Autor: Andres Jesús Montero Labbé
Seudónimo: Julio Santana
Año: 2010 – Mención Honrosa
Preguntó desinteresadamente el joven sobrecargo su nombre y su Rut, y, casi murmurando, ella respondió sin apartar los ojos de la novela.
– Maite Urzúa. Trece… quinientos veinte… cuatrocientos doce… raya cero.
Y volvió a hundirse en su mutismo, en su novela y en sus audífonos, dejándome con el alma en la boca sin dirigirme aún ni una sola mirada, mucho menos una palabra, ya imposible una sonrisa amable, o tibia, o fría… Una sonrisa. Aunque fuera una mirada de reojo; un destello de curiosidad; un esbozo de cejas levantadas; un resoplido cómplice; tan sólo, qué se yo, una pizca de camaradería que le diera una fractura crónica a la incomodidad natural de ser dos desconocidos que pasarán juntos la noche. Porque, como fuera, era un hecho que íbamos a dormir uno al lado del otro, y era un hecho también que ella no me había reconocido, lo que me convertía en un desconocido para ella; y ella era a su vez – en el supuesto, claro – una perfecta desconocida para mí. Como alguna vez lo fuimos de verdad, hace, no sé, quince o veinte años. Sonreí ligera y tristemente al recordar de pronto las amargas noches posteriores al adiós, en las que daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, negándome a creer que ya se había acabado, que esta vez era de verdad. Lo recordé así, de golpe, porque en aquellas noches inyectadas de melancolía intentaba imaginar el momento en que volveríamos a estar juntos. En que volveríamos a pasar la noche juntos. Todas esas proyecciones apuntaban a que en uno o dos meses, a lo mucho, recibiría una llamada de Maite diciéndome oye, sabes, te he echado un poquito de menos, sólo un poco, pero pensé que, quizás, podríamos vernos y conversar un rato. Entonces nos veríamos, la saludaría con un beso frío en la mejilla izquierda y le diría (¡pero qué sonriente y despreocupado parecería yo!) que tomáramos asiento y que pidiera una cerveza o un jugo natural, yo invitaría. Me comportaría como un viejo camarada, muy interesado en todo lo que había hecho ella en aquel tiempo, pero – y esto era vital – sin dejar notar que no me importaba en lo más mínimo todo eso y que sólo me intrigaba lo que concernía a su amor por mí. Ella hablaría un rato – procuraría no mirarme mucho a los ojos -, contándome que el estudio la había absorbido un poco pero que estaba haciendo más deporte, que había leído un libro fantástico que yo no podía dejar de comprar, que sus padres se habían ido a viajar por Europa por enésima vez y, quizá, se referiría a alguna prima de nombre escurridizo que nuevamente estaba embarazada. Hasta entonces yo no la habría interrumpido más que para insistirle en que pidiera otro jugo u otra cosa con toda confianza, pero cuando dijera un tanto nerviosa las palabras mágicas (bueno, y eso, y no sé qué más contarte) habría llegado mi gran momento. Sería, pues, mi turno de hablar, y en esta parte yo requeriría de mi mejor esfuerzo teatral para mostrarme seguro, alegre, renovado. Esa era la palabra clave. Que creyera a ciegas que, de alguna manera, yo estaba mejor sin ella. Relataría entonces, como sin darle mucha importancia, que era curioso, porque yo también estaba haciendo mucho más deporte. Jugaba tres ligas de fútbol, asistía a clases de yoga y trotaba en las mañanas, no todas, claro, pero digamos cinco o seis veces a la semana. Me había interesado de pronto en la literatura rusa y en la filosofía contemporánea. Había retomado el hábito de estudio, recordarás que lo tenía un poco abandonado, y los resultados han sido sorprendentes. Descubrí también que el agua es el mejor remedio de todos los males. Bebo diez vasos al día y me siento espectacular. Sí, Maite, la verdad es que me siento muy bien. Por supuesto, no fue fácil en un principio asumir que me dejabas, pero pasados uno o unos días comencé a enfrentar la vida con entusiasmo. No quiero culparte de nada, no, pero la vida es muy hermosa y siento que me estaba perdiendo el espectáculo. Te lo juro, Maite, como que ahora… soy otro. Me siento – esta era la punzada final – renovado.
Toda esta sarta de exageraciones y mentiras acabaría por derrotarla. Su mirada nostálgica me lo diría, aún cuando sonriera y exclamara que se sentía muy contenta por mí. Pasaríamos un rato en silencio, durante el cual yo simularía que estaba a gusto, a mis anchas, y que no me importaba el silencio. Su desesperación le haría encender un cigarrillo y ofrecerme uno. Cuando rechazara agradecido y sonriente su cajetilla abierta y le contara que había dejado el vicio hace un mes, ya no lo soportaría más. Realmente está mejor sin mí, se diría, y las lágrimas caerían, inevitables, por su rostro. La mujer no puede soportar el sentir que ya no es necesaria para un hombre. Les duele aún más que saber que no son tan amadas como quisieran.
