haber sido un avión a reacción pasando cerca del suelo, pero que provenía de la bola en su sobrevuelo por la Tierra.

Un instante después se perdía en la nube de polvo del volcán, apuñalándola como un vil asesino su núcleo rocoso y la estela que lo seguía. Luego llegó la luz, tan intensa que compitió con la del Sol, ganándola con tremenda facilidad.

Después fue el sonido.

Cuando alcanzó el tren, la vibración hizo temblar el cristal de la ventanilla hasta tal punto que parecía que iba a romperse de un instante al otro. Fue el siguiente túnel quien frenó esa posibilidad.

-Dinosaurios, he visto dinosaurios –dijo el niño a su padre.

-Ni me acordaba de ellos –comentó el padre.

El tren salió de la noche artificial y pasó a un nuevo mundo. La lluvia dejó de inmediato un cuadro de gotas sobre la ventanilla. El cielo grisáceo cubría una ciudad muy diferente a cualquier otra en la que el niño hubiese estado antes.

Los edificios eran enormes y más que rascacielos eran apuñalacielos, con las partes más altas cubiertas por nubes mientras que las bajas quedaban ocultas por un vapor que surgía del suelo. Millones de cristales cubrían sus muros sin reflejar nada.

Lo que más sorprendió al niño se encontraba cerca de él, a apenas unos centímetros de donde estaba. Bajo sus pies, el tren seguía corriendo a gran velocidad, pero cualquiera hubiera dicho que volaba, porque nada se veía por debajo, solo un vacio que acababa en suelo a cientos de metros de distancia.

La ciudad estaba cargada de luces que se encendían en un atardecer sin sol. Pequeñas formas volaban alrededor de las torres en una alineación perfecta compuesta por seis niveles que hubieran sido más si las nubes y el vapor no hubiesen bloqueado tanto espacio. Uno de los niveles salía proyectado por una serie de luces voladoras que marcaban un camino que se cortaba unos metros más adelante en la senda que seguía el tren y que lo atravesaría en segundos. Una de las figuras voladoras había tomado la salida de la ciudad y sus luces cada vez más cercanas anunciaban que alcanzaría el cruce antes que ellos.

Cuando ambos bólidos estaban lo suficientemente cerca, el niño supo que lo que se acercaba no era un pájaro o un avión. Era un coche como cualquier otro salvo por el detalle de que no tenía ruedas y que volaba.

El tren no disminuyó su velocidad y pasó a la carrera por la intersección, donde el coche estaba estático en el aire, flotando como si una burbuja lo contuviera. Al pasar junto a ellos el niño pudo ver a sus ocupantes. Los padres en los asientos delanteros y el hijo en el asiento de atrás contemplando con detenimiento como la mole de acero atravesaba aquel lugar en el cielo.

El niño del futuro lo saludo y el niño del tren lo saludo también, antes de que se perdiera en la lejanía y el tren se introdujera en otro túnel horadado en la montaña.

Cuando el tren atravesó este último agujero todo volvió a la normalidad. Las vacas ocupaban de nuevo el campo de hierba verde y las montañas de piedra caliza se alzaban como lo habían hecho desde más del que podían recordar.

El niño se quedó en silencio el resto del viaje, sonriendo al mirar al exterior, mientras su padre consumía capítulos.

El tren entró en la estación acristalada tocando su silbato. Los andenes estaban llenos de gente, unos para tomar un tren que salía, otros para recibir a los que llegaban.

El niño y su padre bajaron con calma. El padre cargaba con dos abultadas maletas mientras el niño sujetaba como podía a sus tres muñecos.

-¡Abuelo! –grito el niño, que se lanzó corriendo a los brazos de un señor canoso.

-Hola papa –dijo el padre, apoyando las maletas en el suelo para darle la mano a aquel hombre-. Hola mama –y beso en la mejilla a la mujer que lo acompañaba.

-He visto dinosaurios, abuelo –le contó su nieto, mirándole desde abajo.

-Eso me lo tienes que contar en casa –le dijo el abuelo, mientras la abuela le tomaba de la mano y se encaminaban a la salida.

Ambos hombres tomaron las maletas y caminaron siguiendo a su mujer y al niño.

-Así que los ha visto –le comentó el hombre canoso.

-Exactamente igual que yo de pequeño, pero esta vez no he visto nada, papá –le confesó.

-Es extraordinaria la mente de los niños, ¿no lo crees?

Ambos caminaron por el andén, mientras los trenes partían de regreso a los túneles.