La Colorina

Autor: Raúl Vicente Navarrete Alonso
Seudónimo: Raulonauta
Año: 2009 – Primer Lugar

La Colorina tenía veinte años, era una yegua de color rojizo, más bien corta de patas y de tronco grueso, había nacido seca de vientre, por lo que su vida útil se redujo al trabajo bruto y forzado del transporte de carga pesada. Apenas estuvo buena para la pega, fue asida a una carreta leñera, cuya estructura se tornaba el doble de pesada cuando era mojada por la lluvia, muy habitual, en esos terruños atestados de vegetación exuberante en el extremo sur de esta tierra. Su dueño, Olegario, era un hombre de carácter frío y distante, escueto en palabras, dueño de una pobreza franciscana y de un rencor amargo e inexfoliable que le había ido carcomiendo el alma opacando el fondo de sus ojos oscuros y encorvando su espalda hasta esculpir en su apariencia la figura fantasmal de una gárgola. Jamás levantaba su cabeza, pero cuando lo hacía, su mirada turbia y la hendidura de sus cuencas, provocaban un miedo visceral a quien tuviera la mala fortuna de observarlo.

Otrora, Olegario, tuvo una infancia solitaria y carente de amigos. Ya adulto, consciente de su pobreza, se afanaba hasta fatigar sus músculos cargando y descargando leña, la cual vendía en el pueblo. La vida en esas latitudes volvían al hombre silencioso y taciturno, en las noches estrelladas el concierto de grillos era tan ensordecedor, que lograba aniquilar el susurro que producen los recuerdos cuando no queda más que mirar atrás y el futuro se torna algo difuso e indescifrable. Lo que Olegario ganaba, subsistir, no obstante, en su olla le alcanzaba para apenas no faltaban los porotos, las papas con chuchoca y de vez en cuando una cazuela de cordero con locro. El rancho lo había heredado de su padre, don Justo Calandro, y a pesar de su rústica construcción, hecha a base de lampazos, se podía soportar muy bien el mordisco gélido del invierno sureño, pues la techumbre estaba asentada en un ensardinado de adobe y paja cubierta por un techo de tejas de greda moldeadas a media pierna, esto, sumado a un fogón que llameaba día y noche en el horno rústico de una improvisada cocinería, entregaba la calidez que un hombre solitario necesita para subsistir. Hijo único, había perdido a su madre siendo aún muy pequeño. La meica le había advertido a don Justo:

-No la deje ir sola p’al monte ño Justito, tiene la sangre débil y está muy re flaca -le decía, y don Justo le contestaba:

-¡Tará del taita Dios!, es tan porfiadasa esta bruta…., hice que se le hace agua la jeta por comer digüeñes.

Fue así como encontró la muerte, se hallaba a medio cerro recolectando ese manjar que su boca de golosa le exigía, cuando un mareo repentino, le hizo perder el precario equilibrio que la sostenía y cayó rodando a gran velocidad, azotándose en su trayecto en sendas rocas blancas y angulosas que asomaban como dientes gigantes entre los pastizales húmedos. Dicen que a don Justo se lo llevó la pena, y así debió ser porque no alcanzó a ver llegar la primavera.

A sus dieciséis años, Olegario se las tuvo que arreglar solo y, además, hacerse cargo de La Colorina, que en ese entonces contaba con dos años de edad. La vivencia de la soledad, lo llevó desesperadamente a buscar compañía de modo de poder sofocar ese sentimiento de abandono que lo hacía sentirse extraviado.

