Autor: Patricio Sancha Gutiérrez
Seudónimo: Jaime G.
Año: 2013 – Cuento Más Simpático
Ayer se subió un perro al vagón del metro en el que yo viajaba.
Yo iba distraído mirando la belleza negra del interior del túnel y al llegar al andén lo vi claramente; estaba sentado en sus patas traseras examinando con atención un plano expuesto en la pared.
Al ingresar el tren a la estación, se dirigió al borde, claro que, demostrando su cultura cívica, con gran urbanidad se dispuso detrás de la línea amarilla.
Cuando el tren se detuvo quedó justo enfrentado a la mitad de la puerta, pero rápidamente antes que se abriera, se hizo hacia un costado dejando bajar antes de subir.
En el momento en que las puertas se cerraban, aparecieron los guardias encargados de vigilar y mantener el orden en la estación, pero se notó que no estaban demasiado apurados por cumplir con su deber; sin duda querían dejarles el problemita a los guardias de la siguiente estación.
Satisfechos por casi haber cumplido con su labor, manipularon sus radios, para alertar a sus colegas y de paso reírse un poco de ellos.
Se notaba que lo de andar en metro no era algo nuevo para el perro, quien a pesar de lo lleno que estaba el vagón, logró abrirse espacio para llegar a la bisagra donde se une un carro con el otro, claro que no se sentó para no provocar un accidente.
En la siguiente estación, casi como si fuese una rutina aprendida en algún curso de capacitación incapaz, los guardias llegaron en el momento del cierre de puertas para luego manipular sus radios.
La coreografía se repitió en todas las estaciones mientras el vagón se iba desocupando.
Una vez que quedaron algunos asientos libres, no antes, el perro pareció verificar que no fuese un asiento para personas con movilidad reducida, minusválidos, ancianos o embarazadas, y se sentó.
Seguro no se dio cuenta que la siguiente era una estación de combinación y como era predecible, el vagón volvió a llenarse.
El, sin aspavientos examinó uno a uno a quienes iban de pie. Entre una mujer embarazada a punto de dar a luz y una anciana a punto de pasar al patio de los callados, optó por la anciana a quien le tironeo suavemente la falda para indicarle que le cedía el asiento y regresó a la bisagra en la unión de vagones, claro que sin sentarse.
De tanto en tanto miraba el diagrama de la línea dispuesto sobre la puerta, como contando cuantas estaciones le faltaban para bajarse.
Y surgieron mis dudas:
¿Habría pagado?
¿Se habría conseguido un pase escolar?
Se lo veía un tanto añoso por lo que seguramente pagaba tercera edad.
Al igual que yo, llegó hasta la última estación terminal donde todos los pasajeros deben descender del tren.
Y descendió.
Caminamos unos segundos de lado a lado.
Me miró con una insoportable cara de autosuficiencia.
De pronto, por su andar ya no tan calmo, se notó que algo le pasaba.
Casi me motivó el ayudarlo, pero no quería hacer el ridículo hablándole a un perro de cómo usar el metro. Ya sabía suficiente, mucho más que algunos usuarios frecuentes.
Me retrasé en el andar para espiar su reacción.
Se metió a la escalera de cambio de andén, atravesó y se dispuso detrás de la línea amarilla a esperar el siguiente tren.
Cuando se dio cuenta que lo observaba a la distancia, me hizo una mueca y pareció levantar los hombros como reconociendo que se había pasado de estación.
Me reconforté al comprobar que los perros no saben usar el metro tan bien como los hombres.