EL NAVEGANTE

Autor: Ximena Del Carmen Salazar Bobadilla
Seudónimo: Carmen Sabo
Año: 2013 – Mención Honrosa

El rumor corría por todos los rincones de Palos, la gente se mostraba incrédula, pero fascinada con la idea de explorar nuevas vías marítimas para evitar el paso por el Mediterráneo. Los mercados, colmados de gente pregonaban historias fantásticas de horripilantes monstruos, abismos infernales y toda clase de barbaries que los viajantes deberían sortear.

          Quién quería correr el riesgo de caer al más espantoso precipicio y morir en las profundidades del océano. Era un tal Cristoforo,  el que con audaz vehemencia llamaba a los más osados y experimentados marinos a vivir la aventura de sus vidas: morir o llenarse de gloria y riquezas.

          No dudé en infiltrarme en tal empresa y hacer desaparecer mi cuerpo de algunos “problemillas” que me tenían entre unos buenos azotes o un buen tiempo en el calabozo.  Sin ninguna experiencia  y con grandes deseos de aventura  partí rumbo a lo desconocido en la bodega de la pequeña embarcación, camuflado entre sacos de garbanzos y arrobas de vino. Desde allí fui testigo  del arrojo  y decisión de una reducida tripulación que se dividió en tres embarcaciones, partiendo  un día muy de madrugada, aun así, Palos se despobló para dar  bitores y llenar  de gloria y buenaventura a ese valiente puñado de hombres.   

__ ¡En el nombre de Jesús, levar anclas y largar los aparejos!__ gritó el almirante, con una leve sonrisa en el rosto y sacudió su gorra al viento en señal de despedida de la gran multitud que se encontraba en el muelle.

__ Al partir, sentí alivio de dejar esas tierras que me habían brindado pobreza, conflictos legales  y mucha desazón. Sentí también el temor natural que se produce al ir en dirección a lo desconocido e incierto, pero ya estaba allí, escondido, solo y harapiento.    En unos minutos dejamos atrás toda civilización y quedamos flotando en medio de la mar, seguida por las otras dos naves.

En principio, Cristoforo, el almirante, se veía confiado y alegre e infundía esa misma disposición a toda la tripulación.   Todos tenían una función que cumplir y el maestre vigilaba el orden y cumplimiento de los deberes diarios.

Desde mi claustro escuchaba comentarios, gritos, peleas, canciones e instrucciones.  La tripulación se levantaba   muy  temprano, casi al alba,  después de las oraciones, comenzaba la fregatina de la cubierta, con duras escobas y mucha agua salada.  Algunos hombres pescaban, lavaban su ropa con agua salada, otros cocinaban y después hacían vida social, contaban historias, bebían mucho vino y siendo ya de noche  se emborrachaban.  ¡Ese era mi momento! Entonces salía de mi escondite en busca de comida, sólo encontraba bizcochos dulces  duros como una piedra, había que mojarlos en vino, para hacerlo masticable. También había pan… pero había que  ‘compartirlo’ con gusanos y gorgojos. 

          Pasaba la noche en la proa disfrutando del cielo estrellado y del viento azotando mi rostro enjuto y cansado. El viaje transcurría lento, monótono e incierto y no estaba ajeno de rencillas:

__ ¡Garbanzos y pescado, garbanzos y pescado! _ reclamaban cuando se les ponía el plato delante de sus narices.

__ ¡Esta comida apesta, hoy comeremos solamente pan con gusanos! _ decían otros con alboroto y golpeando las mesas con los duros trozos de pan verde por los mohos.

El almirante con cara de sarcasmo desde su posición gritó:

__ ¡Estoy harto de sus quejas,  enviaré un wasap para que les hagan llegar  pizza y terremoto a los muy badulaques!

Por fracción de segundos se produjo un silencio total.  El  mar y el viento  se paralizaron y hasta la nave pareció quedar suspendida en el aire, porque por esa misma fracción de segundos no sentí el vaivén que trasladó mi estómago a la garganta desde que me enclaustré en esta obscura, hedionda e  inhóspita cueva.    Esos rudos hombres al unísono se miraron y como por arte de magia se dibujó un enorme y fosforescente signo de interrogación en sus arrugados, peludos  y resecos rostros.   

