Autor: Voltaire Catalán Jiménez
Seudónimo: Sirius
Año: 2011 – Segundo Lugar
A paso lento, apoyado en su torcido y nudoso bastón de ciprés, caminaba el viejo lobo de mar por el sendero que conducía a la playa cercana Su añeja pipa iba prendida en sus labios secos, sobre los que cabalgaban blancos bigotes amarilleados por el tabaco- La desteñida y ajada gorra marinera le ocultaba apenas los largos cabellos canos. Hacía mucho tiempo que había dejado de navegar, sin embargo, a menudo bajaba desde el huerto de su casa a la playa para permanecer algunas horas junto a su decrépita velera, varada por largo tiempo en tierra entre algas, piedras y graznidos de pájaros marinos, durmiendo el cansancio de zarpes y recaladas pretéritas. Su perro y la goleta eran su única compañía desde que había enviudado. Sus hijos hacía varios años que habían partido buscando nuevos rumbos, llevándose un puñado de esperanzas y la ingratitud a cuestas.
En el paseo lo precedía su perro Chinchorro, que trotaba, olfateaba; de vez en cuando orinaba un árbol, de pronto encogía una pata y se iba saltando en las otras tres, batiendo el plumero de su cola
Había una luz dorada de atardecer temprano que iluminaba las islas cercanas, tornando más clara y azul la cinta de los canales. Un vientecillo helado sacudía su amplio y oscuro chaquetón de navegante. La pipa, en un extremo de la boca tosía humo como barco a la deriva
Al llegar cerca de la barca carcomida por la broma y el tiempo, se sentó en una roca frente al casco que cual un enorme cetáceo permanecía echado. Las coderas y espías afirmaban la nave atada a unos troncos que asomaban entre unas rocas. Prendidas a ellos cual harapos tendidos al sol, había algas y huiros secos, recuerdos de cada oscilación de la marea. En el centro del barco se enganchaba la escala de gato, confeccionada de cuerdas, la que tentaba al marino a encaramarse, pero éste no se atrevía — Le pesaban los años —Se justificaba así mismo. En tanto el perro, ignorante de las intenciones y dudas de su amo, ladraba eufórico a unas gaviotas errabundas.
Las jarcias podridas, los obenques, las anclas oxidadas daban la sensación de lastimoso abandono. La herrumbre de los fierros y aparejos teñía de cobre amarillento los rincones y el musgoso costado.
— Cómo quisiera tener diez años menos— Se lamentaba.
Es que sufría la nostalgia de otros cielos, de tantas orillas a las que arribó no recuerda cuantas veces y aún sentía el deseo irrefrenable de horizontes desconocidos.
Sus añoranzas eran tan angustiosas como sus caducos sueños de niño con los que amuebló su infancia, cuando navegaba con botes de papel de diario, encerrado entre las cuatro paredes de su hogar. O con diminutas balsas construidas con tablas de cajón, que echaba en los esteros o riachuelos cercanos, acompañado del coro de sapos y el silbo de pájaros.
A lo lejos, un barco asomó entre las islas. Entonces recordó su caminar por los senderos del mar. África, la Polinesia y el Caribe no le fueron indiferentes, de allá se trajo el embrujo y la alegría, de bocas, de cuerpos ardientes, con sabor a frutas y algas marinas, también trajo Souvenirs de la India y de China para su mujer, exóticos juguetes del Japón para sus hijos.
Caleteando por el mundo bebió la cerveza oscura de oscuras tabernas, en compañía de marineros rubios, negros, amarillos, escuchando sus voces broncas, sus rudas carcajadas que estremecían mesones y ventanales y cuyas manazas reventaban barriles para beberse todo el ron, sin esquivar otros licores endemoniados.
Tampoco olvidaba los mares tempestuosos, tremendos, donde rinde examen la pericia, el temple del nauta y cuyo bravío viento no deja hablar, tampoco oír, soportando, además, esa angustia en silente metida en el estómago.
