Autor: Boris Albert Palma Díaz
Seudónimo: Albert Nevesky
Año: 2011 – Mención Honrosa
La profesora camina rauda, va acompañada por dos acongojados rostros, son dos padres, dos almas tendiendo de un hilo. Las tres sombras del camino se dirigen a Talca, de improviso suena el celular, es una llamada amarga, uno de los dos padres que acompañan a la profesora, ha quedado sin hijo, un niño a muerto.
…Un golpe resuena de fondo. El inspector de la escuela trata por todos los medios de frenar la estampida de los curiosos alumnos que corren impetuosos para ver qué es lo que ha pasado. Es una tragedia, algunos alumnos alcanzan a ver algo a lo lejos.
Basado en una historia real.
Paine, Longaví hace 11 años atrás.
Nunca pude tener hijos. Quizás nunca siquiera me di la oportunidad de tenerlos, pues para tener hijos, primero necesitas contar con una pareja estable, y es eso, la estabilidad afectiva lo que tanto me ha costado conseguir.
En Paine por su parte la primavera, por fin ha llegado impetuosa y enamorada a nuestros patios y a nuestros ojos. Viene llegando y dando a luz en toda la tierra, sin fines frutos y flores multicolores. Bastante se le extrañaba por estos lados, ya todos estábamos hartos de las mañanas frías, de los calzoncillos largos y la ropa sobrante que se traía casi a la rastra al volver a la casa.
Este día parece amanecer distinto, completamente distinto aunque la rutina y mi vida no varían demasiado.
Después de un desayuno rápido y poco sustancioso, caminé apresurado hasta el terminal de buses de Longaví. Cuando logre subirme y sentarme en la micro que ansiaba, trate de recuperar el aliento perdido en la presurosa caminata.
Para mi sorpresa a mi eterna espera, un niño me mira algo curioso, pensé en algún momento que había notado mi evidente cansancio, pero como sus ojos se mantenían casi clavados en mí, después de un rato me atreví a devolverle la mirada. El niño sonrió y yo también lo hice amablemente. Solo aquello basto para que pronto se iniciara una grata conversación. Quizás fueron únicamente algunos cuantos minutos, pero parece que el mismísimo tiempo se detuvo mientras cientos de palabras salían burbujeando de nuestras bocas.
La micro en la que íbamos era una Calimpar.
– ¿Dónde vas niño? – le pregunte-
– A la misa que todos los años se hace en la escuela – me respondió-
– ¿Y por qué hacen esa misa? – seguí interrogando-
– Es por el accidente que hubo ahí en Paine, cuando el tren… chocó a la micro. Parece que usted no es de por aquí.
– Si lo soy, solamente no recordaba que ya se cumplía un año más de ese accidente.
En realidad, tenía mucha conciencia de tal desgracia, pero el tiempo casi había borrado la cruda experiencia. En aquel instante sentí que mi mente se arrancaba hacia días anteriores y los recuerdos llegaban a ocupar su lugar.
“La micro venía desde Paine aproximándose a la carretera. Sus asientos se hallaban ocupados por algunos niños que se dirigían a la escuela Gabriela Mistral, tantas otras veces habían realizado el mismo viaje que jamás pensaron que nunca llegarían a su destino. Antes de subir, muchos niños se despidieron de sus madres o de sus padres con un último beso en la mejilla, con un último abrazo, aunque quizás y muy probablemente algún padre no alcanzo o no se dio el tiempo de despedir a su hijo como correspondía. De seguro aquel padre pensó que habría otras muchas ocasiones para hacerlo. Pero el destino en ocasiones es cruel y tirano, ciego y frío.
Antes de llegar a la Panamericana 5 sur, la micro debía atravesar el cruce ferroviario que sin señalética y sin banderista alguno, esperaba como un asesino silencioso algún descuido para que apareciera la bruja muerte entre los durmientes de la línea. Poco a poco la micro se aproximaba al maldito lugar, el viento soplaba fuerte como pretendido apresurar la carrera o como si el ángel de la muerte a toda prisa viniera a cobrar una cuota del irresponsable humano actuar.
