Autor: Voltaire Catalán Jiménez
Seudónimo: Lucas Bart
Año: 2009 – Segundo Lugar
El ronco quejido a mi lado, me obligó a dejar el libro que estaba leyendo y algunos pasajeros sorprendidos, asomaron los ojos por sobre el respaldo de sus butacas. Mi compañero de asiento en el bus, despertó cohibido, disculpándose por el baladro que se le había escapado mientras dormía.
-Perdone usted -murmuró.
Luego se quedó mirando por la ventanilla, con las mejillas coloreadas por el bochorno.
Era un suboficial mayor de la Armada, a punto de jubilar, delgado, cara angulosa y de recortados bigotes encanecidos, en cuyas hombreras del uniforme lucía dos anclas cruzadas junto a los galones dorados.
Para romper el embarazo, le pregunté qué significaban esas anclas, ya que había observado en otros marinos señales diferentes.
-Es distintivo de la especialidad. La que usted ve aquí, es la de Maniobras -dijo mostrando la insignia-, en mi grado equivale a contramaestre.
Respondió ya más tranquilo, pero siempre mirando de soslayo. Con el afán de que recuperara la confianza perdida y como desdramatizando lo sucedido, le expresé:
No debe avergonzarse por haber dejado escapar un quejido al estar durmiendo, a mí también me ha sucedido viajando. A veces hasta se me ha caído la cabeza o he dado epilépticos saltos.
Se rió.
-Tiene mucha razón.
Volviendo a su seriedad replicó:
-Lo que pasa, es que esas pesadillas me ocurren por algo que arrastro desde hace mucho tiempo y jamás se lo he contado a nadie.
No quise interrumpirlo. Cerré el libro dispuesto a escuchar. Los marinos tienen infinidad de cosas interesantes para relatar.
Al darse cuenta de mi atención, decidió manifestar esa confidencia, por lo demás, el viaje era largo y teníamos disponible todo ese atardecer, mientras rodaba el armatoste de Santiago a Valparaíso.
-No obstante, alguna vez debo revelar esto tan mío, quizás con ello lleve tranquilidad a mi espíritu. Usted me inspira confianza y es posible también, que no nos volvamos a ver nunca más -declaró acomodándose en el asiento.
-Gracias por fiarse de mí y esté dispuesto a descubrir ese íntimo secreto causante de sus malhadadas pesadillas -contesté, estimulándolo.
-Verá usted -comenzó diciendo-, tendré que hacer un preámbulo antes de relatar la causa de estos sueños que me acosan, para que pueda comprender.
Lo alenté a no preocuparse, pues como novel escritor que soy, podría servirme para argumento de alguna historia.
-En el barrio donde me crié -oí que me decía-, ubicado en uno de los cerros de Viña, conocí un chicuelo con quien nos hicimos muy amigos. Crecimos, se puede decir, como hermanos. Jugábamos a la pelota junto a otros pilluelos en la calle polvorienta, martirizada de baches y de piedras. Con ese espíritu de niños inquietos y aventureros. un día, entramos a la brigada de boy scout. Yo llegué a ser guía y Fernando Mellado, que así se llamaba mi amigo, caja de la banda de guerra. Le encantaba la música. A los quince años, sin haber terminado las humanidades aún, decidí ingresar a la Escuela de Grumetes en la Armada, pues siempre me atrajo el mar, pero Fernando prefirió irse a la Escuela de Infantería de Marina, ya que ser músico e integrar la banda instrumental. Después de deseaba un tiempo, nos volvimos a encontrar en el viejo arrabal. Yo estaba embarcado, él laboraba en una repartición de tierra. Nuestra juventud se desarrolló como todos los de nuestra edad, algunas farras con los amigos, las pololas, el cine; sólo nos dejábamos de ver cuándo Por esa época conoció a una hermosa muchacha. Al poco yo salía a navegar. tiempo se casaron. Fue una fiesta en grande. Más tarde, como marinero de Maniobras, me trasbordaron al Buque Escuela Esmeralda. Era a principios de los sesenta. El velero permanecía tal como llegó de España. Hice mi primer viaje por algunos países del mundo.
¿Esmeralda continuaba tal cual como lo trajeron de Europa? – ¿A qué se refiere al decir que el Buque Escuela ¿Acaso no es idéntico a como está ahora? -lo interrumpí.
