Autor: Jorge Pablo Díaz Soler
Seudónimo: Mentemadio
Año: 2013 – Tercer Lugar
Varias veces escuché la frase: “no se valora lo que tienes hasta que lo pierdes” y bueno, siempre me pareció una frase bastante cliché, pero sobre todo relativa, hasta que un día me tocó perder algo que nunca valoré mucho… mi vida.
Los doctores jamás estuvieron de acuerdo con la idea de que mis viejos me sacaran del hospital y mucho menos con que saliéramos de la ciudad, pero ahí estábamos los tres, viajando en un furgón escolar desde Santiago hacia un lugar con el que un día me obsesioné: Valparaíso. La primera vez que lo vi fue en un reportaje de la televisión y después de eso jamás lo pude sacar de mi cabeza. Lo digo literalmente, pues tras la cabecera de mi camilla tenía un gran poster de esa hermosa ciudad. No sé específicamente qué era lo que me atrajo de “Valpo”, pero si sé que desde niño siempre fui obsesivo con diversas cosas o ideas y una vez que se me metían “entre ceja y ceja” nadie me las podía sacar. Eso sí, por alguna misteriosa razón que nunca comprendí sino hasta muy tarde, cada vez que obtenía lo que ambicionaba era común que me sintiera insatisfecho e inmediatamente comenzaba a desear algo nuevo. Por eso siempre decía: “la infelicidad es la gasolina del mundo”. Estaba seguro que nadie podía ser realmente feliz, aunque gracias a eso todos nos movíamos para adelante, en una carrera imparable hacia una momentánea felicidad.
Recuerdo que mi papá iba manejando súper nervioso y es que la salida del hospital, más que salida, fue literalmente un escape. Los doctores dijeron que pese a encontrarme en una fase terminal irreversible, yo podría vivir incluso una semana más con la ayuda de ellos, por lo que salir del recinto no era de ninguna manera recomendable. Pero para mí la cantidad de vida no era lo que importaba sino la calidad y aunque el trato en el hospital no era malo, el único lugar en el que yo quería estar era “Valpo”, donde nunca estuve porque el dinero siempre se gastó en combatir mi tumor. Sin embargo, cuando estuve seguro que moriría algo me dio la fuerza necesaria para convencer a mis viejos de olvidarse del dinero y atreverse a cometer una locura.
Así fue como tras una semana de intensas discusiones familiares y pese a la negación de los médicos, una mañana escapé con la ayuda de mis papás que se encargaron de trasladarme disimuladamente desde mi habitación hasta el “Abejorro”, nombre con el que bautizaron el furgón escolar en el que trabajaban juntos desde hace varios años. La verdad es que nunca me agradó mucho ese vehículo. De hecho, a veces hasta me producía rabia, en parte porque encontraba vergonzoso que mis viejos no tuviesen los recursos para comprarse un segundo medio de transporte, algo pequeño pero convencional decía yo, o por último un furgón más lujoso. Una idea que no sé cómo se fue forjando en mí.
Quizás por algunos comentarios burlescos de ciertos compañeros de colegio, o por la influencia de la gran generadora de caprichos con la que siempre me relacioné, la televisión. Haya sido como haya sido, de lo que si estoy seguro es que cuando salimos del hospital a toda velocidad, comencé a sentir al Abejorro como un amigo.
Nunca antes había disfrutado tanto ver a alguien limpiar los vidrios de nuestro furgón hasta que se acercó una despeinada joven sin dientes para remover las manchas de todas las ventanas que me rodeaban. Habían transcurrido aproximadamente quince minutos desde que mis papás me sacaron del Hospital para darme uno de los tantos regalos que recibí a lo largo de mi vida y que casi nunca supe valorar por estar casi siempre quejándome o pensando pesimistamente. Yo viajaba acostado detrás de mis viejos, quienes habían reemplazado los asientos traseros de su furgón por una cómoda cama con grandes cojines blancos. Desde ahí observaba a la linda limpiavidrios que me mostró una gran sonrisa, mientras mi mamá le subía el volumen a una canción de Ricardo Arjona con el fin de calmar sus nervios.
—Veja, para favor, ustea sabe que em carga Arjona. —balbuceé con gran esfuerzo, intentando pronunciar bien las palabras.