Por Tierra del Fuego compartió el aguardiente, el frío y la carne de lobo con capitanes de cúter, cazadores de nutrias y Yamanas ateridos, bajo el manto borrascoso de los canales espectrales y el frío letal de los glaciares.
Regresó desde esas orillas. Atravesó el Golfo de Penas encumbrado en las marejadas funestas, para arribar a su isla. Anhelaba tener su propio barco. No uno cualquiera. Quería una velera, una goleta propia con una cangreja y un foque, o quizás dos, envergados en el bauprés.
Con sus manos, construyó entre martillazos, serrucho, azuela y denuestos su barca Ella lo llevó a traficar madera por el Backer, Guaitecas y Chiloé. Ahora yacía arrumbada, inservible, una sombra de Io que fue: esbelta y galana
El viejo hombre de mar se levantó de su asiento, cansado, como si viniera regresando de un dilatado viaje, con un hondo suspiro encendió nuevamente su pipa Ahora sólo le quedaba caminar el presente por el solar amargo de la búsqueda de un pasado enredado en las hilachas del tiempo. Estaba, al parecer, obligado solamente a soñarlo, como quien dibuja el rostro amado en el aire de un quimérico paisaje.
El barco en lontananza, se agrandaba, cruzó la bruma del atardecer que ya a esa hora se derrumbaba por el revés de los cerros, rajando con la quilla las aguas que Io estorbaban, como tantas naves que continuarán arando las rutas del mar, sembrando de sueños a otros tantos marineros.
Esa visión le iluminó el rostro dando nuevos bríos a su espíritu, y cual un niño haciendo una maldad, miró a todos lados como para no ser sorprendido y sacando coraje desde el fondo de su ser, se arrimó a la carcomida escala de gato decidido a treparse antes que la marea subiera del todo, a duras penas, consiente de su irresponsabilidad, ascendió por ella hasta la cubierta de su querida barca. Le costó, y por ello se sentía satisfecho y alegre. Pensó que las cuerdas de la escalinata no resistirían por lo podridas que se hallaban. ¡La felicidad no le cabía en el cuerpo i Tanto tiempo sin sentir esas maderas bajo sus plantas! Ya podía tirar por la borda las tristezas de todos esos años.
Jadeando, contento aún de su hazaña, se sentó abordo sobre la carcomida tablazón. Luego, muy lentamente caminó de rodillas por la inclinada cubierta sujetándose de cabos desmadejados, tratando de alcanzar la escotilla.
En el interior de la desvencijada barca asomaban nidos de pájaros, alguna telaraña y espeso musgo en los rincones. En el fondo, se apozaba una agua espesa y turbia Sus cuadernas presentaban rajaduras, algunos bajos estaban lastimosamente heridos, había olor a humedad y madera podrida. Los tablones blanquecinos lucían manchas de fecas de pájaros marinos despidiendo un fuerte hedor a yodo y pescado, mostrando las llagas de sus hiladas entre la brea resquebrajada.
A proa, en la pena del bauprés, un alcatraz, erguido cual un viejo y rechoncho capitán avizoraba el horizonte- Arriba, en la cruceta del palo, un par de gaviotas, sus eternas compañeras, vigilaban el barco que se empequeñecía en la distancia. El anciano escondió los ojos bajo la visera de la gorra. La velera era una prolongación de su vida y de su edad.
La pleamar, cual un reptil reptaba por la playa, acercándose a la barca, entonces al hombre se le ocurrió una loca idea. Esperaría la subida del mar hasta que la lancha flotara, pues era la fecha de Sicigias, donde se producen las más altas y bajas mareas del año, así podría sentir nuevamente el vaivén y movimientos de la embarcación.
Caía la tarde y la mar llenaba los esteros y los canales, la goleta se enderezó como un viejo ballenato despertado de su letargo, al rato se mecía al compás del suave oleaje- El viejo, eufórico, caminaba de proa a popa y de babor a estribor, golpeando el bastón en la dura cubierta y estirando su cuello por ambas bandas, dichoso de sentirse a bordo„ Sin embargo comprobó con desaliento que el vetusto casco hacía agua por todas partes, pero con cierta resignación decidió disfrutar la breve ilusión de navegar, y sin poder evitarlo gritó alegremente a invisibles marineros.
