UN VIAJE INSOSPECHADO

Autor: Carlos Emilio Mulsow García
Seudónimo: Emilio García
Año: 2011 – Primer Lugar

Despegó en su nave a máxima potencia, atravesó el portal justo antes de que se cerrara y alcanzó la velocidad de la luz en menos de siete segundos.  La Tierra se encontraba en su punto orbital más distante al Sol, por lo que no le resultó difícil hallar una ruta estelar desocupada entre la materia negra.  De allí en más el viaje sería unidireccional, así es que activó el piloto automático y se dispuso a despejar de su mente todo pensamiento pendiente, para así aligerar la carga y facilitar el proceso de desmaterialización que tendría lugar al salir de la galaxia, antes de pasar a velocidad taquiónica.  Dicho proceso no es nada sencillo, puesto que, al ir tan rápido, los pensamientos tienden a prolongarse y las emociones que son expelidas del cuerpo se materializan como una estela tras la nave, lo que enlentece el vehículo, enrarece el vacío y entorpece el tránsito interestelar.

Cerró los ojos y recordó la vez que le mintió a su padre para ocultar su responsabilidad en la muerte del gato del vecino y cómo, a pesar de que entonces era sólo un niño, el remordimiento lo había acompañado toda su vida y acabó volviéndose la principal motivación que lo llevó a convertirse en veterinario.  Pensó en el cojo del que se burló junto a unos amigos siendo aún un muchacho, y en la expresión de tranquila compasión con que él los miró.  Deseó no haber golpeado tan fuerte a su hermano la vez que se pelearon por la propiedad de la bicicleta del primo Jano, quien se las dejó de regalo antes de emigrar al extranjero.

Todos estos pensamientos le provocaron una inesperada exaltación, a raíz de la cual su nave comenzó a desacelerarse en cuanto hubo sobrepasado el límite de la Vía Láctea.  Dado que en ese estado no es posible alcanzar velocidad superlumínica, tuvo que parar a descansar, a meditar y a reconsiderar.

Cuando se hubo detenido, oyó unas cuantas voces a su alrededor, las que parecían hablar sobre él con preocupación, aunque no lograba divisar a nadie.  El propulsor de la nave se detuvo por completo, y por lo tanto también su respiración y sus latidos.  La única manera de aislarse del ruido externo para volcarse a sí mismo y sacar algo en limpio que le permitiera seguir avanzando, era poniendo su vida en pausa, así es que se entregó a la nada y sobre ella esparció su alma.  O lo que él creía que era su alma.

“Es demasiado pronto”, oyó que una voz le dijo.  “Es que siempre llego antes a todo” replicó él sin palabras, y le pareció estar dialogando consigo mismo.  “Tómate la vida con más calma”, respondió la voz con un sonido envolvente que se convirtió en un eco retumbante, el cual, en lugar de disiparse, fue cobrando más y más intensidad hasta generar una resonancia tal, que la nave comenzó a vibrar.  Dicho fenómeno es extrañísimo en el espacio exterior, lo que le hizo preguntarse si acaso estaría pasando a otra dimensión.  Sintió sus dientes castañear, su cuerpo agitarse convulsivo, sus pulmones completamente vacíos y anheló tener un poco de aire para dar un último respiro.  “Justo castigo –pensó– para un tardío arrepentido”.  Su pecho comenzó a contraerse intermitentemente, como queriendo despertar al corazón y a todo el cuerpo de ese letargo culposo que lo tenía suspendido a millones de años luz de cualquier sitio habitado, pero él seguía tal cual y ahí mismo, expiando sus maldades de niño.

En medio de la nada, con los ojos cerrados y por primera vez abierto a aceptar sin reparos lo que fuera que estaba a punto de ocurrir, descubrió sonidos que en la Tierra no es posible percibir, vivió una eternidad en un momento y entendió lo que es vivir sin tiempo, vació de su mente todo pensamiento y albergó en su pecho los más puros sentimientos, todo por un período tan largo y tan corto a la vez, que le pareció fundirse con el viento cósmico que se colaba suavemente entre los átomos de su adormecido cuerpo.

El chillido agudo de una sirena le llegó desde lejos.

La ausencia de horizontes y la apacible tranquilidad que lo abrazaba, fueron inundando su ser de una paz exquisita hasta hacerle vibrar casi a la misma frecuencia que el sonido subyacente del universo.  “Debo estar en el cielo”, fue lo último que pensó antes de que, por fin, consiguiera poner su mente en blanco.

En ese instante, justo cuando empezaba a ver sin mirar y a entender sin pensar, proveniente del infinito, surcando el éter a una velocidad inimaginable y en dirección opuesta a la que él se desplazaba, un potente rayo eléctrico impactó de lleno en su pecho, como si de un poder mágico se tratara, reanimando de inmediato cada célula de su cuerpo y trayéndolo de vuelta a su planeta de manera instantánea, momento en que el aire una vez más entró en sus pulmones y la sangre volvió a correr por sus venas.

El sonido de la sirena cobró más fuerza.  Una máscara le cubrió la cara y el frío escozor del oxígeno invadió su nariz y su garganta.  Se sintió débil y notó que estaba de espaldas.

Abrió los ojos y distinguió a un hombre y a una mujer que lo miraban.

–¿Dónde estoy? –preguntó confundido y con una voz muy flaca.

–Volvió, gracias a Dios… –dijo la mujer, y se reclinó aliviada.

–Tranquilo.  Vamos en una ambulancia, camino al hospital –dijo el varón, quien no le apartaba la mirada.

–¿Qué pasó? No recuerdo nada…

–No hables –respondió él–.  Tuviste un accidente; volaste por el parabrisas y estuviste inconsciente.  Pero tuviste suerte: caíste sobre tierra blanda.

Y entonces recordó con quién viajaba.

–Mi hermano… él iba…

–Shhh… No hables.  No te muevas.  No pienses en nada.  Estás policontuso y tienes una clavícula fracturada.  Pero vas a estar bien, tómatelo con calma.  Tu hermano va en otra ambulancia.  Ahora descansa.

En su mente regresó a la infancia y se paseó por aquellas tantas tardes de verano en las que él y su hermano jugaban a los viajeros del espacio, a bordo de sus naves de cartón pintadas con témpera, en las que surcaban mil y una galaxias dentro de los confines del patio de la casa, atravesando portales y desmaterializándose una y otra vez para viajar más rápido que la luz, tal como en las películas de las que eran fanáticos.  Imaginó esos lugares fantásticos sin gravedad y sin aire, en los que juntos compartieron momentos imborrables, admirando esas estrellas, esos cometas y esos cuerpos celestes no visibles desde la Tierra, a millones de años luz de la casa y de la escuela.  Y divisó a su hermano alejándose en su nave, quien, justo antes de perderse en la inmensidad del firmamento, miró hacia atrás y le hizo señas.