Mi mamá, siempre humilde, se disculpó reemplazando la canción por otra parecida, pero de un cantante que yo no conocía.
—Parece que es por aquí. ¿A ver? Sí, vamos bien. —susurró mi viejo con un tono grave y calmado.
Mi viejo no era hombre de muchas palabras, todo lo contrario, y cuando decía algo generalmente era para apaciguar una discusión que yo tenía con los doctores o con mi madre.
—¿Cómo te sientes mi amor? —preguntó mi mamá girando casi completamente su cuerpo para mirarme bien.
Yo le dije que estaba perfecto, lo que no era cierto, pero de ninguna manera quería regresar al hospital.
Al llegar a la Alameda nos vimos inmersos en un enorme taco y todo hacía parecer que íbamos a estar ahí por un largo rato. Mi mamá comenzó a buscar algo en una bolsa hasta encontrarlo.
—¿Alguien quiere galletas de chocolate?
Ni mi papá ni yo respondimos. En medio del extenso taco un extraño nerviosismo se había apoderado de ambos. En mi caso porque yo sabía lo que mi viejo estaba pensando, cosa que él estaba a punto de evidenciar.
—¡Nos tenemos que devolver! —dijo con voz firme.
—Pe papa… ¡si esto ben!… no diga eso.
—Claro ¿y si te mueres en el camino? ¡Va a ser mi responsabilidad!
—Tu papá tiene razón hijo. Es mejor que nos devolvamos.
—Pero si ya lo hablamo, ¡hicimo una promesa! ¡Vamo alla y volvemo!
—Sí hijo, pero tu papá…
—¡Tene miado!, los do tenen meido! ¡Cobardes!
Después de gritar dejé caer mi cabeza sobre la almohada, me dolía demasiado. Tras unos segundos mi mamá explotó en llanto.
—No sé quée estamos haciendo.
—Es lo corecto ma… má.
—¿Si? ¿Y cómo puedes saberlo? —susurró mi papá mirando el manubrio, cuando de súbito alguien tocó su ventana.
Era un hombre de unos sesenta años, vestido con una harapienta ropa de mujer. Mi viejo le preguntó que quería y el hombre le hizo un gesto para que bajara el vidrio. Mi papá inmediatamente se hizo el leso pero yo, con la escaza fuerza que tenía, le exigí que lo escuchara. Tras liberar un profundo suspiro mi papá abrió la ventana un par de centímetros por donde el hombre introdujo su boca y parte de su cara para luego hablar: “Hola. Yo soy el divino anticristo y estoy pensandito que no me gusta molestar a la gente que anda navegando barcazas intergalácticas, mucho menos cuando son tan simpatiquísimas y corridísimas, pero me acerqué a ustedes porque tenía que decirles una sola cosa, que más que una sola cosa son varias cosas, pero una sola, el pan con palta es mejor para las caries, sobre todo cuando Estados Unidos está desunido. ¡Me tengo que ir!”
Al terminar el misterioso vagabundo salió corriendo como un niño que arranca de una gran travesura, mientras los tres que estábamos en el furgón nos quedamos totalmente paralizados. Luego mi mamá secó sus lágrimas y nerviosamente comenzó a buscar algo dentro de su bolsa.
—¿De verdad que no quieren galletas? ¡Son de chocolate!
Mi papa intentó resistirse, pero su risa fue mucho más fuerte. Tanto que los tres terminamos riéndonos a carcajadas mientras comenzamos a avanzar poco a poco por la Alameda.
Algunas cuadras más adelante supimos que el origen del taco había sido un grupo de estudiantes que paralizó el tránsito en medio de una protesta. Pude ver a algunos de esos alumnos enfrentándose con carabineros y sin saber por qué, tuve una extraña sensación de molestia hacia esos rebeldes. Primero pensé que se debía a que casi frustraron mi viaje a Valparaíso, pero tras mi muerte supe que lo que sentí fue envidia, y es que en lo profundo me hubiese encantado ser parte de su movimiento. Un movimiento que fue capaz de cambiar la historia de Chile y que algunos apodaron “la marcha de los pingüinos”.
