Algebra de los Terminales

Autor: Marco Antonio Bugueño
Seudónimo: Martín Santiago
Año: 2010 – Tercer Lugar

El Viernes 22 de Noviembre, cuando el despertador redondo, celeste y lustrado dio las 5:47 a.m., Rosadalia Johnson Manquileo se incorporó como le era precisamente habitual cada día de la semana. Se enfundó en su bata blanca y apagó la alarma con el dedo del corazón de su mano derecha. A las 6:02, una vez que la temperatura de su ducha se estabilizó en lo que ella precisaba como 31° C, se dispuso debajo del agua los 3,30 minutos cotidianos.

 Ya el día Miércoles 20 de Noviembre había recorrido los 254 metros que separaban el felpudo de la puerta de su casa con el nuevo paradero dispuesto cerca de su hogar. Un nuevo sistema de transporte público hacia su debut y de acuerdo a las noticias la promesa de mayor precisión y prolijidad le parecía alentadora. Sin embargo, al llegar a la esquina había contemplado con desazón absoluta el caos inesperado, la gente colgando de las puertas, empujándose con descortesía, y a veces violencia, intentando ingresar a un bus de dimensiones que le parecieron, eso sí, perfectamente adecuadas para las necesidades de comodidad, en ecuación con la densidad de pasajeros habituales en la zona. Se mantuvo a 100 metros de la escena, distancia que pensó suficiente para evitar verse involucrada en el embrollo y no recibir ningún eventual daño ante una maniobra inesperada (y/o desesperada) del chofer que intentaré avanzar, ante el caos, y en algún movimiento equívoco, perfectamente posible dada las circunstancias, arrojara el bus hacia la vereda impactando alguna casa o poste en un ángulo X, que ella inicialmente intentó calcular.

Había regresado rauda a su casa, insospechadamente confundida y se sentó en su sofá verde piedra, sin saber qué hacer, tratando de no tocar nada para, en el caso saliera nuevamente y volviera a las 19:34, como siempre, no encontrara algo inesperado y fuera de lugar. Pero no había vuelto a salir, sino tomado coraje y llamado a su trabajo informando su indisposición, dado que “el tránsito y sus medios de locomoción presentaban un desajuste insostenible, lo que hacia imposible alejarse de su lugar original a una distancia mayor del kilómetro medido”. Sonia, la secretaria, la escuchó con una mezcla de pena e incredulidad perpleja, y registró en el memorando que Rosadalia estaba con gripe.

Luego había decidido aceptar ese Jueves como un día inusual y distinto, mantenerlo a raya sin hacer demasiadas cosas ni movimientos innecesarios. Se sentó frente al teléfono y marcó.

Necesito me indique la dirección precisa del terminal de embarque inicial de la máquina 305. Sus horarios eventuales de salida, ubicaciones disponibles de oficinas de recarga de la tarjeta de embarque en el sector. Velocidad promedio del vehículo y otras características o información estrictamente técnica, útil para un usuario promedio, si es tan amable. – El operador del call center guardó silencio unos segundos antes de responder. Balbuceó.  – Sí señora….la máquina 305 comienza sus servicios cerca de la 5.30 am. en el terminal ubicado en Portezuelo con Ibáñez. Rosadalia se movió algo inquieta en el sillón. Dijo: Qué quiere decir ud., con claridad, con la palabra “cerca”. El muchacho guardó silencio un instante, luego contestó: Cerca…es decir más o menos a esa hora. Rosadalia supo en ese momento que profundizar la conversación con el telefonista sólo agravaría las cosas. Podría llevarla a laberintos insondables, de los que eventualmente le seria complejo volver. Está bien, está bien, no diga Ud. nada más. Le sugiero ciertamente, eso sí, tenga a bien comunicarse con sus superiores y sugerirles, sólo sugerirles por cierto ya que correría ud riesgo de ser desempleado, que las agendas del sistema sean ajustadas de tal manera que ese espacio de nadie que queda entre “cerca y más o menos” se acorte, para así facilitar la vida de la gente de trabajo como yo. Tenga Ud. buen día”. El muchacho permaneció varios segundos escuchando en bip intermitente de la llamada finalizada. Miro de reojo a sus compañeros de trabajo, como preguntándose si sólo él había escuchado esa conversación, lo que sin duda era así por desgracia, o por fortuna.

El resto del día Rosadalia Johnson lo había ocupado en las tareas destinadas para el Sábado en la tarde, lo que ya era un desastre, pero ya vería qué hacer el Sábado que venía. Podó con la tijerita de uñas las orillas y puntas de sus tres gomeros, de tal manera que, desde los bordes de la hoja hasta el eje dado por el tallo, se registrará la misma distancia. Lo mismo con la ubicación correcta y proporcionada de las tazas y platos en la vitrina del comedor, la equidistancia entre los vasos y su ángulo en relación al sol que entraba por su ventana a las siete de la tarde los días de verano. Luego las camisas, luego las alfombras, los jabones en los baños y los manteles de la cocina. A las 20.45 fue a su habitación y se puso el camisón celeste, se sentó en el borde de la cama y cepilló su pelo 36 veces por hemisferio, cantidad mínima que permitía deshacerse de la estática. Se acostó en su cama en ángulo de 160° y apagó la luz pensando en lo desordenado e incómodo del día que acababa.

