UN PROYECTO SOBRE RUEDAS

Autor: Sigisfredo Segundo Sandoval Sandoval
Seudónimo: Ssan
Año: 2010 – Cuento Más Simpático

Todo comenzó cuando la comunidad de don Juan Marinao se adjudicó un proyecto del gobierno que entregaba una micro como transporte comunitario. Dicha comunidad se encuentra bastante alejada del camino principal, aquel que conecta con el pueblo y lo que nos llega de modernidad. Para los que conocen el campo han de saber que aquí todos los tramos son largos, lo que ha hecho que por años todas las familias posean su vehículo particular, uno que avanza bastante lento pues sus motores no se miden por caballos, si no por bueyes de fuerza, que son siempre dos, con patas todo terreno. Para estos vecinos la llegada de una micro era simplificarles merecidamente la vida, por lo cual no dudaron en postular al proyecto de la locomoción comunitaria la que posteriormente les haría relegar los bueyes sólo para trabajar la tierra y llevar el trigo al molino. El asunto es que en un corto plazo se adjudicaron el proyecto. Planificaron y se asesoraron bien, pagando la instrucción necesaria para que uno de los dos hombres que sabía conducir, aprendiera algo de mecánica y asumiera a su cargo la micro, la que comenzó a recorrer desde la comunidad de don Juan Marinao hasta el camino principal. Funcionaba y tenía muy buen aspecto, al igual que la cara de sus usuarios. Se veían radiantes, alegres y orgullosos. Pero como la envidia siempre ha existido en todas partes, no faltó más para que algunos habitantes de mi comunidad la de don Macario Paillán, vecina a la de don Juan Marinao, se sintieran tocados en su ego y desearan también tener una máquina. El hecho es que rápidamente se convocó a una reunión. La señora Herminia Cuminao, una mujer pequeña, pero de gran carácter, era la presidenta de la directiva, la que dio carácter de urgente a la asamblea que tendría como objeto acordar la postulación al proyecto que entregaba una micro a aquellas comunidades indígenas que realmente lo necesitaban. A esa reunión fuimos casi toda la comunidad, lo que significa un representante por familia, es decir unas treinta personas. Yo por mi parte fui mandado pues nunca me han gustado esas cosas. Con el respectivo retraso y estando la gran mayoría presentes, la señora Herminia cerró la puerta y dio por iniciada la reunión diciendo: Buenos días vecinos, como todos ustedes saben, la comunidad de don Juan Marinao postuló a un proyecto con el que se ganaron una micro en la que se pasean todos los días. ¡Yo junto a varios de ustedes, creemos que no es posible que nosotros no tengamos una igual! Los murmullos en el comedor de la sede no se hicieron esperar. Casi la totalidad de los vecinos ya habían sido hablados por la directiva para que apoyaran la postulación al mencionado proyecto, que particularmente para nuestra comunidad no era necesario, pues vivíamos a orillas del camino principal por donde pasa el bus que por siempre nos ha llevado al pueblo sin mayores inconvenientes. Tras unos minutos de intenso susurro y luego de contarles a algunos vecinos por qué mi papi no había venido, comencé a ponerme nervioso y a buscar las palabras y el valor, para decir lo mejor posible lo que él me había encargado. Sin pensarlo mucho, repentinamente me puse de pie, levante la mano y dije: Vecinos, he venido en representación de mi papi don Jaime Perquilaf, quien no pudo asistir porque anda a la siga de la máquina cosechera. Sin embargo, me pidió decir que mejor sería postular a un proyecto que nos entregue una máquina enfardadora y así no tener que pagar cada año para hacer nuestros fardos. El murmullo volvió a surgir, había alzado la voz y me habían escuchado. Tomé asiento con la satisfacción de haberle cumplido a mi papi. Luego de eso, mi mente se fue del lugar hasta el momento en que la señora Herminia volvió a hablar, esta vez con un evidente tono de soberbia: Haber, la cosa es bien clara. Yo con la directiva estamos dispuestos a realizar todos los trámites que haya que hacer para que tengamos una micro y así no ser menos que los de don Juan Marinao. ¡Eso, si todos están de acuerdo! Tras estas palabras, me quedó claro que mi intervención había sido en vano. La reunión no era para proponer nuevas ideas, sino para comunicar la postulación al proyecto, asunto que doña Herminia, mujer obstinada como ella sola, ya tenía decidido. Además, nadie estaba dispuesto a contradecirla. A final casi toda la comunidad se comprometió con la causa y acordaron hacer lo imposible por sacarla adelante, y digo casi, porque nuestra familia, que éramos mi papi y yo, siempre encontrábamos que era un asunto “sin patas ni cabeza”. Durante las siguientes semanas la directiva realizó diversas gestiones, y doña Herminia muchas veces despreocupó su casa, para reunir firmas, entregar papeles o entrevistarse con alguien del municipio. Todo por la micro. Pasó el tiempo y los de la comunidad de don Juan Marinao aprovechaban y se lucían arriba de su locomoción, mientras algunos de mis vecinos, en especial los más comprometidos con el proyecto miraban con envidia y esperaban afanosamente su