Poco después entramos a la ruta 68 donde mi papá nos comunicó que nos iríamos “como por un tubo” hasta nuestro destino. Sin embargo, mientras avanzábamos a gran velocidad, a menos de un kilómetro divisamos una gran nube de humo seguida por una enorme hilera de diversos vehículos detenidos. Tras unirnos a la fila mi papá decidió bajarse para intentar obtener alguna información sobre la causa del humo mientras mi mamá, como lo hacía desde que salimos, giró casi todo su cuerpo para mirarme.
—¿Cómo se siente?
Yo me encontraba súper mareado así que en vez de hablarle preferí asentir con mi cabeza y respirar profundo. Mi mamá reconoció inmediatamente mi estado, se bajó del furgón y comenzó a abrir todas las ventanas. En ese momento me acosté de espalda sobre mi cama y al ver a mi madre sonriéndome a través de los vidrios algunos pensamientos habituales aparecieron en mi cabeza: “¿Por qué esa mujer es tan feliz si nuestra vida siempre ha sido tan sacrificada e insoportable?, ¿Es ella realmente feliz o simplemente lo simula para hacerme sentir mejor?”, “¡Vieja mentirosa!”.
Mi mamá me miraba con intriga mientras yo permanecía en absoluto silencio y es que a pesar de querer llorar y decirle la rabia que sentía hacia ella, hacia mi viejo, hacia el mundo, creía que todos tenían el deber de comprender lo que me pasaba, aunque yo no lo comunicara abiertamente.
De súbito un fuerte portazo me sacó de mis pensamientos. Mi papá se había subido al furgón y nos traía noticias sobre la nube de humo.
—Quedó la embarrada. Un camión chocó a un bus de frente y después a otros autos, vamos a pasar por ahí.
Mi mamá inmediatamente tapó su cara con ambas manos mientras nuestro furgón avanzaba de a poco hacia el lugar del accidente. Yo, en cambio, me levanté lo más rápido que pude queriendo encontrar algo que me sacara del aletargamiento. De pronto me encontré frente a unos vehículos despedazados y con sorpresa descubrí que, al interior de uno de ellos, en el asiento del copiloto, aun permanecía una mujer fallecida. Mí mirada repentinamente se había cruzado con ese cadáver cuyos ojos abiertos lucían tan impresionados como los míos. Quedé pasmado, sintiendo como si la muerte me hubiese mirado y me hubiese dicho que me estaba esperando. Luego pensé en mi madre y en que esa mujer perfectamente pudo haber sido ella, también pensé en que solo minutos antes me estaba quejando de su sonrisa y por último, en que quizás debería ser un poco más optimista.
Casi una hora más tarde mi mamá dormía profundamente y un fuerte dolor martillaba mi cabeza.
—¿Fata ucho?
—Falta todavía ¿Quieres que pare?
—Un poco.
Nos detuvimos en un lugar llamado Curacaví donde vomité por alrededor de diez minutos. En momentos mis papas se miraban con angustia y yo, sabiendo lo que pensaban, les decía que por ningún motivo debíamos regresar. Cuando el mareo y el dolor disminuyeron retomamos nuestro rumbo, pero poco antes de entrar en la carretera mi papá dio una feroz frenada que hizo gritar a mi mamá de espanto y que a mi casi me bota de la cama. Frente a nosotros había un desconcertado joven de unos treinta años sosteniendo una colorida guitarra. Mi papá, que bajó inmediatamente la ventana, se había pasado un disco pare y estuvo a punto de atropellarlo.
—Mil disculpas, no te vi.
—No se preocupe, ¿Van hacia Valparaíso?
—Sí ¿Vas para allá?
—Un poco antes, voy a Casablanca y mañana a Valpo.
—Pero disculpa, no podemos llevarte. —exclamó mi mamá interrumpiéndolos.
El joven sonrío haciendo brillar aún más sus cristalinos ojos de aspecto asiático, puso la guitarra en su hombro y siguió caminando como si nada. Inmediatamente le pedí a mi papá que se detuviera asegurándole que a los pies de mi cama había un espacio lo suficientemente grande como para que el joven nos acompañara. Mi mamá, con los nervios aún de punta, señaló que de ninguna manera involucraríamos a otra persona en la locura que estábamos cometiendo. Como respuesta comencé a golpear mi cabeza contra una de las ventanas del furgón mientras mis papas me suplicaban que dejara de hacerlo.
