NAVEGANDO CON HISTORIA

Autor: Fernando Emmerich Leblanc
Seudónimo: Navegante
Año: 2012 – Mención Honrosa

—Es una biografía

— les dijo, señalando con un gesto la carpeta, que había cerrado sobre sus rodillas como para defender la de las entrometidas miradas de los dos jóvenes. Llevo algún tiempo escribiéndola. Espero terminarla en este viaje, si ustedes me lo permiten.

— Por nosotros no se preocupe

— lo tranquilizó Diego.

— No volveremos a molestarlo. Sólo que llamó mi atención ver a un señor escribiendo en este lugar.

Cierto. Despertaba curiosidad ver a un señor escribiendo sentado al borde de la escotilla del trasporte Angamos, que llevaba ochocientos jóvenes de Valparaíso destinados a cumplir su servicio militar en regimientos del Norte Grande, de Antofagasta, Iquique, Arica. Un señor medio viejón, probablemente había pasado ya los cuarenta, calvo, la oscura rojez de su piel se agudizaba en su calva. Daba una sensación desagradable, como si fuese a sudar sangre. Vestía vejestoriamente deportivo, pantalones color crema, una camiseta de mangas largas, a rayas horizontales verdes, azules y grises; calzaba mocasines de gamuza, sin calcetines. Ellos habían creído que iba escribiendo algún reportaje sobre aquel viaje del Angamos, y se le habían acercado por si podían comprobarlo. Habían entrevisto en la carpeta sus hojas manuscritas llenas de tachaduras y agregados y notas al margen. Además, portaba un libro, encuadernado en tela roja, cuyas páginas también las iba llenando de rayas y frases manuscritas. Que rayara un libro ya publicado, tal vez para enmendarlo, les pareció muy raro. Especialmente por eso se habían detenido ante aquel señor, mirándolo con dubitativa curiosidad. Y aquel señor como que sintió la obligación de aclararles qué cosa estaba escribiendo:

—En cierto modo es una novela de aventuras, o de guerra, si lo prefieren. También podría ser una novela sobre la formación de un carácter.          El protagonista vive una situación algo parecida, en algunos aspectos, a la de ustedes.

– ¿Parecido a nosotros? ¿Tan estupendo?

-Mi protagonista no es un personaje imaginario. Procede directamente de la vida real. Vivió. Lo tomé de la historia de nuestro país. De uno de sus períodos más emocionantes: el de la Guerra del Pacífico.

Los miró como si los estuviera comparando con el héroe de su libro.

—En realidad él, mi protagonista, de alguna manera ya escribió su biografía. Se llamaba, se llamó, Arturo Benavides. Rememoró Io que vivió durante la guerra. Lo escribió como memorias. Yo las estoy puliendo. Separando la paja del trigo. Dándoles una forma más literaria, podríamos decir. Esas memorias están publicadas. En este libro (señaló con un gesto el volumen de tapas rojas, que Diego y Pedro miraron esta vez con displicente amabilidad). Él, Arturo Benavides, las tituló “Seis años de vacaciones”, porque consideró la guerra eso, precisamente, unas vacaciones, pues partió como soldado escapándose de su casa y de su colegio.

-Yo las titularía “Seis años haciendo la cimarra”- opinó Diego.

El historiador sonrió.

  • Lo pensar

— dijo.

En seguida:

—En estas memorias él cuenta, en primera persona, natural mente, sus vivencias. Recuerda lo que hizo: yo senté plaza de soldado a mis catorce años, me recibieron en un regimiento por orden de su comandante, amigo de mi tía; fui sargento a los quince años y teniente a los dieciséis. Mis camaradas analfabetos me dictaban sus cartas a sus padres y a sus novias. Yo anduve perdido en el desierto. . .

Luego:

-Yo saco el relato de la conciencia del protagonista, cambio de narrador. Me convierto yo en el narrador, y relato en tercera persona. Es decir, él, mi personaje, hizo esto, hizo estotro, bebió las últimas gotas de agua de su cantimplora, corrió bajo la granizada de balas del enemigo, lloró la muerte de su fiel ordenanza. . . Trato además de precisar el contorno, el teatro de las operaciones, por decirlo empleando la jerga militar, pues esa etapa de su vida trascurre casi toda en vivaques y campos de batalla. Como les decía, la situación de mi protagonista es algo semejante a la de ustedes. Él también era un muchacho de Valparaíso, y también conoció, setenta y tantos años atrás, estos lugares que ustedes están comenzando a conocer. Hizo este mismo viaje. También él navego rumbo al Norte, bordeando esta costa, contemplando los mismos acantilados y divisando los mismos islotes. Pero su situación era en un aspecto diferente a la de ustedes. Él se había presentado voluntariamente para ir a la guerra. Quería defender a su Patria, deseaba ser soldado para pelear por Chile. . . Ustedes, en cambio, van por obligación, van a cumplir el servicio militar convocados por una ley. . . Por lo demás, no nos amenaza en estos momentos el peligro de ninguna guerra. Ustedes van a prepararse por si alguna vez la Patria los necesita y los llama. Y pueden pasarse toda la vida sin que la Patria los necesite, sin que aparezca en el horizonte algún enemigo. . . ¿Leyeron “El desierto de los tártaros”? ¿No? Es una novela, de un escritor italiano. No, por nada. Mi personaje terna catorce años apenas cuando consiguió que lo recibieran en un regimiento para partir a la guerra. Era un chiquillo. Y viajo, también apretujado con sus camaradas, como lo hacen ustedes en este barco, en la toldilla del Toltén, un vaporcito con ruedas.

