Autor: Genezaret Contreras
Seudónimo: G. Belén C
Año: 2011 – Tercer Lugar
Querido Antonio:
¿Cómo es allá? ¿Es como dicen o pintan los pintores la imagen del Cielo? ¿Estás bien?
Jeje… antes de conocerte era “la mujer más feliz del mundo” y escribo esto entre comillas porque luego de hacerlo seguí siéndolo. Contigo conocí cosas nuevas, deseos a futuro, sueños y misterios ocultos.
Tú también sacaste tu provecho conmigo, “estudiante mediocre”.
Recuerdo que desde chiquitita me habían criado con el espíritu de una muchacha orgullosa, segura de sí misma y que debía sacarse las mejores notas del curso sea como sea y sin preguntar para qué y responder a lo que fueran a interrogarme… y tomé ese papel en la vida, como si viviera para ello.
Y me creía feliz por ello, porque era exitosa en todo, a pesar que pasaban los años y crecía entre las demás niñas se convertían en fiesteras y conversadoras incansables, su mundo me daba curiosidad, pero no, primero los estudios.
Pero todo tiene sus límites…
Ya con 15 años, recuerdo muy bien que era una mañana de otoño, con un sol bellísimo y el ambiente helado, que calaba los huesos. Estaba en el paradero esperando la micro… ¿te acuerdas de esa micro? Seguro que sí. Era una amarilla, de esas que traían desde Santiago porque no les hacían falta. Siempre nos quejábamos por ello.
Cuando llegó, subí con el pelotón de gente que se arrebató y luego de pagar quedamos todos apretujados. A pesar que se sentía menos frío, podías sentir poco a poco se te iba el aire de tus pulmones, y mientras me ponía azul, alguien se levantó de su asiento, ofreciéndomelo.
– ¿Quieres? –eras tú, invitándome con un gesto con el brazo. Te vi y tenías mi misma edad, por eso me diste una desconfianza. Siempre había visto a los hombres con ojos recelosos, porque desde pequeña los compañeros que tenían se la pasaban tirándole el cabello a las niñas, pegándoles un chicle en la cabeza o golpeándolas y las profesoras no hacían nada. A pesar que nunca había sufrido eso como las demás, creía que los muchachos eran seres sin corazón, que no creían en el romance, y no los juzgo, porque yo tampoco creía en lo que me mostraban las películas.
Dudosa vacilé, pero al final acepté y te dediqué ese lacónico “Gracias” que me caracterizaba por lo frívola que era. Saqué un libro del bolso y me puse a leer, como acostumbraba cada día.
– ¿Te gusta leer? –preguntaste.
– Sí –contesté, seca.
– ¿De qué se trata el libro?
Te miré a los ojos incrédula.
– ¿Acaso no ves que leo “El Principito”? Solo tienes que ver el título de la portada –dije en un tono sarcástico.
– Ah, sí…
– ¿Tú no lo has leído?
– Nop –respondiste con un aire distraído.
– ¿Por qué no? ¡Es maravilloso! –y alcé los brazos entusiasmada.
El micrero me hizo callar, porque según él no se podía concentrar con el ruído que hacía. Sumisa, bajé la cabeza.
– ¿Y por qué es tan maravilloso? –murmuraste por lo bajo.
– Porque el Principito pasa por diferentes planetas hasta llegar a un desierto…
– ¿Cómo es un desierto?
Ante la pregunta tan obvia, comencé a fastidiarme.
– ¿Cómo no vas a saber? ¡Es un lugar donde hace mucho calor, no hay agua, pero sí arena…!
– ¿Has estado allí?
– No.
– ¿Entonces cómo sabes que un desierto es así? –tu rostro expresaba una sonrisa burlesca.
– Lo dicen en la escuela.
– ¿Y cómo estás segura que lo que te dicen en la escuela es verdad?
Ya con la cabeza a punto de explotar, grité:
– ¡Deja de molestar y no hagas preguntas tontas!
– Señorita, haga el favor de callarse, sin me veré obligado a bajarla de la micro –me llamó la atención el conductor.
– Lo siento, señor –susurré con la cara roja como un tomate.
Y resultó que llegando a la escuela te convertiste en mi compañero de banco. Vaya sorpresa la que me llevé. Apenas llegó la profesora te sentó al lado mío, a resignación de ambos, y sé que tú también estabas disgustado por la cara que pusiste.