Luego de este lapsus, los hombres clavaron su vista en el poco apetecible plato de garbanzos y comieron calladamente, como niños reprendidos por sus padres.

El almirante se encerró en su cabina y no se le vio ni se le escuchó más por todo el día.   

La noche llegó fría y el viento azotaba con más fuerza que nunca, me escabullí hacia la cocina y no encontré más que ratones que iban y venían en todas direcciones.  Cogí unos panes mohosos que mojé en agua salada y unos puñados de nueces rancias que fue lo único que pude entregarle a mi débil estómago.

 A poco andar del día…quien sabe cuál día de la semana, los desmotivados marineros hicieron un nuevo berrinche.  Esta vez porque añoraban los garbanzos, en la bodega, solo quedaban unas pocas lentejas, nueces y uno que otro bollo duro como palo.

__ ¡Queremos regresar!, esto es una locura, tenemos hambre, sed y ganas de pisar tierra_ decían algunos.

__ ¡Esto no conduce a nada! ¡Cuánto tiempo seguiremos navegando, moriremos aquí y no habrá riquezas ni gloria para nadie! _ vociferaban otros audiblemente molestos.

__ ¡Cállense insubordinados! _ gritaba por otro lado el maestre Francisco, que era el brazo derecho del almirante. 

__ Yo metido en mi cueva pensaba,  a qué hora sale otra vez Don Cristoforo y se manda  una de las suyas, pero quizás en qué menesteres estaba porque no asomó ni la boina.  El mal fue para mí,  porque los marineros se la tomaron en serio y comenzaron una revuelta de proporciones, estiradas y encogidas, empujones, manotones y entre el maestre y otros marinos de sangre fría comenzaron a darles con todo. Gritos, insultos, golpes y yo me empecé a perseguir sólo… aquí va a quedar la mortandad pensé, me escapé de la bodega y me metí en la cocina, allí estaba cuando llegaron unos agarrados como perro y presa, sangrando, jadeando la furia  y golpeándose sin piedad.  En eso aparecen otros rodando por las escaleras en la misma situación, quebrando todo a su paso, destruyendo y maldiciendo. Ciegos  por la ira ni siquiera me vieron parado como estatua asustada, corrí hasta la cubierta y sentí un guatacazo por el espinazo que me tiró a tierra, bueno, ese es sólo un decir, porque por miles de kilómetros a la redonda lo menos que se veía era tierra, más bien me tumbaron al piso, me arrastré a lo soldado en punta y codo y pude ver que el marino que me cascó por las costillas ni se enteró de mi presencia, era puro darle y darle a todo lo que se moviera, yo pensaba:

__ ¿Qué puta de trámite estará haciendo el almirante que no sale a parar la mocha?

Y así nos más fue, que estando cada uno en lo suyo, se escucha un estruendo como de acabo de mundo, una explosión en el mar que nos dejó a todos sordos y otra vez paralizados mirando hacia la cabina del almirante, quien nada más asomó una mano y tiró algo así como una esfera al agua y ¡pum! Se levantó el agua no sé cuántas millas más arriba de las velas, como si hubiera caído el mismísimo sol al mar.  Y ahí nos quedamos petrificados, goteando sangre por las heridas de guerra y goteando agua salada por lo empapados que quedamos todos, incluido el dantesco escenario instalado en la cubierta de la embarcación, donde sólo había destrucción.

Al almirante, parado en medio de nosotros, no parecía importarle todo el desastre en su poco confortable carabela, tenía los ojos clavados en el extraño que hacía su aparición en medio de la batahola, o sea en mí. Como todos notaron la insistencia de su mirada, voltearon también sus cabezas y recién repararon en mi desaliñada presencia. Con la impresión de sentirme observado por todos esos gorilas, por los días de encierro y por el poco alimento ingerido, sentí que la sangre  me subía a la cabeza y no supe más del mundo.  

