Autor: Marcela Sabbatino Cisternas
Seudónimo: Lela Caramelo
Año: 2010 – Mención Honrosa
Cuando lo conocí tenía la barba larga y las uñas sucias, negras de tinta de diarios que acomodaba meticulosamente formando altas torres. Apestaba a lo que ahora sé que es cerveza y perro mojado que nunca, nunca se secaba.
Me pregunté cuántas cosas que yo nunca viviría, él ya había vivido. Podía sentarme durante horas a observarlo pasar pedaleando su pesado triciclo cargado de “tesoros” que él recogía revisando la basura que otros descartaban. Papeles, cartones y una infinidad de cosas que sólo encontraban valor en sus profundos ojos oscuros.
-¿Qué?, me dijo un día. –y yo me sorprendí. Nunca creí que llegara a hablarme.
– Na-nada., le dije.
- Niño tarado, te pasas horas mirándome todos lo días. Ocioso. Anda a buscarte algo que hacer, será mejor.
No le tenía miedo sino un gran respeto. No entendía porqué nadie más podía ver la gran persona que era.
Tenía un perro negro con un ojo café y el otro azul, Lo seguía a todos lados, creo que debe haber sido tan viejo como él. Se llamaba Ernesto, luego me confesaría que lo bautizó así por una portada de un libro que vendió por kilo, como al cartón que recogía y que luego apilaba con sumo cuidado y detalle, levantando largas pilas de papel en los costados de su triciclo.
- Es importante llamarse Ernesto. Por eso le puse así.
- ¿Por qué es importante?, pregunté.
- Pues.. porque sí, porque… es importante.
- Ya, está bien … ¿pero… por qué es importante?
- Porque es un nombre que empieza con E y no hay muchos nombres con E.
- ¡Ahhh!, ¿y qué pasa con Enrique, entonces?
- ¿Cómo qué pasa con Enrique?
- Enrique también empieza con E.
- Pero Enrique no es importante, es importante Ernesto.
- No entiendo.
- Es que tú no entiendes nada. Cuando leas el libro lo entenderás.
- Usted lo leyó… ¿verdad?
- ¿Qué si lo leí? ¡Qué pregunta!, ¡Claro que lo hice, niño grosero!
- ¡Hummm!, ya… entonces cuéntemelo….
- Si te lo contara arruinaría tu educación… aunque no sé si se puede arruinar algo que no existe.
- ¿Tiene que ponerse tan, tan…?
- TAN-TAN-TAN… pareces campana.
- ¡Ahhhhh!, sabe que más, no se puede seguir hablando con usted… me voy…
- ¡Ándate no más, el que más pierde eres tú, porque yo sí sé la importancia de llamarse ERNESTO!
Me echó más de una vez; más de una vez me llamó ocioso, pero creo que en el fondo yo le agradaba le hacía falta.. igual que él a mí.
- ¿Cómo te llamas?
- Miguel, contesté.
- Manolo es mejor. Te diré Manolo.
- Pero me llamo Miguel, repliqué.
- No… te llamas MANOLO… cuando estés conmigo te llamarás Manolo.
Siempre lo miraba fijamente para no perderme nada de lo que me decía, ahora me imagino ahí frente a él con mis ojos enormes y brillantes escuchando atento al hombre más sabio del mundo.
- ¿Usted… dónde vive?
- En el mismo planeta que tú.
- No… , le pregunto que si usted no tiene dónde vivir.
- Pero… tú y tus tonteras Manolo…, ¿No me ves acaso?, ¿No estoy aquí parado a tu lado?. Estoy VIVIENDO ahora en este lugar.
- Pero… ¿usted no tiene casa?
- Ahora se te ocurrió preguntar por mi casa…, pero claro que tengo una casa.
- ¿Y cuando va a su casa?
- Cuando tengo ganas
- ¿Tendrá ganas hoy?
- NO LO SÉ
- Si un día tiene ganas ¿me invita a su casa?
- No
- ¡¿Por qué no?!
- Porque mi casa queda muy lejos.
- ¿Dónde?
- En Madein
- ¿Madein?, nunca había escuchado ese lugar
- Madein es la Capital de Taiwán.
- Y, te regalo esta información, también es la capital de China, tienen el mismo nombre.
Ahora puedo recordar que él nunca manejaba dinero, ni tampoco yo.
Mi madre me mandaba a la escuela siempre con una colación preparada por ella misma: pan con huevo. Odiaba el pan con huevo. No por su sabor, no por su olor; sino porque el resto de mis compañeros compraban su colación en el negocio. Probablemente lo que ellos comían era menos nutritivo y menos natural, pero era más “vanguardista”, al menos así lo sentía yo.
- Quisiera tener todo el dinero del mundo. –le dije una vez, mientras me cargaba en su triciclo y partíamos juntos en una nueva búsqueda de “tesoros”
- ¡Ja-ja-ja!.. y ¿para qué?
- Para qué va a ser…. para comprar cosas.