Ya sentado tú a mi costado, decidí hacerme la indiferente, ya con la mala impresión de la micro, no quería que pasara a mayores.
El plan de duró tres días. Sé que nunca te dije que te estaba haciendo la “ley del hielo”, jeje. Jamás tocamos el tema, pero bueno, esa fue la razón por la que no te daba las materias y cuando me preguntabas cada cosa yo respingaba la nariz con arrogancia.
Aunque en la escuela me funcionaba el plan, en la micro era imposible, porque aquellos días me subía al transporte, que curiosamente era la misma micro amarilla de la primera vez que nos conocimos. Y siempre venías con ese servilismo de cederme el asiento, yo aceptaba con el mismo “Gracias” y seguía leyendo mientras me bombardeabas con preguntas que yo consideraba, bobas.
Ya al cuarto día me había olvidado de mi regla y comencé a conversar contigo.
– ¿Qué lees hoy? –dijiste al verme leyendo una vez más en el asiento de la micro.
– “Mi Querido Enemigo” –creí que te burlarías, ya que siempre habían tachado los libros de la autora de feministas, es decir, solo para mujeres. Eso mismo me decían mis compañeros, pero ni siquiera te inmutaste a criticar el título tan cursi de la historia.
– ¿Y qué cuenta?
– Es de una mujer que cuida niños huérfanos a pedido de su mejor amiga que una vez fue una de los huérfanos que se habían criado allí…
– Ah… ¿y cómo es la vida de un huérfano?
– De seguro es lamentable, sin padres ni madres que los cuiden, una familia, sin poder salir de un edificio gris…
– ¿Y cómo sabes que la vida de un huérfano es así?
De nuevo empezaste, mas quise guardar un poco de paciencia. Ya con lo poco que te conocía, sabía que encontrarías algún talón de Aquiles para derrumbar mi lógica.
– Porque lo dice el libro…
– ¿Y tú eres una huérfana?
– No.
– ¿Entonces?
– Bueno, si tú te crees más inteligente, al menos te sacarías mejores notas que yo en Lenguaje –decía esto porque el día de ayer habíamos tenido esa prueba de Gramática. Como siempre había sacado la mejor calificación, pero extrañamente tú habías llenado la hoja de papel de preguntas en lugar de respuestas.
– ¿Y tú eres inteligente?
– Sí
– ¿Por qué?
– Porque sé muchas cosas, y tú no…
– Yo también sé muchas cosas
– ¿Y por qué te la pasas haciendo preguntas estúpidas?
Te relajaste al costado del barandal como si supieras lo que estaba pensando desde mucho antes.
– ¿Cómo el hombre descubrió cómo hacer fuego? –preguntaste de súbito.
– Porque se dio cuenta que la necesitaba para cocer sus alimentos…
– ¿Y cómo se le ocurrió la idea?
– Pues… seguro debió haber tomado una par de ramas o rocas de fósforo y las frotó la una a la otra…
– Y si el hombre se preguntó “¿Qué pasaría si frotara estos dos palos de madera?” ¿Eso ya no es una pregunta?
Ahí me pillaste. Era una respuesta de veras inteligente, y entonces me convencí que en realidad eres una persona verdaderamente admirable.
– ¿Ves? –agregaste –Ahí tienes tu respuesta, como la llamas tú. Yo preferiría llamarla pregunta.
– OK, de acuerdo. Eres inteligente…
– Las personas inteligentes no son las que se la pasan respondiendo, sino las que se preguntan lo más mínimo que hay en su entorno. Así ellos mismos se responden, por medio de experimentación.
– ¿Cómo es eso?
– Que echando a perder se aprende –y luego soltaste una carcajada, y yo por seguirte hice lo mismo.
Pasaron las semanas. Una, dos, tres… volaban, así también las hojas de otoño lo hacían, desnudando los árboles que se preparaban para dormir en invierno. Debido a tus bajas notas, la maestra me asignó de tutora para ayudarte a subir tus calificaciones. Me pareció una muy buena idea, y acepté gustosa; así pasaría más tiempo contigo, pues me encantaban tus conversaciones.