          Luego de los interrogatorios, los por qué, cuándo y cómo, me sentenciaron a realizar todos los quehaceres del barco, mientras estuviera a bordo.

Dentro de la convivencia diaria y ya aceptado a regañadientes en el grupo me tuve que hacer cargo de asear completamente el barco, lavar la ropa de toda la tripulación y de fregar también todos los trastos de la cocina, que a decir verdad,  ahí ya no quedaban ni los ratones.  

__ ¡Rodrigo, tráeme la ropa!   Me gritaba el maestre, saliendo a la superficie luego de haberse dado un buen chapuzón.

__ ¡Rodrigo,  hasta que hora te espero para que me limpies las botas!  _vociferaba por otro lado Don Cristoforo.

Iba y venía todo el día sin descanso, aun así, eso era mejor que estar escondido en la húmeda y obscura bodega.

Un día Don Cristoforo me dijo: __ Quiero que hagas una estricta limpieza en mi cabina, porque desde que estamos navegando, nadie ha pasado por allí ni una pluma.

__ ¡A su orden mi Almirante! _ le dije de muy buena gana. Después de todo gracias a ese navegante, yo andaba con plena libertad por todos los rincones de la Pinta, como le llamaban a la embarcación.

En su cabina había tanta cosa extraña, que seguramente eran parte de la entretención de mi almirante, de seguro, ese era el motivo por el cual pasaba todo el día encerrado en ella.

Encima de su pequeño escritorio había una cajita negra que estaba abierta como un libro, tenía algo así como una ventana luminosa de color celeste, donde se veía una palabra algo así como Windows® 7 Home Premium, para limpiarlo bien junté ambos lados y sobre una de sus superficies con unas letras plateadas decía “Lenovo”, que significaría eso, no tengo idea, pero lo más extraño todavía fue otra cajita más pequeña, que de pronto comenzó a vibrar, se llenó de luces y de ella salía una dulce música, mientras en la ventanita que tenía decía: “Isabel llamando”.

__ ¡Es bien extraño este Señor Cristoforo! _ pensé, parece que viniera de otro mundo.

El maestre, era un tipo poco amigable y al parecer no le gustaba para nada la confianza que Don Cristoforo poco a poco me estaba entregando, así que le cayó como rayo cuando el almirante me autorizó a subirme a lo más alto de la nave: la cofa, desde allí, parecía que podía  tocar las estrellas con las manos, cielo y mar, mar y cielo, una masa de agua sublevada por el viento, un paisaje monótono teñido de celeste claro,  nunca había sentido tal sensación de libertad.

Con el pasar de los días escuché a los hombres comentar que había una jugosa recompensa para el primer marino que avistara tierra, de ahí la molestia del maestre al verme en la cofa, una molestia poco fundada porque yo no era parte de la tripulación.

 __ Por las noches, Don Cristoforo se encerraba en su cabina, no creo que, a dormir y soñar con nuevos mundos, yo creo decididamente que se quedaba toda la noche despierto con sus juguetes. La Tripulación se emborrachaba con los rastrojos de vinagre que quedaba y yo pasaba la noche en la cofa, no para ver tierra, sino para ver más de cerca el cielo lleno de luces centellantes que iluminaban mi obscura alma errante y solitaria, nunca me sentí tan libre y pleno.

          El almirante me decía con frecuencia:

__ ¡Rodrigo,  según mis cálculos y mapas, pronto  llegaremos a tierra firme, así que no pierdas de vista el horizonte!

          Así fue como un día, cuando el sol comenzaba a extender sus primeros y débiles rayos, casi como un espejismo, a lo lejos… muy a lo lejos, se avistaba tierra firme:

__¡Tierra, tierra, tierra a la vista! Fueron las palabras que despertaron a la dormida tripulación que poco a poco fueron  sumándose a la algarabía y festejos al por mayor, mientras Don Cristoforo, hinchado y feliz, agarró la cajita chica luminosa y musical y encerrado  en su cabina, hablaba, no sé con quién, pero estaba dichoso, como nunca antes  lo había visto.