La Micro Amarilla de Noé

Autor: Jorge Evaristo Núñez Campos
Seudónimo: Carlos Gardel
Año: 2010 – Mención Honrosa

Muy atareado andaba Noé reclutando gente para un viaje especial en micro. Al principio hablaba misteriosamente y en privado con quienes elegía para su viaje especial, pero muy luego se supo y se corrió la voz acerca de los afanes de Noé. Noé Cumplido, sobrino de un antiguo ministro de Justicia y que por razones de ciertos vaivenes políticos debió cambiar de rubro de trabajo. Compró Noé, una de las micros amarillas que el Gobierno estaba dando de baja, y formando una sociedad teniéndolo a él como único socio, gastó sus últimos dineros en obtener la concesión de un recorrido de micros entre El Pueblo de Las Arañas y la localidad cordillerana de Los Volcanes, casi en la frontera con el país de Los Buenos Vecinos. Los habitantes de los pequeños poblados existentes río arriba desde El Pueblo de Las Arañas, El Canelo, El Manzano, El Melocotón, el propio Los Volcanes y otros, habíanse movilizado desde tiempos inmemoriales a sólo lomo de burro y la aparición de un moderno servicio de transporte de pasajeros, tuvo una excelente acogida. No hubo reparos a la antigüedad del armatoste amarillo, aun cuando sí hubo algunas dificultades para que los usuarios entendieran que el transporte de pasajeros era una cosa y otra bien distinta era que se pretendiera atiborrar la micro amarilla con sacos de papas y de cosechas para llevar al pueblo, con chivitos nuevos destinados a ser comercializados para los asados de septiembre, con una estufa a leña enviada por la abuela Margarita y hasta con la pretendida necesidad de mandar un burro al veterinario de El Pueblo de Las Arañas. Pero todo se fue arreglando para satisfacción de los usuarios y para beneficio de Noé. Los burros sonreían satisfechos cuando veían pasar a Noé con su micro amarilla en su viaje diario traqueteando de abajo a arriba y de arriba a abajo, micro amarilla a la cual le había borrado con unos brochazos de pintura la leyenda “Matadero-Palma”. Más tarde Noé, con un claro sentido empresarial fue enchulando su joyita. Reemplazó los tapices de hule de los asientos, por tapices de felpa de colores, puso a ambos lados y por el exterior sendos espejos retrovisores a fin de evitarse tener que sacar la mano por la ventanilla para indicar que doblaba en una esquina, reemplazó la campanilla metálica que se hacía sonar tirando un cordelito cuando un pasajero necesitaba bajar por un timbre a pilas, y pintó en la parte delantera y por el interior, justo ante el conductor, un letrero a todo el ancho “Dios es mi copiloto”. Y cuando en razón del uso del derecho a la libre competencia, instaurado por la Dictadura apareció el “turco” Eltit poniendo otra micro al servicio de la zona, fueron los propios habitantes, cada año más numeroso, quienes le hicieron fracasar el proyecto por falta de usuarios y el “turco” Eltit debió retirarse de la libre competencia.

Y fue por allí cuando Noé Cumplido, ya próspero empresario de la locomoción colectiva, fue visto en sigilosas conversaciones con algunos vecinos pudientes ofreciéndoles un viaje especial, muy especial, en su micro amarilla. Luego, con la confianza adquirida tras años de convivencia y de amistad, explicó Noé a quien quiso escucharle, que cierta madrugada una muy tenante voz bajada de los cielos y que él atribuyó al Padre Eterno, le anunció la venida de un Diluvio Universal para el sábado siguiente desde las diez de la mañana y que debía durar cuarenta días y cuarenta noches para castigo de los pecadores de la zona, pecadores en progresivo aumento en razón del también progresivo crecimiento de la población, merecedores ellos, los pecadores, del castigo divino, pero que, en razón de la dedicación de Noé al servicio de la comunidad, se le encomendaba a él, Noé Cumplido, seleccionar a treinta y dos vecinos hombres justos para ser salvados de las aguas del Diluvio en su micro amarilla. Y estaba Noé muy a punto, aunque con grandes dificultades, de completar los treinta y dos hombres justos cumpliendo todos los requisitos de buenas costumbres cada uno de los treinta y dos justos y de formalidades legales para presentar ante las autoridades del Tránsito Noé, amén del pago anticipado de la correspondiente tarifa, para todo lo cual estacionaba su micro amarilla en una esquina de la Plaza del Pueblo de Las Arañas y hacía de ella su oficina para el efecto correspondiente.