Ahora, ya en el Viernes, salía de la ducha, se vestía con sus ceremonias enrevesadas y precisas y partía decidida a cambiar su suerte del Miércoles y de su día Jueves convertido en Sábado. El terminal se ubicaba providencialmente cerca de su casa. Llegó a las 6:41 am., lo que le pareció en extremo conveniente. El recinto ya estaba concurrido, pero la gente se ordenaba en las distintas filas para cada número de bus. Rosadalia quedó tercera en la suya. Tomó su tarjeta azul y con el dedo índice le secó la humedad que la mañana ponía sobre las cosas. Esperó.

Fue entonces cuando vio a Dario. Le pasó por delante muy cerca, su dedo meñique de él tocó por casualidad su dedo índice derecho de ella. Disculpe, dijo él. Tenía el pelo claro y ensortijado. Rosadalia supuso su edad entre los 32 y 33 años. Pero junto con ello pensó que su aroma era agradable y ese pensamiento la perturbó. Quedó paralizada mirándolo, mientras los demás ingresaban al bus.

Intentó recomponerse, distraerse contando algo. Lo que hacia cuando sus compañeros de curso la molestaban, cuando le decían rara, cuando todos quedaban en silencio con sus explicaciones sobre las cosas. Contando árboles, contando flores o contando cada hoja pequeña del pasto, así escapaba de la soledad, que la arrinconaba como un perro rabioso contra un rincón de su cuarto, arrancándole a mordiscos trozos de su falda. Nadie, ni su padre, un académico inglés alcohólico, quien terminó durmiendo con una profesora mapuche en una noche de borrachera y bosque sureño, a quien terminó queriendo y después olvidando, ni su misma madre y sus canciones nocturnas que solían aliviarle, podían sacarla de ese dolor.

Contó las ventanas del bus y sus seguros metálicos, los pernos brillantes de los neumáticos relucientes y alemanes.  Calculó las distancias que establecían entre sí las franjas verdes y blancas que dibujaban el bus y su relación proporcional con el ancho de los ventanales.

Señorita…suba porque tenemos que partir, dijo el joven chofer. Rosadalia Johnson Manquileo tuvo que hacer un esfuerzo titánico para impulsar su pie y toda su pierna derecha al primer escalón del bus. La voz la había conmovido aún más que su perfume o que su pelo y su rostro. Subió y quedó frente a él inmóvil. Debe poner la tarjetita ahí. Le va a marcar con un bip y luego entra. Dijo el chofer, mientras ajustaba algunos controles del tablero. Pero Rosadalia no se movía. El chofer se incorporó, se aproximó, tomó su mano y junto a la suya la acercó al visor amarillo. Bip, sonó. El corazón de Rosadalia no latía, sino temblaba desordenadamente. No se sentía dispuesta a contar las palpitaciones, pero algo en el fondo suyo le habló del desajuste dramático de la relación sístole – diástole, que suponía o advertía de la proximidad relevante de un colapso sistémico. Seguía inmóvil. Allí, frente a él, como aquel día, cuando de niña la llevaron al Museo Nacional de Bellas Artes y frente a un gran óleo permaneció 1 hora y 37 minutos, descifrando cada rincón, cada curva y relieve de esa mujer que, de espaldas a ella, ocultaba una carta en su mano a quien asomaba por una puerta entreabierta.

Pase no más, señorita. Dijo el joven chofer. Rosadalia no se movía. El muchacho suspiró, mientras se incorporaba nuevamente. ¡Yo poh viejito, apura el asunto!, se escuchó desde el fondo de la máquina. Cálmese señor, ya vamos saliendo, respondió Dario mientras tomaba de la mano a Rosadalia. ¿Le pasa algo?, preguntó. No, respondió ella, al borde del colapso. Está pálida, siéntese por acá, le dijo mientras la conducía al primer asiento disponible. Puso su mano izquierda sobre su hombro derecho. Por favor no me sueltes nunca, pensó Rosadalia, pero no lo dijo. ¡Corta el escándalo pos huevón!, gritaron desde el fondo. ¿¡Cómo que huevón, pelotudo!?, respondió el chofer. Por favor … déjelo así, gracias, le dijo Rosadalia.

¿Era por esto? ¿Por esto que Juana la Loca gritaba despavorida de amor por los pasillos de palacio? ¿Que María Luisa Bombal le disparó tres veces a su amante en el Crillón?  ¿Que la Mistral, que Violeta Parra se desgarraban sin más consuelo? ¿Esto era el amor?