Nadie supo ni cómo ni por qué. Desde el norte venía una enorme masa de metal cortando el aire del tren que se aproximaba violento. El suelo se estremeció, los pájaros dejaron de cantar, el viento se detuvo por un instante.
Las ruedas de la micro acariciaban la línea del tren cuando unos gritos despavoridos y desesperados comenzaron a dar bienvenida a la angustia: ¡el tren! ¡El tren! vociferaron las bocas de los niños, pero un oído sordo manejaba el volante.
En un acto de imprudencia bestial, la micro no percatándose de la proximidad del tren, trato de cruzar la línea férrea…….
Pero el tren siguió su marcado trayecto y arrasó con la pequeña micro, un golpe certero y descomunal sin lugar a dudas. La endeble estructura puso nula resistencia al golpe macabro, los fierros se retorcieron y se mezclaron con los cuerpos de algunos niños, otros que no logaron aferrarse o a darse cuenta, salieron desperdigados por los aires, inertes o catastróficamente heridos. Prontamente se hicieron presentes los vecinos más cercanos, gritos de espanto y de auxilio repletaron el espacio, llanto y desesperación inundaron el ambiente.
Pocos metros más allá el tren logro detenerse, muchos de sus pasajeros miraban con espantosa curiosidad el amargo acontecimiento. Yo en cambio, luego de despabilarme un poco, baje del tren y corrí al lugar de la colisión, no fue mucho lo que logre avanzar.
Con angustia note los cuerpos de los niños que se encontraban alrededor de la micro y del tren. Claramente algunos se hallaban sin vida, sin embargo otros clamaban por ayuda desconsoladamente y sin pensarlo un momento, tome a uno de ellos en mis brazos. De su cabeza brotaba incesante sangre que se deslizaba por todas sus ropas, el niño lloraba y gritaba en una horripilante combinación de dolor e inconsciencia.
Recuerdo nítidamente la carita del pequeño: moreno, de ojitos grandes y pelo crespo. Parece que aquellos ojos se habrían desesperadamente como aferrándose a la vida. Cuando llego al fin la ambulancia y el equipo de rescate, me apartaron del lugar y el niño desapareció de mi vista”.
Aquellos rápidos recuerdos parecieron perpetuos e incesantes imágenes de horror y sin darme mayor cuenta, un par de lágrimas rodaron por mis extrañadas mejillas.
Cuando volví a la realidad, el niño que se hallaba sentado a mi lado…seguía mirándome fijos los ojos en mi rostro.
– ¿Le sucede algo? – inquirió de mí el niño-
– No, no, es sólo que recordaba algo sobre aquel accidente, yo lo viví en carne propia, yo era pasajero del tren que chocó con la micro, pero no recordaba que hoy se cumplía un año más de esa fatídica fecha.
– ¿En serio usted iba en el tren?
– Así es, recuerdo muy bien como sucedió todo.
– … yo tenía un primito que falleció en ese accidente. – me señalo el niño
“Yo vivo cerquita del lugar donde chocó la micro con el tren y siempre, todos los años para esta fecha se me vienen a la cabeza todas las cosas malas que pasaron ese día.
Cuando pienso todo esto me entra como la rabia y apenas la micro se acerca a la línea, asomo mi cabeza para ambos lados para ver si el tren viene, como queriendo advertirle al chofer.
Es como un ritual de todos los días y por más que me pregunto, no tengo explicación para lo que pasó el día del accidente.
Yo era chico cuando ocurrió, pero me acuerdo perfectamente. Mi mamá dice que mi abuela que en paz descanse fue la que me protegió dejándola dormida, soñando con ella para que no me levantara. Ese día salí corriendo a tomar la micro, pero ésta, iba pasando el canal, alejándose rápidamente hacia la línea del tren cuando me asomé por la reja.