-De ninguna manera, señor. Actualmente es un palacete comparado con ese entonces. Perdone que me explaye un poco en describírselo. Para empezar, en aquel tiempo la tripulación dormía en coyes. Que son hamacas de lona que cuelgan desde unos ganchos por sobre las mesas en que se arranchaba la gente, en los entrepuentes oscuros. En otras palabras, ese entrepuente frío, pésimamente alumbrado, servía de: dormitorio, comedor, sala de estar, de estudio, maletero y lugar de la batayola, donde se guardaban los coy, también existían enormes tachos para la basura en los rincones. Para qué le cuento de los servicios higiénicos, no me va a creer, eran verdaderas letrinas. Estaban ubicados en un estrecho espacio a proa y por ambas bandas estaban instaladas unas canaletas metálicas apegadas al piso, con declive hacia popa, por donde corría el agua extraída del mar, en dicho conducto había que hacer las necesidades encuclillados y agarrados a unas manillas empotradas en mamparos de metal, tipo biombos, que servían de separación de otros compartimientos iguales. Puede hacerse la idea de lo que ocurría con los balances o cabeceos del barco, cuyas canaletas se desbordaban hacia el reducido pasadizo que las separaba y corría la mugre por entre nuestros pies. El agua la daban algunos minutos en la mañana, agua fría, para bañarnos y realizar otras necesidades, momento que aprovechábamos de lavar ropa tirándola en el piso, la que refregábamos con los pies, mientras nos duchábamos, jabonábamos y orinábamos sobre ella, en forma rápida, todos apilados, antes que la cortaran. Para enjuagarla, la lanzábamos al mar, amarrada de un cabo, al costado del barco. Al secarla en los nervios de la borda, quedaba tiesa como lona a causa de la sal, especialmente en el trópico. El problema de la escasez del vital elemento, era por los evaporadores que producían el agua dulce, que alcanzaba sólo para las calderas. En fin, para qué seguir. Mi cargo en las maniobras de velas, era la de capitán de altos. El capitán de altos tenía que dirigir el trabajo de las velas desde la cofa hacia arriba (escandalosas y estayes), junto a grumetes y otros marineros que eran los ayudantes. Había un capitán de altos por palo y uno por cada verga. Además de participar en dichas maniobras, todos ellos, después del ajetreo diario, debían pasar la “descubierta” al atardecer, en tanto el resto descansaba. Ésta consistía en la revisión de la maniobra del palo que le correspondía, en otras palabras, había que recorrer los cuarenta y ocho metros de altura del mástil, todos los días en puerto y navegando, con mal y buen tiempo, sin contar las guardias que había que cumplir. Realmente señor, no era ninguna chacota navegar en el velero en ese período, sin embargo, sirvió para endurecerme y templar los nervios. Estábamos por regresar, cuando en un puerto de Europa, me llegó carta de Fernando, donde me contaba que su señora, Silvia, esperaba el primer hijo. Con mucho placer lo felicité enviándole un telegrama, rogándole apadrinarlo. Estuvo totalmente de acuerdo y también Silvia. ¡Seríamos compadre! Ya en Chile, nos fuimos a Talcahuano para reparaciones de la embarcación. Al nuevo viaje correspondiente a ese año, cuya travesía sería la Polinesia y otros lugares. En el puerto se embarcó el curso de guardiamarinas, más la banda instrumental, completando la nueva dotación que representaría al pais en el extranjero. Yo continuaba a bordo por otro año. Para mi sorpresa y alegría, en el grupo de músicos venía mi amigo Fernando. Desde el primer momento, noté que desagradó las múltiples incomodidades del barco. Creo que además de desagradarle, le temía.
-¿También tendré que subir? -me interrogó una tarde, mirando con desaliento el tamaño de los mástiles, yo no podía mentirle.
-Depende, pero por lo general todos deben darse una vuelta por allá arriba, además es cuestión de costumbre.
-No sé para qué me metí a esto. Si hubiera sabido que me iba a embarcar algún día en la Esmeralda, jamás habría entrado a la Marina -murmuró con tristeza.
-Calmado, creo que la mayoría, al principio, piensa como tú, pero al pasar las primeras pruebas, ni se acuerdan -traté de tranquilizarlo.