- Y… ¿qué comprarías?
- Dulces.
- Arruinarías tus dientes.
- Juguetes.
- Ya tienes.
- Pero más…
- ¿Para qué?
- Para jugar.
- ¿No juegas ahora?
- Sí, pero…
- Pero ¿qué?. Quieres juguetes para jugar juegos que ya juegas… me parece ridículo.
- ¿Usted nunca quiso comprarse algo?, ¿Nunca tuvo muchas ganas de tener algo, desearlo con ansias?
Su cara cambio. Iba a darme una de esas lecciones que siempre me daba. Lo habría preferido. Sé que lo que le pregunté lo dejó mal. Me sentí triste, no quería herirlo o remover antiguas heridas.
- Sí, he querido cosas. Y la mayoría las he tenido.
- Pero… yo creí que usted, bueno…, no se compraba muchas cosas.
- Las mejores compras no se hacen con dinero y las mejores cosas no se pueden comprar, hijo.
Me acarició la cabeza con un movimiento rápido y fuerte.
Nunca antes me había llamado hijo y nunca más lo volvió a hacer.
Después comprendí que Manolo era una forma más de decirme hijo.
- Además, yo soy un millonario…
- ¿Millonario Ud.?, ¿y los cartones? –pregunté incrédulo, pues en mi mente no podía caber la idea de que alguien millonario se dedicara al oficio de cartonero.
- ¡Ahhh, ésto!, dijo mientras apuntaba a su tesoro de papel. Esto es “hobbie”…., puro “hobbie”. Me respondió mientras se reía a carcajadas.
Ahora después de tanto tiempo me detengo a pensar que más de alguna vez lo oí usar palabras en otros idiomas; tal vez fueran la única pista que tuve de que alguna vez ese hombre fuera un educado caballero.
Mi madre tenía recelo de mi relación con él. Pero no temía por mi integridad, lo que ella temía era que me encariñara demasiado. No quería verme sufrir.
- ¿Qué te pasa? –me preguntó un día mientras acomodaba en su triciclo rojo unas viejas ollas que había encontrado dentro de una gruesa caja al costado de un tonel de basura.
- Nada. Le dije.
- ¿Nada?, a mí me parece que te pasa TODO.
- Es que en el colegio me molestan.
- ¿Por qué?
- Por lo de mi papá. Que se fue cuando yo era chico.
- ¿Estás llorando, Manolo?
- No.
- Eres un tonto.
- ¿Qué?
- Que eres el niño más tonto que he conocido.
- Yo no lo entiendo… ¡Vengo aquí a verlo, a escucharlo, lo único que espero de usted es que esté para mí, para que me consuele, poh!
- Eres muy egoísta niño.
- ¡¿Egoísta?!, ¡¿Me llama egoísta, viejo amargado; he estado durante meses a su lado ayudándolo, amarrando sus cartones apestosos a porquería?!
- Y ahora me lo sacas en cara.
- Definitivamente con usted no se puede hablar… ¿Sabe que más?, quédese con sus mentiras… ¡Viejo farsante!
Me fui dejándolo atrás, no volteé. Sentía que estaba dando uno de los pasos más importantes de toda mi vida. Dejando atrás un parte de la infancia, pero a medida que caminaba hasta mi casa me iba sintiendo cruel, el más cruel.
No pude comer. Mi madre intentó acercárseme. No era lo mismo; me gustaba estar con él, me gustaba como me hablaba. Lo hacía parecer todo tan simple. Sé que ella tenía la mejor intención, pero yo no quería hablar con nadie.
Fueron las peores dos semanas de mi infancia. Sentía que le debía una disculpa, pero era demasiado orgulloso para admitirlo. Quería que él también diera su brazo a torcer. ¿Porqué debía ser siempre yo el que diera el primer paso?
Volvía de la escuela cuando lo vi, estaba de rodillas en el pavimento y acunaba a Ernesto entre sus brazos, mientras el triciclo rojo parecía esperarlo a un costado de la calle, ansioso de continuar su camino abruptamente detenido.
Lo habían atropellado. Ernesto tal vez presa de la ceguera por el paso del tiempo, no fue capaz de quitarse del camino de un auto apresurado que no frenó ante su presencia. La vieja chaqueta de mi particular amigo estaba empapada en sangre y Ernesto pestañeaba lentamente, cada vez más despacio hasta que, finalmente; dejó de hacerlo.
Pude ver los ojos de mi amigo brillantes por las lágrimas que se agolpaban deseosa de salir, pero ninguna rodó por sus mejillas.
- Lo siento mucho. Le dije y él levantó la cabeza para verme.
- Yo también. Me respondió.
Pasó un buen tiempo antes de reanudar nuestras caminatas. No me atrevía a buscarlo. No sabía cómo enfrentarme él. Quisiera haberlo apoyado más.
- Hola… –le dije, tímidamente.
- Manolo.
- Sí… yo… yo lo he extrañado.