                        Ahora paseo su mirada por la cubierta del Angamos.

—El Toltén formaba parte de un convoy de veleros particulares, vapores de una empresa naviera, goletas y pontones a remolque, todos trasportando tropas, cabalgaduras, armas y municiones, bagajes y vituallas, custodiados por buques blindados, cruceros, corbetas y cañoneras. Al Norte, miéchica. Pero en Iquique, ciudad ahora chilena gracias al coraje de aquellos muchachos, y donde los recibirán a ustedes con bandas de másicos, a ellos, a soldaditos como mi protagonista y sus camaradas, los recibirían los peruanos a cañonazos y con granizadas de balas cuando desembarcaran en sus playas y se tomaran la ciudad a la bayoneta.

Su calva brillaba, roja, bruñida por el sol, con toda esa novela metida en la cabeza. “Nunca cumpliré los cuarenta”, se propuso Diego. “Antes me suicidaré. Lo prometo. Y que me caiga muerto si no cumplo mi promesa”. Unos reclutas, a babor, acodados en una barandilla, señalaban el mar hacia donde habían divisado, aguzando la vista, unas ballenas. Alguien, en el castillo de popa, tocaba una ranchera con su armónica. Otros reclutas, acomodados en un bote salvavidas, jugaban concentradamente a la brisca. Cerca de la escotilla, rodeados y alentados por bulliciosos partidarios, un moreno del regimiento Carampangue se defendía diestramente del empeñoso ataque de un rucio de los Cazadores del Desierto, en un combate a seis vueltas arbitrado por un cabo de la Marina y disputado con guantes traídos del gimnasio del barco.

-También en el Toltén, como aquí- dijo el historiador-, la tropa se hacinaba en las cubiertas, los entrepuentes y las bodegas.

Los miró. Llevaban una semana sin afeitarse. Una semana recibiendo la sucia llovizna del hollín de las chimeneas del buque. A donde fueran portaban su manta terciada y su maleta o bolso. A cada paso pisaban su dinero: lo andaban trayendo en su calzado, y no se descalzaban para dormir.

-Como cada soldado, mi personaje cargaba un equipo de campaña cuyo peso era de veinticinco quilos. Llevaba un fusil y, en la canana, cien tiros. A la espalda portaba una manta, una frazada y, también, un maletín con una muda de ropa, una servilleta, jabón, una peineta, cigarrillos y fósforos.

– ¿A los catorce años ya Io dejaban fumar?

-Del cuello colgaba, sujeta con una correa, con un jarro y con un plato, la caramayola de aluminio para dos litros. Una cubrenuca de tela pendía del quepis. Al torso, debajo de la guerrera, llevaba el escapulario de la Virgen del Carmen bordado protectoramente por alguna devota dama de Valparaíso.

-Aquí también andan varios con escapulario.

-sí, varios.

– ¿y ustedes no?

-Nosotros no. Nosotros estudiamos en un colegio de curas.

Estamos vacunados.

-Mi personaje tenía catorce años, como les dije, cuando por fin pudo enrolarse y partir al Norte. Pocos meses después ya era cabo y luego recibio las jinetas de sargento. Sargento a los quince años. Al principio ganaba once pesos mensuales.

-No parece mucho, pero qué se podía comprar con esos once pesos, eso habría que saber.

-Un capitán recibía noventa y cinco pesos, y un general novecientos al mes.

-No estaba muy nivelada entonces la escala de sueldos. . .

-Tenía por litera un bote salvavidas trincado sobre la borda. Iba feliz. Finalmente desembarcaron en Antofagasta, y se adiestraron durante unos meses en el desierto de Atacama. Bueno, allí ya no Io pasaron muy bien que digamos. Hacían fatigosos ejercicios y caminatas agotadoras. Todo parecía fuego: los arenales que ardían bajo sus pies, el sol sobre sus cubrenucas, el aire que respiraban, los torbellinos y las polvaredas que levantaba el viento. Cuidaban el agua de sus cantimploras como si fuera un tesoro. En esos parajes el agua la vendían, y al mismo precio del champaña. Pero el rancho no era malo: porotos, carne, conservas, café con aguardiente, fruta. En los morrales no les faltaban el charqui, tortillas, harina tostada, cebollas y ají. . .