Se bajó 3,5 cuadras después de su parada. Llegó 2,20 minutos antes del horario de entrada a su oficina, cuando su registro debía ser de 10 minutos precisos.  Entre las 8:30 y las 9:35 los 5 memos para adquisiciones debían ser despachados, luego y hasta las 10:47 las solicitudes de reposición a bodegaje y distribución de terreno. A las 10:55 entraba a la oficina de su Jefe, Guillermo Cardozo, a quien le indicaba los nuevos insumos que el piso debía adquirir para el día siguiente. Al verla entrar Cardozo bajaba los pies del escritorio y los reponía una vez que Rosadalia se retiraba.

Pero nada de eso fue lo que hizo, o bien sí, pero concentrado en los primeros diez minutos de la mañana. Luego se puso de pie y se dirigió acelerada hacia el tocador de mujeres, ante el sobresalto natural de Jiménez y Astudillo, quienes presenciaban esta escena por primera vez en 12 años.

Rosadalia Johnson Maniqueo se miró por largos minutos al espejo. Se acomodó el pelo detrás de su oreja izquierda, se tocó las mejillas y los labios sucesivamente. Acercó su rostro al cristal para examinar sus pupilas azules desde cerca. Sus pómulos sobresalían como los de una mujer china. Y su pelo amarillo trigo se deslizaba aún con delicadeza sobre su hombros vestidos de gris. No supo en realidad cuanto tiempo estuvo allí, había olvidado su reloj en el escritorio, pero alguna idea tuvo cundo encontró a todo el piso, mirándola desde el pasillo, aguardando su salida.

El Lunes 25 de Noviembre, siendo las 6:35 de la mañana Rosadalia Johnson abandonó su casa lentamente. Se sostuvo con dificultad sobre la altura de sus zapatos nuevos. Luego de unos metros y habiendo adelantado un cálculo estimativo sobre la relación de su peso, la densidad y ángulo de los tacos y la velocidad pretendida para llegar a las 6:41 al terminal, obtuvo mayor control de su ritmo. El vestido, también nuevo, tendía inconvenientemente a subir, plegándose, cada vez que apuraba el paso. No había otra solución que bajarlo con sus manos con el consecuente riesgo de perder irremediablemente el equilibrio.  Antes de llegar a la terminal dedujo que el choque entre un vehículo particular y una camioneta con zanahorias tuvo alguna relación con su apariencia, luego de escuchar que el chofer del primer vehículo hiciera una referencia abiertamente erótica y claramente soez en relación al largo de sus piernas y la disposición de su busto. No le molestó, por el contrario, le hizo sentido.

Cuando Dario pasó junto a Rosadalia no pudo, como todo el terminal, sino reparar en ella. Rosadalia no lo miró. Cuando llegó su turno, la hermosa joven subió y dejó caer su tarjeta al piso de la máquina. De un salto el joven chofer la repuso en las manos de la joven. Dario no pudo sostener la mirada azul y férrea que ella le propuso y regresó al volante algo azorado.

Después de ese día se sucedió la semana en que Rosadalia no fue al terminal. Luego, su aparición inesperada un Martes por la mañana. Y esa pequeña sonrisa. Y aunque Rosadalia Johnson Manquileo no dormía, aunque en 4,5 oportunidades estuvo a un rapto de correr desesperada al terminal y gritarle a Dario en la cara que se moría de amor por él, dejó que transcurrieran los 4 meses que de acuerdo a sus proyecciones y cumpliendo todos los silencios, las ausencias, las apariciones intempestivas, los vestidos maravillosos, las sonrisas repentinas, regaladas así sin más en medio de su permanente indeferencia y enmarcadas en su cálculo cuántico, abrían un campo de probabilidades, de certeza relativa y fijaban el día, con un cierto margen de error ya estimado, en que Rosadalia se detendría frente a Dario, antes que este subiera al bus y le diría:  Tu no eres Tristán y yo no quiero ser Isolda.

Para que luego vinieran los pequeños libros de regalo. Los primeros peluches de Dario, que de a poco, y después de sus lecturas, fue cambiando por rosas blancas y sus primeros poemas.

Rosadalia sabia de su amor eterno cuando miraba a Dario entrar a su casa por las tardes, cuando él la abrazaba y jugaba con su pelo, primero por el lado derecho 45 segundos, a veces 50. Y luego el lado izquierdo, para quedarse allí por un rato que parecía eterno, pero que generalmente eran 2, 5 minutos.

Rosadalia sabía lo mismo que supo la Mistral al escribir Balada, lo mismo que intuyó la Violeta cuando cantaba su desamparo, lo mismo que lloró Alfonsina cuando quiso dormirse en el mar para siempre. Con una sola diferencia. Rosadalia Johnson Manquileo también sabía matemáticas.