- Lo sé, me lo imaginaba. -contestó altivo, por lo que supe que estaba bien.
- Ernesto era el mejor perro del mundo. –sentenció convencido sin despegar los ojos del volante de su triciclo rojo.
- Sí, lo era. Le dije y sonreí.
- Ahora tengo un gato.
- ¿¡Un gato!?
- Sí, son más tranquilos.
- ¡Ahhh!
- Se llama Miguel.
- ¡¿Miguel?!… ¡Le puso mi nombre a su gato! – exclamé sorprendido
- Tu nombre es Manolo. -dijo dejándome en claro “mi error”
Lo miré un buen rato y comencé a reír, reí muy alto y él, al verme; también rió. Volvimos a reír juntos durante un largo rato
- Alba, tu madre, es la mejor madre del mundo. –me dijo un día, mientras me cargaba en su triciclo por una larga y silenciosa calle.
- Sí…. Y usted, ¿no tiene mamá?, pregunté.
- No la recuerdo.
- ¿Y a su papá?
- Tampoco.
- ¿Hermanos?
- No.
- ¿Tíos, sobrinos, primos, abuelos?
- No, no, no y no. Respondió mientras detenía el triciclo justo al frente de una pila de cartones que lo esperaban para unírsele en su travesía diaria.
- ¿Hijos?, ¿hijos, si tiene?
El silencio encerró el momento en que pronuncié esa palabra. No levantó los ojos de una caja de zapatos que sostenía. Sospeché que algo importante había ocurrido. Toqué una fibra sensible, muy sensible.
- Pásame la pita. –me dijo si verme a los ojos, ignorando mi pregunta, cómo si no me hubiese oído, pero ya sabía que sí lo había hecho.
- Claro… – le respondí y me dispuse a hurgar en el fondo del triciclo para acercarle la pita con la que amarraba sus cartones y por más que esperé nunca obtuve una respuesta, ahora que lo pienso tal vez la falta de una respuesta fuera su contestación.
El gato Miguel y yo fuimos creciendo juntos.
Pasamos años de pedaleos y cartones, de palabras, frases y oraciones. Tardes enteras pasamos juntos los tres. Tuvimos tanto, tanto tiempo.
- Oiga, Don Jacinto…-le dije un día de otoño, a mi amigo.
- Y a ti ¿Quién te dijo que yo me llamaba así? – me preguntó divertido.
- Durante todos estos años usted nunca quiso decirme cómo se llamaba. Así que me parece que Don Jacinto, es un buen nombre.
- ¡Jacinto!
- Puede que no le guste, pero cuando usted esté conmigo se llamará así.
- Decide mejor qué vas estudiar, en vez de estar inventando tonteras.
- Me gustaría ser veterinario, pero Ud. sabe que no se va a poder…
- ¿Cómo no? ¡Si tú eres inteligente y tienes buenas notas!
- Pero no tengo plata, pues. Mi mamá no me dice nada, pero sé que está preocupada y no quiero presionarla más.
- Tu madre… es una mujer buena.
- Sí, lo sé.
El día que me gradué de enseñanza media fue triste y feliz. Una parte importante de mi vida finalizaba, pero muchos sueños y aspiraciones se quedarían truncos. Lo invité a la ceremonia, aunque sabía que no vendría. Sin embargo, no tenía dudas de lo feliz que lo haría la invitación.
- Esas son puras tonteras no más. – me dijo, pero yo lo conocía lo suficiente para saber que estaba orgulloso y agradecido.
- Bueno. De todas maneras, yo le digo no más. Yo sé que esas cosas a usted no le gustan.
- Así no más es. – me dijo; y se volteó y aunque no podía verlo, estaba seguro de que sonreía satisfecho.
Cuando me iba lo dejé dándome la espalda, mientras montaba centenares de diarios viejos en su triciclo rojo, en el cual ya no podía cargarme más.
- ¡Manolo! – me gritó – pero no me volví. – ¡Es importante llamarse Miguel también! –agregó y yo sonreí satisfecho también.
Ese fue el último día que lo vi, don Jacinto no volvió a aparecerse en su triciclo rojo con sus tesoros ni su gato.
Lo busqué todo ese verano.
Pregunté por él en todo el barrio. Años viniendo al mismo sector y nadie parecía conocerlo. No podía entenderlo.
A fines de febrero llegó un paquete a mi nombre, sin remitente. Era un libro: “La importancia de llamarse Ernesto”, y dentro tenía una “importante” cantidad de dinero. Aunque lo realmente “importante” era lo que tenía escrito.
“Tu educación es lo es que ahora
debe ser lo más importante.”
Jacinto, el del triciclo rojo.
Don Jacinto me enseñó muchas cosas y gran parte de lo que soy se lo debo a él, y a mi madre, por supuesto; pero sin duda, fue Don Jacinto quien me enseñó a reconocer, lo que como él siempre solía decir; eran las mejores cosas del mundo.