— iPrepararse para zarpar! ¡iLarga a proa!… iLarga a popa! — De pie, a popa, sujeto a la caña de gobierno, continuaba impartiendo órdenes para maniobrar las velas que sólo existían en su imaginación porque lo que colgaba del palo y la botavara, era uno que otro cabo podrido y deshilachado.
Las viejas maderas de la goleta crujían, se quejaban las amarras con el roce en cada vaivén. Rechinaba la botavara, engarfiada en el palo.
Chinchorro corría por la orilla de la playa ladrando furiosamente. Se metía al agua inquieto y volvía a salir, sacudiendo su largo pelaje.
iPreparar velas! ¡iCaza la mayor! iAfirma la driza del foque! -— Ordenaba el capitán- Luego, entre risas y moviendo enérgicamente la caña del pesado timón, el veterano, cual un niño con juguete nuevo, continuaba ensayando maniobras. — iEntrar escotas, vamos a virar por avante para poner rumbo a la salida del canal!
Se vino la noche, la luna asomó sobre los cerros, enorme como un disco de escarcha, su luz alumbraba la silueta espectral del marino que cansado por el trajín y la emoción se había sentado a popa, en espera que la bajamar varara nuevamente la nave, en tanto cantaba con voz aguardentosa una vieja canción que le humedecía los ojosa
—”Mar hermano mío, mar en tu inmensidad/ hundo con mi barco carbonero mi destino prisionero y mi triste soledad/ Mar ya no tengo a nadie/ Mar ya ni tengo amor. “
La marea bajaba rápido. Bordeando la media noche la barca volvió a quedar nuevamente en seco y escorada. Entonces el viejo, todavía alegre por la aventura y tarareando la canción, se apresuró a desandar con cuidado el trayecto hasta la borda, donde se detuvo con su telar de recuerdos a cuestas, sosteniéndose en sus nostalgias, respirando el aire de las madrugadas y de las estrellas, que es lo único que le iba quedando. Al llegar al costado, nerviosamente pero aun gozando del mágico momento, se giró dando la espalda a la playa y ajustó el pie en el primer peldaño para bajar, pero al apoyarse en el siguiente, la carcomida escala no resistió el peso y acabó por cortarse. El viejo dio unos manotazos al aire como para cogerse de algo y evitar la caída, sin embargo, el intento fue inútil y cayó pesadamente a tierra. Chinchorro corrió ladrando hacia él presintiendo una desgracia, luego, gimiendo, le lamió la cara, el cuello, las manos como suplicándole que se levantara.
Al abrir los ojos el anciano y dirigir la vista hacia la altura, vio a la pálida luz de la luna a una solitaria gaviota en la cruceta de la embarcación oteando impávida remotas lejanías. A duras penas se puso en pie. Sentía el cuerpo descoyuntado.
— Vamos Chinchorrito, es hora de descansar —
En el trayecto un insoportable dolor al pecho Io hacía detenerse a cada instante, faltándole el aire —Tiene que ser efecto del porrazo — Le comentaba a su perro. Más tarde, tendido en su cama le decía a Chinchorro que lo acompañaba acurrucado en una cobija al lado del catre.
—Hoy después de mucho tiempo he vuelto a navegar, Chinchorrito. Hoy día llegué a tierras lejanas para saludar mis amigos y a uno que otro cariño que dejé en el camino Luego, girando la cabeza para mirarlo agregó.
— Mañana arreglaremos la escala de gato, pero ahora me acompañarás tú en otro viaje Chinchorrito, siempre que el malestar se me calme.
El perro, echado con la cabeza entre las patas, gimió mirándolo con sus enormes y leales ojos.
Luego el viejo apagó la luz y con la vista clavada en la oscuridad del techo, comenzó a sentir una dulce distención y un enorme deseo de descansar y así se fue durmiendo con la mano apretada al pecho y una beatífica sonrisa en los labios.