Sentí una gran sorpresa cuando escuché cantar al joven a los pies de mi cama. Su voz, a diferencia de todas las voces que había escuchado en mi vida, me generó una gran pena, además de rabia, nostalgia, alegría, desolación y un sinnúmero de emociones que hace mucho tiempo no había experimentado. Incluso mis papás, que en un principio tenían el rostro endurecido por el enojo de mi comportamiento, al escuchar al nuevo tripulante quedaron estupefactos por la intensidad y profundidad de sus canciones. Así fue como el viaje hacia Casablanca se nos hizo extremadamente corto no solo por la tempestuosa música que nos fue acompañando, sino porque además conversamos y aprendimos mucho sobre Valparaíso, lugar que nuestro visitante conocía muy bien, pues de ahí procedía. Cuando lo dejamos en su destino mis papas y yo nos quedamos con un gusto de nostalgia y alegría. El joven, que según nos contó le decían “Chinoy”, de alguna misteriosa manera y sin siquiera pretenderlo nos había dado de probar un poco de su sobrecogedora magia que ya echábamos de menos.
Una vez que reingresamos a la carretera para dirigirnos a Valparaíso una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo. Era como si al interior de todas mis arterias estuviesen caminando miles de hormigas, cada una de ellas ardiendo en llamas. No quise comentárselo a mis viejos para no asustarlos, pero al sentir que mi cuerpo y mi lengua se paralizaron comencé a sospechar que mi muerte se estaba acercando. Mi temor se acrecentó al pensar que no alcanzaría a conocer Valparaíso cuando de pronto ocurrió algo inimaginable.
Yo estaba acostado y tapado por el cubrecama mientras escuchaba a mis papas conversar entre ellos, sin embargo, no podía distinguir claramente sus palabras. Repentinamente miré por una de las ventanas del furgón dándome cuenta que en el cielo había una enorme bandada de pájaros negros volando en la misma dirección que la nuestra. Era un espectáculo dantesco que mis papás, por alguna extraña razón, no lograban percibir y que me aterrorizó desde un principio. Quería gritar o por lo menos emitir algún sonido, pero fue imposible. No tenía ningún control sobre mi lengua y mucho menos sobre mi cuerpo que permanecía rígido como una tabla. Avanzábamos a toda velocidad al igual que esos miles de pájaros comparables con una inmensa nube negra, cuando de pronto uno de ellos se separó de la bandada y voló directamente hacia la ventana por la que yo miraba. No lo podía creer. El pájaro estaba volando a unos centímetros de nosotros y mis papás no se daban cuenta. Yo me fijé que se trataba de un cuervo, pues hace algunos años había visto una película donde aparecía uno similar. Reconocerlo me tranquilizó un poco, sin embargo, de súbito el ave dirigió su mirada hacia mí e hizo algo inimaginable.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó con una voz grave y calmada, mientras mantenía firme su vuelo.
En ese momento supe que me estaba volviendo loco, pero sentí que debía mantener la calma. Los doctores me habían explicado que en la fase terminal del cáncer cerebral es común que los pacientes experimenten alucinaciones, en muchos casos perturbadoras.
—No te asustes. Estamos aquí para guiarte, pronunció el cuervo con una voz tan tranquila como profunda.
Quise hablarle, pero me di cuenta que no podría hacerlo, pues mi lengua estaba totalmente paralizada, sin embargo, el cuervo me hizo una aclaración.
—No necesitas usar tu lengua para comunicarte, basta con que pienses en lo que me quieres decir.
No sabía qué pensar, pero de repente una pregunta aterrizó en mi cabeza
—¿Dónde vamos? ¿A dónde me están guiando?
—Te guiamos hacia donde tienes que ir ¿acaso no recuerdas por qué viajas?
—Ah! Entonces vamos a Valparaíso, yo pensé que me guiarían a otro lugar.
—¿Y a qué lugar pensabas? ¿Algo distinto?
—No sé, quizás hacia algo mejor, más increíble, algo sobrenatural.
—¿Cómo qué cosa? —preguntó el cuervo mirándome compasivamente.
—No sé, algo como el paraíso podría ser.