Con semejante escenario, yo ya sería el vencedor absoluto. Las cosas se sucederían obvias (pero no llores, qué pasa, déjame abrazarte, si quieres te llevo a tu casa, o si prefieres vamos a mi departamento, no sé, pero no llores que me destroza verte llorar).
Pasaríamos la noche juntos. De eso no había ninguna duda.
Y entonces el milagro acababa y yo regresaba a la soledad de mi cuarto, a mi cama helada, a mi almohada húmeda de llantos, porque pasaban dos y tres y cuatro meses y Maite no llamaba, no llamaba, y la verdad era que yo sabía desde siempre que no llamaría nunca, que realmente estaba mejor sin mí. Y nada le duele tanto al hombre enamorado como saber que ya no es necesario para la felicidad de una mujer. Nos duele más, incluso, que saber que no somos tan amados como quisiéramos.
Y hoy, quince o veinte años después, quince o veinte años en los que Maite nunca llamó, en los que literalmente desapareció de mi vida, estoy sentado junto a ella en un bus directo a Osorno. Y es un hecho que pasaremos la noche juntos. Sentados, claro, cada uno en su asiento, pero separados apenas por una ridícula, vulnerable barra de fierro negro. Pasaremos la noche juntos, aunque esta situación dista abismalmente de la que imaginaba en las amargas noches posteriores al adiós. Y han pasado quince o veinte años y no uno o dos meses, pero juntos. Y ella no llora y yo no parezco ser un hombre renovado, pero juntos. Casi juntos, de no ser por la ridícula, vulnerable barra de fierro negro.
No me ha reconocido, de eso estoy seguro. Acaso la barba o los lentes, acaso las arrugas insolentes, acaso han pasado quince o veinte años y la gente cambia. Pero ella sigue igual. El pelo corto ahora, sí, pero los ojos azules tan azules como azules eran entonces; la mirada seria, de aires intelectualoides; el rostro inmutable, esa faz adusta que sin embargo cambiaba, sí, se transformaba con un beso en el cuello o más abajo o mucho más abajo, que cambiaba si le decía que la quería, y entonces su cara era otra, un dejo de ternura y la puerta abierta, una mujer que era otra y que sólo me pertenecía a mí:Mi Maite.
– Señor, su nombre por el amor de Dios – exclamaba de pronto el joven sobrecargo, como quien arroja un balde de agua a un borracho y lo obliga, a su pesar, a tomar conciencia de que tiene nombre y apellido.
– Ah, claro, disculpe. Anote. Jaime Feres. Con efe de fútbol. No Pérez, Feres. Con ese al final. Eso es.
Lo dije bastante fuerte, para que Maite me oyera y se percatara de quién era su compañero de viaje. Pero ella no podía escuchar nada más que la música que se rebalsaba por sus audífonos. Mozart, detecté, y sonreí para mis adentros: de modo que no dejó de escuchar música clásica cuando me abandonó. Era, probablemente, el único legado que conservaba de nuestra relación, aunque me parecía obvio que no recordaría quién era el culpable de tan peculiar gusto.
Mascullé mi Rut y el sobrecargo continuó aliviado su fantástica aventura por el pasillo de la máquina. Entonces observé a Maite detenidamente. Ya me había convencido de que no me miraría nunca en toda la travesía, por lo que no creía incomodarla con mi curiosidad. Ni siquiera se daba cuenta.
Me pregunté qué habría sido de ella durante estos años. Ya sería una nutricionista de respeto, eso estaba claro. Siempre fue la mejor del curso. Imaginé que se había recibido con todos los honores y diplomas habidos y por haber; que a las pocas semanas de aquello había encontrado un trabajo estable y de buen sueldo; que había sufrido una desilusión profesional por considerar que en aquel trabajo no podía mostrar todas sus capacidades, lo que habría motivado a su pudiente padre a arrendarle una oficina para que la utilizara de consulta. Desde entonces atendía allí a sus pacientes, los que iban aumentando en número debido al boca a boca que hablaba maravillas de una joven nutricionista de mal carácter pero impresionantemente efectiva y acertada en el diagnóstico. Su apretada agenda le habría obligado a dejar algunas de sus pasiones, tales como leer al menos tres libros a la semana e ir a la ópera los miércoles; sin embargo, habría logrado mantener otras costumbres como la de almorzar todos los domingos en la casa paterna y pintar cuadros abstractos a sabiendas de su escaso talento.