-Chitas, los trataban mejor que a nosotros.

-Es que nosotros, como dice aquí, no vamos a la guerra.

—Eso puede ser.

—Mi personaje peleo con bravura en Chorrillos y Miraflores. Había participado también en la toma del Morro de Arica. Entro victorioso en Lima, como ayudante del coronel Orozimbo Barbosa.

– ¿Orozimbo?

-Hizo la penosa campaña de la Sierra. Fue teniente antes de cumplir la edad que tienen ustedes. A los diecisiete años él ya era un veterano con varias campañas y numerosos combates en el cuerpo. Había sido herido. Fue de los últimos en regresar a Chile, al término de la ocupación del Perú por nuestras tropas. Y todo Io hizo sin dejar de ser un muchacho. Tanto es así, que tituló sus memorias de la guerra “Seis años de vacaciones”. Vean. Los militares chilenos que ganaron esa guerra eran en general muy jóvenes. Todavía niños, algunos. Un jefe peruano, al ver cuan jovencito era un teniente chileno prisionero en Tarapacá, le preguntó, burlonamente paternal:

¿A usted no Io han mandado con su nodriza?”

“Mi madre, si hubiera sido posible, me habría mandado con un ayuda de cámara” se dijo Diego.

—Bueno, en esas memorias baso yo mi biografía. Simplifico algunas cosas y otras las desarrollo algo más, añadiendo detalles del contorno. Agrego también ciertas generalidades del teatro de la guerra, que mi personaje no podía percibir, por estar metido en él, porque los árboles no lo dejaban ver el bosque. Como a Fabricio del Dongo. . . ¿Leyeron “La Cartuja de Parma”? Una novela de un autor francés; era un oficial del ejército de Napoleón. Léanla. Les gustará.

—Yo no leo mucho. Me da lata

— declaró provocadoramente Pedro.

El historiador sonrió con cierta tristeza.

—Conseguí ser convidado por la superioridad naval en este viaje para recorrer una parte de la ruta que recorrió mi protagonista. Para documentarme bien en cuanto al ambiente geográfico, para describir el paisaje. Voy tomando notas. Aunque yo conozco ya esta zona. Soy nortino, nacido en Chañaral. Pero desde hace muchos años vivo en Santiago, Me aventuraré también por los desiertos. Pienso llegar a Lima. En bus, por supuesto. Como turista. No como llegaban antes los chilenos, entrando a caballo, como conquistadores. Conquistadores en todo sentido- añadió maliciosamente. -Las apuradas limeñas rezaban durante la ocupación chilena esta sugestiva jaculatoria: “Santa Rosa de Lima, Santa Rosa de Lima, líbrame del chileno que tengo encima”.

Lo miraron y sonrieron, sorprendidos. Por Io visto no era nada de tonto el viejito. Y medio pícaro, además.

-Eso. . . ¿también lo pone usted en su libro? – le pregunto Pedro.

-Posiblemente lo ponga. . . Sí, ¿por qué no?

-Lo compraré cuando aparezca. ¿Cómo se llamará su libro?

-Todavía no he dado con un buen título.

El historiador se quedó pensativo, como si estuviera buscando algún buen título. Luego dijo:

-Me falta escribir todavía la parte final. Y la parte final es muy triste, dolorosa. Diez años después de terminada la Guerra del Pacífico se produjo en Chile la revolución contra el presidente Balmaceda. Benavides peleo por el bando gobiernista, que lucho contra los congresistas revolucionarios. Los gobiernistas fueron derrotados en las batallas de Concón y de Placilla. Herido en la batalla de Concón, a Benavides le tuvieron que amputar una pierna.

Sacó de su carpeta un recorte de un diario para mostrarlo.

-Así fue como quedó.

Los jóvenes vieron a un hombre mayor, calvo, de cuello y corbata, tres medallas colgando en el pecho del abrigo, posando en un estudio fotográfico. Se sostenía con dos muletas; le faltaba visiblemente la pierna izquierda.

-Es una foto publicada en El Mercurio, proporcionada por su bisnieto. Pero no fue la pérdida de su pierna la única desgracia que tuvo que sufrir Arturo Benavides a causa de aquella guerra civil. Cuando la guerra terminó, con la derrota de los gobiernistas, el presidente Balmaceda, que había conseguido asilo en la Legación argentina, se suicidó de un pistoletazo en la sien, como sabrán ustedes de sus clases de historia.

-Sí, señor.

-El general Barbosa, por su parte, que comandaba las fuerzas gobiernistas, después de la derrota de Placilla se quiso refugiar en la casa de una familia balmacedista, en Valparaíso, hasta donde lo persiguieron unos jinetes congresistas, los que, penetrando a caballo en el salón donde se hallaba, Io alancearon clavándolo en el piso, mientras él rugía: ” ¡mátenme, perros! “

Los jóvenes guardaron silencio.