Autor: José Edgardo Arriagada Lizama
Seudónimo: Managua
Año: 2010 – Primer Lugar
Siendo niño siempre escuché decir a las personas adultas una frase que hoy después de haber vivido una parte de mi vida, aún no le he encontrado sentido o quizás me ha parecido poco cierta: “todo tiempo pasado fue mejor”. Creo que cada etapa de la vida es y será como nosotros la queramos vivir, para mí no hay tiempos malos ni buenos, todo es parte importante de nuestra existencia.
Aún así, hay experiencias que se quedan en nuestra memoria y vale la pena mantener vigentes, aunque la nebulosa del pasado esté cubriendo nuestros recuerdos, no nos será difícil mantener viva una aventura como de la que alguna vez fui protagonista.
Comenzó todo un soleado día de enero, de esos que llaman a estar disfrutando de la familia o compartiendo con amigos. Mi destino era otro, tenía acordado un viaje del que hoy puedo decir, nunca me he arrepentido. Quizás lo único que opacó un poco el inicio de éste fue el no haber tenido a quien decirle adiós o alguien que al menos me dijera “que te vaya bien”.
Al llegar al lugar donde habíamos acordado encontrarnos, eran tantas las personas que allí había, que ubicar a mi acompañante fue una odisea. Cuando la vi, pude observar su belleza radiante, su hermosura incomparable. Estaba vestida con traje de gala, ella era una dama, no cabía duda de eso. Lucía como siempre su típico traje blanco que todos conocemos y en lo más alto de su envergadura, flameaba la bandera chilena entre guirnaldas y banderillas de colores.
Las despedidas nunca han sido mi fuerte y como ya lo mencioné antes, si no tenía a quien ni de quien despedirme, menos me llamaría la atención ahora, por lo mismo, cuando iniciamos el viaje busqué refugio en lo alto de su regazo y conteniendo las lágrimas en lo mas profundo de mi alma me dispuse a observar como lentamente nos alejábamos del lugar donde había conocido a mi dama. Mientras ella se disponía a disfrutar el viaje alzando su blanca vestimenta al viento, jugueteando con las olas del mar. Yo pensaba en lo hermoso que sería esta aventura.
“Avanzada ya la tarde, cuando solos nos encontrábamos en la inmensidad del mar, pude recorrer su cuerpo hasta los últimos rincones, conocí cuanta historia guardaba en su interior, cuantas alegrías y penas había compartido con otros antes de conocerla y lo espacioso del refugio que ofrecía para confortarme”
Recuerdo los lugares que visitamos y a los que pudieron disfrutar estar al menos un momento en ella. Siempre estuvo hermosa para recibir visitas, para eso la preparábamos. Antes de llegar a algún lugar buscábamos un refugio para limpiar su cuerpo, lavar sus trajes y repintar su rostro para que estuviese resplandeciente cuando recibiera a quienes disfrutarían con solo verla. En algunas partes su presencia a la distancia causó temor entre los lugareños, fue el recordar a sus antepasados lo que le jugaba esa mala pasada, al acercarse veían lo hermosa que era y la empezaban a querer.
Se me vienen a la memoria lugares como Isla de Pascua, lugar hermoso, mitológico; Islas Marquesas, gente humilde, cariñosa; Papeete (Tahití), tierra alegre, maravillosa; Hawai, playas blancas de aguas cristalinas; Nueva Caledonia, isla solitaria de gente bondadosa; Fidji, puerto de encuentro y como no recordar a Juan Fernández, pulmón verde del Pacífico.
Mucho fue el tiempo que pasé en ella, los recuerdos se confunden en mi mente como pétalos de rosa en un jardín. Recuerdo por ejemplo cuando nos desplazamos en medio de un temporal y salvamos sin un rasguño. Recuerdo haber sentido el lamento de mi dama, el rechinar de su columna azotada contra el agua fría del océano, el sonido de su vestimenta al ser rasgada por el filo del viento. Recuerdo también lo admirada que eras por quienes nos visitaban, cuantas alegrías nos causaban sus comentarios, de cuantas fotos fuimos motivo y a cuantos les devolvimos, aunque fuese por un momento el derecho a sentirse en su tierra de nuevo.
“El sol nunca te ha afectado, junto con la brisa solo seca tu cuerpo; del agua no eres enemiga, es tu hogar y lo disfrutas danzando sobre ella; el viento es tu aliado y te ayuda a llegar lejos y yo, sólo fui uno mas de tus tripulantes”.
Cuando me separé de ti hermosa dama, contigo se quedó parte de mi vida, contigo aprendí a querer a mi tierra, aprendí a sentir lo que es estar lejos de mi Chile, a sentirme orgulloso de los míos y a vivir plenamente mi vida.
“Te dejé mi dama un día preparándote para un nuevo viaje, alguien sería tu nuevo tripulante, disfrutaría la aventura como yo lo hice, con sus altos y bajos, se que no sería difícil de lograr. No es cosa de todos los días estar en tu compañía, mi dama blanca, o te llamo simplemente “Esmeralda”.