Con semejante activismo, la posibilidad de encontrar una pareja se veía muy disminuida. No, encontrar no le sería difícil: Maite es objetivamente una mujer guapísima. Mantener una relación: esta era la dificultad. A su siempre complicado carácter se le sumaba ahora la escasez de tiempo. No había hombre que aguantara. Cuando yo estuve con ella, hace quince o veinte años, la vida no la había consumido. Bueno, quizás ahora tampoco. Pero supongamos que sí, y entonces la posibilidad de tener novio se reduce definitivamente a… mierda, pero si tiene un anillo de matrimonio. Claro, en el dedo anular. Entonces se casó. Se casó, la muy perra. En Casa de Piedra o algo así, está claro. Conque se casó. Hija de puta. Quisiera preguntarle con quién. Pero qué estoy pensando, por Dios. ¡Maite no puede estar casada! No es posible afirmar semejante sentencia por un pequeño anillo en el dedo anular. Puede ser cualquier anillo, puesto azarosamente en el dedo en el que todos los casados se colocan el anillo de matrimonio. Sí, suena absurdo, pero Maite no puede estar casada. ¿Quién se iba a casar con ella? ¿Por qué alguien se iba a casar con Maite? Vamos, que es un bicho raro. Ama la ópera y leer; ama el yoga y la biología; odia relacionarse con desconocidos; es seria como una jueza y estricta como toque de queda. Aunque claro, hay que ser justos. Cuando logra pasarse una primera barrera (que no tarda menos de un año en romperse), Maite puede mostrar su lado casi humano. Y bueno, con cuatro años de relación, Maite ya era mi Maite. Para ese entonces ya no teníamos secretos. Ella era completamente mía, y me relamía de gusto al saber que era una mujer escondida que sólo aparecía para mí. Como un portal a otra dimensión que sólo yo podía usar. Mi Maite. Mi Maite, mi Maite que no puede estar casada. Y si lo está, no puede ser feliz. ¿Cómo, si es un hecho que él, el baboso ése de su marido, no la comprende? Y si Maite no es feliz casada, entonces no está casada, porque Maite no está un segundo donde no quiere estar ni con alguien con quien no quiere estar. A lo mucho se separó, pero casada imposible. Está linda, por qué negarlo. Linda, linda, linda. Me gustaría hablarle. ¿Por qué no, en todo caso? No me ha reconocido aún y tampoco escuchó mi nombre cuando se lo dije al sobrecargo. Puedo fingir que no soy quien soy. Puedo fingir que soy un desconocido, simular que soy simplemente su casual compañero de asiento. De hecho lo soy. Más fácil aún: se trata de actuar de mí. Nada, no es como para conversar toda la noche. Simplemente preguntarle cómo está. No, absurdo, se daría cuenta de que la conozco. No, simplemente preguntarle si se acuerda de mí. ¡Concéntrate, Feres, hombre! Simplemente pedirle que baje la música. Por la cresta, eso no puede llevar a ninguna conversación. Lo tengo. Preguntarle, como si no me importara nada, de quién es la pieza musical que escucha ahora. Pero eso evidencia demasiado que busco el diálogo. Qué más da, no es nada, es comentarle al pasar que odio las películas de pistolas. Va escuchando música, no me oirá. Ya sé. Pedirle permiso para ir al baño y, al regresar, ofrecerle una frazada. Ese es un buen plan. Aunque conociéndola, aceptará la frazada con un leve asentimiento y ni me mirará. ¿Cómo mierda lo hacía antes para entablar una conversación con ella? Claro, éramos novios y hablábamos de nosotros y de muchas otras cosas. Hablar de nosotros, cuánto me gustaría. Ya, tomo vuelo y lo hago. Le toco el hombro y le digo cualquier cosa. A ver Feres, cómo “cualquier cosa”. Hay que tener un plan. Darle vuelta una bebida encima. Qué estupidez. Además no tengo bebida. O quizás tocarle el hombro y decirle, sin más, que soy yo, Jaime, y que no puedo evitar verte y recordar que fui feliz contigo, que te he amado todos los días desde que me dejaste y que si no estoy casado ni tengo hijos es solamente porque te sigo amando, porque esperé tu llamada todos los días desde que me dejaste, porque quería que vieras que era un hombre renovado, pero nunca llamaste y yo tampoco me renové. O tocarle el hombro y decirle que me recuerda a alguien, a una mujer que amé con toda mi alma y que he echado un poco de menos en estos quince o veinte años, por no decir que la he recordado todos los días desde que me dejó. O tocarle el hombro y esperar que ella sea la que recuerde, porque yo ya he recordado demasiado y quisiera olvidar, aunque sea un poco. O tomarle la mano ahora que se ha quedado dormida. Tener el valor que nunca he tenido y tomarle la mano a una mujer desconocida que viaja