LA CARRETA

Autor: Voltaire Catalán Jiménez
Seudónimo: Altair
Año: 2010 – Segundo Lugar

¡Cuando lleguemos a la loma, mira pa’ la carretera y dime si ves algún vehículo Moncho!

  • Si, taita. Falta poco pa’ que lleguemos al alto.
  • ¡Entonces apura más los güeyes hijito, que tu madre va muy mal y tuvimos que llegar luego al hospital del pueblo!

El muchacho picaneó los bueyes.

  • ¡Ándale Manchao, tesa Golondrino!

La lluvia arreciaba azotando el espeso follaje y la estrecha senda salpicaba de baches. La carretera venía dando tumbos al paso cansino de los bueyes. Un ruinoso toldo cubría el armatoste de crujía. Se cobijaban en su interior Evaristo Llanquileo y su mujer Rosalba, la que estaba en sus últimos momentos de gravidez. Delante de los bueyes, marchaba guiándolos, su único hijo, Moncho de doce años, cubierto con un viejo sombrero y un ajado poncho, calzado con botas de goma, grandes para sus pies.

Habían salido del ranchito, cuando aún no aclaraba. Rosalba se sintió mal en la noche, dolores terribles no la dejaban dormir. En plena oscuridad fueron a buscar a la “meica”, pero la curandera no se atrevió a intervenirla.

  • La criatura está atrevesá y es muy re peligroso tratar de sacarla, tienen que ir al pueblo pa’ que la vea un doctor – les advirtió – tiene que ser altiro, vecino.

El pueblo estaba lejos, cuarenta kilómetros a lo menos, con suerte arribarían a mediodía bajo el aguacero y el ventarrón. Por eso deseaban llegar a la carretera, allí sería factible detener algún vehículo que los pudiera llevar rápidamente al poblado y ojalá al centro asistencial.

Remontaron la loma y comenzaron a bajar la pendiente un poco más veloz, abajo serpenteaba la pista pavimentada. La carreta, saltaba entre los zanjones. Los bueyes humeaban, gemían los yugos.

Rosalba se quejaba agarrada con ambas manos del hombro de su macho, acurrucados en el fondo de la estrecha carreta cuyo miserable toldo se goteaba por todas partes. La mujer de treinta y cinco años, transpiraba una transpiración helada, su rollizo cuerpo era una gelatina, tembloroso y desmadejado.

  • Aguántate, negra, ya llegaremos y cuando te vea el doctor todo va a ser felicidá, ya lo verás – trataba de sosegarla el hombre.

Rosalba se mordía los labios.

  • ¡Ay Dios, ay Diosito!, ayúdame Evaristo.

La infeliz arañó, estremecida por los dolores, el brazo de su marido.

Evaristo ansiaba que la desesperación no hiciera presa en su ánimo. Acarició a la hembra con ternura

  • Tranquila m’hijita, cuando lleguemos al troncal pararemos un vehículo y en un santiamén estaremos en el hospital.

Moncho, al escuchar el lamento desgarrador de su madre, picaneó enardecido a los animales, los que dieron un violento corcoveo. El armatoste se zangoloteó por los desniveles de la trocha enlodada. La ruta estaba cercana. No se escuchaba nada que indicara la proximidad de algún vehículo motorizado, quizás porque el carril no era muy transitado ya que era una vía que la habían dejado como alternativa al construirse por otro sector, la carretera nueva.

El día empezaba a clarear.

La lluvia se prolongaba por varios días sin parar. Un trueno retumbó por los montes, cuyo eco se repitió de quebrada en quebrada, la mujer lloraba oprimiendo un pañuelo entre los dientes

  • ¡Taita, allá por el bajo diviso un vehículo! – chilló repentinamente el chicuelo. El padre se asomó entre el toldo.
  • Anda, vete luego, yo me hago cargo de los güeyes
  • Dijo, saltando al barro para recibir la picana de manos de su hijo.
  • Corre al camino y detiene ese auto y diles que por caridad nos lleven; así diles.