Repentinamente el cuervo se alejó de mi ventana reintegrándose a la inconmensurable bandada de pájaros que aún se mantenía volando en las alturas. Luego la oscura y majestuosa mancha realizó un hipnotizante espectáculo de piruetas que por un momento me maravilló, hasta que sin aviso se dirigió directamente hacia mi ventana. Con desesperación quise gritar y avisar a mis papás que miles de cuervos venían a toda velocidad hacia nosotros, pero mientras más trataba de hacerlo más rígido se ponía mi cuerpo. De pronto una entusiasta expresión de mi papá me despertó.
—¡Bienvenidos a Valparaíso!
Mi mirada expresaba pánico, pero mis papás no se dieron cuenta ya que estaban concentrados en los alrededores de la ciudad. Yo los escuchaba todavía desconcertado mientras ellos, como ocurría frecuentemente, encontraban que todo lo que los rodeaba era maravilloso.
—¿Quieren ir a almorzar o vamos a recorrer la ciudad? —preguntó mi papá mirándome a través del espejo retrovisor.
—Yo ten asco. —expresé con molestia.
Mis viejos cuchichiaron algo entre ellos y luego nos dirigimos a la “Plaza de la Victoria” ubicada en el centro de la ciudad, donde mi papá detuvo el furgón y se quedó hablándome de lo extraordinario que le parecía ese lugar.
Mi mamá le había dicho que quería pasar a la primera iglesia que encontraran para dar las gracias por el viaje, pero como sabía que yo odiaba todo lo que tuviese que ver con religiones lo hizo silenciosamente, así como cuando se bajó del Abejorro y caminó con disimulo hacia la catedral.
—La maaa fue a rez-ar ¿cierto?
Mi papa asintió con la cabeza y rápidamente cambió de tema.
—Mira allá está el congreso, ¿vamos a visitarlo?
Su comentario me molestó tanto como su intención de proteger a mi mamá.
—No em inteeeresa. —respondí, con un tono indiferente como si me hubiese estado insultando.
Luego mi papá abrió la puerta trasera del furgón desde donde sacó mi vieja silla de ruedas que armó rápidamente.
—Listo. Vamos a dar una vuelta la plaza.
—No quero. ¡Sento mal! —exclamé, mientras me acostaba de lado sobre la cama.
—Bien, entonces la voy a ocupar como asiento.
Mi papá se acomodó en la silla y comenzó a descascarar una mandarina que tenía en el bolsillo. Minutos después llegó mi mamá con una enorme sonrisa en el rostro, saludándonos con besos y abrazos como si no nos hubiese visto en diez años.
—¡Vamos al puerto! —gritó mi papá como un niño.
Nos dirigimos lentamente hacia la costa parando en casi todas las esquinas que, por alguna causa incomprensible para mí en ese momento, deslumbraban a mis papas. Yo no solo me sentía físicamente mal sino que además estaba molesto conmigo mismo. Durante muchos años había esperado conocer ese lugar que no me estaba produciendo nada, ni si quiera un mínimo cosquilleo. Me sentía tonto y engañado.
Al llegar al puerto mi papá se bajó a comprar unas empanadas y mi vieja se recostó conmigo dándome un abrazo. Yo permanecí inmóvil y ella suavemente miró una de las ventanas ubicada tras mi espalda.
—¡Qué lindo se ve el cielo desde aquí!
El comentario de mi mama resonó en mi cabeza tan insípidamente como el sabor de una tuerca en medio de la calle. Fue en ese momento que en el cielo observé una imagen aterradora. El cuervo con el que hacía poco había conversado, nuevamente estaba delante de mis ojos, justo frente a mi ventana.
—¡Hola! —pronunció con alegría.
—¡Ahí esta! —grité espantado
Mi mamá inmediatamente se dio vuelta para mirar hacia donde yo lo hacía, sin embargo, el oscuro pájaro ya se había ido. En ese momento un fuerte dolor comenzó a presentarse en mi cabeza lo que me hizo transpirar de golpe y rechinar mis dientes hasta casi quebrarlos. Mi mamá me decía que respirara profundo mientras sacaba una jeringa con morfina que me inyectó sin que me diera cuenta.
El dolor fue disminuyendo poco a poco hasta que, después de varios minutos, desapareció totalmente, justo en el momento en que volvió mi papá.