Llegó el momento de zarpar, Silvia estaba entre los familiares y amigos de los tripulantes que fueron a despedirnos. Recuerdo que ella me dijo al abrazarme: “Cuida a mi Feñita”, mientras miraba tiernamente a mi amigo. Yo palpé su guatita hinchada, respondiendo: “Y tú cuida a mi ahijado”. Los tres reímos alegremente.
-Cuando regresen, el bebé tendrá un par de meses y los estará esperando sentado en el muelle, para que lo bauticemos -bromeó Silvia, mientras nos embarcábamos.
Al zarpar, ella se despidió agitando un pañuelo. La vi que lloraba. Los padres se la llevaron, mientras el barco se alejaba hacia la salida del puerto al son de unos compases de la banda. Fernando, tocaba redobles en su tambor, como tratando de disimular algunas lágrimas que colgaban de sus mejillas. El velero puso proa a la isla Juan Fernández. Allí estuvimos unas horas. Al día siguiente enfilamos al norte para tomar altura y aprovechar los vientos alisios. Entre las actividades que debía realizar la tripulación, estaba la de “subir por alto”, es decir, trepar a los palos. Todo el mundo a bordo debía llevar a cabo esta práctica después de la lista en la mañana, desde el último grumete, pasando por los cocineros, auxiliares, artilleros, guardiamarinas, etc. Usted comprende. Fernando estaba aterrado.
-Yo no voy a subir, sólo mirar la altura se me encoge el corazón, menos me atrevo con el barco en movimiento -me confesaba.
Yo comprendía su inquietud, pues viví esos momentos de tensión las primeras veces que trepé por las jarcias. Al principio uno sube flechaste por flechaste, con la guata raspando la tabla de jarcias hasta llegar debajo la cofa. Allí, nace desde el palo, una escalerilla hasta el extremo de la plataforma, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Ese tramo es el más temido por todos, pues uno debe ascenderla dando la espalda a la cubierta. Con los balances del barco, todo el peso del cuerpo recae en las manos y los brazos, entonces, debido al nerviosismo, los dedos se agarrotan por el esfuerzo, se hinchan las venas en las muñecas, el corazón quiere escapar por la boca. Luego, al arribar al borde del tablado, hay que tomarse de los acolladores que afirman los obenques del mastelero y darse un impulso, en el cual el cuerpo se balancea en el vacío a veinticinco metros de altura, para a continuación encaramarse a la palestra. Generalmente allí está el capitán de los altos para ayudarlo a subir, si es que alguno tiene dificultades. Las primeras tentativas me dejaban las piernas con un temblor terrible, parecían de gelatina y los dedos de las manos encogidos como garras, cuando regresaba a cubierta. En la cofa hay una tapa que se llama “boca de lobo”, y los que temen pasar por fuera hasta la plataforma, pueden hacerlo por allí con mucha seguridad, pero quien lo hace, se expone a las burlas de sus compañeros. Muchos, ya peritos, competíamos quién subía más rápido, algunos eran verdaderos ases trepando como monos por las jarcias, yo era uno de ellos. La Esmeralda navegaba con velas desplegadas, empujada por un suave viento sur. El día estaba despejado y el mar mostraba un color verde oscuro. El oleaje golpeaba los costados del casco, produciendo un pesado cabeceo. Esa mañana tomábamos desayuno, un té con leche, deslavado de mal gusto, con un pan, sentados en las largas bancas junto a las mesas, que aún lucían la marca de los pies de quienes se levantaron de los coyes al toque de diana que los rancheros no limpiaron. Fernando estaba muy nervioso cuando llamaron a formación de las ocho, pues, luego vendría la subida por alto, en esa oportunidad, sería el debut de todos los nuevos.
-Parece que me voy a hacer el enfermo -me dijo muy pálido y tembloroso.
-Tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a la altura, mientras más pronto mejor, de a poco te irás acostumbrando, por lo demás es bueno tener miedo -le respondí, tratando de darle ánimo, mientras subíamos las escaleras para salir a cubierta. La banda formó en el castillo de proa, junto a la marinería que trabajaba con los foques y la cruz, en el trinquete. El resto de la tripulación, en los palos; mayor de proa, mayor de popa y mesana. La voz del oficial de maniobras sonó como un trallazo al ordenar: “¡Capitanes de alto, penoleros y amolladores, a las jarcias!”. El ruido del pito de los contramaestres y guardianes de palo, animando a la marinería a subir era ensordecedor, confundiéndose con el rumor del oleaje, las voces de maniobra, el chirriar de los aparejos, el crujido de las botavaras y el murmullo de los que trepaban. Las tablas de jarcias se sacudían como alfombras con tantas manos y pies escalando velozmente los mástiles, por ambas bandas. Daba la impresión que de pronto, uno saldría disparado al mar. Enseguida lo hizo el personal de máquinas y los auxiliares: escribientes, panaderos, mayordomos, cocineros y los que componían la banda de músicos, todos ellos no participaban de las maniobras de velas. El oficial, un teniente Infante de Marina, macizo, moreno, de cara alargada, ordenó a los músicos que treparan a las jarcias. Sobre este oficial, Fernando me había dicho que a él, le tenía cierta ojeriza desde que asumió el mando de la banda allá en Las Salinas. Siempre lo estaba jodiendo por cualquier tontera. Desde arriba, yo estaba pendiente de mi amigo y observaba lo que en cubierta sucedía. Las voces llegaban nítidas hasta donde me encontraba. Fernando le solicitaba al oficial en ese instante, que no le obligara subir porque sufría de vértigo.
-¡Usted cumpla la orden! -se escuchó que
vociferaba.
-Por favor mi teniente, no es que me niegue a cumplir la orden, sólo le pido que me comprenda, yo soy músico, no marinero, por otro lado la altura me produce mareo -rogó mi amigo.
-¡No me venga con que le vienen mareos ni que nada, eso se llama cobardía! ¡A bordo queremos hombres! ¿Oyó? Partió para arriba o aténgase a las consecuencias -amenazaba rojo de ira el superior, con mayor razón, al ser observado por sus pares y tripulantes. No podía aceptar que su autoridad se viera menoscabada. No señor.
El suboficial, observó por la ventanilla. Quedó en silencio un rato, como rememorando los hechos, para decir a continuación. Fernando se arrimó a la tabla de jarcias y desde allí miraba muy asustado hacia lo alto. Así estuvo unos instantes, aferrado con ambas manos a los obenques de acero, quizá qué pensaba en esos momentos. Posiblemente en Silvia y el hijo que venía en camino. El ladrido del oficial lo sacó de ese trance.
-¡Suba, en el acto! ¿Qué espera, que lo lleven en brazos? ¡No sea gallina, última vez que se lo ordeno!
Lentamente, Fernando inició el recorrido que yo imaginaba un calvario para él. Lo veía allá abajo, como un escarabajo apegado a la tela de una araña, mirando hacia la altura, traspasando el miedo a sus manos que se aferraban como tenazas en los cables. El velero se balanceaba y corría un poco escorado a estribor. Él continuó arrastrándose hacia la cofa. Ya cerca de ella, dirigió los ojos a cubierta. El capitán de altos le advirtió que no mirara para abajo, eso, en un primerizo es traumático a veces. Fernando se paralogizó. Y cómo no, si la gente en cubierta se ve diminuta. El barco se nota angostísimo, el agua blanquea torrentosa a los costados del casco, los movimientos de la nave producen liviandad, luego pesadez en el cuerpo. El mar es como un enorme platillo azul que se balancea para uno y otro lado. Fernando no intentaba continuar subiendo. Mientras esto sucedía en el trinquete, en el resto de los palos los demás trabajaban en la maniobra; sin darse cuenta de lo que sucedía con mi amigo. Al lado y arriba suyo, se movían los hombres a lo largo de las vergas balanceándose en los marchapiés, quienes lo animaban a no desmayar, pero él estaba asido, como clavado debajo de la cofa, impidiendo el paso a dos compañeros que venían a la saga. Por la banda contraria descendía el resto que había cumplido con el trayecto. El oficial ordenó irritado:
-¡El capitán de altos que le abra la tapa de la boca de lobo a ese imbécil para que pase y los otros puedan subir!
El orgullo de Fernando pudo más que su miedo, pues, decidió continuar trepando por afuera, ignorando el hueco. Creo yo, que fue una manera de rebelarse, por lo menos en ese instante, contra el superior. El capitán de altos, sobre la plataforma lo animaba en voz baja:
-Deja que ladre tu teniente allá abajo. Con calma, vas bien. No mires para abajo, respira hondo. Has demostrado ser más valiente que el resto.