conmigo en un bus directo a Osorno. Tomarle la mano y sentir que, quince o veinte años después, pasamos la noche juntos. Levantar la ridícula, vulnerable barra de fierro negro y aparentar que somos novios de nuevo, que otra vez nos amamos. Acercarme de a poco a su cuello y volver a sentir el aroma de su cuerpo sin perfume, y dejar que los recuerdos me tomen y me lleven donde ellos quieran, al amor o al dolor, ya no me importa. Ya no me importa nada más que Maite y el amor que de repente regresa y me ahoga. Ni el niño que llora desconsolado ni la abuela que ronca como cerdo en celo; ya no me importa el asiento de noventa grados ni la sed infinita de las tres o cuatro de la mañana. Ya no importa nada de todo esto, porque Maite está durmiendo al lado mío, y qué importa que no sea por decisión suya sino por azares del destino. Estoy acostado al lado de la mujer que amo, que todavía amo, y no importa que no estemos desnudos y que esto no sea una confortable cama, y no importa que ella no sepa quién soy yo porque yo sí sé perfectamente quién es ella, y todo en este puto mundo no tiene la más mínima importancia porque me enamoré de nuevo, y soy grande, sí, tengo el corazón inflado y rebosante de alegría porque Dios me dio una tregua después de quince o veinte años en el campo de batalla, porque Maite está a mi lado y todavía escucha a Mozart. A la mierda todo, mis dedos se deslizan rápidos y le tomo la mano. Ella se acomoda un poco en su asiento, pero aún duerme profundo. Siento su piel luminosa, otra vez como antaño, siento su piel que es sólo mía, siento otra vez que su cuerpo entero, que su alma es mía, y que sólo basta un beso en el cuello o más abajo o mucho más abajo para que su rostro siempre serio cambie, una dejo de ternura y la puerta abierta, una mujer que es otra y que sólo me pertenece a mí. Mi Maite, mi Maite, carajo, que ahora, dormida y todo, parece recordar en el subconsciente esta piel mía, que aunque más arrugada, sigue siendo esencialmente la misma. La recuerda, sí, porque de pronto sus dedos se aferran con más fuerza a los míos como diciéndome que sí, que ella también se acuerda, que no me olvidó del todo, que si no volvió a llamar fue por temor a encontrarme renovado y mejor sin ella, que si sigue escuchando a Mozart y a los demás es únicamente porque le traen buenos recuerdos. Su mano y la mía, una ya, y siento que le recorro el cuerpo entero a través de su palma, y ahí están sus labios, y aquel es su cuello, y sus senos y sus piernas y sus senos de nuevo, y regresan todas las Maite la Maite, otra vez, para mí, para mí, y comprendo de golpe que nací única y exclusivamente para vivir este viaje en bus a Osorno, este viaje a la soledad de mi cuarto, este viaje de regreso al alma a la mujer que me enamoró quince o veinte años atrás.
Maite sigue durmiendo. Mi mano en su frente peinándole los cabellos inoportunos, recorriendo su mejilla, viendo cómo sus labios sonríen mientras su piel va recordando estas manos, esta manera de tocarla. Y la beso. Apenas un beso, mis labios en los suyos. Y entonces me puedo dormir, feliz, sin escuchar ya al niño que llora y la abuela que ronca como cerdo en celo en los asientos de atrás. Sueño con Maite. Es un sueño híbrido de recuerdos y supuestos, un sueño hermoso en el que Maite me regala un hijo o dos o tres. Y así paso la noche, a sabiendas de que me será imposible dormirme mientras mi mano siga aferrada a la de Maite. Y habría continuado en este juego hermoso toda la vida y las que vinieran, de no haber sido porque de pronto un rayo de luz me sacó de mi ensueño en conjunto con el detenimiento absoluto del bus. Maite comienza a despertar y yo descubro aterrado que mi mano sigue unida a la suya. La mujer que he amado durante quince o veinte años intenta estirarse y descubre que su diestra le pesa más que de costumbre, porque tiene mi izquierda en ella. Y por primera vez desde que subió al bus, la bella me mira. Noto un cierto espanto en su rostro primero, y luego la sonrisa que lo dice todo y que me declara perdedor absoluto.
– ¿Vamos, gordo? – me dice, con cierto orgullo de victoria en la voz -. Parece que ya llegamos a Osorno.
Y entonces se suelta suavemente de mi mano y se da vuelta para despertar a mi suegra y a Jaimito, sin entender que a mí no me importa haber perdido, sin acercarse siquiera a comprender que yo habría dado toda mi vida por quedarme, aunque fuera un segundo más, en el juego hermoso de ser dos desconocidos por una noche, después de quince o veinte años de conocernos hasta el alma.