Luego, volviéndose hacia donde se hallaba su mujer le gritó:

  • ¿No te dije negrita que en un santiamén estaríamos en el pueblo?

El muchacho corrió desaforado hacia el cruce. El padre no se pudo aguantar y también se fue tras él, no fuera a ser cosa que no le hicieran caso al niño. Por eso, por ser niño. Los bueyes, por costumbre, avanzaban solos tras la huella. Los dos arribaron jadeando a la cinta de cemento. Entre la cortina de agua surgió a la distancia un automóvil rojo, luego se perdió tras una curva, volviendo a aparecer. Los bueyes babeaban cansados cerca de ellos, después orinaron largamente mientras se aproximaba el coche. A Evaristo se le quería escapar el corazón de contento mientras el chico reía feliz.

  • Entonces, nosotros con la mamá nos vamos a ir en el auto y vos Monchito seguís con la carreta pal pueblo pa’ que despué nos traigai de güelta – elucubraba Everisto con la alegría en los ojos
  • Sí taita, lo que usté mande – luego insinuó -, oiga taita ¿y si el jutre no los quere llevar?

Al padre no se la había pasado por la mente esa posibilidad, sin embargo, respondió:

  • Yo creo que, si le explicamos bien la cuestión al caballero, no tendría pa’ negarse, ademá va pa’ donde mesmo vamos nosotros, así que no pierde na’.
  • Yo le decía no más.

Ya más cerca el carruaje, padre e hijo levantaron los brazos agitándolos enloquecidos de contento, combinando con saltos y gritos. En el vehículo viajaba el conductor acompañado de una joven a la que había recogido en el camino. El coche disminuyó su andar al percibir las maromas de las figuras. Evaristo, emocionado y alegre se acercó al coche para hablarle, pero el tipo al volante, después de cerciorarse quien era, apretó el acelerador. El padre de Moncho sin poderse controlar, trató desesperadamente de atajar con sus manos la máquina, para suplicarle, explicarle sus angustias. En su intento se arrimó imprudentemente al automóvil, el que rozó su cuerpo brutalmente con el tapabarro, haciéndolo rodar por el lodo hacia un constado de la berma. Evaristo se levantó a duras penas por el dolor, recogió su sombrero y rengueando bajo la lluvia, corrió tras el auto.

  • ¡Por Diosito ayúdeme, hágalo por caridá!

Moncho lloraba acurrucado, apoyado en una rueda de la carreta, mientras el agua corría por su cara de greda, a la par con las lágrimas.

  • ¿Qué querría el sujeto ese? – interrogó la pasajera al automovilista.
  • No sé, estos indios son tan pedigüeños y más encima atrevidos. ¿Te fijaste cómo se echó encima del coche, el carajo? – murmuró el hombre mientras se alejaban rápidamente, hasta perderse en una curva.

Evaristo Llanquileo no lo podía creer, una rabia sorda le subió por el estómago a la cabeza, golpeándole las sienes, Quería gritar, deseaba matar, era tal la angustia y desesperación que pensó que su Rosalba se le moriría en el camino. El niño secaba las lágrimas con la punta de su poncho.

El hombre se dirigió al interior de la carreta ordenándole al chico:

  • Agarra la garrocha Moncho y pongámonos en camino pal pueblo, a lo mejor se cruza otro vehículo. En un rato más yo guiaré, mientras tanto voy a consolar a tu mamita.

En el interior Rosalba sollozaba amargamente, temblando de pies a cabeza. Tenía un poco de fiebre. Evaristo la abrigó con otra frazada.

  • No nos quiso llevar el jutre, ¿no es cierto Evaristo? – susurró débilmente la hembra.
  • Tranquila Chalbita, no te maltratís, de alguna laya vamos a llegar.

Para distraerla un poco le dijo:

  • Yo creo que va a ser mujercita la guagua que vai a tener y ¿sabís cómo le vamo a poner? Rosalba, igual que vos, como segundo nombre le pondremo “de lo Angele”, porque será linda como un angelito. ¿Qué te parece Rosalba de lo angele?