Cada día, cuando iba al paradero venía esa misma micro amarilla. Me parecía extraño, como que venía especialmente para mí, y cuando subía estabas allí, al final del pasillo. Incluso el conductor era el mismo, me conocía como la palma de su mano y de veras nunca sentí tanto gusto de ir a la escuela.
– Y bien, ¿cuál es la lección de hoy día? –te pregunté sentándome al lado tuyo.
– ¿Por qué preguntas Alicia? Si tú eres mi profesora.
– Yo no enseño así por enseñar. Tienes que darme algo a cambio.
Me miraste extrañado. Estuve a punto de echarme a reír al suelo, porque si antes eras tú el que me dejaba confundida, ahora, por primera vez lo era yo.
– ¿Qué quieres?
– Quiero que me enseñes lo que tú sabes.
Al oír eso, esbozaste una sonrisa misteriosa en tu rostro.
– Buen precio, lo pagaré…
– Pero también tienes que aprender de mí, así que cada tres días nos haremos una prueba mutuamente, así veremos si de verdad estamos aprendiendo.
– Me parece bien…
– Mas otra condición es que cuando tú hagas mi prueba, responderás lo que te pregunte…
Ante aquella condición, que no era acorde a tu naturaleza que cuestionaba todo, frunciste el ceño.
– Solo porque eres tú, aceptaré; pero también tengo mis circunstancias…
– ¿Cuáles?
– Cuando te haga mi examen, te daré respuestas, y tú tendrás de cuestionarlas.
Ahora la que fruncía el ceño era yo. Si tú eres el preguntón, yo era la respondona; en serio te habías vengado certeramente de mí.
– Bueno, bueno… me lo merezco por hacerte la vida imposible.
Ambos nos echamos a reír. Realmente era un trato irónico, haríamos cosas que a nosotros dos no nos gusta hacer.
A medida que íbamos aprendiendo cosas de los dos mutuamente y al tiempo acordado hacíamos las pruebas, comenzamos a disfrutar lo que nos dábamos a enseñar.
Los exámenes eran realizados en la micro. Teníamos suficiente tiempo con media hora de trayecto desde mi subida al colegio. De los 15 ítems respondíamos (o preguntábamos en mi caso) todos sin problemas cuando ya era la hora de bajarse.
Empecé a ver el mundo de otros ojos, no como me lo decían los profesores o las páginas de los libros. Tú me afirmabas ciertas cosas y yo tenía que contradecirlas cuando eran falsas, o si yo no las consideraba verdaderas, al menos tenía que darles una razón. Así fui aprendiendo que responder no es aprender, sino preguntar lo que había a tu alrededor.
Pero el fruto de mi trabajo era visible. Pasaban los días y cuando era tu turno de hacer el examen te iba cada vez mejor. Así entendimos que, si bien responder no te hacía inteligente, al menos ponías en práctica tus preguntas. Sin afirmaciones no existen preguntas, así como viceversa.
La micro fue como base secreta de nuestras lecciones, conversaciones y estudios. A ti te iba cada vez mejor en la escuela, y cuando recibías tus pruebas de parte del maestro te dedicaba un guiño de felicitaciones. En cuanto a mí, mis notas eran las mismas de siempre, pero cada vez mi tiempo de estudio se reducía a mirar el cielo, los pajarillos y hablar contigo en clases.
A pesar que nunca bajé mis notas, mis padres y profesores comenzaron a pensar que estaba demasiado tiempo en las nubes, así que fue por eso que te separaron de mí. Te sentaron al asiento que estuviera más atrás del salón y en casa no dejaban que te llamara por teléfono y que vinieras a casa jamás a verme, porque según ellos, eras una mala influencia.
Lo gracioso es que ellos nunca supieron que nos veíamos en la micro, todos los días. Así seguimos estudiando, preguntándonos por qué el cielo es azul, e imaginarnos que sería chistoso si fuera de leche y las nubes la nata.
Un día, la lección del trayecto fue los sueños a futuro. Un tema que yo desconocía por completo, y que tú parecías tener muy claro.
– Cuando sea mayor viajaré por el mundo, y conoceré tierras exóticas. Así les contaré a todos los que dicen creer cómo son aquellos lugares, y que no son así porque yo sí los he visto –dijiste comiendo una barra de chocolate.