Así que mi mamá me dijo: – “Por flojo te pasa! te tengo que levantar a la rastra todos los días”
Al ratito sentí a lo lejos el ruido de una sirena y algunos caballos corriendo en dirección a la escuela. Mi mamá no me dejaba ir a ver qué pasaba pero yo porfiado, me arranqué por el sitio del patio y crucé los alambrados del vecino para ver desde donde venía el ruido.
Mi prima Lucy que vive en el camino tampoco había ido a clases porque su papá se había peleado con mi tía, como siempre que él tomaba vino, salió arrancando ella con sus hermanitos y habían tenido que dormir en el establo con los animales. Me dijo que era un accidente en la línea y que no se podía pasar por la gente que había.
Yo me acuerdo de la cara del tío Manuel ese día. Llorando desconsolado por mi primo Braulio que estaba tirado más allá de la línea, sangrando. Había más niños tirados con sangre que les salía de la cabeza. Yo vi todo eso, pero no me dio miedo, ni asco por la sangre, fue como ver una película triste, donde nadie hablaba, solo me recuerdo el viento que soplaba como si quisiera gritar más fuerte que las gentes que lloraban. Porque al final todos en ese lugar lloraban como en las películas y gritaban. Después recuerdo que llegó mi mamá con mi hermano en sus brazos buscándome y como que se enloqueció, me tiraba de las mechas y me abrazaba al mismo tiempo y yo no quería ni llorar porque me daba pena y vergüenza, me daba como lástima ver a mi tío y mi mamá que daba gracias que yo estuviera vivo.
En esa micro iban hartos conocidos además de mi primo, así que al otro día nos levantamos todos temprano, pero no para ir a la escuela, esta vez todos teníamos un velorio ó más de uno al que debíamos ir. Todo Paine estaba de Luto. Me acuerdo que llegaron los de la tele, y que hacían preguntas del accidente y todos opinaban de lo que había ocurrido, incluso gente que ni estaba ahí ese día, pero nadie mencionaba al chofer y los que habían quedado vivos. Era como un misterio, porque nadie sabía que había pasado bien, lo que sobrevivieron estaban en el hospital todavía.
Algunos preguntaron a los niños que también iban en la micro ese día, pero nadie hablaba, era como un pacto. Los niños dejaron de ser los mismos, como que ya no miraban a la cara con los mismos ojos. Se les había perdido el brillo.
Corría el rumor de que el chofer ni nadie de los que iba en la micro escucharon el ruido del tren que venía, que fue como algo mágico que apareció de la nada y que sólo algunos de los que murieron fueron disparados como volando por los vidrios y los demás aferrados a los asientos pudieron sobrevivir y escuchar los gritos. Otros dicen que el chofer si vio el tren y que simplemente no calculó la distancia y se le trabaron los frenos.
Nunca antes hubo un accidente tan grande y gracias a Dios otro así tampoco ha ocurrido.
Muchas veces he visto a ese pobre chofer, pasa días enteros frente a la animita con una imagen de una virgencita. Se sienta y llora, prende unas velas y vuelve a su casa para no salir más en todo el día.
Dicen que sólo Dios sabe por qué pasó lo que pasó ese día.
Mi mamá dice que hay que persignarse siempre cuando uno pasa por ahí, por el descanso de los muertos, pero yo prefiero imaginarme que ahora son como ángeles que cuidan a los que pasamos a diario por ese lugar. Por eso que cuando el viento sopla fuerte y tomo la micro para ir a la escuela pasando la línea del tren miro a la animita con sus velas y sus flores y me asusta un poco todavía, pero después me sonrío. Se me ocurre que el viento fuerte que sopla es el saludo de los diez que se fueron al cielo, se me ocurre que son sus voces susurrando al tren que alguien se acerca, para que detenga su camino”.