Rosalba no contestó, los labios le tiritaban. Había cesado de llover.

Evaristo, rondaba los cuarenta años, con una cara ovalada, sobresaliendo sus pómulos levantados, contextura fuerte, mediana estatura, ojos gatunos separados por una nariz aguileña y bajo ella cabalgaban los bigotes mongólicos, negros como su cabello que asomaba bajo el añejo y desteñido sombrero. Con Rosalba se conocieron de niño. Era una muchacha robusta, sana, de fuertes caderas y vigorosas piernas, morena, con largo pelo azabache, nariz fina y labios regordetes. En una esquina de tiempo se casaron y formaron su hogar en la escasa tierra, heredada de sus antepasados. Al poco tiempo nació Moncho. Después la Chalba no pudo volver a engendrar.

“Le hicieron un mal”, decían los vecinos, sin embargo doce años más tarde, volvió a quedar embarazada, los dos no cabían en sí de felicidad, hasta Moncho demostraba su contento por el hermanito que venía desde el infinito. Imaginaron montones de planes y se forjaron locas ilusiones, hasta que sucedió lo que estaban viviendo.

  • Va a ser mujercita, Chalbita y se va a llamar como vos.

Rosalba sonreía forzadamente.

  • Que sea lo que Dios quera, viejito.
  • Elegiremo en el cielo la estrella más linda y ésa será pa’ la niña que esa estrella la proteja, será una güeña estrella – divagaba el hombre mirando embelesado hacia lo alto, hacia ese cielo encapotado de nubes y que no podía ver.
  • Agora si es machito, también le buscaremos una güeña estrella, ya que no nos dejan tener otra cosa – le dijo clavando sus ojos en los de Rosalba.
  • Y se llamará como vos, Evaristo – respondió ella.
  • No negrita, ese es un nombre muy re feazo.

De pronto, Rosalba comenzó a dar ayes de dolor, luego continuó quejándose. A Evaristo la intranquilidad le recorría el cuerpo penetrando hasta el alma. Al rato asomó los ojos hacia la carretera anhelando de que apareciera algún vehículo.

  • Oye Monchito, tú que vas allá ajuera dime si ves algo por el camino.
  • No se ve na’ allá atrás toavía, apá.
  • Fíjate bien, Monchito.

La mujer se sentía cada vez peor. Esos lamentos entrecortados, la palidez de su rostro y la transpiración helada no presagiaban nada bueno. Evaristo deseaba tener alas para llevarla volando hasta el centro asistencial. ¿Qué haría sin su negra, si ella se marchaba para no volver? Mejor no pensar.

Ya llevaban cerca de cinco horas viajando, cinco horas que parecían siglos, desde que salieron de su hogar en el campo. Doblaron una curva y allá abajo, muy lejos aún divisaron las primeras casas del poblado. Evaristo se anduvo desalentando.

  • Por la virgen que falta harto toavía – masculló para sí el hombre.

En esos instantes de abatimiento los alcanzó un destartalado camión. Por si acaso le hicieron señas. El armatoste frenó al lado de ellos. Al enterarse del problema el conductor, enorme como el camión, tomó a la morena en sus brazos y la acomodó en la cabina entre él y Evaristo.

  • Monchito lleva la carreta pal pueblo y nos esperai a’onde llegan los camiones y las carretas pa’ la feria. Aentro de la carreta hay harina tosía pal ulpo y también unas tortillas pa’ que comai mientras tanto. Chao hijito – se despidió el padre.
  • Sí taita.
  • Vamos amigo, veo que su señora está mal y usted tampoco anda muy bien, en diez minutos vamos a estar en el hospital – murmuró el hombrón echando a andar la antigua, pero firma máquina.

Al arribar a la posta, el camionero bajó corriendo y con un par de zancadas se perdió por la puerta del edificio, al poco rato apareció acompañado de dos enfermeros transportando una camilla, en la que acomodaron a Rosalba, llevándola rápidamente a la sala de partos, seguidos por Evaristo que trotaba con el sombrero en la mano, cojeando, empapado de agua y barro.