Completado el pasaje, presentáronse todos los inscritos el día mismo del Diluvio Universal, sábado, citados a las ocho de la mañana en la Plaza de Armas. El Diluvio seguía programado para las diez de la mañana. Y muy luego empezaron las dificultades. Primero fueron los que querían participar sin que los hubieran inscrito: el alcalde del Melocotón, casado, que no había sido invitado por su conocida relación extraconyugal con la encargada de la oficina de Correos de El Canelo; el sargento de Carabine- ros del Paso Fronterizo de Los Volcanes, involucrado desde mucho tiempo en el tráfico de caballares robados en Argentina; el cura de El Manzano, responsable de la desaparición de los fondos recaudados para la reparación de la iglesia Monumento Nacional; el Notario del Pueblo de Las Arañas acusado de estar otorgando nulidades matrimoniales con testigos falsos; y nada menos que Juanito, el muchacho que hacía de cobrador de los pasajes en la micro amarilla desde que Noé la puso al servicio de la comunidad, sindicado el tal Juanito como practicante de costumbres sexuales aberrantes. Y otros.

Luego las dificultades siguieron al ser conminado Noé para echar arriba de la micro amarilla diversas y enormes cantidades de enseres que los pasajeros decían series indispensables para su permanencia de cuarenta días encerrados esperando el fin del Diluvio: el refrigerador de doña Auristela; un colchón Rosen de una plaza de la María, la que debido a su artritis no puede dormir en un asiento de micro; la “Kathy”, mascota de la Cenobia y su correspondiente bolsa de cinco kilos de alimento para perros; un tele- visor en blanco y negro de doce pulgadas para estar al tanto de las noticias y del desarrollo del tan mentado Diluvio, unas garrafas de pipeño de Romerito que no puede estar cuarenta días sin “hacer la mañana”, pero que tiene que ser tinto; unos artefactos de plástico para las aguas menores y mayores por la carencia, naturalmente, de servicios higiénicos en la micro amarilla. Y otros.

Hubo discusiones. Subieron de tono las discusiones. Aparecieron algunas pancartas protestando. Apersonóse un inspector de la locomoción colectiva del Pueblo de Las Arañas para revisar las correspondientes planillas, los listados de pasajeros con todos sus datos personales exigidos por la autoridad para un viaje tan largo y un periodista del diario “El Melocotón al Día” entrevistando a Noé. Seguían las discusiones, esta vez por la distribución de los asientos. Casi nadie estaba conforme porque presumían que Noé, para asignar los números de asiento en forma correlativa y a partir del número uno empezando por los primeros asientos, habría considerado los méritos morales de cada uno de los inscritos, dando pábulo con ello a que la gente estimase que mientras más alto el número otorgado y más hacia atrás en la micro, más dudosa sería la calidad moral del asignatario a los ojos del público reunido, con lo que podía suponerse una bajísima calidad moral a quienes más cerca fuesen estando de los números más altos. Y allí afloraron los prejuicios poco cristianos, los pelambrillos y las envidias guardadas, los rencores acumulados durante toda una vida, dejando al escarnio público de los presentes las debilidades humanas de cada cual de los inscritos para el viaje. Y lo más grave de todo era que a nadie de entre los connotados vecinos y distinguidas autoridades de cada poblacho se le otorgaba calidad moral suficiente para calificar a nadie. Ni al alcalde, ni al manda- más de carabineros, ni al notario ni al cura.

Faltando poco para las diez de la mañana el cielo se fue cubriendo de espesos y negros nubarrones aparecidos desde las alturas del San José hacia abajo y se dejó sentir el estruendo de un trueno de los tan característicos truenos del cajón cordillerano cuando resuenan tal y cual se estuvieran dejando caer camionadas de papas sueltas a rodar por sobre colosales entarimados de madera para terror de los perros huyendo a esconderse en la cocina y para diversión de los niños corriendo a correyuelas para escapar del aluvión de papas.

Arreciaban y se ponían apremiantes las urgencias y exigencias de los viajeros. Noé Cumplido, completamente anonadado por las irracionalidades hechas manifiestas a grito pelado, no atinaba a decisión alguna en razón de sus responsabilidades de empresario, por mucho que su misión le hubiese sido encomendada por el mismísimo Alto Cielo. Empezaron a caer algunos goterones del tamaño de un puño. De repente se escuchó una voz tenante venida desde los negros nubarrones y que bajó la voz resonando por las laderas del cajón cordillerano. Y dicha voz del Alto Cielo, presumiblemente del Eterno Padre, comunicó a los presentes, viajeros y no viajeros, que “atendida la situación imperante, el Diluvio Universal anunciado para las diez de la mañana de esta fecha se suspende por razones de fuerza mayor hasta nuevo aviso”.

Noé, entonces, comunica a los participantes que a contar del próximo lunes procederá a devolver los dineros cobrados por concepto de pasajes. Y se retira en su micro amarilla para realizar el recorrido de cada día.