momento. Fue tal la magnitud del asunto que varias personas de ambas comunidades cambiaron absurdamente sus relaciones de convivencia, muchos incluso se quitaron el saludo, todo a causa de esta rodante diferencia. Como el que la sigue la consigue, y de eso no hay que quitarle mérito a nuestra directiva, luego de un par de meses fuimos también favorecidos. Increíblemente sin necesitarlo, íbamos a disponer de una micro nuevita cero kilómetros. Llegó el momento en que nos harían entrega de la máquina, y los preparativos debían estar acorde a la circunstancia. Se consiguió y adornó el colegio del sector no estimando en gastos ni esfuerzos para recibir el transporte. La expectación era grande, tan grande como para reunirnos a todos y de igual modo derrumbarnos de cuajo cuando vimos venir una tremenda micro amarilla manejada por el mismísimo alcalde, era larga y chata adelante, igual a las que había antes en Santiago. Todos los que estábamos ahí quedamos para dentro, y no faltó el que echó su garabato. Es que claramente no era lo que esperábamos. Nuestra micro iba a ser nueva y mucho más pequeña, igual a la de la comunidad de los Marinao, no lo que estaba frente a nuestros ojos. Rápidamente las miradas apuntaron a la señora Herminia y la directiva, quienes se desentendían aparentando no estar asombrados ni decepcionados como \nosotros El alcalde por su parte, más moreno y risueño que nunca, estacionó la micro en la cancha del colegio y comenzó a saludar a cuanta persona había, incluso a los más chispeantes que de tempranito ya degustaban los chimbombos de chicha de manzana que por aquí abundan. Aquel día hubo discursos, rogativa y como es costumbre para los magnos eventos se mató una vaquilla. La celebración fue en grande, pero nosotros con mi papi sólo nos quedamos un rato, no queriendo ser inconsecuentes con nuestra postura en contra del proyecto, más ahora que frente a los últimos hechos nos creíamos con mayor razón. Dos días pasarían para que se convocara a una nueva reunión, esta vez para dar explicaciones por la micro amarilla y determinar cuál sería su destino inmediato. En aquella asamblea la directiva informó por qué nos llegó una máquina usada, explicando que los fondos del proyecto habían bajado considerablemente y esa era la única micro a la que se podía optar, pero que sin embargo estaba buena y prontamente la inauguraríamos con un paseo a la ciudad. Bajo el afán ciego de no ser menos que nuestros vecinos, nunca se pensó qué haríamos cuando ganáramos el proyecto, teniendo que en esa misma reunión con la micro todavía en el colegio, elegir quién la manejaría y donde guardarla. Don Pedro Railén, un hombre sunco a causa de su trabajo en un aserradero móvil, se ofreció para manejarla, pero todos dudaron si podría hacerlo bien con una sola mano y fue descartado. Don Pedro se paró y se retiró claramente indignado de la reunión. Otro vecino propuso al hijo de doña Dominga Huenchumpán, un hombre joven al que le decían “camiones grandes”, pues oportunidad que tenía decía que había andado por el norte manejando puros camiones grandes. Pero doña Dominga rápidamente hizo el alcance que su hijo ya no estaba pues había vuelto a manejar camiones grandes pero esta vez más al sur. Tras hora y media de reunión no había nada claro. Mi papi y yo nos disponíamos a retirarnos cuando doña Herminia hizo callar a todos y le preguntó directamente a mí progenitor si podía hacerse cargo de la micro, hecho que me causó gran impresión ya que jamás me comentó que supiera manejar. Que él no cuente de sus cosas no es extraño ya que siempre ha sido un hombre sumamente reservado, a tal punto que eran muy pocas las cosas que me había dicho del porqué de la ausencia de una madre en mi vida. La presión de los vecinos cayó sobre mi papi, y este con su cara de pocos amigos dijo que se llevaría la micro a casa pero que no la volvería a manejar nunca jamás. Nadie objetaría sus palabras, agradeciéndole sin hacer preguntas. La máquina y la envidia quedarían estacionadas debajo de un ciprés. Mientras que los vecinos de la otra comunidad seguirían ocupando su micro para llegar al camino principal, y al igual que nosotros tomar el bus que por generaciones nos ha transportado al pueblo. La señora Herminia por su parte se retiró de la presidencia por una enfermedad que le atacó la voz y la directiva ya no fue la misma. Después de un año de estar parada, la enorme micro amarilla no volvió a partir, lo que hizo que las gallinas de la casa asimilaran su presencia y construyeran en sus tapizados asientos una serie de confortables nidos. De este campestre acontecimiento surgió una nueva propuesta, la de postular a un proyecto comunitario, el que nos entregaría cien gallinas calloncas, de esas sin cola y que ponen los huevos azules. Hoy por hoy tenemos muy buenas relaciones vecinales, siendo conocidos por la producción de nutritivos huevos y por una incipiente crianza de gallinas araucanas. Nadie ni siquiera yo, hubiese imaginado que la enorme micro amarilla resultaría ser el más original y confortable de los nidos. Sin duda nuestro proyecto marcha sobre ruedas.