Una lágrima rodó también por las lozanas mejillas del rostro del niño.
Justo en aquel momento la micro llego al lugar, a la escuela del sector de Paine donde se realizaría la Misa en recuerdo de los diez niños que murieron en el accidente. Y aunque mi destino no era aquella misa, sencillamente no pude seguir mi camino, baje junto al niño y entré caminando cabizbajo y silente al lugar.
El niño, al cual nunca pregunte su nombre, me tomó de la mano y me dirigió por el establecimiento.
A la entrada nos recibió muy amablemente un hombre delgado y de pelo lizo, era el inspector de la escuela quien nos daba la bienvenida. Poco a poco avanzamos hacia el comedor que es el sitio que siempre tienen dispuesto para la ceremonia. Recuerdo que la gran sala se hallaba repleta de gente, padres y madres, abuelos y abuelas, parientes todos, una gran cantidad de niños vestidos pulcramente.
El niño aún tomaba mi mano, y sentí que aquel sencillo gesto me remecía completamente. Pocas veces me había sentido de esa manera, quizás nunca, ya que ni siquiera tenía sobrinos ni amigos que tuvieran hijos pequeños. El niño no me soltaba, buscaba incesantemente a su tío, pero no lo hallaba, de seguro el pequeño también se encontraba un poco angustiado por los recuerdos. En aquel instante cambio mi mente y también mi vida, me sentí responsable del niño, me sentí cercano a él de una manera extraña y acogedora. Cuanto añoré que aquel niño fuese en verdad mi hijo, cuanto añoré por fin sentar cabeza y lograr formar una familia, tener hijos e hijas, ser un hombre verdaderamente completo.
La misa comenzó y sucesivamente el ambiente se cargaba de melancolía, algunas lágrimas brotaban de algunos ojos. Noté con mucha atención como una señora cerraba los ojos y acariciaba el rosario, poco después me enteré que aquella mujer era profesora de la escuela, la misma que en el tiempo amargo del accidente acompañaba a unos padres camino al Hospital de Talca a ver a sus hijos. Ella misma fue quien recibió una llamada anunciando la muerte de uno de los niños.
Al terminar la misa y después de cientos de palabras que vibraron por todo mi cuerpo, decidí abandonar el lugar, le pedí al niño que dejara afuera, que ya era tiempo de marcharme.
Cuando llegamos a las afueras de la escuela, los ojos del niño volvieron a clavarse en los míos.
– Antes que se valla quería mostrarle algo- fue entonces que el niño saco algo de su bolsillo y tendió su mano hacia mí.
Era una pequeña fotografía tamaño carnet.
– Este es mi primo, el que falleció en el accidente, siempre llevo su foto en el bolsillo – me señaló.
El niño de la fotografía era de tez morena, ojos grandes y pelo rizo. Mis ojos se llenaron de lágrimas, todo parecía flotar en ellos. Al rato se acabó mi llanto, sin embargo aún tenía los ojos pesados y la vista se me tornaba intensamente borrosa, me hallaba solo, el niño había desaparecido, ninguna fotografía había en mis manos, más aun para mi sorpresa me encontraba tendido sobre una cama de sábanas blancas. Había luces, delantales blancos y olor a remedio. Me hallaba en una habitación conectado a unas extrañas máquinas, sonaba mi pulso…. tenía una mascarilla en el rostro y un aire extraño entraba por mis narices.
– ¿Cómo se encuentra? – me pregunto acercándose a mí un hombre esbelto de delantal blanco
– ¿Dónde estoy? – le respondí desconcertado
– Señor, el tren en el cual usted viajaba colisiono con una micro repleta de estudiantes, diez niños han muerto, usted recién ha despertado del coma.
Un viento tibio entraba por la ventana y el tren de las doce en una estación cercana recogía a decenas de pasajeros, con destino quien sabe a dónde.
…
Dedicado a los diez niños que perdieron su Vida en aquel trágico accidente.