En tanto, Fernando ascendía la escalinata dirigiéndose hacia el borde de la cofa, dando la espalda a cubierta. Cuando al fin asomó su rostro perlado de sudor, al borde del tablado, sus ojos eran dos esferas desmesuradamente abiertas, donde se reflejaba el miedo, la ansiedad, con la boca reseca, respirando entrecortado, y allí se quedó, indeciso.
-Tranquilízate, pasa una mano y afírmate del acollador, luego pasarás la otra. Yo te ayudaré a subir -le recomendó el capitán de altos.
Así lo hizo, estiró un brazo para aferrarse al obenque que nace de la cofa hacia la perilla del palo, pero se arrepintió y cambió de mano, cuyos dedos estaban crispados, encogidos, sin fuerzas debido a la tensión nerviosa.
-¡Ayúdame, por Diosito! -pidió con trágica angustia al capitán de altos, quien, hincado en la cofa pretendía prestarle socorro y antes que pudiera cogerle la mano, vino un balance de la nave, sus dedos rozaron inútilmente la mano del marinero y los bordes del entarimado, intentando afincarse en los obenques, pero éstos, ya sin energía, no respondieron. Un grito aterrador acalló el rechinar de aparejos, los pitos de los guardianes, cuando Fernando se precipitó de espaldas al vacío con los brazos abiertos. Su cuerpo rebotó pesadamente en la tabla de jarcias, cayendo al mar cual un muñeco desarticulado. Los dos músicos que venían a la saga de mi amigo, lo vieron pasar por sobre sus cabezas. Se devolvieron a cubierta, uno iba llorando. Hubo como un silencio de siglos, después de que se corrió la voz: “¡Hombre al agua!”. Hasta el graznido y el vuelo de las gaviotas se detuvo. Al poco rato se formó un pandemónium entre carreras y órdenes para detener la viada del velero y arriar una chalupa para rescatar a mi amigo, que aún se agitaba entre el oleaje. Los remeros regresaron a bordo con el cadáver de Fernando, el que depositaron en la enfermería. Me acerqué a la habitación con un dolor y una enorme angustia en el alma, que usted no se lo imagina. En el cuarto, con olor a medicinas y cloroformo, descansaba mi amigo en el suelo. Lo habían envuelto en una mortaja de lona blanca que dos hombres de maniobras cosieron. Desde allí, venía saliendo el oficial que le dio la orden, con el rostro desencajado, no sé si por la tragedia reciente o por el peso de su conciencia. Yo me senté a llorar en el pasillo con enorme angustia en el alma.
Al suboficial se le quebró la voz al describir esto último. Calló por breves instantes. Sin mirarme, continuó su relato:
-El capitán de altos que intentó ayudar a Fernando y que fue testigo de todo lo que le he contado, decía a sus compañeros que quisieran oírlo, que el teniente tenía la culpa por obligar a Mellado a cumplir el desatinado mandato y que si había sumario, él relataría cómo fueron los sucesos. La Esmeralda puso proa a Coquimbo, el puerto más cercano para desembarcar los restos de Fernando. Después continuamos el viaje. Al tiempo, supe que Silvia no pudo superar el dolor y perdió al niño. Debo contarle señor, que en el juicio que se le siguió al teniente, el capitán de altos se retractó de todo lo que había comentado anteriormente a sus camaradas, declarando a favor del oficial, expresando que no había escuchado nada, pues estaba preocupado de otras cosas allá en la cofa. Lo hizo, posiblemente por miedo a represalias y poner en riesgo su carrera, usted sabe, la oficialidad se protege entre ellos. La gente de mar o el perraje, como decimos, siempre perderá en esos casos.
Habíamos llegado a Valparaíso, el marino se levantó para apearse del bus. Yo hasta ese instante había guardado silencio, sobrecogido por el relato, sin embargo, antes que se marchara le hice la pregunta que me intrigaba:
-Por Dios, qué terrible lo que me ha contado, y lamento profundamente lo de su amigo, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con sus pesadillas, si usted no es culpable de nada?
-Es que el capitán de altos que estaba en la cofa presenciando todo y testificó cobardemente a favor del oficial, era yo -expresó
Luego se perdió entre el gentío del terminal.