A su mujer la introdujeron al box y le dijeron que esperara.

El camionero se acercó a él.

  • Bueno don…, me tengo que ir, Dios quiera que todo salga bien, le deseo la suerte.

Y su manaza estrechó la de Evaristo.

  • Gracias señor, que Dios lo bendiga, ojalá haigan más personas en el mundo con su mesmo corazón oiga, too sería más sencillo.
  • No me agradezca na’ iñor, chao.

Cuando afuera rugió el motor del camión, Evaristo se desprendió de su poncho, sentándose en una banca en el pasillo junto a otros pacientes. Pasaban los minutos y nadie se acercaba a decirle algo sobre el estado de su negra. De vez en cuando brotaba una enfermera por alguna de las puertas y llamaba a uno de los que permanecían esperando. El hombre se entretenía observándolos. Luego los contaba, contaba las ventanas y las ampolletas del techo.

Se habían completado tres horas esperando, apenas quedaban dos pacientes. El pasillo se encontraba vacío y nadie le decía nada. La intranquilidad comenzó a hacer presa de su ánimo. Se imaginó lo peor y notó un hielo que le subía desde los cimientos al alma. No hallaba a quien dirigirse, si golpear el acceso por donde entraron a Rosalba o atajar a algún funcionario, Se puso de pie decidido a tocar la puerta y en el momento que aprestaba los nudillos se arrepintió, regresando a su asiento. “Pueden enojarse”, pensó.

Contó las baldosas del piso, calculando que antes de terminar la cuenta lo llamarían: las contó dos veces, pero todo continuaba en silente, entonces inició un lento paseo a lo largo del pasillo. Cuando estaba por estallar, asomó la enfermera junto al médico que venía sacándose los guantes de hule y la mascarilla que colgó del cuello. No le agradó la seriedad del galeno.

  • ¿Usted es el marido de Rosalba? – interrogó y al recibir la confirmación agregó -, lamentablemente debo decirle que la guagua, de sexo femenino, no pudimos salvarla pese a los esfuerzos, venía en mala posición y asfixiada. Si ustedes hubieran llegado dos horas antes la habríamos salvado. Eso pasa por esperar hasta el último momento. Lo lamento mucho.

Al escuchar las palabras del profesional a Evaristo le pareció que el suelo se hundía bajo sus pies y todos sus anhelos e ilusiones se deshacían como pompas de jabón.

Recuperándose apenas de golpe preguntó con voz temblorosa, esperando oír lo peor:

  • ¿Có… cómo está mi… negra?
  • En estos momentos, descansa tranquila. Ella está bien. Es una mujer fuerte. No tiene complicaciones. No obstante, debe quedar hospitalizada por dos o tres días para que se recupere de la intervención.

Evaristo lloraba. Gruesas lágrimas corrían por su rostro.

  • ¿Puedo verla doctor?
  • Sí si puede, sólo unos minutos.

Rosalba se veía pálida, una gran tristeza le ensombrecía el semblante y cuando su marido le estrechó fuertemente se echó a llorar. Los dos lloraron abrazados.

  • La Rosalba de los Ángeles se fue, Evaristo, se fue antes de conocernos.

El hombre comprendió que debía alentar a su mujer y secó los ojos con la manga del paletó.

  • A mí me duele mucho, negrita, pero por otro lao estoy contento de que a ti no te haiga ocurrío na’, y así como tuvimos a este angelito podimo tener otros angelitos de nuevo, ¿cierto?

Al poco rato entró la enfermera avisando que la visita se terminaba.

  • Me voy negrita, mañana te traeré ropa y otras cositas de la casa – se despidió desde la puerta – y a lo mejor te apuro una tortillita – agregó con una sonrisa triste.

Atardeciendo, la carreta se alejó del pueblo. En el pescante iban con la congoja y el silencia acuestas el padre y el hijo, picaneando los bueyes, mientras en el fondo del armatoste descansaba un diminuto cajón pintado de blanco con los restos de Rosalba de los Ángeles, para ser enterrado en el cementero, allá en el campo.