Comenzó a visitar un lenocinio miserable donde el alcohol, el bailoteo y el cigarrillo fueron consumiendo a mordiscos sus exiguas ganancias. A veces se quedaba enredado entre un par de piernas insaciables por un par de días para luego volver arrastrándose a la monotonía de su rutina diaria. Afuera, sin moverse, sin comer, remecida por los caprichos de la intemperie, permanecía la fiel yegua, que con el tiempo le fue tomando cariño a ese muchacho parco que la trataba como una esclava, la cual cargaba con el martirio de mantenerse pegada a ese carromato cuyos tirantes de madera y cuero le mantenían llagada la zona del espinazo y el costillar. La Colorina, al verlo salir de aquel encierro tan prolongado, golpeteaba los cascos de sus patas delanteras contra la tierra y lo saludaba dando un relincho alegre y doloroso, sus ojos de noche mansa lo auscultaban nerviosa, él se subía tambaleándose mientras articulaba frases soeces llenas de incuria. Para La Colorina era lo habitual, cuando Olegario estaba sobrio le daba de varillazos para que ésta apurara el tranco, y, cuando se hallaba ebrio la hería verbalmente como culpándola de su destino adverso, lo bueno era que pronto se quedaba dormido y ella podía pastar tranquila cargando con todo el peso del maderamen con la totalidad de su contenido. El viento de los años transformó a Olegario en un hombre alcoholizado con una carga potente de tedio y rabia, La Colorina fue envejeciendo con dignidad y a pesar de todo el tiempo transcurrido, jamás se vio libre de aquella maldita carga que era como una extensión maléfica de su osamenta.

Enelda, una viejecilla de aspecto triste y raquítico, visitaba cada tres días durante la tarde a Olegario, doña Piedad se lo había confiado a esta mujer, que había sido su amiga y confidente, una tarde en que adivinó la llegada de la muerte en las volutas de humo del fogón:

-El día en que yo falte, no me lo deje solo comairita…, ¡prométamelo! -dijo ella.

-Así no más será pues, como que la virgencita está mirando y oyendo -le respondió Enelda, apretándole su mano.

Eran las cuatro de la madrugada y el brillo argento de la luna parecía enfriar aún más la atmósfera invernal. La Colorina, con la ruta de regreso memorizada a fuerza de realizarla consuetudinariamente, disminuyó el tranco, había que rodear el cerro El Quiñe para tomar el bajo y el despeñadero medía más de cuarenta metros de profundidad. De pronto Olegario, ya más repuesto, se incorporó y dio una orden perentoria:

-¡Para mierda que quiero mear! -dijo, y dio un salto a tierra, la yegua lo esperó inmóvil exhalando vapor de su pellejo sudado. El hombre se disponía a subir cuando de pronto sintió un fuerte dolor en el pecho, con ambas manos se apretó el corazón y cayó desmayado a la orilla del camino. La Colorina miró hacia atrás llena de espanto, pues su amo había quedado casi colgando en la pendiente, un solo movimiento y rodaría cuesta abajo por el zanjón. No podía girar completa, ya que el sendero era muy angosto, así que empezó a retroceder, con cuidado se acercó a él y lo olfateó…, aún respiraba. Entonces, con extrema delicadeza, La Colorina, cogió el cuello de la chaqueta de Olegario con los dientes y comenzó a arrastrarlo hasta dejarlo fuera de peligro. Ya eran las diez de la mañana cuando éste despertó, sin decir ni una palabra, como pudo se incorporó ayudándose de los crines del cuello del animal. Logró subirse a la carreta y nuevamente perdió el conocimiento. Al fin La Colorina llegó al rancho, se acomodó bajo un nogal y se dispuso a esperar. Doña Enelda llegó a eso de las cuatro de la tarde, al percatarse de lo que estaba ocurriendo, trató infructuosamente de reanimar a Olegario, intuyendo la gravedad del asunto, partió al pueblo a buscar ayuda. Más tarde una ambulancia lo trasladó de urgencia al hospital. Esa misma noche fue operado. Semanas después lo dieron de alta. Su corazón no fue capaz de resistir la tóxica mezcla de alcohol y desamparo.

Aquella tarde doña Enelda volvió al rancho, le iba a poner tranca compasión y ternura la movieron a soltar de sus amarras portón, pero un sentimiento de a la solitaria yegua que cansada y sin haber pegado un ojo en toda la noche, cabeceaba bajo la sombra del árbol. La Colorina al sentirse libre por primera vez en su vida, emprendió un suave y alegre trotecillo, salió a campo traviesa en dirección hacia el río, se detuvo por un instante y mirando hacia atrás sacudió su cabeza en un gesto de agradecimiento. Al llegar al cauce, bebió agua fresca hasta hartarse, luego se bañó llena de alegría dando relinchos y resoplidos. Escogió las hierbas más aromáticas y tiernas que crecían a la orilla y las saboreó suspirando profundamente. Cansada, al final del crepúsculo, se echó sobre el pastizal y se quedó dormida profundamente, para no despertar más. Arriba, el cielo estrellado le prometía una libertad infinita.