Autor: Emilio Vilches Pino
Seudónimo: Emilio Vilches
Año: 2009 – Mención Honrosa
Ella tomó un taxi.
-salgamos de acá, yo le iré indicando, por favor.
-ok
-¿tiene fuego?
-aquí tiene.
-gracias.
Ella dio una pitada. El taxista miró sus piernas por el retrovisor.
-fumar no es saludable.
-conducir un taxi no es saludable.
Pausa. Llevaba una falda negra ajustada hasta casi las rodillas, unas botas largas del mismo negro, una chaqueta marrón también ajustada y unos guantes que seguidamente cubrían todo el antebrazo.
-escapar no soluciona nada- dijo él.
-¿y qué le hace pensar que escapo de algo?
-prácticamente lo tiene escrito en la frente.
Pausa. Silencio. Era cerca de las seis de la tarde.
-está bien, me ha descubierto- dijo ella.
Cruzó sus piernas mientras acomodaba sus grandes lentes oscuros y botaba el humo en forma de círculos. Luego continuó:
-acabo de matar a un hombre.
-¿Que acaba de matar a un hombre?
-lo que oyó.
Pausa. Luz roja. Un niño limpia el parabrisas. Cien pesos.
-¿y cuál fue la causa?
-¿la causa?
-porqué mató a un hombre.
-me engañaba con otra.
-¡vaya motivo para matar a alguien!
-no soporto las mentiras.
El taxista palideció. Miró sus pechos por el retrovisor. Ella tenía unos treinta y tantos; él más de cincuenta.
-el tipo aquel debe haber sido un tarado. Con una mujer como usted, buscar a otra es casi un pecado.
-no intente pasarse de listo conmigo, taxista.
-no intento pasarme de listo. Solo digo lo que está a la vista.
-¿usted no engañaría a una mujer como yo?
-¿es necesario que lo repita?
Ella apagó el cigarrillo, buscó un cosmetiquero en su cartera, abrió el espejo y comenzó a pintar sus labios de un rojo endemoniadamente vivo. El taxista la miraba por el retrovisor.
-¿y qué se siente?
-¿Qué se siente qué?
-Ser una asesina.
-no intentes pasarte de listo conmigo, taxista.
-no intento pasarme de listo. Sólo es una pregunta.
-bien, creo que me siento excitada.
-¿excitada?
-lo que oye.
Cerró el cosmetiquero, se acomodó el sostén, se tomó el pelo y cambió de piernas. El taxista observó todo esto por el retrovisor.
-¿y donde irá?
-¿perdón?
-que dónde irá. Qué hará ahora.
-no lo sé. Quizás me acueste con un taxista y luego me pegue un tiro en la sien.
-¿habla en serio?
-siempre hablo en serio.
-no creo que sea lo mejor pegarse un tiro en la sien.
-tiene razón. Quizás me lo pegue en la boca.
-y lo de tirarse a un taxista…es algo bastante más sano que lo del revolver- dijo él, notoriamente excitado.
-depende de cómo lo mire.
-¿y si la denuncio?
-no intente pasarse de listo conmigo, taxista.
-no intento pasarme de listo. Sólo es una pregunta.
-sabe, realmente me está aburriendo, taxista.
-¿sí? Demasiado tarde. Cagaste.
El taxista dobló en la esquina. Cerró los seguros automáticos y aumentó la velocidad.
-no es por aquí, pare el auto.
-sé que no es por aquí, ahora vamos a otro lado.
-¿sí?
-sí
Ella parecía absolutamente indiferente a las intenciones del taxista. En realidad, era indiferente. Incluso sonreía. Abrió nuevamente su cartera, sacó un frasquito blanco, lo abrió y sacó unas pastillas que puso en su mano. Luego se las tragó. Eran tres o cuatro pastillas.
-¿qué es eso que tomaste?
-eso a usted no le interesa.
Pausa especialmente larga. Cuando el taxista volvió a mirar por el retrovisor ella estaba pálida, con la mirada perdida. Se preocupó.
-¿cómo te llamas?
-…
-contéstame, ¿cómo te llamas?
-¿y para qué quiere saberlo?
-me interesa.
-me llamo Brenda.
-bueno Brenda, tienes mala cara. ¿Te sientes bien?
-mejor que nunca.
-no me tomes el pelo, estás pálida.
-váyase a la mierda, taxista.
Pasaron unos minutos. Ella abrió nuevamente el frasquito y sacó esta vez todas las pastillas que quedaban. Se las tragó de una vez. El taxista seguía todo por el retrovisor.