Al llegar al alto, un camión gigantesco en la negrura de la noche, cruzó rumbo al poblado, estremeciendo la carreta y asustando a los bueyes. Comenzó nuevamente a llover. Evaristo ensimismado, pero ya más sereno, picaneaba de vez en cuando a las bestias, en tanto Moncho dormitaba a intervalos. Bien entrada la noche, al doblar un promontorio, observaron un débil destello a la distancia.

  • Mira, Monchito, parece que es una luz lo que se ve allá.

El niño refregándose los ojos acoto:

  • Sí taita, no me creo que sean candelillas

En efecto un anémico fulgor que parpadeaba de vez en cuando, se divisaba delante de ellos.

  • ¿No serán brujas, apá? – murmuró tembloroso el chicuelo.
  • No m’hijo, parez’ que es una linterna.

En medio de la carretera la silueta oscura de un hombre hacia señales con una diminuta linterna y agitaba desesperadamente los brazos.

Cuando Evaristo se detuvo junto a él, la sombra le habló alterado.

  • Por el amor de Dios, ayúdeme buen hombre, mire que por evitar un camión en esa curva mi auto patinó, saliéndome del camino y yendo a parar a ese pantanal. No he podido llamar a nadie por ayuda porque mi celular lo dejé olvidado en la oficina.

En efecto, al alumbrar hacia el vehículo, éste se hallaba en una pendiente a varios metros de la berma, incrustado en la ramazón con el parabrisas y un foco delantero hecho añicos.

  • Traté de salir dando marcha atrás, pero fue peor, las ruedas patinaron hundiéndose aún más en el barro, formando una verdadera cuneta – continuó explicando el hombre, cuyas palabras se las llevaba el viento.
  • Tiene que haber sío el mismo carajo que encontramos en la cuesta y que corría como loco – respondió Evaristo.
  • Desamarraré la pértiga de los bueyes. Monchito, trae la cadena pa’ pegarle el tiron al auto – advirtió a su hijo.

En la dantesca noche los hombres eran dos sombras que se movían a la mortecina luz de la linterna.

Moncho observaba de pie cerca de ellos, cómo su padre arrodillado en el lodazal, enganchaba la cadena al maltrecho coche, mientras el sujeto alumbraba el vehículo, de pronto el niño, dirigiéndose al tipo le pregunto:

  • Oiga caballero ¿usté pasó esta mañana pal pueblo?
  • Sí, muchachito, ¿por qué?
  • Porque nosotros le hicimos seña pa’ que llevara a mi mamá que estaba enferma, y uste siguió de largo atropellando a mi taita.

El hombre sorprendido y algo cortado atinó a responder

  • Puede haber sido otro vehículo hijito.
  • No señor, fue este auto colorao

Evaristo se levantó sorprendido.

  • No me había fijao en el color del auto, oiga, por lo oscuro y por la lluvia. Esta mañana no pasó nadien, sólo usté no más

El hombre intentó una excusa:

  • Miren amigos, cuánto lo siento – tartamudeó ensayando una sonrisa – , yo soy el médico jefe del hospital y esta mañana tenía que atender a primera hora a la esposa del señor alcalde para un implante, ustedes me comprenden, es gente importante.

Evaristo, sin pronunciar una palabra retiró la cadena del vehículo, se levantó trémulo de coraje y arrebatándole la linterna al hombre le ilumino el rostro.

Quiso decirle algo, pero no le dijo nada, apretó con furia la cadena en su mano temblorosa y así estuvo un instante, luego caminó hacia la carreta.

  • Y me retó por llegar tarde – murmuró roncamente.
  • Vamos Monchito, antes que me acrimine

La carreta se puso en movimiento, el automovilista suplicaba consternado:

  • ¡Por favor, no me dejen, ayúdeme!

El armatoste se alejó bajo el diluvio con rechinar de ejes