– ¿Ah sí? Vaya, es un sueño muy bonito, pero piensa que primero debes tener mucho dinero, y para eso tienes que tener un trabajo que te de lo suficiente para viajar. Para ello tienes que estudiar primero.
– Cierto… entonces primero seré historiador o periodista, lo que venga primero ¿Y tú qué quieres ser?
Cuando me preguntaste eso, quedé muda. Nunca lo había pensado…
– ¿Y?
– ¿Y qué?
– ¿Qué planeas a futuro? O sea, no estudias por nada, tienes que tener clara tu película y no desperdiciar lo que te queda de batería, jeje.
– Bueno, todavía me quedan unos años para pensar en eso.
– Nunca sabes lo que puede pasar el día de mañana o a la vuelta de la esquina, Alicia.
– Hablando de vida… ¿tú qué crees que sucede después de ella?
– Haces lo que tienes que hacer en este mundo y mueres –contestaste relajadamente.
– ¿Y qué crees lo que hay después?
– Tarde o temprano Dios te llama para volver. Nada aquí es para siempre…
– ¿Y le tienes miedo a la muerte?
Volviste a darle un mordisco al chocolate y luego de tragar limpiaste los restos que había en tu boca.
– No –fue tu calmada respuesta.
– Pues yo sí –murmuré con temor.
Ibas a continuar, pero ya habíamos llegado a nuestro destino. Así que recogimos nuestras cosas para entrar rápidamente a la escuela, antes que tocara el timbre. Acordamos dejar el tema de la muerte para después de clases…
Luego de la jornada, se puso a llover torrencialmente. Era muy precavido, así que con tu paraguas lo compartiste conmigo para dirigirnos al paradero.
– Antonio, ¿somos amigos, ¿verdad? –pregunté ilusionada.
Entonces me miraste con los ojos brillando a la penumbra de la lluvia. Parece que esperabas que un día te cuestionara eso.
– ¿Tú qué crees? –contestaste, como me gustaba, con una pregunta. Ante tu respuesta, comencé a dar grititos de emoción y te abracé fuertemente.
– ¡No sabes cuánto me alegra! Somos amigos, yo nunca había tenido un amigo como tú…
– ¿Amigos? Alicia, siempre fuimos amigos, solo que tú ahora viniste a preguntarme si lo éramos…
– Perdona si demoré mucho en preguntarte, pero es que…
No pude continuar. Estábamos cruzando la calle para llegar al paradero. Una luz blanca se cruzó entre nosotros. De pronto sentí que me empujabas y caí a la vereda del asfalto.
Todo se volvió lento y oscuro. Se oyó un sonido ensordecedor, de un vehículo que chocaba contra algo y ese algo caía al suelo pesadamente. Tenía yo entonces los ojos cerrados y cuando los abrí, solo vi tu figura, tendida en el suelo, con la cabeza sangrando y que te había atropellada una micro amarilla. Esta había frenada y la pude ver con claridad: era la misma micro en la cual nos subíamos cada día.
La conversación sobre la muerte quedó pospuesta para siempre. Tal vez tú descubriste lo que hay después de ella, yo aquí, luego de 70 años sigo sin saberlo.
Quizás en unos minutos lo sepa. Aquí te escribo, ya con la mano temblorosa. Fue muy difícil tu partida, incluso se me preguntaba de cómo pude haberme creído feliz antes de conocerte, así que, para volver a serlo, intenté borrarte de mi memoria, y casi resultó, en serio. Pero nunca pude olvidar la pregunta que me habías hecho sobre los sueños y deseos, así que, si no me penaste tú, sí lo hicieron ellos, jaja.
Ya me falta poco, espero volver a verte pronto. Tú querías ser historiador, viajar por el mundo, y curiosamente crecí y me convertí en eso, tuve familia, hijos, nietos y un esposo que me amó muchísimo. A pesar que tú no lo lograste, me alegro poderlo hecho yo.
Como dije al principio, si una micro te trajo a mi vida, la misma micro te arrebató. Las personas van y vienen, te enseñan cosas, y si son buenas, mejor aún. Aparte de mostrarme cosas, fuiste un gran amigo y hermano.
Se me está cayendo el lápiz… creo que mi hora a llegado, ahí voy Antonio…