—Tenemos que ir al hospital, ahora. —exclamó mi mamá con nerviosismo.
Mi papa asintió inmediatamente, puso las empanadas en el asiento de al lado y encendió el motor.
—¡Nooooooooooooooooooo! —grité con furia, dejando a mis papás boquiabiertos.
Luego les expliqué que había estado esperando conocer Valparaíso demasiados años como para ir a encerrarme a un hospital y que si no le encontraba el gusto a esa ciudad era porque aun no visitábamos sus lugares más atractivos.
Mi papá permaneció mirándome en silencio por un largo momento hasta que finalmente, tras mostrar una compasiva sonrisa, accedió a mi pedido. Luego le exigí a mi vieja que se sentara adelante, pues así estaba más cómodo, cosa que hizo después de darme un largo beso en la frente.
Recorrimos diversos lugares de Valparaíso que solo quise mirar a través de las ventanas sin bajarme del furgón. En breves momentos mis jaquecas se tornaban intolerables y si bien mis papás insistían en que debíamos ir al hospital yo los convencía de que siguiéramos nuestro recorrido, asegurándoles que los médicos me entregarían los mismos medicamentos que allí teníamos.
Tras casi dos horas de paseo, cuando el sol comenzó a ocultarse, nos detuvimos en uno de los miradores más altos desde donde se podía distinguir prácticamente toda la ciudad. Fue en ese momento que mi papá, maravillado con el escenario frente a nosotros, me miró entusiastamente con un gesto de pregunta en su cara.
—¿Y qué te parece haber cumplido este sueño? ¿Qué te parece Valparaíso?
—Fétido. —respondí.
Mis papás explotaron en risa y yo los miraba sin entenderlos. Ni los ascensores, ni las escaleras, ni las casas de colores, ni trolebuses, ni nada logró sacarme de la enorme sensación de vacío e insatisfacción que sentía en ese momento. Pensé que esto quizás se debía a mi cáncer y que por su culpa yo era incapaz de percibir las cosas desde una dimensión positiva y mucho menos hermosa. Sin embargo, me había tocado conocer a otros enfermos que estaban iguales o peores que yo, pero que se notaban mucho más alegres y entusiastas. Entonces “¿de qué dependerá?”, me pregunté
Tras ver un mural con la imagen de Pablo Neruda decidí que nuestro próximo destino debía ser una de las casas del poeta, La Sebastiana, pero al detenernos en ese lugar un nuevo tipo de dolor comenzó a presionar la parte superior de mi cabeza. De pronto incrementó el dolor y comencé a gritar desesperado mientras mi vieja intentaba tranquilizarme. Mi papá buscó la jeringa para inyectarme una tercera dosis de morfina. Sin embargo, ni siquiera ese medicamento pudo tranquilizarme. Comenzamos a descender rápidamente por una calle hasta que mi papá se detuvo para preguntar a unos transeúntes por la ubicación del hospital. Por un momento el dolor se aminoró y justo ahí yo miré hacia una de las ventanas de mi costado encontrando algo increíble. Junto a nosotros volaba nuevamente el cuervo, pero esta vez yo sentía que lo que estaba viviendo no podía ser una alucinación, era demasiado real.
—Ya casi llegaste, te queda muy poco. —pronunció el pájaro mientras yo y mi mamá llorábamos tomados de la mano.
El dolor regresó y mis gritos se tornaron cada vez más fuertes. Mi papá avanzaba a toda velocidad tocando la bocina como un enajenado, sin embargo, a pocas cuadras del hospital supo que no serviría de nada seguir avanzando. Nos detuvimos y el motor del Abejorro dejó de ser exigido hasta emitir un sonido tan suave como constante. Mi mamá, que aún me sostenía entre sus brazos, liberaba un delicado lamento que no se detuvo cuando mi viejo se sentó a su lado para abrazarnos a ambos. Yo aún tenía los ojos abiertos y aunque mi corazón y mi cerebro habían dejado de funcionar, mi rostro expresaba una alegre serenidad que mis papás no habían visto desde que yo era un niño. Esto no fue casual y es que lo último que hice antes de partir fue darme cuenta de una cosa que jamás aprecié sino hasta ese momento: el furgón de mis papas estaba lleno de grandes y limpias ventanas.