-no deberías hacer eso.
-¿hacer qué?
-tomar tantas pastillas.
-cállese.
Pausa. Él la miraba por el espejo, y ella lo notó.
-¿le parezco atractiva?-preguntó al fin.
-si no me parecieras atractiva no te haría esto.
-¿hacerme qué?
Él giró la cara y la miró a los ojos por primera vez.
-¿acaso no te has dado cuenta?
Entró por un callejón solitario, bajó la velocidad y encendió las luces. Siguió derecho unos minutos, luego tomó un desvío hasta un “peladero”, apagó las luces, entró y se detuvo; estaba bastante oscuro y solitario. El taxista se pasó al asiento trasero y se acomodó al lado de ella.
La tarde seguía su curso; un perro ladraba a lo lejos.
Comenzó a meterle mano entre sus piernas, acariciando sus muslos; ella no respondía, tampoco oponía resistencia. Entonces el taxista acercó su boca a los labios de la mujer y la besó…pero, pero…se apartó un poco, y ahí estaba eso, esa cosa asquerosa que había sentido en la boca, una espuma amarillenta, espesa, cálida. Bajó el vidrio e intentó vomitar. Ella estaba absolutamente blanca, inconsciente, con los ojos abiertos. La saliva espumosa le salía por la boca a borbotones. Se pasó de un salto al asiento delantero y echó a andar el motor.
-loca de mierda. No te mueras acá en mi taxi. Respira, respira. ¿Me escuchas?
Ella no escuchaba.
Le tomó el pulso: débil. La recostó, le acomodó la ropa como pudo y apretó el acelerador.
Cuando ella despertó estaba ya bastante entrada la noche. Se encontró tendida en una cama que no conocía, en un lugar que no conocía. Miró alrededor. Miró hacia arriba. Estaba ahí el taxista y un hombre con pinta de médico mirándola. Al parecer le habían puesto algo en su pecho, sentía una clavada. Su camisa estaba desabotonada. Era una habitación oscura, algo sucia, llena de botellas y revistas (luego notaría que eran pornográficas). La pintura verde pálido de las murallas estaba toda descascarada. Miró por la ventana, estaba seguramente en un segundo o tercer piso.
-bienvenida al mundo nena- dijo el taxista.
-casi te nos mueres, tuviste suerte- agregó el con pinta de médico.
Luego cruzaron algunas palabras, se dieron un apretón de manos y se despidieron. El que parecía médico tomó su maletín y se fue. Él y ella, nuevamente solos.
-y bien ¿qué te parece mi departamento?- dijo el taxista, mientras se sentaba en la cama.
-una caja de fósforos- dijo ella, un poco débil aún.
-bueno, no esperarías un cinco estrellas.
-¿qué me hicieron?
-te salvamos la vida. Te drogas demasiado para ser tan hermosa.
Se miraron a los ojos unos momentos:
-saliste en la tele. Te busca la policía.
Pausa.
Luego continuó:
-Está vivo, se salvó. Lo encontraron sus padres, por poco muere desangrado.
-entonces se salvó- dijo ella, evidentemente emocionada.
-es lo que dije.
El taxista se levantó de la cama. Entró al baño sin cerrar la puerta y orinó.
-oiga, taxista.
-dime, Brenda.
-¿ya no quiere tocarme?
-es mejor que te vayas de aquí nena.
-¿no quiere tocar mis pechos?- y se abrió la blusa para mostrárselos.
-será mejor que te vayas, ya estás bien.
-¿usted no engañaría a una mujer como yo? ¿Verdad?
-será mejor que te vayas.
Pausa.
Ella se levantó, se abotonó la camisa aún algo sucia con saliva y vómito. Se tomó el pelo y arregló su falda. Miró a los ojos al taxista y dijo:
-¿cómo te llamas?
-¿y eso qué importa?- respondió él. Y tenía razón.
Entonces ella tomó su bolso y se fue.
El taxista miró por la ventana, la vio parada en la esquina. La luz de la luna iluminaba su silueta. Era hermosa. Un taxi se detuvo y ella subió; reanudaron la marcha avenida abajo.
Él volvió al baño, se miró al espejo; “¡Vaya día!”, pensó. Mojó su cara y su pelo. Notó que la barba estaba bastante crecida. Fue al refrigerador y sacó una lata de cerveza, la abrió y le dio un buen sorbo. Tomó una revista, la ojeó. Pensó en Brenda. Se bajó el pantalón y se masturbó en su honor.
Ahora sí se sentía preparado para el turno de la noche. El turno de noche era ciertamente el más pesado.